Atardecer desde el Marina Bay Sands | Día 5

La jornada iba a empezar lectiva pero iba a acabar turística: viendo el atardecer desde el hotel Marina Bay Sands. Singapur tiene el segundo puerto más transitado del mundo, por detrás del de Shanghái. Es uno de los grandes activos económicos del país, si no el principal, y el elemento que caracteriza transversalmente todas sus épocas históricas. Es su leitmotiv constante. Sin embargo, la vida en la ciudad-estado de Singapur es muy poco portuaria, es un elemento adyacente retirado del distrito financiero y de todos los barrios donde las cosas pasan. Una de las secciones del puerto es la primera de las visitas de la jornada, donde se nos habla de manera muy generalista y desapasionada sobre logística y supply chain. El ponente, un ingeniero trabajador del puerto, explica cosas que me suenan incluso a mí, que soy un completo analfabeto en la materia, y olvida incidir en lo realmente interesante: en las particularidades del país, en ejemplos prácticos locales. La visita a Luzerne Desde ahí, y en bus, vamos a la segunda visita del día. Hoy no pisaremos la universidad y pisamos Singapur. Comemos con Hwee y Chung, los dos trabajadores de la SMU a los que les ha tocado hoy hacernos de cicerones. Nos invitan a almorzar en el mismo recinto donde hacemos la visita, en un café-restaurante con un rollo muy europeo, en el que comemos muy bien y bebemos muy bien. Es hora de empezar la visita a Luzerne, una compañía de vajillas local, en la que la CEO de la compañía, una mujer pequeñita y muy entusiasta, Elaine Lek, lidera la explicación junto a su responsable de marketing. Sus oficinas y su tienda son visualmente sugestivas, llenas de colores, de colecciones de platos y cubiertos, de meticulosidad y de orden. Es un placer para los sentidos, especialmente para los que padecemos de necesidad de armonía visual. Elaine nos habla de una empresa que se ha transformado como el país: era de esencia eminentemente china y ahora es internacional. Su hijo pulula por ahí, sonriendo, viéndose reflejado en esa treintena de jovencitos que llegan de España: él también estudia segundo de Business, precisamente en la SMU. La visita se corona con una avalancha de compras de platos, tazas y juegos enteros de vajilla. Los estudiantes aprovechan el 30 % de descuento que nos hacen y Luzerne hace el agosto a costa de nosotros, profesores incluidos. Qué más da: la experiencia ha sido satisfactoria, el recibimiento muy acogedor y todo lo que tienen es bueno, bonito y quizás no barato, pero sí asequible. En busca del atardecer en el hotel Marina Bay Sands Tomamos el bus de vuelta al hotel y los estudiantes rápidamente se dispersan para descansar; como nosotros, ellos también están aprovechando las tardes y las noches para conocer al máximo Singapur. Seguramente, eso sí, estamos conociendo distintas partes de Singapur. En nuestro caso, hoy buscamos las alturas para ver el atardecer. Y escogemos el más icónico de los lugares del país: el hotel Marina Bay Sands. En lo alto del hotel hay una infinity pool, solo para huéspedes, y también varias alternativas para ver Singapur desde las alturas de esos casi sesenta pisos. Desestimamos el observation deck, que cuesta 20 dólares y solo te da acceso a la plataforma de observación, justo en el borde. Las vistas desde ahí no tienen más obstáculos que una pared de cristal transparente. Aperol Spritz para el postureo, satay para la cena Sin embargo, y pese a que la panorámica ahí es excelente, la experiencia es seguramente mejor desde el SkyBar del restaurante Cé La Vi, donde pagas 35 dólares que puedes gastar en bebida y comida, con unas vistas también espléndidas de la ciudad solo mejoradas por las de la plataforma. Pero no cambio mi Aperol Spritz robándole el color al atardecer singapurense por un par de fotos sin gente alrededor. El bar tiene rollo y está lleno de gente divirtiéndose, riendo, pasándolo bien. Ojalá ser joven para siempre y tener dinero ilimitado. Mientras tanto, decidimos que ya hemos disfrutado bastante del momento y del lugar, al atardecer y de noche, y tomamos el ascensor para bajar a la velocidad de la luz la casi sesentena de pisos que nos separan de la calle. Cerca están los Gardens by the Bay y en la zona hay un patio de comidas, este al aire libre, llamado Satay by the Bay, donde comemos unos cuantos satay de cerdo, pollo, ternera y cordero. Ha sido un día largo, de nuevo, y volvemos en metro haciendo un par de transbordos. El subterráneo de Singapur funciona como un reloj suizo, y cuando queremos darnos cuenta ya estamos en el hotel.
