20 consejos para disfrutar de Bali

El lugar que aspira a conocer todo viajero. Su nombre evoca el paraíso, el destino prometido, como ningún otro lugar en el mundo. Bali es la isla que lo tiene todo, en la que nunca te aburrirás, de la que nunca te querrás marchar. Es, además, un destino reincidente, porque una vez la conoces no puedes no volver. Sin embargo, siempre hay una primera vez para visitarla. Y para que puedas hacerte una idea de lo que vas a encontrar, hemos recogido en una lista veinte consejos para disfrutar de Bali. Todas estas recomendaciones están basadas en nuestra experiencia personal, de cuando viajamos a Bali durante dos semanas a mediados de 2019, y también están revisados y actualizados a fecha de agosto de 2024. 1. Alquila una moto (y aprende a conducirla en casa) De haber sabido que vendríamos a Bali —en nuestro viaje por Asia de cinco meses la ruta solo tenía la certeza de la India como punto de partida— nos habríamos esforzado en traer de casa unas cuantas lecciones de montar en moto. La isla es muy grande y difícil de abarcar en transporte público, porque este casi no existe. Está la opción de los taxis —carísimos—, los Grab y Gojek —unos sucedáneos de Uber muy mal regulados— y los conductores privados, convenientes solo si quiere un guía y si se viene en grupos grandes. Para todo lo demás: moto. Sería el primer consejo para disfrutar al máximo de Bali que daríamos a los que vengan a la isla de vacaciones: que alquilen moto y que vengan entrenados de casa. Alquilarlas es muy barato (entre 4 € y 9 €) y permite organizar de manera autónoma las rutas. 2. Trae el carnet de conducir internacional Va de la mano del primero de nuestros consejos para disfrutar de Bali. Si tienes pensado alquilar moto, que deberías hacerlo, no olvides sacarte el carnet de conducir internacional. En la mayoría de ocasiones no te lo pedirán a la hora de formalizar el alquiler. Muchos alojamientos ofrecen motos con la simple promesa del pago posterior. Sin embargo, se comenta que la policía local se las sabe todas a la hora de buscarle las cosquillas a los turistas motorizados. Conscientes de que muchos no traen la credencial adecuada para circular, los paran y los multan. O buscan un sobresueldo a cambio del perdón de la multa. 3. No vengas en la época del monzón, ven entre abril y septiembre ¿Cuál es la mejor época para visitar Bali? ¡Todas, siempre! Dejando de lado la obviedad de la respuesta, porque Bali siempre es una buena idea, te aconsejamos que escojas de manera sabia cuándo vas a visitar Bali. Como toda la zona, la isla de los dioses se rige por dos estaciones: la húmeda y la seca. De manera aproximada cada una de ellas dura medio año. Entre octubre y marzo raro es el día que no llueve. Quizás octubre y noviembre, donde el monzón empieza algunos años con timidez, son meses menos arriesgados. Pero venir a Bali en diciembre, enero, febrero y marzo no te va a permitir disfrutar al máximo. Es a partir de abril cuando las lluvias son menos constantes y el sol domina la mayoría de los días. Bali es más Bali con sol. Procura visitarla entre abril y septiembre. 4. Dedícale al menos una semana Nosotros veníamos para cinco días y nos acabamos quedando catorce. Más allá de su efecto atrapador, porque Bali te engatusa para que no la abandones, hay muchísimas cosas que ver y hacer en la isla. Por eso, uno de nuestros consejos para que disfrutes de Bali es que te la tomes sin prisa. La isla es grande, las carreteras irregulares y los puntos de interés están muy dispersos. Por eso, hay que planificar bien. Para hacerlo, deberías dedicarle a Bali al menos una semana. Esto te da cierto margen de maniobra para alojarte quizás en dos zonas distintas de la isla y, si quieres y te lo puedes permitir, buscar un par de días de relax en alguna villa como complemento al turisteo del resto de jornadas. En cualquier caso, consideramos que una semana es el mínimo. El máximo no existe: Bali da de sí todo lo que quieras. 5. Come en warungs El warung es el típico restaurante tradicional balinés regentado, normalmente, por una familia. En la mayoría solo encontrarás comida típica indonesia. Si te gusta el arroz, el pollo y los fideos, la comida indonesia te va a gustar. Hay warungs, sobre todo en Ubud, que se han dejado llevar por el cosmopolitismo de la ciudad y se han especializado en gastronomías del mundo. En cualquier caso, son restaurantes siempre informales, casi siempre abiertos y poco sofisticados. Algunos cuidan su decoración de manera minimalista y moderna. Comer en warungs es la mejor manera de acercarse a la gastronomía local y ahorrar un poco de dinero. En muchos de ellos encontrarás platos por entre 15.000 y 50.000 rupias (entre 1 € y 3 €). Eso sí, las raciones no suelen ser muy abundantes. En nuestro diario de ruta de Indonesia explicamos en qué warungs comimos cada día en Bali. 6. Prueba el nasi goreng (y el mie goreng) Es el plato estrella de los menús de la isla. El nasi goreng es de una sencillez abrumadora, pero está riquísimo. El arroz es su principal ingrediente, al que se acompaña de un huevo frito encima de la montaña de arroz, algunas verduras, pan de gamba y, en ocasiones, pollo. Existe una derivación del plato que sustituye el arroz por fideos, y que está igual de rica: el mie goreng. Es una receta muy parecida al típico chowmein chino. Nosotros no tenemos un favorito claro. En algunos sitios nos gustó más el nasi goreng y en otros el mie goreng. Lo mejor, si viajáis más de uno, es que pidáis una ración de cada. 7. Bebe zumos de fruta (o smoothies) En la isla nos volvimos adictos a los zumos de fruta. Después de
Qué ver en Delhi y cómo afrontar la llegada a India

La puerta de entrada natural y más sencilla a la India es su capital, Nueva Delhi. Es la ciudad con más conexiones aéreas con el resto del mundo y también la que se conecta mejor con todas las zonas del país, ya sea por tierra o por aire, tanto en tren como en bus y avión. Por eso, casi siempre, el primer contacto del que visita India es Delhi. En este artículo explicamos qué ver en Delhi y compartimos consejos para afrontar la llegada a India. Lo que contamos se basa en la experiencia de nuestro viaje a India de 2019, pero todo está revisado y actualizado a fecha de 2024. Denostada por la mayoría por sentirla demasiado caótica, por no saber entender su complejo ritmo frenético, nosotros te recomendamos que visites Delhi con cariño y la disfrutes con calma. Aunque la calma no exista y el cariño a primera vista es probable que no se vaya a dar. En cualquier caso, Delhi es un crisol de realidades indias, desde las más pobres hasta las más ostentosas. Y todas esas realidades componen Delhi como componen la India. Por eso, es imprescindible conocer la capital porque es la mejor muestra de lo que es el país. La ciudad está tan llena de monumentos. Tiene tantos lugares que merecen ser conocidos, que quizás es buena idea no consumirla de una vez. Si tu estancia en la India va a ser larga, es muy probable que vayas a tener que volver a Delhi en algún momento para conectar con algún otro destino. Si es el caso, dale dos o tres días al inicio y en función de lo que te haya gustado decides si prefieres evitarla de nuevo, pasar fugazmente o volver para dedicarle algunos