Hacía tiempo que no viajábamos al Sudeste Asiático; de hecho, desde ese viaje largo en 2019 en el que recorrimos la región, previo paso por India y Nepal, y que supuso el inicio de Cultura Nómada. Estamos de vuelta en el Sudeste Asiático, aunque en realidad en singular, porque la otra mitad de todo esto, Caro, tenía un compromiso amistoso en Colombia. A mí me trae hasta aquí también un compromiso —profesional— al que le vamos a sacar todo el partido nómada que podamos.
El vuelo de doce horas para llegar a Singapur
En ese 2019 de viaje mochilero largo y barato, Singapur se salió de la ruta por no estar hecho para mochileros y por no ser precisamente barato. Ahora las circunstancias son otras y las posibilidades también, con lo que la oportunidad había que tomarla sin dudar demasiado. Lufthansa es la portadora de una nueva pequeña dosis de penitencia aérea. Primero, una escala en Múnich y luego, uno de esos vuelos eternos de medio día en los que pasas en cuestión de minutos del calor al frío, del cansancio a la euforia y del hambre al dolor de estómago. Múnich y Singapur están separadas por doce larguísimas horas en las que, por suerte, por ser de noche en algún lugar del mundo, se apagan las luces después de la cena y consigues robarle tres o cuatro horas al vuelo cuando abres de nuevo los ojos.
Lufthansa es la Siberia de las compañías aéreas, al menos en ese vuelo LH790 que conecta Múnich y Singapur. Es, en realidad, una suerte de aclimatación a los aires acondicionados singapurenses, que son el mejor antídoto contra el calor sofocante del exterior y el detonante perfecto del más inoportuno resfriado. Por suerte, en el vuelo hay mantas de sobra. También hay comida de sobra, o esa es la impresión que tenemos siempre en estos vuelos, en los que entran constantemente calorías pero no hay manera de quemarlas, inmovilizados como estamos en un metro cuadrado de espacio vital. Como siempre en estos casos aparece esa obsesión ilusoria: ojalá ser ricos para poder volar indiscriminadamente en clase Business, con asientos que se convierten en camas y bienvenida con champán. Quizás para la próxima vez que estemos de vuelta en el Sudeste Asiático.
El puerto de Singapur desde las alturas
El avión deja atrás Kuala Lumpur y se acerca al extremo sur de la Malasia peninsular, donde empieza Singapur, esta ciudad-estado minúscula que tiene casi seis millones de habitantes y la historia de desarrollo económico más impactante de la región. Sobrevolando decenas de islotes despoblados, uno de los motivos de ese desarrollo se ve desde lo alto: cientos de barcos que van y vienen del puerto de Singapur, el segundo más importante del mundo tras el de Shanghái y el único no chino en el TOP5 de esta clasificación.
El vuelo aterriza pasadas las 16.00 h, cuando en Barcelona se hace de día y en Medellín están en el segundo sueño. Cultura Nómada más nómada que nunca: nos separan doce husos horarios y más de 19.000 kilómetros. En Singapur ya no marcan la entrada al país en el pasaporte, lo que supone un tremendo desencanto para los coleccionistas de sellos. Todo está digitalizado: hay que rellenar previamente un formulario de entrada, que no es siquiera visado, y cuando pasas el pasaporte a la llegada las máquinas ya reconocen que has cumplido con la premisa y que puedes entrar al país.
Ahora ya sí, por fin, de vuelta en el Sudeste Asiático
La salida del aeropuerto es la bienvenida más calurosa, en el más literal de los sentidos. De camino al hotel uno rápido ratifica varias preconcepciones: que Singapur es multirracial, que es limpio y ordenado, que en esta época la luz del sol es una anomalía y que tiene un skyline tremendamente fotogénico. Después de una ducha rápida y un descanso insuficiente, con el objetivo de sentir que uno está en otro sitio, me animo a salir a ver el espectáculo de luces de los Gardens by the Bay y a cenar unas alitas con patatas fritas. Y visitado y cenado, de vuelta al hotel para tratar de ganarle la partida al jet lag, en un partido que queda en empate.