Inmersión total en Singapur: una visita al médico | Día 4

El segundo día lectivo lo protagoniza un entusiasta trabajador de Disney, responsable financiero de la región y también profesor a tiempo partido en la universidad. Tiene 35 años y una energía que no se le acaba. Nos habla de todo un poco y la parte más interesante de la sesión es cuando deja de lado la presentación que trae y se dedica a entender las inquietudes de los estudiantes. La tarde nos depara una visita al distrito de emprendimiento de Singapur, el LaunchPad, donde se encuentran incubadas gran cantidad de startups. Es una especie de 22@ más cutre y sin la Torre Agbar (esta referencia solo la entenderán seguramente los barceloneses, disculpas). Y después, sin esperarlo, vendrá la inmersión total en Singapur. Singapur vive en nuestro futuro En esta zona también están las oficinas de los principales conglomerados de comunicación del país. “El gobierno del país decidió trasladar aquí los estudios de los principales medios, con el objetivo de poder defender esta zona en caso de conflicto bélico”, cuenta Ivan, el trabajador de Disney, que nos acompaña durante toda la jornada. Parece que en esto Singapur y el resto de los países del mundo coinciden: saben de la importancia del control de los medios para transmitir el relato que interesa. Un par de emprendedores explican sus emprendimientos y hubieran agradecido que Ivan les prestara un poco de entusiasmo. Su discurso es monótono y los estudiantes empiezan a inquietarse. Visitamos algunas zonas del distrito y un par de curiosidades, como la cabina para amamantar, a la que solo pueden acceder las madres. ¿Y cómo sabe la cabina que la que accede es madre? Porque lo pone en su Singpass, una identidad digital que recoge todo lo que son, lo que hacen y lo que deshacen cada uno de los singapurenses. De nuevo, Singapur allanando el camino para lo que nos vendrá. Una visita al médico Cuando ya estamos acabando la visita, una de las estudiantes nos advierte de que algo le ha picado en la mano. Explica que se sienta algo mareada y que la mano y el brazo se le duermen, que siente hormigueo. Se lo comentamos a Chong, el diligente y risueño trabajador de la universidad local que hoy también nos acompaña, y su cara es de preocupación, lo que evidentemente alarma a la pobre alumna. De vuelta al hotel en bus decidimos que mejor asegurarnos que no es nada, como parece, y acompañarla a una clínica a que la visiten. Chong como cicerone local y yo como representante internacional nos hacemos cargo del caso: una inesperada oportunidad de inmersión total en Singapur. En la universidad hay una clínica —y tantas otras cientos de cosas, parece un centro comercial— y por desgracia llegamos cuando están a punto de cerrar. “Lo siento, el doctor dice que ya no visita más, que faltan diez minutos para cerrar”, nos dice la recepcionista. Chong en el más educado de los tonos replica que será algo rápido, y yo refuerzo la idea con un tono menos transigente. La diligencia singapurense La estudiante empieza a preocuparse por la poca predisposición de los responsables de la clínica, que nos acaban dando una alternativa: ir al hospital Raffles, el más grande de la ciudad, donde también visitan. Tomamos un Grab (el Uber local) y llegamos en cinco minutos. La cola es escasa, por suerte, y el médico recibe a la estudiante cinco minutos más tarde. Le hace un par de chequeos muy poco profundos y detrás de la mascarilla se le intuye el hastío por tener que diagnosticar lo indiagnosticable. “No parece que tenga nada, le voy a mandar una crema y antibiótico, y si se sintiera peor tendréis que ir de urgencias”, cuenta. Ha sido como una visita al centro de atención primaria en España, donde te vas más preocupado de lo que has llegado. En cualquier caso, por suerte la cosa no va a más y la estudiante parece que se siente mejor más tarde, una vez pasada la adrenalina del primer momento. El incidente ha servido para constatar la eficiencia del sistema sanitario local, como era de esperar por otra parte, y para presumir de inmersión total en la Singapur más rutinaria. Dumplings y visita al supermercado Ha sido un día largo y con gusto me quedaría estirado en la cama después de la ducha y esperaría al desayuno de mañana para volver a comer algo. Pero hay que sacarle el máximo partido a las dietas y decidimos ir a cenar a Din Tai Fung, una cadena de comida china en la que tienen unos dumplings riquísimos (con gluten, claro) y en la que un robot muy eficiente ayuda a los camareros a recoger las mesas. Muy cerca hay un supermercado al que entramos para practicar una de mis actividades favoritas: repasar las estanterías de los súper de los países que visito. Una nueva dosis de inmersión total en Singapur. Todo es de importación, apenas hay producto local de ningún tipo. Encuentro en uno de los pasillos algo con lo que en Cultura Nómada soñamos desde que visitamos Malasia: kaya, una mermelada de coco exquisita que nos enamoró en Kuala Lumpur. Aquí también es típica y, de hecho, el desayuno más tradicional singapurense, al que llaman toast box, consiste justamente en un sándwich con mantequilla y kaya. Volveré al súper y aprovecharé hasta el último kilo de capacidad de la maleta para importar kaya a España.
El primer día estudiando en Singapur | Día 3

Estoy en Singapur acompañando a un grupo de universitarios como monitor-profesor, y por lo tanto hay que ceñirse a una agenda preestablecida con clases magistrales, visitas académicas y sí, también algo de tiempo libre. Hoy es lunes y, como en España, es día laborable y lectivo. Nos desplazamos a la Singapore Management University, la universidad que nos acoge en Singapur, absolutamente céntrica y muy prestigiosa en el país y en la región. Es nuestro primer día estudiando en Singapur. Singapur, la Suiza de Asia La primera sesión es con un profesor que nos introduce de manera muy sucinta a la realidad del país. “Es mi visión”, repite un par de veces. Su visión, en cualquier caso, es acrítica del todo y se centra en todo lo bueno que tiene Singapur y en los motivos de su crecimiento meteórico. Cuenta que saben muy bien quiénes son y en qué ligas pueden jugar. “Somos un país pequeño y no podemos influir geopolíticamente”, dice, y por eso tratan de llevarse bien con todos. Menciona varias veces que son la “Suiza de Asia”, por su poderío económico pero también por su posición neutral en todos los conflictos: “Nos llevamos bien con Estados Unidos y con China”. El profesor explica que les gusta el papel de mediadores en disputas como las que tienen Taiwán y China, o como demostraron acogiendo uno de los encuentros entre Trump y Kim Jong Un en 2018. El fútbol, protagonista del primer día estudiando en Singapur Una vez acabada la clase y de visitar el campus universitario y de comer, y de una segunda clase con el mismo profesor, en la que el sopor se apodera sin remedio de toda la audiencia, llega un español para levantar el ánimo: Iván Codina, máximo responsable de La Liga en el Sudeste Asiático y toda la región de Asia Pacífico. Es exjugador de hockey y exestudiante de nuestra universidad, y convierte la primera jornada estudiando en Singapur en un momento memorable para los chicos. Su inglés es pulidísimo y sus maneras impecables: Tebas no podría haber encontrado mejor representante para La Liga en la región. Nos habla un poco del negocio, un poco de su vida en Singapur, un poco de su trayectoria profesional y la mayor parte del tiempo se la pasa respondiendo las preguntas de los estudiantes sobre todo lo anterior, que disparan dudas con un apasionamiento hasta entonces escondido e inesperado —en la mayoría de los casos—. El fútbol sigue estando ahí, en el top of mind de los intereses de los jóvenes, por mucho que el consumo que hacen de él los jóvenes actuales es muy distinto al que hacíamos nosotros a su edad. El ponente alarga su sesión casi una hora más de lo previsto ante la avalancha de preguntas. Huelga decir que buena parte de ellos estudian una mención en negocio deportivo, con lo que se encontraban ante el interlocutor perfecto para satisfacer su curiosidad. El skyline de Singapur El inglés es la lengua nativa y vehicular de todo lo que nos sucede, pese a que una mayoría muy amplia de los estudiantes son españoles. Algunos tienen un inglés brillante, casi nativo, que admiro a la vez que envidio. También admiro la curiosidad, el ingenio y la capacidad reflexiva de muchos de ellos, que me obliga a pensar que no todo está perdido, que la humanidad todavía puede tener esperanza. Acabamos la charla y volvemos al hotel para cambiarnos antes de lo que parece que será la rutina de los tres profesores que aquí estamos: explorar la escena gastronómica singapurense. Es de noche y hace buena noche, con lo que escogemos un rooftop desde el que las vistas prometen. Se llama Mr. Stork y es absolutamente recomendable. Cenamos algunas tapas y nos bebemos un gin con el skyline de la ciudad en frente; bueno, y a la derecha y a la izquierda y detrás. La única pega, como nos explica uno de los camareros, es el edificio que tenemos más cerca: “Lo construyeron hace un par de años y tapa el hotel Marina Bay, que hasta entonces podíamos ver perfectamente”. Singapur brilla de noche, lo hace de una manera muy poco arrogante, sabiéndose espectacular pero no presumiendo de ello. Es un poco en general la sensación que transmite el país, quizás porque todavía no se acaba de creer que sea lo que es.