días más. Te van a cundir seguro. Como complemento a este post, no dejes de consultar la entrada en la que recogemos recomendaciones y consejos para tu viaje a la India. Y si tu viaje por India incluye Rajastán, también puedes consultar nuestra completa guía de Rajastán para un itinerario de dos semanas. Llegada a Delhi: cómo llegar desde el aeropuerto al centro y primeras gestiones A tu llegada a Delhi asegúrate de tener listos tu pasaporte, tu visado (impreso o en el móvil) y tu billete de avión. Te lo pedirán todo en inmigración para sellarte el pasaporte con tu fecha de entrada al país y la validez de tu estancia. Que será de dos meses, si traes una e-visa, o de más tiempo, si has optado por hacer el visado de seis meses con multientrada. En cualquiera de los casos, ármate de paciencia porque la cola en inmigración no es precisamente rápida. Nosotros estuvimos casi 45 minutos pese a que los paneles informativos electrónicos mentían diciendo que la cosa debía durar entre cinco y diez minutos. Es posible que el agente de aduana te haga un par de preguntas de rigor, que debes contestar de manera sincera: no te van a negar la entrada ni diciendo —ehm, culpable— que eres periodista. Una vez superado el control aduanero y con el pasaporte sellado acreditándote tu entrada en el país, recogerás el equipaje que hará rato que habrá salido. A continuación, nuestra recomendación es que hagas dos cosas: que saques o cambies dinero y que consigas un número de teléfono indio con su correspondiente tarifa de internet asociada. Después, tendrás que llegar al centro de la ciudad. Para ello, te contamos qué debes hacer en cada caso. Sacar dinero o cambiar dinero en el aeropuerto Al salir al hall principal de la terminal tres, a la que llegan todos los vuelos internacionales, encontrarás varios cajeros. En cualquiera de ellos deberían aceptar tu tarjeta de crédito o de débito. El máximo de dinero que puedes sacar son 10.000 rupias por transacción (unos 105 euros según el cambio de agosto de 2024); lo mejor es que saques esas 10.000 rupias cada vez que necesites retirar dinero de los cajeros, así evitas duplicar comisiones. Alternativamente también puedes cambiar dinero. Hay algunas casas de cambio en la zona previa a salir al hall, justo al lado de donde se recoge el equipaje. Y hay algunas más a la salida. El cambio no es muy favorable. Por lo tanto, lo mejor es conseguir lo suficiente e indispensable para llegar a la ciudad y una vez allí buscar otros lugares con una tasa de cambio más beneficiosa. Número indio y tarifa de internet móvil Esto es imprescindible para moverte por el país, para estar conectado, organizar qué ver en Delhi y en todo el país y cerciorarte de que estás en la buena dirección. Aunque se puede conseguir una tarjeta SIM india en la ciudad, lo mejor es llevar los deberes hechos desde el aeropuerto. Eso sí, de nuevo paciencia. Cuando nosotros estuvimos en el país, solo había un puesto en el que venden chips para el teléfono y siempre está concurrido de turistas que, como tú, no quieren dejar de mirar Instagram cuando no disponen de wifi. Al parecer, ahora tres puestos más. El stand principal es de Airtel, que es la compañía de telefonía móvil principal del país, y se encuentra justo a la salida del pasillo principal de la terminal, una vez recogida la mochila. El plan que ofrecen, y que debes aceptar porque es realmente bueno, es tarifa de Internet de 1’5 gigas diarios durante 28 o 56 días, además de llamadas ilimitadas. Esto, en febrero de 2019, nos costó 800 rupias (unos 10 €). Aquí puedes revisar los precios y los planes disponibles actualmente en 2024. No desesperes si ves que no te funciona, como hicimos nosotros, blasfemando e increpando al vendedor de Airtel, convencidos de que habíamos sido víctima de la primera artimaña india. La tarjeta SIM tarda al menos doce horas en activarse. Cómo llegar al centro de Delhi desde el aeropuerto Prepárate para que una vez traspases la puerta de la terminal y pises suelo indio se te abalancen los taxistas tratando de convencerte de
Viaje en El Chepe: el tren que cruza Sinaloa y Chihuahua

El tren como medio regular de transporte para personas (prácticamente) no existe en México. El país está cruzado por vías, que solo ocupan y utilizan los mercancías. Desde la anodina ciudad de Los Mochis, en el estado de Sinaloa y cercana a la frontera con Sonora, parte el viaje de El Chepe, uno de los pocos trenes de pasajeros del país. El Chepe es la anomalía convertida en atracción turística. Empieza su travesía a las 06.00 h de la mañana puntual. Es noche oscura todavía y el horizonte solo se adivina. A esta hora tan temprana la versión regular del tren, la que se reivindica original, El Chepe Regional, comienza su viaje con el propósito primero del transporte: transportar. Personas, para el caso. Mexicanos de vestir modesto, cara aindiada y acento nada chilango hacen cola en la billetería de la estación. Ahí, en la estación, solo se pueden adquirir los tickets más restrictivos, los de la clase económica. Solo dan acceso a un trayecto —sin paradas intermedias—, a un asiento y a los snacks que les ofrezca un carrito escaso que pasa cada tanto. El resto de mexicanos, que vienen quién sabe si de la otra punta del país, se enfundan en abrigos aparatosos, bufandas espesas y gorros de nieve. Ellos, que nunca se habían abrigado tanto, también van a tomar El Chepe Regional. Esos turistas no habían estado en Chihuahua, donde el frío sí existe, donde el invierno tiene temperaturas que le son propias. Con los años, a los turistas se les incentiva —obliga— a tomar El Chepe Express, la versión de lujo del ferrocarril. Para poder disfrutar de la versión regional y económica del tren, hay que reservar antes un tramo de El Chepe Express, como explican en su web. Eso ha cambiado sustancialmente desde la pandemia, pues con anterioridad sí que era posible tomar sin restricciones El Chepe Regional. De hecho, lo que contamos en esta crónica se basa en nuestra experiencia en febrero de 2019 a bordo de la versión normal del tren. A fecha de agosto de 2024, que es cuando hemos actualizado y revisado el artículo, ese mismo viaje que nosotros hicimos no se puede realizar en las mismas condiciones. Los primeros pasos de El Chepe Como las grandes catedrales, la construcción y puesta en marcha de El Chepe ocupó más de un siglo. El proyecto se inició en 1861 y justo cien años después, en 1961, se inauguró el Ferrocarril Chihuahua Pacífico, el nombre sin acrónimos de El Chepe. Sin embargo, no sería hasta el 19 de febrero de 1998 que el tren empezaría a funcionar de manera efectiva. Los mexicanos se enorgullecen de El Chepe, aseguran que es una especie de obra maestra férrea. Y en realidad lo es. Definir los trazos de las vías por la sierra Tarahumara, una intrincada cadena montañosa, es un auténtico hito. A la media hora de dejar Los Mochis a la espalda, el sol despunta rayos tímidos de sol. El amanecer comienza a aparecer a la derecha de El Chepe. A la izquierda, una tenue neblina baja hasta las cosechas y las abraza. Las vistas son de momento insulsas. Los asientos son amplios, cómodos, invitan a un viaje largo de nueve horas. Sirven de perfecta cama para apuntalar el sueño del madrugón. La panorámica, de