Introducción exprés de Singapur | Día 2

El alojamiento que hará las veces de casa en Singapur durante casi una semana no podría ser más conveniente: un Ibis absolutamente céntrico, a tiro de un par de paradas de metro —o de un ratito de paseo en las horas menos calurosas— de casi todo. Es aquí donde nos recoge a mí y a los otros cuarenta con los que viajo Chong, un representante de la universidad que acoge nuestra visita, la SMU, y una guía profesional, Michelle, que se convierte en la persona más cualificada para una introducción exprés de Singapur, de las vicisitudes y curiosidades del país. Partimos a las 9.00 h del hotel camino de Little India, donde los olores y las caras rememoran ese mes y medio tan divertido, y también tan sufrido, que pasamos en el norte de la India en 2019. La lluvia monzónica en Singapur Pasamos luego por Kampong Glam, el barrio musulmán del país, de mayoría malaya, donde está la mezquita Sultan. Chong ya nos había advertido al principio del tour que el mes de junio es uno de los más lluviosos. Y efectivamente, la lluvia aparece de repente de la nada y empieza a rociar con empeño durante media hora. Es una lluvia de esas monzónicas que sabes que arrecia para desaparecer en breve. Hace un calor horrible y el agua de la lluvia le disimula a la camiseta el sudor. El cielo empieza a clarear y nos da tregua para poder disfrutar de un paseo en barco desde Clarke Quay por el río Singapur, escenario perfecto para dimensionar la magnitud del crecimiento también hacia arriba de esta ciudad-estado. Los rascacielos del distrito financiero singapurense se amontonan a un lado del río, emulando casi el skyline de Shanghái, y del otro lado se sitúan algunos de los elementos recurrente de la postal típica del país: el hotel Marina Bay Sands, el Singapore Flyer y el Flower Dome. Primera incursión en los hawker centre El paseo en barco es una turistada sin parangón perfectamente medida, la típica que detestas disfrutar porque, claro, tú no eres un simple turista. Pasamos por la Haji Lane y la antigua estación de policía, dos de los enclaves del país más instagrameados e instagrameables, con sus murales y tiendecitas uno y sus ventanas multicolor el otro. Así nos los vende Michelle en esta introducción exprés de Singapur, que reconoce que “lo instagrameable es siempre lo más demandado” por sus guiados, junto con las recomendaciones para comer. Y en esas estamos porque son las 12.00 h y es hora del almuerzo en Lau Pa Sat, un hawker centre en un edificio de estilo victoriano perfecto para empezar a habituarse a la cultura de la comida callejera de Singapur. Los hawker centre (en plural, porque hay centenares) son patios de comida en los que se encadenan puestecitos con todo el repertorio de gastronomías asiáticas, especialmente de las comunidades locales mayoritarias: la china, la india y la malaya. Los hawker centre son una constante en la vida local. “Nos sale más barato comer aquí que cocinar”, asegura Michelle. Hacemos lo que nos dicen nuestros dos cicerones: compartir dos o tres platos. Unas tapas al estilo singapurense: el clásico chicken fried rice (arroz con pollo), unos noodles, unas verduritas y un plato de cerdo bien grasiento que casi podría competirle en sabor a los torreznos castellanos. Para beber Chong nos trae sugar cane, una especie de té helado que está muy bueno y amenaza con convertirse en la adicción a repetir durante toda la semana. El pollo está muy rico, el cerdo también y solo los noodles no resultan del todo satisfactorios. Introducción exprés al Singapur de los singapurenses Comemos hasta saciarnos por cuatro o cinco euros (unos siete dólares singapurenses) y Michelle empieza a contarnos algunas de las cosas que hacen de Singapur un país de lo menos convencional. Antes de llegar hemos pasado por una de las partes del circuito urbano del gran premio de Fórmula 1 que acoge la ciudad cada año. La guía recoge el tema para contarnos por qué en Singapur no hay tráfico: porque los coches son muy caros (no menos de 60.000 € el utilitario más convencional), porque quien quiera tenerlo debe pagar una licencia que tiene un precio fluctuante y puede llegar a costar 100.000 $ (unos 70.000 €) y porque el gobierno ha establecido una especie de cupo para el parque automovilístico del país. “Yo tuve un Honda Civic en el año 2000 que compré por más de 60.000 € de entonces, y tuve que venderlo al año depreciándose la mitad porque eran inasumibles los costes”, cuenta Michelle. La gasolina es cara (casi 2 euros el litro a día de hoy) y tener un parking, o aparcar en la ciudad, es un lujo. Tener coche solo es posible para los muy muy ricos. “Yo tengo carné de conducir pero no me planteo tener coche”, dice Chong. Explican que las diversas líneas de metro cubren con creces todos los puntos del país, y que tener un coche realmente es innecesario. El gobierno no quiere coches, o solamente los imprescindibles, y