momento falta de interés, ayuda a que venza el sueño. —A partir de las siete estará abierto el vagón restaurante. Les recomiendo aprovechar e ir a primera hora, antes de que lleguemos a El Fuerte. Lo anuncia a viva voz uno de los operarios, ataviado de verde uniforme de pies a cabeza, con una pajarita negra sobre la camisa blanca y gorra a juego. En su vertiente de tren turístico, El Chepe alienta a servir solo de paréntesis entre las paradas del viaje; pero en la práctica, por su escasa frecuencia, las estaciones intermedias sirven casi de condimento del viaje. La primera parada, El Fuerte El Fuerte es la primera parada partiendo de Los Mochis, un pueblo mágico —denominación a la que aspiran todos los pueblos del país— desde el que se suben más pasajeros. La mitad son mexicanos como los que vienen de Los Mochis, de los que turistean, la otra mitad son gringos jubilados, de mofletes enrojecidos, que se montan al tren como si abordaran la aventura definitiva. Conforme norteamos el paisaje se vuelve imponente. La vía se angosta. A la izquierda “pura piedra”, le dice un operario a la gringa que trata de distraer su cigarrillo en la ventana. Se vuelve y busca la otra parte del pasillo. Ahí, el tren juega a hacer funambulismos con el precipicio; más atrás, la panorámica es hermosa: una enorme presa que sirve de frontera natural entre estados, montes que se amoldan a la forma del cielo y vegetación amarronada y caduca. El cactus se adueña del paisaje. Su verde espinoso se mezcla con el resto de árboles y las hierbas descuidadas se enredan a las vías. Hora del desayuno en El Chepe La velocidad del tren es moderada, como tratando de no descarrilar, dando azotes a ratos. Los operarios van y vienen, enuncian las siguientes atracciones del trayecto, revisan billetes, solucionan imprevistos y venden llaveros e imanes. Entre coche y coche tratamos de apostarnos en las ventanas para disfrutar un poco de la vista y hacer un mucho el periodista de viajes. Los gringos jubilados también quieren sacar fotos y le suponen a uno políglota entre risas: —Otro turno, que pase el siguiente. Hacemos como que nos reímos y les cedemos la ventana —un rato—. Se cansan rápido de las vistas, por suerte, y se dirigen al vagón restaurante. Se sirven desayunos muy mexicanos: copiosos, pesados, llenos de sabores, de cuchillo, tenedor y cuchara. Los frijoles con huevos revueltos y alguna suerte de guiso —que más de uno solo se imaginaría engullendo después de tres días de intenso ayuno— son el pan con mantequilla y los cereales mexicanos de cada mañana. Muchos de los gringos de mofletes colorados se atreven con
Qué ver en Katmandú y en el Valle de Katmandú

Desde el Valle de Katmandú se extiende, y se entiende, todo Nepal. Desde aquí se ha desarrollado el carácter y la idiosincrasia del país. Por eso, hay muchas cosas por ver y por hacer en esta zona. Arrinconado en el orden de preferencia de muchos visitantes, que deciden pasarlo por alto y correr hasta las montañas, nosotros te animamos a que le prestes la atención que merece. ¿Para qué? Pues para recorrer sus ciudades principales, conocer sus fantásticos monumentos, entender el legado de los newar y degustar su gastronomía. En este artículo te contamos qué visitar, qué hacer y qué ver en Katmandú y en el Valle de Katmandú, y te recomendamos dónde alojarte, dónde comer y cómo desplazarte. Los consejos son sobre Katmandú pero también sobre qué ver en Bhaktapur y Patan. Todo lo que explicamos se basa en el viaje que hicimos al país en 2019, pero está revisado y actualizado a fecha de agosto de 2024. Un poco de contexto Como tal, como ente administrativo, el Valle de Katmandú en realidad no existe. Lo forman, en su existencia alegórica y geográfica, tres distritos —Katmandú, Lalitpur y Bhaktapur— y seis ciudades. Entre ellas, Katmandú, la capital del país, es la ciudad más poblada e importante. Muy cerca de ella se encuentran los otros dos municipios principales de la zona, tan relevantes a nivel histórico y cultural como la propia Katmandú: Patan y Bhaktapur. Para no andar moviéndote en exceso, nuestra recomendación es que utilices Katmandú como base. Se puede llegar en transporte público o en taxi a cualquiera de las otras dos fácilmente. Te explicamos cómo más adelante. El Valle de Katmandú tiene sentido de unidad por su patrimonio cultural, que forma parte de la lista de la UNESCO de Patrimonio de la Humanidad. ¿Pensabais que Nepal era solo trekkings y montañas? ¡En absoluto! Nepal es un país con una cultura interesantísima, una gran mezcla de etnias, procedencias y rasgos, la gente más acogedora y amistosa y paisajes espectaculares en cada rincón. De toda esa belleza e interés, el Valle de Katmandú se guarda la parte más urbanita, folclórica e histórica. Y sobre todo, la religiosa. En esta región del país se concentran los espacios de culto más visitados por budistas e hinduistas, las dos religiones con más devotos del país. Es, además, el centro financiero y administrativo del estado, donde se encuentran las empresas más importantes y todos los órganos de gobierno. Un total de siete complejos arquitectónicos de la zona se inscriben en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. En mayor o menor medida, todos sufrieron desperfectos durante el terremoto de 2015, un suceso sin el que no se entiende el Nepal del nuevo siglo. Casi 9.000 personas fallecieron y más de 20.000 sufrieron heridas de diversa consideración; casi cuatro millones de nepalíes perdieron su casa y un tercio de la población se vio afectada de manera directa. A los irreparables daños personales hay que sumar los reparables daños materiales. El patrimonio del país, especialmente el del Valle de Katmandú, quedó resquebrajado por ese terremoto. Todavía en 2019 seguían las lentas tareas de reconstrucción, llenando de andamios las Durbar Square de Katmandú, Bhaktapur y Patan. Qué ver en Katmandú La capital de Nepal es un lugar incómodo para el viajero no acostumbrado a las grandes ciudades asiáticas. De hecho, considerarla gran ciudad es hacerla de más. Katmandú tienes calles imposibles de transitar sin tropezar a cada cuatro pasos y un tráfico desordenado y caótico. Es polvorienta, brumosa y desaliñada. Pero no te preocupes, compañero viajero: Katmandú tiene Thamel. El barrio de Thamel está hecho a la medida del viajero de todo tipo, del que se hospeda en hoteles de lujo y del que viaja descalzo con lo puesto. Aquí todo es sencillo para el turista: callecitas con onda llenas de restaurantes, bares y cafés, agencias que te venden todo lo que quieras —y lo que no—, lavanderías, tiendas de souvenirs y todo tipo de alojamientos. Thamel no se visita, porque no hay nada que visitar. Solo se pasea una y otra vez, se recorre, se regatea y se degusta. Thamel hace más sencillo el aterrizaje en Nepal. Encontrarás todo tipo de comida y bebida. Eso sí, prepárate para que los precios sean mucho más elevados que en el resto de la ciudad, y sobre todo que en el resto del país. Basta alejarse un poco a la periferia del barrio para encontrar restaurantes con un aire más local y mucho más baratos, pero todavía orientados al visitante foráneo. Nuestra recomendación es que Thamel sea tu base para visitar el Valle de Katmandú, porque aquí encontrarás de todo