por eso pone tantos impedimentos. La introducción exprés de Singapur lo está siendo también sobre su realidad menos turística. Lo bueno y lo no tan bueno de Singapur “Mi hijo estuvo un tiempo en Nueva Zelanda y no sabía si quería volver: ahí tenía la libertad de conducir”, dice Michelle. Asegura que aquí, en Singapur, los jóvenes están malcriados y que salir del país y ver el mundo real les ayuda a valorar lo que tienen en casa. ¿O a darse cuenta de lo que adolecen, quizás? Singapur parece que vive diez años por delante de nosotros. El progreso de Singapur ha sido vertiginoso, ha pasado de ser un pueblo de pescadores a uno de los países más ricos del mundo en apenas un par de generaciones. “Los más mayores apenas pueden seguir el ritmo de los cambios, no entienden cómo Singapur puede ser tan distinto en tan poco tiempo”, nos
De vuelta en el Sudeste Asiático | Día 1

Hacía tiempo que no viajábamos al Sudeste Asiático; de hecho, desde ese viaje largo en 2019 en el que recorrimos la región, previo paso por India y Nepal, y que supuso el inicio de Cultura Nómada. Estamos de vuelta en el Sudeste Asiático, aunque en realidad en singular, porque la otra mitad de todo esto, Caro, tenía un compromiso amistoso en Colombia. A mí me trae hasta aquí también un compromiso —profesional— al que le vamos a sacar todo el partido nómada que podamos. El vuelo de doce horas para llegar a Singapur En ese 2019 de viaje mochilero largo y barato, Singapur se salió de la ruta por no estar hecho para mochileros y por no ser precisamente barato. Ahora las circunstancias son otras y las posibilidades también, con lo que la oportunidad había que tomarla sin dudar demasiado. Lufthansa es la portadora de una nueva pequeña dosis de penitencia aérea. Primero, una escala en Múnich y luego, uno de esos vuelos eternos de medio día en los que pasas en cuestión de minutos del calor al frío, del cansancio a la euforia y del hambre al dolor de estómago. Múnich y Singapur están separadas por doce larguísimas horas en las que, por suerte, por ser de noche en algún lugar del mundo, se apagan las luces después de la cena y consigues robarle tres o cuatro horas al vuelo cuando abres de nuevo los ojos. Lufthansa es la Siberia de las compañías aéreas, al menos en ese vuelo LH790 que conecta Múnich y Singapur. Es, en realidad, una suerte de aclimatación a los aires acondicionados singapurenses, que son el mejor antídoto contra el calor sofocante del exterior y el detonante perfecto del más inoportuno resfriado. Por suerte, en el vuelo hay mantas de sobra. También hay comida de sobra, o esa es la impresión que tenemos siempre en estos vuelos, en los que entran constantemente calorías pero no hay manera de quemarlas, inmovilizados como estamos en un metro cuadrado de espacio vital. Como siempre en estos casos aparece esa obsesión ilusoria: ojalá ser ricos para poder volar indiscriminadamente en clase Business, con asientos que se convierten en camas y bienvenida con champán. Quizás para la próxima vez que estemos de vuelta en el Sudeste Asiático. El puerto de Singapur desde las alturas El avión deja atrás Kuala Lumpur y se acerca al extremo sur de la Malasia peninsular, donde empieza Singapur, esta ciudad-estado minúscula que tiene casi seis millones de habitantes y la historia de desarrollo económico más impactante de la región. Sobrevolando decenas de islotes despoblados, uno de los motivos de ese desarrollo se ve desde lo alto: cientos de barcos que van y vienen del puerto de Singapur, el segundo más importante del mundo tras el de Shanghái y el único no chino en el TOP5 de esta clasificación. El vuelo aterriza pasadas las 16.00 h, cuando en Barcelona se hace de día y en Medellín están en el segundo sueño. Cultura Nómada más nómada que nunca: nos separan doce husos horarios y más de 19.000 kilómetros. En Singapur ya no marcan la entrada al país en el pasaporte, lo que supone un tremendo desencanto para los coleccionistas de sellos. Todo está digitalizado: hay que rellenar previamente un formulario de entrada, que no es siquiera visado, y cuando pasas el pasaporte a la llegada las máquinas ya reconocen que has cumplido con la premisa y que puedes entrar al país. Ahora ya sí, por fin, de vuelta en el Sudeste Asiático La salida del aeropuerto es la bienvenida más calurosa, en el más literal de los sentidos. De camino al hotel uno rápido ratifica varias preconcepciones: que Singapur es multirracial, que es limpio y ordenado, que en esta época la luz del sol es una anomalía y que tiene un skyline tremendamente fotogénico. Después de una ducha rápida y un descanso insuficiente, con el objetivo de sentir que uno está en otro sitio, me animo a salir a ver el espectáculo de luces de los Gardens by the Bay y a cenar unas alitas con patatas fritas. Y visitado y cenado, de vuelta al hotel para tratar de ganarle la partida al jet lag, en un partido que queda en empate.
El momento de visitar Bishkek, fase final del viaje | Día 12

Para poderle ahorrar unos euros al presupuesto final del viaje, la última noche la iba a pasar en el aeropuerto, aprovechando que el vuelo de vuelta de Pegasus salía a las 05.30 h de la siguiente mañana. Era la elección más lógica no solo por el dinero, sino también por logística. El transporte público que conecta el centro de Bishkek con el aeropuerto, que está a casi una hora de distancia, deja de funcionar desde la noche hasta la mañana. Era, pues, día para visitar Bishkek de manera exprés. De hecho, de haber hecho noche en el hotel, el taxi, mucho más caro que el transporte público, hubiera sido la única alternativa para desplazarse. Vaya, que no es por justificarse, porque a estas alturas 50 € arriba o abajo no iban a cambiar en mucho el gasto final, pero lo cierto es que era la elección más adecuada. Por todo eso, la última mañana para visitar Bishkek tenía que ser pausada. Primero, desayuno lento desde el restaurante ubicado en lo alto del Smart Hotel Bishkek, desde donde la panorámica era inmejorable, con la ciudad de edificios bajos de frente y las altísimas montañas de fondo. Y segundo alargando al máximo el check out, tomándose la última ducha en muchas horas y acabando de encajar la ropa con los recuerdos en la maleta. Bishkek lucía por la mañana nublada y gris. Por fortuna, porque la temperatura era mucho más agradable que el día anterior y eso ayudaba a desperezarse ante la perspectiva de apuntalar algunas últimas visitas por la capital kirguís. En Kirguistán sí hay turistas De hecho, la planificación de la mañana estaba condicionada por el eventual calor sofocante, que había que evitar a toda costa pensando en la ausencia de desodorante y de ducha hasta más de veinticuatro horas más tarde. Por el bien propio y por el ajeno, tanto el de mis futuros compañeros de vuelo como el de la mitad de Cultura Nómada que se había quedado en casa y vendría al aeropuerto a recomponer el lote de dos. Por eso, tocaba visitar Bishkek esa mañana evitando el sudor. Así, la visita al Museo Histórico de Kirguistán iba a suponer el cierre al viaje, aunque Bishkek bien hubiera merecido al menos unas horas más, u otro día, para conocer sus bazares y aventurarse más allá del centro. Será la próxima vez, seguro, porque Kirguistán es un país mucho más frecuentado por los turistas que Kazajistán, bastante más sencillo. Se nota en las calles de Bishkek, donde se ven muchos más rostros extranjeros, y también en cómo interactúan los locales: más habituados al trato con el extranjero, con mucho mejor inglés. Kirguistán, destino de senderistas Kirguistán, al revés que Kazajistán, ha conseguido situarse en el mapa del turismo mundial sacándole partido a su lado más natural, aventurero, montañero y salvaje. En un rato en Bishkek he escuchado hablar castellano a varios turistas, pero también italiano, inglés y hasta croata. Es un destino de viaje organizado pero también mochilero. La capital es la puerta de entrada y salida del país, por eso me cruzo con tantos turistas que empiezan y acaban sus rutas. En el vuelo de la mañana siguiente, de hecho, son muchos los que enseñan su pasaporte español en el mostrador de Pegasus. En la visita al museo también me cruzo con visitante no-kirguises: con rusos, con alemanes, con británicos. Hace unos días, en Astaná, en la visita a un museo mucho más rico en cantidad y calidad de piezas y recursos, apenas si había algún otro extranjero. La comparación es inevitable tanto como sorprendente. Visitar Bishkek es rodearse de otros turistas, al contrario que cualquiera de las ciudades que he visitado en Kazajistán. El Museo Histórico de Kirguistán El caso es que la visita al museo es un acierto porque no desestructura el presupuesto, ya que solo cuesta el equivalente en som a 1,5 €, y porque me ayuda a entender de manera muy pasajera la historia del país. Porque de eso trata el museo, de repasar la historia de Kirguistán, una tierra habitada desde hace miles de años por distintos clanes y tribus que acabaron conformando una nación. El museo enfatiza esta cuestión: cómo el país es un pequeño rompecabezas tribal que se ha asentado como estado a golpe de conflictos y acuerdos con los poderosos vecinos, tanto con China como con Rusia como con Turquía, y de la unión de estas tribus ante esos agentes externos. El museo repasa algunos hechos clave en la formación de la nación kirguís y le da un espacio central al Manas, una especie de poema épico del pueblo kirguís que sirve como representación de las estructuras patrióticas del país. Manas fue también un gran héroe local que en el siglo IX tuvo un papel clave en distintos conflictos con otros pueblos túrquicos y con los chinos. La parte del museo dedicada a la URSS La parte final del museo, distribuido de manera cronológica en tres plantas, es la que corresponde al período histórico más cercano, el que habla de su adhesión a la Rusia zarista y de cómo formó parte de la URSS posteriormente. Esta parte es la más interesante, con muchísimos datos y fotografías. El museo necesita seguramente una pequeña renovación en algunas de las explicaciones, que se evidencian desactualizadas, y un poquito más de cuidado, pero es desde luego una gran manera de pasar un par de horas conociendo mejor el suelo que se pisa. El cielo gris se convierte en una tormenta pasajera que agita con violencia la enorme bandera que hay delante del edificio del museo. Perfecto para sacarle algunas fotos a una composición que incluye la estatua de Manas, que preside el centro de la plaza Ala Too donde se encuentra el museo. Toco visitar Bishkek bajo un pasajero chaparrón Último paseo por Bishkek y hacia el aeropuerto La lluvia es ligera, perfecta para pasear un rato por la avenida principal sin mayor pretensión que vagar a lo flâneur, sabiendo que el
La frontera kazaja con Kirguistán | Día 11

Nuevamente, los reportes de los viajeros independientes pasados le han servido al viajero del presente para establecer su ruta entre Almaty y Bishkek, la capital de Kirguistán, uno de los vecinos con los que limita al sur Kazajistán. Todas esas (escasas) referencias están escritas en inglés, signo inequívoco del carácter remoto del itinerario, de lo inhabitual del cruce de la frontera kazaja con Kirguistán por tierra. Desayuno pronto, ultimo la preparación de una maleta que empaca por encima de sus posibilidades y tomo un bus urbano para llegar hasta la estación de Sayran, en las afueras de Almaty. Un tipo sentado en el exterior me adivina que viajo a Kirguistán, y me indica que debo ir al mostrador del primer pasillo. El billete me cuesta 2.600 tenge (aproximadamente 5 €), cien de los cuales son extraoficiales, una especie de impuesto revolucionario que se agencia la propia vendedora. El ticket marca 2.500 y ahora entiendo por qué me ha dicho que solo se puede pagar en efectivo, pese a tener el datáfono descaradamente a su lado. Decido no rebatirle porque qué más da ya, si apenas son 0’20 €. La ruta parecía exótica por las pocas referencias de internet, pero en realidad la comparto con un puñado de mochileros: un par de británicos, una pareja de israelíes, algunos rusos. También va un grupo de mujeres que imagino kirguises. El bus hasta Korday, la frontera terrestre entre Kazajistán y Kirguistán Cultura Nómada ha visto y ha padecido buses peores que este, pero pocos. Los asientos son aproximadamente cómodos y tengo la fortuna de viajar sin compañero al lado, con lo que mi billete cuenta por dos. Quién sabe, quizás de ahí la comisión de cien tenge extra. En las afueras de Almaty se ve en las cunetas a decenas de personas esperando a que algún coche se pare para llevarlos. En Kazajistán está ampliamente establecido el autoestop de pago como medio habitual de transporte. Una vez dejada atrás del todo la ciudad, la abismal estepa kazaja vuelve a hacerse presente. Cada tanto aparecen pequeños poblados y entre la nada, alguna yurta aislada. El