y te podrás mover con facilidad, tanto por la zona como hacia otros destinos en el país. Las principales visitas de Katmandú No te confundas por el nombre, porque se repite por tres. Tanto Katmandú como Patan y Bhaktapur tienen una Durbar Square, que significa ‘Plaza real’. Todas se parecen un poco en su composición y sus edificios. La Durbar Square de la capital se sitúa al sur del barrio de Thamel, en una caminata tranquila de un cuarto de hora. Es, como las otras dos plazas, una muestra fantástica de la arquitectura newar. Los newar son los pobladores originales del Valle de Katmandú, los que han modelado las tradiciones y la cultura nepalí. En la Durbar Square hay cantidad de edificios relevantes, entre los que destacan el Palacio Real y el Palacio de la Kumari, la diosa preadolescente a la que veneran los nepalíes. Os explicamos más sobre ella en esta entrada de nuestro Diario de Ruta. La Durbar Square está constantemente transitada por locales, que simplemente la cruzan o llegan para hacer ofrendas al carro que hace las veces de templo o a las figuras de dioses hinduistas. Sin embargo, para los extranjeros no es tan sencillo. Amparándose en la necesidad de recaudar fondos para la rehabilitación de la zona tras el terremoto, el gobierno nepalí obliga desde hacer algunos años a
Información del Toy Train, entre Darjeeling y las nubes

En un arqueo constante, sorteando curvas y pendientes de varios cientos de metros, el Toy Train —el tren de juguete— se divierte avanzando a menos de veinte kilómetros por hora. Lo hace camino de los Himalayas, partiendo de Siliguri, la segunda ciudad del estado de Bengala Occidental, y llegando a Darjeeling, donde la civilización se tropieza con las montañas. El Darjeeling Himalayan Railway —el nombre oficial del Toy Train— es un avance añejado, que ha mutado en atracción turística de primer orden. En su día, cuando fue construido, ayudó al desarrolló de la región. Ahora opera por el gusto de sentirse vivo. Bueno, y para disfrute de los muchos turistas que venimos a conocerlo. Nosotros conocimos el Toy Train de Darjeeling en 2019, pero este artículo tiene la información actualizada a fecha de 2024. La historia del Toy Train de Darjeeling De no haber sido por el tren de juguete Darjeeling nunca habría pasado de asentamiento remoto de las montañas. Eso era antes de que la tecnología de la locomoción pusiera al pueblo en el mapa. Para poder completar el trayecto entre Calcuta, la antigua capital de la India, y Darjeeling hacían falta muchas agallas y enorme paciencia. En 1878, cuando se inauguraron las primeras rutas ferroviarias en el país, la odisea se aligeró. Primero había que tomar un tren desde la estación de Howrah en Calcuta hasta Sahibganj, en un trayecto eterno de cuatrocientos kilómetros y muchísimas horas. Desde ahí, un barco de vapor llegaba en cinco horas hasta Carragola, donde un carro tirado por bueyes acercaba al viajero hasta la zona del río de Dingra Ghat. Llegados a este punto, se podía escoger transporte: carro de bueyes, ponys o caballos. En otro trayecto larguísimo, el entusiasta de las aventuras imposibles llegaba al fin a Siliguri. Aquí comenzaba el ascenso que ahora completa del Darjeeling Himalayan Railway, y entonces se encargaba de realizar cualquier tipo de transporte disponible: carruajes, carros, animales. Finalmente se llegaba a Darjeeling cinco o seis días después de haber partido de Calcuta, sin saber todavía que la heroica epopeya estaba solo a medias. Porque una vez completados los litigios en las alturas, había que volver. Y así se establecían las relaciones comerciales entre Darjeeling y el resto de la India, en dos semanas. Era más sencillo hacer llegar una paloma mensajera. O inventarse, en 1881, una obra de ingeniería extraordinaria que sintetizaría la novela del viaje en una esmerada sinopsis. De Siliguri a Darjeeling Desde entonces el tren ha cambiado poco. Sigue escalando una carretera estrecha empinadísima desde Siliguri, pasando por los principales pueblos de la zona de las montañas de Bengala Occidental: Kurseong, Ghoom y al final Darjeeling. La vía —única— serpentea. A ratos se sitúa a la izquierda, a ratos a la derecha. Dibuja una espiral de trayectorias para acomodarse del lado que más le conviene. Y a su altura siempre van los coches, los buses, los camiones y sobre todo los jeeps, la versión moderna de los carros con bueyes. Avanza de manera dramática, aguantándose con fuerza a las vías y con una lentitud que exaspera. El trayecto de más de ocho horas desde Siliguri hasta Darjeeling, y viceversa, es solo apto para entusiastas del tren. De lo contrario, es mejor pasar tres horas en el jeep y emplazarse al trayecto turístico de dos horas una vez en Darjeeling. En 1999 la UNESCO incluyó al Darjeeling Himalayan Railway en su lista de lugares que son Patrimonio de la Humanidad. La organización no escatima en elogios con el Toy Train: “El primero y más sobresaliente ejemplo de un tren de pasajeros de montaña. Inaugurado en 1881, implementó soluciones audaces e ingeniosas al problema de establecer un enlace efectivo a través de un terreno montañoso de gran belleza”. No fue sencillo ingeniárselas para hacer viable el tren de juguete. Lo escarpado del terreno obligó a trazar diversos loops y zigzags, para soslayar pendientes excesivas y permitir cambios de sentido. También se construyeron varios pasos a nivel y puentes, para un ancho de vía de lo más estrecho: 61 escasos centímetros. El Toy Train trajo a Darjeeling el desarrollo de la región y el turismo. La mayoría de la población de la zona es de origen nepalí, e incluso tibetana. Son indios tan distintos en sus maneras, pero también en su fisonomía y sus rasgos. El tren de juguete ayuda a matizar el brusco cambio que supone pasar de Calcuta —superpoblada, inabarcable— a Darjeeling, con su aroma de té y la brisa de las montañas. Además de algunos turistas extranjeros, la ciudad está atestada de turistas nacionales, que eximen sus modales contra los de los locales: son escandalosos, escupen, eructan y se quejan por todo. Uno entiende que quieran llegar hasta aquí. En los días claros, solo algunas nubes se interponen con las montañas. Nada que ver con el tráfico y el humo de sus ciudades. Mucho han decidido quedarse: no todos los locales tienen los ojos rasgados. Información práctica sobre el Toy Train El Darjeeling Himalayan Railway opera dos tipos de trenes. A continuación os explicamos en qué consiste cada uno de ellos, cuántos servicios hacen al día (y en qué horarios), cuánto cuestan y cómo se pueden reservar. Este es el tren que uno puede tomar para alcanzar Darjeeling desde Siliguri, ya sea desde su estación más grande y moderna (la de New Jalpaiguri, donde se inicia el trayecto) o desde la más céntrica (Siliguri Junction). Solo hay un tren diario, que parte de lunes a domingo a las 10.00 h de la mañana desde New Jalpaiguri y llega a Darjeeling, si todo va bien, a las 17.20 h. Entre medio hace parada en algunos pueblos de la zona, como Kurseong, Sonada y Ghoom. Pese a que el servicio del tren es diario, hay épocas del año en que se ve interrumpido a causa de temporales o problemas en las vías. Por eso es conveniente confirmar con tiempo que el 52541 (el número del tren) está operativo. El trayecto total es de