conductor para en medio del far west kazajo para que podamos ir al baño y gastar los últimos tenge que nos quedan. La estación de servicio apesta a orín y a mierda de caballo. El calor en el bus es horrible. No hay aire acondicionado y la apertura superior apenas consigue paliar el sofoco. El cruce de la frontera kazaja con Kirguistán, un trámite tranquilo La carretera que va desde Almaty hasta Korday, la frontera entre Kazajistán y Kirguistán por la que vamos a cruzar, es bastante irregular. Los buenos tramos de asfalto son pocos, gran parte del camino es por carreteras de tierra, aunque parece que la vía está en proceso de mejorar. El trayecto hasta la frontera entre Kazajistán y Kirguistán desde Almaty es de unas tres horas y media aproximadamente. Cuando llegamos, el conductor nos pide que recojamos todo nuestro equipaje y crucemos por nuestra cuenta y riesgo, a pie, las dos fronteras. Y que el bus estará del otro lado esperando. La salida de Kazajistán es un trámite rápido en el que no median preguntas, solo repetidas miradas a la foto del pasaporte para comprobar que soy el mismo, aunque con algunas canas más. En el puesto fronterizo de Kirguistán, cien metros más allá, el trámite es incluso más rápido: sello en el pasaporte y siguiente. Apartando a los cambistas, los taxistas y los vendedores de tarjetas sim La emoción por llegar a un nuevo país se disipa rápido, justo en el momento en el que en esa frontera entre Kazajistán y Kirguistán, ya en el lado kirguís, a uno le asaltan decenas de taxistas, chavales con tarjetas sim y cambistas. Todos hablan solo ruso y hay que quitárselos de encima también en ruso: “Spasibo. Net”. Cambio los pocos tenge que todavía me quedan, el equivalente a unos 8 €, y recibo unos 750 som, la divisa kirguís. La veintena de pasajeros nos juntamos unos doscientos metros más allá del puesto fronterizo, en una gran sombra. El bus tarda muchísimo en llegar. A los veinte minutos aparca un autobús que no es el nuestro, este tiene matrícula kirguisa y el anterior era kazajo. Uno de los rusos se acerca a preguntar, y el conductor le confirma que sí, que ese es nuestro nuevo bus, cuando nadie nos había avisado que íbamos a cambiar de autobús y de autobusero. No queda otra que creerle, así que nos subimos sin mucha seguridad, confiando en que no nos estén llevando al matadero. Llegada a la estación de buses de Bishkek Desde la frontera de Korday hasta Bishkek apenas hay unos 45 minutos más. El cambio en el paisaje es abrupto. Kirguistán sí tiene vegetación, cuatro árboles que se juntan en los alrededores de la carretera y verde, mucho verde. El país también parece más pobre en estas primeras impresiones. Llegamos a la estación de buses del norte ya sin señal de internet, con lo que a partir de ahora me encuentro con la única certeza de los pantallazos hechos por la mañana en el hotel, en previsión de la desconexión. Lo que esos pantallazos no indican es que la ruta que Yandex me da no es la de un bus, porque en Bishkek los buses urbanos son una rareza, sino la de una de las mashrutkas que operan como medio de transporte. La furgoneta la tomo con desconfianza, confirmando con el conductor que va hacia donde tengo que ir. Es una de las primeras paradas y consigo sentarme y colocar más o menos bien todo mi equipaje. La aventura en la mashrutka de Bishkek Pero poco a poco el desmadre más absoluto se apodera del momento. Pasamos por un par de bazares y comienza a subirse gente y más gente. La furgoneta tiene una quincena de asientos que ya están todos ocupados, pero eso no parece importarles a los kirguises, que se montan y se aplastan entre
El ‘slow travel’ kazajo | Día 10

Es el día final de la ruta por Kazajistán. Mañana toca cambiar fugazmente de país para volver a Barcelona en un par de días desde Bishkek, la capital de Kirguistán. Estas dos noches en Almaty están ayudando a bajarle tres o cuatro marchas al ritmo frenético del viaje, a practicar ese concepto tan gastado y tan de moda, el slow travel (kazajo). Como la mayoría de lugares visitables ya están visitados en esta parte final del viaje a Kazajistán, le doy una oportunidad a las calles de Almaty sin la necesidad de fotografiarlo todo —solo algunas cosas— y sin las prisas de completar el puzle de monumentos. Por eso decido desayunar despacio y salir del hotel cerca de las 11.00 h. Tomo el metro por última vez hasta la estación de Abay, dedicada al poeta y pensador kazajo que ya no sabe que le han puesto su nombre a casi todo en casi todas las ciudades del país. Esta estación también está construida con encanto, con el propósito de ser práctica pero también bonita. Las ciudades occidentales pierden la noción de la belleza, son ejemplos de funcionalidad desalmada. En los países exsoviéticos los metros son una forma de expresión artística. También una oportunidad de conectarse con su historia. Último paseo en el metro de Almaty El metro de Almaty tiene, precisamente, una utilidad relativa. Su única línea recorre lo más importante de la ciudad, es cierto, pero en realidad le acaba a uno dejando muy lejos de casi todo. Es mucho más conveniente tomar alguno de los cientos de buses que hay. El día se ha despertado de domingo. Los vagones van semivacíos y la gente se mueve con lentitud, como si hubieran decidido seguir mi ritmo pausado. Cruzo parte de la ciudad en un momento y me bajo en la parte del sur de la ciudad, la que tenía pendiente conocer. Paso por el Hotel Kazakhstan, un edificio con solera de la época soviética, y dejo atrás Kok Tobe, el funicular que sube al mirador. Lo dejo pasar porque el tiempo apremia y decido que ya lo veré en la próxima visita a Almaty, cuando Cultura Nómada venga en completo y pueda hacer buenas tomas desde lo alto. Unos veinte minutos más allá está la Plaza de la República con el monumento de la independencia, el enésimo recuerdo a la conversión de Kazajistán en país. Detrás está el edificio del ayuntamiento de la ciudad, una construcción gris y soberbia coronada por la bandera azul del país. En los alrededores se ha improvisado un mercadillo dominguero. A los dos lados hay sendos jardines y dos grandes fuentes, en los que los locales parece que pasan el domingo con gusto. Siguiendo en dirección sur está el principal museo de la ciudad, que también dejo en la lista de pendientes para el próximo viaje a Kazajistán, y me adentro en uno de los tres distritos de Samal, los más pudientes de la ciudad. Del Dostyk Plaza al Tsum, ruta de centros comerciales En esta parte de Almaty los edificios se ven cuidados y los restaurantes tienen buenos sillones y menús que doblan los precios a los del resto de la ciudad. Es la Almaty adinerada, que se arremolina en los alrededores y dentro de Dostyk Plaza, el principal centro comercial de la ciudad. Me dejo llevar por la masa, buscando un poco de aire acondicionado, y recorro las tiendas sin mayor interés que buscar algunos souvenirs finales. Los encuentro en el supermercado. La bolsa pesa más de los previsto, con lo que busco el bus 12, que según Yandex es el que me va a dejar más cerca del hotel. Ya en mi habitación, me quedo. Es la hora de la final del Mundial femenino de fútbol de 2023, el que se juega en Australia y Nueva Zelanda, y no puedo perderme la victoria de España contra Inglaterra. Después de ver todo el partido, en Kazajistán son casi las 19.00 h, así que todavía da tiempo para un poco más de turismo slow. La calle Arbat está muy cerca y vuelve a ser el destino escogido de este último día de viaje a Kazajistán. Primero, para disfrutar del ambiente de domingo en la ciudad. Y segundo, para subir a la tercera planta de Tsum, el centro comercial en el que es más sencillo comprar recuerdos kazajos, y ahora ya sí llevarme los últimos, los enésimos, souvenirs, que no sé dónde voy a meter en la maleta. Preocupado por ello, decido volver al hotel para jugar al Tetris con el equipaje y dejar todo preparado para salir pronto mañana buscando la frontera con Kirguistán.
Vuelta a Almaty desde el inhóspito aeropuerto de Shymkent | Día 9

Cultura Nómada es de viajes largos, pero no le importa que sean cortos siempre y cuando sean viajes. Kazajistán es un país enorme que es imposible conocer en diez días, que son los que vamos a invertir nosotros en recorrerlo. Pese a escasos, estos diez días están sirviendo para adentrarse en él y coleccionar un buen puñado de recuerdos. El viaje todavía se alargará dos días más, cruzando a la cercana capital de Kirguistán, a Bishkek, desde donde sale el vuelo de vuelta a Barcelona. La vuelta a Almaty es casi inevitable para poder cruzar la frontera, y por eso nos toca pasar por el aeropuerto más inhóspito que hemos conocido, el de Symkent. Con la vuelta a Almaty retornamos al primer punto de la ruta del viaje. Desde aquí la conexión entre las dos ciudades es mejor y más frecuente. La vuelta a Almaty es una oportunidad para explorar lo que quedó inexplorado en los primeros días y, sobre todo, el momento de buscar los (auto)recuerdos preceptivos de cada viaje. Algún día en Cultura Nómada montaremos un mercadillo con todos los regalitos y recuerditos que tenemos guardados en cajas. Pero vaya, hasta entonces seguiremos tropezando en la misma piedra, seguiremos invirtiendo tiempo y dinero en souvenires. El inhóspito aeropuerto de Shymkent, peor que una estación de bus Ha sido una mañana que no requería de madrugón. El vuelo ha salido a las 15.00 h y por lo tanto se podía apurar con creces la hora del check-out. Así ha sido, porque eran las 11.59 h cuando estaba cerrando la puerta de la habitación del hotel Aidana Plaza de Shymkent. La recepcionista me ha deseado un buen viaje y, tras devolverle los buenos deseos para el día, he visto con sorpresa que en la colección de banderitas nacionales expuestas en el mostrador de bienvenida estaba la rojigualda española. Supongo que es la forma que tienen los kazajos de mostrarse acogedores. Mucho menos acogedor era el inhóspito aeropuerto de Shymkent, un entramado de vigas y paredes disfuncionales, una estación de bus de ciudad de la España profunda más que un aeropuerto internacional que recibe vuelos que llegan desde Turquía, Indonesia o China. Nada que ver con los aeropuertos de Almaty y Astaná, y se entiende por el tamaño y el número de vuelos, pero la verdad es que es una primera y una última imagen que no querría dar ninguna ciudad al visitante. Desde aquí apenas salen una docena de vuelos al día. Antes del que tiene que llevarme a Almaty ha salido uno a Astaná a las 12.00 h; y mucho después, a eso de las 18.30 h, hay sendos vuelos programados a Estambul y a Almaty. En el aeropuerto de Shymkent es aburrido jugar a inventarle destinos a los pasajeros que esperan, porque no existen más destinos que el de Almaty. La zona del control de seguridad no abre hasta una hora antes del vuelo, cuando todos nos agolpamos para pasar a otra sala de espera ya sí previa al embarque, más anodina incluso que la anterior, pues aquí apenas hay un baño y una ventanilla desde la que se sirven cafés, refrescos y algunos bocadillos. El aeropuerto, además de inhóspito, está dejado y huele mal. El vuelo, por suerte, sale en hora y el trayecto es bastante tranquilo y muy rápido. En una hora estamos en Almaty. De vuelta a Almaty El alojamiento de los dos últimos días en Kazajistán no es el mismo que el de los tres primeros, porque no había disponibilidad. Por fortuna, de hecho, porque este segundo hotel de Almaty, el Resident City Hotel, está mucho mejor que el primero. El recepcionista me recibe con total profesionalidad. Cuando me está explicando las horas del desayuno, apunte al que siempre hay que estar atento, se atreve a preguntarme de qué ciudad soy y empieza a hablarme de cuánto le gusta el fútbol y la liga española, aunque prefiere la inglesa porque él es seguidor del Chelsea. Prefiero no recordarle que en las dos últimas ediciones de la Champions el Madrid eliminó a su equipo. Estoy muy cerca de la calle Arbat, la principal calle peatonal de Almaty. Salgo a pasear un poco para testar el ambiente de sábado de la ciudad. Se nota que es fin de semana y que es verano. La gente está en las calles, está en los restaurantes. Los más jóvenes parece que empiezan a prepararse para darlo todo hasta bien tarde. Hace una semana justamente me encontraba a las 05.30 h del domingo a los zombis de la noche anterior. Mañana los zombis seguramente volverán a aparecer, pero yo no tengo necesidad de madrugar y por lo tanto no nos volveremos a cruzar. Me paso por un centro comercial de la calle Arbat a comprobar que puede ser el sitio en el que mañana invierta algunos tenge en comprar recuerdos. Muy cerca está una tienda que se llama Meloman, que es una suerte de FNAC a la kazaja. Le doy una vuelta y me llevo algunos libros para que luzcan en la biblioteca de nuestro piso. Al lado entro a mi supermercado de confianza de Almaty, que está fantásticamente surtido, aunque es un poco caro para los estándares locales. Me llevo un poco de queso y algún snack para hacerme la cena en la habitación viendo la victoria del Madrid contra el Almería, que intuyo con los ojos medio abiertos porque las cuatro horas de diferencia pesan y el sueño me acaba venciendo.