Colores infinitos: qué ver en San Miguel de Allende y Guanajuato

En el centro de México, dos lugares destacan siempre en el top de de lugares imprescindibles que ver y visitar: San Miguel de Allende y Guanajuato. Las dos ciudades se encuentran en el estado de Guanajuato, separadas entre sí por una hora escasa de carretera. La primera, más pequeña y abarcable, se ha convertido en hogar de canadienses y estadounidenses. La otra, por su estatus capitalino, tiene más aire de ciudad grande sin serlo: llena de comercios, universitarios y túneles. En este artículo os explicamos cómo es cada una y os damos información práctica para saber qué ver, dónde comer y dónde hospedaros en San Miguel de Allende y en Guanajuato. San Miguel de Allende: qué ver, dónde comer y dónde alojarse Hay ciudades para recitar poesías al aire. Las demás, la mayoría, son a grandes rasgos fastidiosas. San Miguel de Allende es definitivamente de las primeras. Compone rimas asonantes conforme te acercas a ella y versos llenos de mimo, cargados de belleza, en su centro histórico. Situada en la mitad de México, unos trescientos kilómetros al oeste de la capital, ha conseguido sobrevivir al éxito de su inscripción por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en 2008. Desde mucho antes el municipio ya era uno de los lugares más estimados por los turistas nacionales. Pero desde entonces sus calles se han llenado de viajeros de todo el mundo. La ciudad es segura y limpia, se ha aclimatado a la perfección a la continua convivencia con los extranjeros. De hecho, son varios miles los estadounidenses y canadienses que ya retirados, tratando de huir del aburrimiento y el frío, se han convertido en sanmiguelenses de pleno derecho. Han comprado casas y han contratado a artistas de todo el mundo para que pinten las fachadas de sus hogares. Le han renovado la cara a las paredes del municipio, que se han llenado de grafitis y arte callejero. La ciudad respira un aire más cosmopolita, para reivindicarse tan mexicana como del mundo. El reclamo original de San Miguel de Allende son sus calles adoquinadas, sus casas del centro histórico pintadas de amarillo, rojo y rosa y sus decenas de iglesias. La etiqueta de colonial está hecha a su medida. Es de esas ciudades latinoamericanas que fueron urbanizadas a semejanza del patrón castellano y quedaron más bonitas que cualquier ciudad castellana. Como tantas otras: Cartagena de Indias, Antigua, Paraty o Cuzco. A esta última se le asemeja un poco, a escala pequeña. Como ella, su plaza central es el lugar desde donde empezar a explorar la ciudad, y también donde inevitablemente se acaba. San Miguel de Allende no se queda en postal. Es una ciudad movida, dinámica y con alma de artista. Caminando, a cada tres establecimientos aparece una galería de arte. Las artesanías —como el encanto de la ciudad, como su turismo pujantemente exclusivo— son aquí refinadas. Vale la pena entrar en las galerías y rascarse el bolsillo para llevarse un recuerdo que solo colgará de la pared de tu casa. Su clima siempre soleado, caluroso incluso en invierno, son el aderezo definitivo para hacer de San Miguel de Allende parada obligatoria en tu viaje por México. No demanda de muchos días: con uno verás los imprescindibles. Pero si puedes, dale dos para que la camines aún con más atención. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Tres lugares que visitar en San Miguel de Allende La iglesia más importante del municipio, la que se ve desde todas partes y señala el centro de todo lo que sucede. Situada en la Plaza Principal, es de estilo neogótico y merece no ser visitada solo desde fuera: hay que entrar, respetar el rezo de los devotos y admirar la riqueza de sus ornamentos. Sus torres rosadas se encienden de noche para hacerla todavía más espectacular cuando el sol ya no la ilumina. Es uno de los lugares de interés que hay que ver en cualquier ruta a San Miguel de Allende y Guanajuato. El otro centro neurálgico de la ciudad, el que solo habitan los locales. Si la Plaza Principal está siempre atestada de turistas, la Plaza Cívica está siempre atestada de sanmimguelenses. Aquí verás cómo se conjuga la rutina del municipio y, además, puedes conocer el Oratorio de San Felipe Neri, otra de las iglesias más bonitas de San Miguel. Una galería de arte enorme encapsulada en una antigua fábrica textil. Un escenario que se aleja del paseo por los monumentos más conocidos y ayuda a comprender la vertiente artística de San Miguel de Allende, que vive al ritmo de los múltiples festivales y celebraciones que festeja a lo largo del año. Además de ver, hay muchos que hacer en San Miguel de Allende y en Guanajuato. Dos lugares donde comer en San Miguel de Allende Situado en el centro histórico, el Restaurante Los Milagros se ha especializado en el molcajete (en esta entrada te contamos en qué consiste esta curiosa receta). Se come por unos 300-400 pesos por persona (entre 14 y 20 € al cambio de agosto de 2024). Es punto de encuentro de turistas, locales y expatriados estadounidenses y canadienses, que se preparan tacos con el molcajete como si se lo hubieran enseñado en el colegio. Destreza gringa al servicio de la gastronomía mexicana. Este es el garito más sofisticado de la ciudad. Ofrece recetas muy mexicanas y platos tan internacionales como el sushi. Pero los precios son prohibitivos. Mejor venir a Quince Rooftop cuando se asoma el atardecer y pasarse tres horas viendo la Parroquia hermosamente iluminada tomando una cerveza. Las vistas son insuperables. No pequéis de novatos como nosotros y os pidáis un cóctel de 400 pesos (casi 20 €) porque es lo único que ofrece la carta que os traen; reclamad la carta de cervezas y vinos. Las cervezas locales cuestan unos 100 pesos. Un lugar donde alojarse en San Miguel de Allende Un bed & breakfast super recomendable. Situado a cinco minutos andando del centro y con aparcamiento gratuito. Las
Holi en la India, la exaltación de todos los colores

El Holi son colores, el arcoíris entero: rojo, verde, amarillo, azul, naranja, violeta. Funcionar por asociacionismos ayuda a facilitarnos la comprensión de las cosas. En la India, especialmente durante el Holi, también. Es el color —tan simbólico siempre, tan alegórico— el que protagoniza la llegada de la primavera. Para celebrarlo, para felicitarse de que el frío ha quedado atrás, que las flores empiezan a brotar, los indios se inventaron el Holi, una fiesta que han exportado a todo el mundo. Era sencillo. ¿A quién no le pone de buen humor la primavera? ¿Quién no disfruta bailando, saltando, riendo? El Holi de la India es, en esencia, una celebración de la victoria del bien por encima del mal. Pero lo uno va tan de la mano de lo otro, desde siempre, en todo momento, en cualquier circunstancia y contexto. En este artículo explicamos cómo se vive Holi en la India, concretamente en Mathura, y nuestra experiencia personal, que seguramente no volveríamos a repetir. Jugar a Holi: la idea desvirtuada del festival para los indios El Holi es para los hindúes un juego. “Vamos a jugar a Holi”, dicen. Los juegos tienen normas, reglas que uno debe cumplir. El Holi debe ser el único juego sin normas; todo vale. Es el problema de las mezclas y los excesos, que desvirtúan la esencia. El Holi tenía en algún momento mucho de esencia, pero ha derivado en una adulteración de la palabra felicidad. En el nombre de la felicidad propia se abusa de la ajena. Se trata de una minoría relativa, pero es tan ruidosa, tan activa, tan insistente, que es imposible evitar la generalización. La experiencia del Holi en su país de origen, en su entorno natural, dando sentido a la trama, es tan sugestiva como complicada. Todo es tan bonito y especial hasta que deja de serlo. Entonces es un fiasco, como darte cuenta de que tu ídolo de infancia es en realidad un impostor. Mathura, el origen del Holi en la India La tradición explica que en la ciudad de Mathura, a medio camino entre Nueva Delhi y Agra, Krishna pasó su infancia. Krishna es una de las encarnaciones de Vishnu, uno de los tres dioses principales del hinduismo. Fue precisamente él, Krishna, el que en su juventud bromeaba con sus amigos, y también con las chicas del pueblo, lanzándoles polvos de color y agua. Por eso la significación religiosa. En Mathura, como en todo el país, la celebración principal se lleva a cabo el día posterior a la luna llena de cada mes de marzo. Esto quiere decir que el día grande de Holi, el de la lluvia de colores, no se celebra siempre en la misma fecha. En 2019, cuando nosotros vivimos la celebración en primera persona en el país, tuvo lugar el 21 de marzo. En esta web se indica qué día se celebra Holi en los próximos años. La leyenda del nacimiento de la fiesta También la noche anterior es siempre significativa: se prenden hogueras para simbolizar el triunfo del bien sobre el mal. Esta parte de la tradición, que se conoce como Holika Dahan, entronca con la mitología hinduista. Cuenta la leyenda que un antiguo rey, que era como el diablo, quiso quemar a su propio hijo, Prahlad, por ser un ferviente devoto de Vishnu. Para hacerlo, el rey hizo que su hermana Holika, que era inmune al fuego, acompañara a Prahlad a una hoguera. Vishnu escuchó las plegarias de Prahlad y les intercambió los papeles: Prahlad se volvió inmune al fuego y Holika acabó prendida hasta quedar en cenizas. Después, el propio Prahlad mataría a su padre. En cualquier caso, es la muerte de Holika la que se asocia con la fiesta, y por eso la tradición de las hogueras en la noche previa a Holi en toda India. Es una manera de ahuyentar todo lo malo. Pero lo malo perdura siempre a la par del bien. Nuestra experiencia en el Holi de Mathura: más sombras que luces Mathura es el lugar al que se comenta que hay que ir si uno quiere conocer la tradición de Holi en la India en su máxima expresión, fiel a los orígenes. Sin embargo, es precisamente aquí donde todo se torna más nebuloso y menos auténtico. Desde primera hora de la mañana la gente sale a la calle. Los niños se arman con sus pistolas de agua y sus frascos de espuma de colores. Parece que vayan a la guerra. Algunos son sanguinarios, disparan a hacer daño. La toman con el más débil y le rompen la camiseta. Su actitud es la de matones, la de bullies que van robando los bocadillos de los más pequeños durante la hora del recreo; pero en lugar de bocadillos, son pistolas. El espejo en el que se miran estos niños es, evidentemente, sus padres. Con motivo de la fiesta, se creen que todo vale; que la alegría es razón suficiente para importunar, molestar y excederse. Sobre todo con los muchos extranjeros, de los que se burlan, y de las extranjeras, a las que se creen con el derecho de acosar. Rajeev, cicerone y ángel de la guarda Es entonces cuando el Holi deja de ser happy. Con esa frase te asaltan: “Happy Holi”. Y te ponen polvos en la cara y te abrazan. Los hay, muchos, muy respetuosos, que de verdad quieren integrarte, que de verdad se entusiasman con tu entusiasmo por celebrar con ellos. Rajeev tiene 25 años y una curiosidad desmedida. “¿De dónde sois? ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? ¿Qué lugares habéis visitado? ¿Cómo os conocisteis?”. Es fácil saberle honesto. Lo dicen sus ojos, sus gestos, su manera de hablarnos. Rajeev estaba como nosotros en la puerta principal del templo de Mathura, el templo Shree Dwarikadhish, donde a partir de las 10.00 h del día de Holi todo el mundo trata de entrar para sentirse cerca de sus dioses. “¿Vais a entrar? Yo no sé si hacerlo, hay demasiada gente”, nos confiesa Rajeev. Los hombres se empujan tratando de
Últimas horas en Singapur: estrella Michelin y The Jewell | Día 8

Nuestro vuelo de vuelta a Barcelona, que de nuevo hará escala en Múnich, no sale hasta las 23.00 h, con lo que las últimas horas en Singapur van a ser muchas horas para tachar visitas de la lista de pendientes. El cielo se oscurece a primera hora de la mañana y cae un chaparrón de casi una hora, que a mí me pilla tomándome un café de especialidad en Fore Coffee, en el centro comercial de Bugis Junction. Estoy harto del desayuno repetitivo y desabrido del Ibis y ese café me sabe a gloria. Espero a que escampe y vuelvo al hotel pasando por el hawker centre de Albert Centre Market & Food, atestado de locales desde primerísima hora de la mañana. También me cruzo con los fieles que no perdonan su momento de introspección religiosa en los dos templos que están al lado del hotel, uno hinduista (el Sri Krishnan Temple) y otro budista (el Kwam Im Thong Hood Cho Temple). Me sorprende ver muchos singapurenses de indudable origen chino pararse en el templo hinduista y rezarle a Vishnu. Seis horas por delante para despedirse de Singapur Estamos convocados a las 11.00 h para hacer el check out y dejar nuestras maletas a buen resguardo hasta la hora de partir. Aprovecho para darme la última ducha en muchas horas y acabar de encajar los suvenires entre la ropa. Para sorpresa de todos, los estudiantes, con cara de resaca y de sueño, cumplen y bajan en hora para el check out. Andan muy despacio y apenas articulan palabras, pero incluso en estas circunstancias extremas no pierden la compostura y mantienen su impecable inglés. Tenemos seis horas por delante para hacer lo que queramos, pero muchos de los estudiantes, como confesarán después, no se mueven de los sofás de recepción: son su mejor amparo contra el dolor de cabeza y las ganas de vomitar. Así pasan sus últimas horas en Singapur. Yo le saco el partido al máximo al transporte público del país para evitar romper a sudar. Cosa que, evidentemente, no logro. Camino de más para encontrar el estadio Jalan Besar, el campo de fútbol en el que se juegan la mayoría de partidos de la liga local, en el que apenas caben unos 5.000 espectadores. Me cuelo disimuladamente por una zanja mal cerrada y le saco un par de fotos al estadio desde dentro. Aquí está también la sede de la federación de fútbol local, en la que esperaba encontrar una tienda donde poder llevarme la camiseta de la selección nacional; pero hoy está cerrado y me quedo sin recuerdo futbolero. Los noodles con estrella Michelin Desde ahí empiezo a caminar con rumbo incierto. Google Maps no acaba de clarificarme si es mejor tomar algún bus o caminar hasta mi próximo destino, con lo que decido sumarle un poco más de sudor al cuerpo y me paso casi media hora a pleno sol transitando las calles de Singapur. Llego hasta el Hill Street Tai Hwa Pork Noodle, el puesto de comida callejera del país que