Excursión hasta Turkestán desde Shymkent | Día 8

Más allá de Almaty y Astaná, que eran paradas innegociables en la ruta por Kazajistán, los días de vacaciones daban para añadirle una tercera pata al itinerario. Después de hacer un análisis de alternativas, intereses y logística, Shymkent fue la ciudad finalmente escogida como base de esta tercera parada. Además, la excursión hasta Turkestán desde Shkymkent parecía un plan inmejorable. Más allá de ser la tercera ciudad más poblada del país —y eso a uno, que es bicho de ciudad, ya lo tenía medio convencido—, visitarla servía para añadirle una excursión exprés de día a la ciudad de Turkestán, que es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y acoge uno de los grandes monumentos históricos del país: el mausoleo de Khoja Ahmad Yasawi. Kazajistán y su búsqueda de turistas En cualquier caso, gran monumento e histórico no son sinónimos de turístico en este país, porque el turismo es apenas local y los extranjeros llegamos con cuentagotas. Se nota que el país está tratando de darse a conocer, porque tiene muchísimo que ofrecerles a todos los tipos de turistas. De momento, eso sí, el encanto de Kazajistán radica precisamente en su ausencia de turismo masivo y en las vicisitudes viajeras que ello implica. Es verdad que existen algunos tours, muy pocos, que hacen algo parecido a una excursión hasta Turkestán desde Shymkent. Incluyen un recorrido con guía de la parte histórica de la ciudad de Turkestán y vuelta a Shymkent. Pero la mayoría son para locales y es difícil desentrañar en qué fechas los organizan o qué hay que hacer para reservar. Excursión en mashrutka hasta Turkestán Por eso, el viajero independiente se encuentra en la divertida coyuntura de hacérselo todo él, acudiendo a reportes de otros viajeros independientes anteriores y confiando en la bondad de los locales. La excursión hasta Turkestán desde Shymkent es una prueba para sacarse el carnet de viajero. Primero hay que tomar un bus urbano a una de las muchas estaciones de bus interurbano que tiene Shymkent. Este era el primer reto, porque las informaciones eran contradictorias: algunos viajeros habían tomado su mashrutka desde la estación de Samal y otros desde la de Bekzhal. Al final he visto que daba un poco lo mismo, porque tanto desde la una como desde la otra salen y vuelven estas furgonetas en las que sobra la gente, falta el espacio y se echa mucho de menos el aire acondicionado, especialmente en el calurosísimo verano de esta parte del país. Así pues, he llegado a la estación de Samal y rápidamente me ha asaltado un conductor: “Hello, hello, Turkestán”. Le he dicho que sí, como si en realidad me llamase yo Turkestán y me hubiese dado por aludido. Y en estas me sube a la parte trasera de la mashrutka y consigue completar el pasaje. El transporte más económico y local Estas furgonetas de hasta doce plazas son un medio de transporte todavía muy habitual en muchos países exsoviéticos para distancias medias. Son muy económicas y aseguran una experiencia de lo más local. El trayecto de ida de unas dos horas me ha costado 3 €, pese a los esfuerzos del cobrador —que no era el mismo que el conductor— por hacerse el loco cuando le he dado un billete de 5000 tenge y no me daba los 3500 que me debía. Me ha visto cara de ser de letras y me ha devuelto 2500 en lugar de 3500. El segundo intento de engañarme tampoco ha colado, y le he dicho que era de letras pero que no era tonto, sin que me entendiese, y finalmente todo arreglado. Si en España tenemos bizum para todo, aquí tienen kaspi. Por lo que he podido experimentar en esta semana larga de viaje por Kazajistán es un equivalente casi perfecto de nuestro bizum para hacer transferencias instantáneas a un teléfono móvil. “Kaspi, kaspi, kaspi”, así le decían las viejitas que le iban a pagar el trayecto al cobrador. Uno esperaba de Kazajistán un país en el que imperara todavía el efectivo, pero nada más lejos de la realidad. Doscientos kilómetros en la excursión hasta Turkestán desde Shymkent La tarjeta es aceptada en casi cualquier lado, aunque en realidad los terminales que utilizan muestran también un código QR a través del que pagan la mayoría de kazajos con su móvil, seguramente a través de la aplicación de kaspi, que además de método de transferencia es un banco. Casi doscientos kilómetros separan Shymkent de Turkestán, pero el trayecto es bastante rápido porque los conductores son expertos en evitar al máximo la demora. Uno no sabe cómo, pero ponen esas furgonetas a 120 y a 130 por la autopista, y solo se ven obligados a reducirle la velocidad cuando se cruza alguna vaca o cuando divisan a lo lejos una patrulla de policía. Aunque la furgoneta acaba su trayecto en una estación, el conductor no tiene problema en ir dejando a los pasajeros por el camino en función de su destino y conveniencia. Con la ayuda de otro de los pasajeros he conseguido bajarme justo delante del mausoleo, alrededor del cual tienen montado en Turkestán todo un gran ensamblaje turístico, con tiendas, centros comerciales y restaurantes. Todo se ve novísimo, como acabado de estrenar, y se siente que están ahora en fase de estudiar cómo explotar la inversión. Alrededor del mausoleo hay un puñado de monumentos más que hacen que la visita sea de lo más sencilla, pues no hay necesidad de grandes desplazamientos y todo se puede conocer a pie. Eso sí, buscando las sombras, con una buena dosis de protector solar y con una gorra y gafas para paliar la fuerza del sol. El mausoleo de Khoja Ahmed Yasawi Vuelvo a ser el extraño entre la masa de turistas kazajos. Pocos más han decidido ir de excursión hasta Turkestán desde Shymkent. En la parte de la ciudadela, llegando al mausoleo, una pareja mayor de turistas occidentales está haciendo fotos de todo al lado de su guía privado. Más adelante, un chaval de