todavía mantiene su estrella Michelin. Su especialidad son los noodles y tengo que hacer cola unos veinte minutos para poder pedir y luego otros veinte minutos para que me sirvan. El plato cuesta 10 dólares singapurenses (unos 7 €) y está riquísimo; he pedido noodles secos y me sirven el caldo aparte. No parece el mejor antídoto contra el calor, pero lo cierto es que parece que atempero mi cuerpo y lo igualo a los más de treinta grados del momento. Encuentro una mesa libre en la que sentarme. En estos puestos de comida callejera es habitual dejar algo en la mesa para guardarla. Cualquier cosa vale. Una de las mesas está reservada por un paquete de clínex y otra por un paraguas. En la mía, de cinco asientos, un singapurense que también come solo me pregunta si puede ocupar uno de los otros sitios, a lo que evidentemente accedo sin problema. Un poco de cultura para las últimas horas en Singapur Decido que voy a utilizar el bus hasta mi próximo destino. El sistema de transporte público de Singapur funciona de la más conveniente de las maneras para el extranjero: simplemente hay que pasar la tarjeta de crédito a la entrada y de nuevo a la salida para que debiten el coste del trayecto. No hace falta dinero físico, que sin embargo es imprescindible para comer en los puestos callejeros, ni tampoco una tarjeta de transporte. En unos quince minutos llego al Museo Nacional de Singapur, el más importante del país y mi dosis museística necesaria de cada viaje. La exposición principal es un recorrido por la historia del país, que uno ya trae aprendida de casa. Las explicaciones son claras y la cronología de los cambios del país sitúan muy bien al que aterriza en el país sin ninguna referencia histórica. La mezcla de piezas audiovisuales, con piezas arqueológicas, con algunos retratos, con cartas y diarios, con relatos y explicaciones hacen ameno el recorrido. Al final del mismo hay una muestra que llaman ‘Transforming landscapes’, en la que dos enormes pantallas proyectan cómo cambió el aspecto de los singapurenses entre la década de los 60 y los 70. Lo hace a través de figurantes y conceptualizaciones muy sencillas pero muy bien pensadas, con dos fotografías y un par de datos básicos. Paseo fugaz por Orchard Road El Museo Nacional de Singapur está muy bien pensado para las familias y los niños. De hecho, casi todo el país lo está, también el aeropuerto, por ejemplo, que tiene zonas de juegos. Lo cual curiosamente contrasta con la bajísima natalidad del país: menos de 1’2 hijos por madre, el tercer peor dato del mundo, incluso más bajo que el de España. El problema demográfico, según nos han contado algunos de los locales con los que nos hemos cruzado estos días, preocupa y mucho en el país. De cara al futuro tendrán que inventarse nuevas fórmulas, y seguramente necesitarán más inmigrantes, en línea con lo
El Jardín Botánico de Singapur en plena ola de humedad | Día 7

El penúltimo día en Singapur es el último lectivo, en el que los estudiantes presentan sus proyectos sobre posibles iniciativas en el país a partir de lo que han conocido; también es el día que me servirá para conocer uno de los grandes reclamos turísticos de la ciudad-estado: el Jardín Botánico de Singapur. Por la mañana, repartimos premios a los alumnos más aplicados cada día, y un galardón especial al más sobresaliente de la semana. Huyo fugazmente de la universidad para ir a buscar un regalo a Raffles City, uno de los centros comerciales más céntricos y bien surtidos del país. Allí encuentro una de las sucursales de Bengawan Solo, una cadena de repostería local, en la que nos preparan un surtido de pastelitos que ya habíamos probado un par de días atrás en una de las visitas. El estudiante ganador, en un alarde de generosidad y sapiencia, reparte los pasteles con sus compañeros. Los alumnos son aspirantes a empresarios y ya son expertos en el buen networking, el eufemismo en inglés preferido de los que saben quedar siempre bien. Almuerzo de despedida con nuestros anfitriones Toda la tropa de cicerones locales nos espera a la salida de la clase para despedirse de nosotros de la mejor manera: invitándonos a comer, también a los alumnos, a un restaurante de barbacoa coreana. Ahí están Cheryn, Hwee, Claire y Chong, cuatro singapurenses de origen chino, que hablan entre ellos en mandarín y se dirigen a nosotros en el más impecable inglés poscolonial. Nos han acompañado siempre y en todo momento a todas las visitas, y han sido los mejores embajadores de su universidad y también del país. Compartimos mesa con ellos y en las demás se sientan los estudiantes, que cuando acaban muestran que los españoles, además de ruidosos, también podemos ser educados. Uno a uno pasan por nuestra mesa y dan las gracias por la comida y por todo el programa a nuestros anfitriones. Fanáticos de la Premier League La comida está muy rica y la conversación navega entre el ocio y los negocios. Quieren saber cómo de contentos estamos con el programa, a lo que la profesora que lidera la expedición responde con recomendaciones de mejora y muchos agradecimientos. Hablamos con ellos de costumbres, gastronomía y cultura, contrastamos lo nuestro con lo de ellos y ratificamos lo que acostumbra a pasar cuando viajas y conoces a personas de otros países: te das cuenta de que son muchas más cosas las que nos unen que las que nos separan. Chong, por ejemplo, es un apasionado de la Premier League; la EPL la llaman aquí. “Soy del United, últimamente somos un equipo perdedor”, se lamenta. Le digo que soy del Real Madrid y él asegura que le gusta la liga española y la sigue, aunque no con tanto fervor. “¿De qué equipo de Singapur eres?”, le pregunto. He hecho mi labor y me sé todo lo que hay que saberse del campeonato de liga local. Sé que son ocho equipos y que hay uno de Brunéi, que la mayoría juegan en el estadio Jalan Besar y que apenas se llevan cuatro o cinco jornadas de campeonato. “Ui, no, yo no sigo la liga de aquí”, me dice Chong y me desmonta el momento de futbolero friki. El mejor postre de Singapur Después de la comida nos llevan a Ah Chew, uno de los lugares más visitados por los locales cuando quieren quitarse el antojo de dulce, especialmente después de comidas copiosas y bien saladas. Es un local especializado en postres chinos en el que el mango sago es la especialidad pero yo, que no soy muy de mango, me pido el watermelon sago, pese a no ser tampoco mucho de sandía. En cualquier caso, el pedido aleatorio es todo un acierto: está delicioso. Es realmente estimulante desbloquear nuevas preferencias gastronómicas que no sabías siquiera que existían. Nos despedimos de nuestros cuatro compañeros singapurenses deseándonos lo mejor y emplazándonos a vernos alguna otra vez, aquí o allí o en cualquier otra parte. Su compañía ha sido muy agradable y me ha ayudado a tomar la temperatura a la personalidad de los singapurenses: amables, educados, hospitalarios, discretos, prudentes, sonrientes. Les decimos adiós para siempre y hacemos un parón en el hotel, que se alarga por un chaparrón que nos obliga a posponer una hora el plan de la tarde-noche: la visita al Jardín Botánico de Singapur. Tras la lluvia, el Jardín Botánico de Singapur Cuando finalmente escampa, porque siempre escampa aquí, tomamos el metro y en veinte minutos nos plantamos a la entrada del Jardín Botánico de Singapur. Es uno de los grandes alicientes turísticos del país. Está situado bastante al norte y ocupa más de sesenta hectáreas. Es un espacio verde inabarcable al que los locales parece que acuden en masa para hacer ejercicio. El Jardín Botánico de Singapur es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y además de visita gratuita. A ratos frondoso, está lleno de plantas y flores endémicas. Es agradable de pasear si no fuera por la humedad que se respira, que se te mete en los huesos, que te hace romper a sudar sin remedio. Pasamos un lago y seguimos el camino que nos lleva al jardín nacional de orquídeas, el principal highlight del jardín. Aquí sí hay que pagar por entrar (unos 7 € al cambio) y poder admirar una colección de más de 3.000 tipos de orquídeas. “La pesadilla para el taxonomista”, reza uno de los carteles. Y no podría ser más acertado: todas son tan parecidas pero llenas de matices que las hacen únicas. Después de inmortalizar decenas de orquídeas con la cámara, aprovechamos una de las cafeterías que se encuentran en el recinto para refrescarnos con una limonada, la bebida que se inventó para mitigar el calor en los viajes. De vuelta hacia el metro pasamos por una senda que discurre por una selva pluvial, mucho más frondosa y oscura, en la que se cuela por las copas de los árboles la luz
El Chinatown de Singapur | Día 6

Se acerca el final del viaje y hoy es el penúltimo día lectivo. Por la mañana nos recoge Cheryn, otra de nuestras cicerones de la universidad local, un torbellino de eficiencia y diligencia. Nos cuenta que acaba de llegar de un viaje de tres días de Indonesia con estudiantes de intercambio, y que por eso no la habíamos visto desde el día en que llegamos. La sesión lectiva matutina es un hawker centre muy particular: se llama Dignity Kitchen y da apoyo, trabajo y dignidad a personas con riesgo de exclusión social. La sesión turística vespertina transcurrirá por el Chinatown de Singapur. Dignity Kitchen, la cara B de Singapur Seng Choon es un emprendedor local que podría venderle una moto a un niño de cinco años. Sus dotes comerciales son excepcionales y su discurso muy inspirador. Nos explica que montó su emprendimiento para ayudar a la gente, a personas enfermas, mayores y con problemas de toda índole, pero sobre todo para ganar dinero. “Esto que veis aquí es un negocio, mi negocio”, explica. Lo que vemos es una nave industrial reconvertida en hawker centre, en la que atienden, cocinan y sirven trabajadores con “capacidades diferentes y desfavorecidas”, cuenta, a los que quieren “restaurar la dignidad a través de la vocación con pasión”. Su discurso es apasionado y nos llega. Después, nos enseñan los básicos en lengua de signos para poder pedir una bebida, y nos regalan un cupón para escoger algo de comer. Singapur es una ciudad que tiene una fachada impecable: es imposible ver personas sin hogar o desvalidas. “Esas personas existen, pero las escondemos. Aquí regalamos comida regularmente y se forman colas enormes de personas”, cuenta Seng Choon, desmitificando lo que creíamos perfecto. Siguiendo los consejos de Anthony Bourdain La visita acaba antes de lo previsto y hoy me toca tomarme la tarde libre, saltándome la clase de la tarde en la universidad. Y me dedico a aprovecharlo al máximo. Tomo el metro hasta Tiong Bharu, un barrio residencial y local, algo alejado del centro neurálgico, en el que mi objetivo es empezar a probar las recomendaciones culinarias de Anthony Bourdain, el malogrado chef viajero. En el Tiong Bharu Market, un hawker centre al uso, eminentemente local, pruebo el chwee kueh, unos pasteles de arroz que se sirven con rábano encurtido y una salsa picante. Aprobadísimos, están realmente ricos. Desde ahí camino por la sombra hasta la zona cercana a Chinatown. Singapur es decididamente postbritánica en sus calles, tiene un aire british en los edificios, en la disposición de la ciudad, en los carteles, en casi todo. También está llena de murales aquí y allá, la mayoría de escenas cotidianas de la vida local. Le hago algunas fotos a los que me voy encontrando, en los que aparecen como elemento central el durián, los pájaros, los noodles o la caligrafía en mandarín. Un paseo por el Chinatown de Singapur Singapur también está atestado de grandes centros comerciales, hay prácticamente uno cada dos o tres manzanas. Son centros comerciales enormes, de cuatro o cinco plantas, muy convenientes para desperezarse del calor agobiante. Aprovecho uno de ellos para tomarme un refresco de coco antes de pasar por la librería Grassroots y llegar al Chinatown de Singapur. Ahí vuelvo a comer, ahora en Hawker Chan, un puesto de comida callejera que obtuvo en su día una estrella Michelin. Pido el arroz con pollo, que es la especialidad de la casa, y sí, está bueno, pero no es en absoluto extraordinario. Pero bueno: tic marcado. En Chinatown está el Buddha Tooth Relic Temple, el principal templo budista del país. Es hora del rezo y la imagen, y sobre todo los cantos, me sobrecogen. El templo es ciertamente bonito, la atmósfera es atrayente y la dedicación de los creyentes hace el resto. Es, sin duda, una de las visitas imprescindible del país. El Chinatown de Singapur es bastante pequeño, apenas tres o cuatro calles, pero tiene de todo: hawker centre, souvenirs a precios imbatibles, bebidas callejeras, bares, murales y un par de templos además del ya mencionado. Sin móvil toca intuir el camino La batería de mi móvil desfallece y me encuentro ante el desafío de intuir mis siguientes pasos. Por suerte, más o menos tengo en mente el mapa de la ciudad y acierto en encontrar el camino a la próximas paradas. Primero, paso por la Old Hill Street Police Station y dedico un rato a sacarle fotos desde todos los ángulos. Justo al lado está el Fort Canning Park, un pequeño oasis verde en medio del barullo urbano. Aquí se cuenta parte de la historia contemporánea del país. Hay búnkeres y también un par de spots instagrameables. En el principal de ellos hay una pareja de casados sacándose fotos para su álbum de bodas y una veintena de curiosos los aprovechamos como modelos para nuestras propias instantáneas. “Me siento una celebridad”, dice la novia, que a los pocos minutos obliga al novio y al fotógrafo a cambiar de spot. El Merlion y cena india Acierto el camino hasta el hotel con sorprendente facilidad. Son cerca de las 18.00 h y hay que llegar a ducharse antes de la cena nocturna y el paseo de rigor. Escogemos la zona más animada del río Singapur, donde hay un par de museos y la Mirror Balls Sculpture, un conjunto de espejos en el que es divertido jugar a hacerse fotos con el skyline detrás. Llegamos hasta la zona del Merlion desde donde se ve el Marina Bay Sands. Es difícil encontrar un centímetro sin gente para hacer una foto del momento. Desde ahí vamos a comer a un restaurante indio en el que el picante está bien modulado, y las cervezas (con gluten) se sirven a 2×1, y caminamos de vuelta al hotel por el Boat Quay, un paseo lleno de turistas y de restaurantes y bares para turistas, el equivalente perfecto de las Ramblas barcelonesas en versión singapurense. El día ha sido largo y muy completo, con lo que se agradece llegar