Nuestro vuelo de vuelta a Barcelona, que de nuevo hará escala en Múnich, no sale hasta las 23.00 h, con lo que las últimas horas en Singapur van a ser muchas horas para tachar visitas de la lista de pendientes. El cielo se oscurece a primera hora de la mañana y cae un chaparrón de casi una hora, que a mí me pilla tomándome un café de especialidad en Fore Coffee, en el centro comercial de Bugis Junction. Estoy harto del desayuno repetitivo y desabrido del Ibis y ese café me sabe a gloria.
Espero a que escampe y vuelvo al hotel pasando por el hawker centre de Albert Centre Market & Food, atestado de locales desde primerísima hora de la mañana. También me cruzo con los fieles que no perdonan su momento de introspección religiosa en los dos templos que están al lado del hotel, uno hinduista (el Sri Krishnan Temple) y otro budista (el Kwam Im Thong Hood Cho Temple). Me sorprende ver muchos singapurenses de indudable origen chino pararse en el templo hinduista y rezarle a Vishnu.
Seis horas por delante para despedirse de Singapur
Estamos convocados a las 11.00 h para hacer el check out y dejar nuestras maletas a buen resguardo hasta la hora de partir. Aprovecho para darme la última ducha en muchas horas y acabar de encajar los suvenires entre la ropa. Para sorpresa de todos, los estudiantes, con cara de resaca y de sueño, cumplen y bajan en hora para el check out. Andan muy despacio y apenas articulan palabras, pero incluso en estas circunstancias extremas no pierden la compostura y mantienen su impecable inglés. Tenemos seis horas por delante para hacer lo que queramos, pero muchos de los estudiantes, como confesarán después, no se mueven de los sofás de recepción: son su mejor amparo contra el dolor de cabeza y las ganas de vomitar. Así pasan sus últimas horas en Singapur.
Yo le saco el partido al máximo al transporte público del país para evitar romper a sudar. Cosa que, evidentemente, no logro. Camino de más para encontrar el estadio Jalan Besar, el campo de fútbol en el que se juegan la mayoría de partidos de la liga local, en el que apenas caben unos 5.000 espectadores. Me cuelo disimuladamente por una zanja mal cerrada y le saco un par de fotos al estadio desde dentro. Aquí está también la sede de la federación de fútbol local, en la que esperaba encontrar una tienda donde poder llevarme la camiseta de la selección nacional; pero hoy está cerrado y me quedo sin recuerdo futbolero.
Los noodles con estrella Michelin
Desde ahí empiezo a caminar con rumbo incierto. Google Maps no acaba de clarificarme si es mejor tomar algún bus o caminar hasta mi próximo destino, con lo que decido sumarle un poco más de sudor al cuerpo y me paso casi media hora a pleno sol transitando las calles de Singapur. Llego hasta el Hill Street Tai Hwa Pork Noodle, el puesto de comida callejera del país que todavía mantiene su estrella Michelin. Su especialidad son los noodles y tengo que hacer cola unos veinte minutos para poder pedir y luego otros veinte minutos para que me sirvan.
El plato cuesta 10 dólares singapurenses (unos 7 €) y está riquísimo; he pedido noodles secos y me sirven el caldo aparte. No parece el mejor antídoto contra el calor, pero lo cierto es que parece que atempero mi cuerpo y lo igualo a los más de treinta grados del momento. Encuentro una mesa libre en la que sentarme. En estos puestos de comida callejera es habitual dejar algo en la mesa para guardarla. Cualquier cosa vale. Una de las mesas está reservada por un paquete de clínex y otra por un paraguas. En la mía, de cinco asientos, un singapurense que también come solo me pregunta si puede ocupar uno de los otros sitios, a lo que evidentemente accedo sin problema.
Un poco de cultura para las últimas horas en Singapur
Decido que voy a utilizar el bus hasta mi próximo destino. El sistema de transporte público de Singapur funciona de la más conveniente de las maneras para el extranjero: simplemente hay que pasar la tarjeta de crédito a la entrada y de nuevo a la salida para que debiten el coste del trayecto. No hace falta dinero físico, que sin embargo es imprescindible para comer en los puestos callejeros, ni tampoco una tarjeta de transporte. En unos quince minutos llego al Museo Nacional de Singapur, el más importante del país y mi dosis museística necesaria de cada viaje. La exposición principal es un recorrido por la historia del país, que uno ya trae aprendida de casa.
Las explicaciones son claras y la cronología de los cambios del país sitúan muy bien al que aterriza en el país sin ninguna referencia histórica. La mezcla de piezas audiovisuales, con piezas arqueológicas, con algunos retratos, con cartas y diarios, con relatos y explicaciones hacen ameno el recorrido. Al final del mismo hay una muestra que llaman ‘Transforming landscapes’, en la que dos enormes pantallas proyectan cómo cambió el aspecto de los singapurenses entre la década de los 60 y los 70. Lo hace a través de figurantes y conceptualizaciones muy sencillas pero muy bien pensadas, con dos fotografías y un par de datos básicos.
Paseo fugaz por Orchard Road
El Museo Nacional de Singapur está muy bien pensado para las familias y los niños. De hecho, casi todo el país lo está, también el aeropuerto, por ejemplo, que tiene zonas de juegos. Lo cual curiosamente contrasta con la bajísima natalidad del país: menos de 1’2 hijos por madre, el tercer peor dato del mundo, incluso más bajo que el de España. El problema demográfico, según nos han contado algunos de los locales con los que nos hemos cruzado estos días, preocupa y mucho en el país. De cara al futuro tendrán que inventarse nuevas fórmulas, y seguramente necesitarán más inmigrantes, en línea con lo que nos contaba el profesor universitario el primer día: “Aquí importamos incluso personas”.
Después de la visita al Museo Nacional apuro los últimos minutos antes de que el bus nos recoja para ir al aeropuerto. Paso fugazmente por Orchard Road para constatar que no era mi lugar de Singapur. Es una concatenación inacabable de centros comerciales enormes, entre los que se puede transitar sin necesidad siquiera de salir a la calle. Está atestado de singapurenses que parece que tienen el shopping en lo más alto de su lista de pasatiempos preferidos. Uno podría pasarse aquí dos días con todas sus horas y ver simplemente una décima parte de las tiendas que hay.
The Jewell, el centro comercial del aeropuerto
El trayecto final de bus hasta el aeropuerto es de apenas veinte minutos. Nos despedimos de parte de la expedición, que todavía se queda una semana más por aquí, y nos armamos de paciencia en el counter de Lufthansa porque solo hay una chica haciendo el check-in y la prioridad es para los de Business, que en un goteo constante van apareciendo para colarse. Hemos llegado al aeropuerto con muchas horas de antelación porque antes de despegar de Singapur, y surcar los cielos de medio mundo para volver a casa, precisamente el aeropuerto es el último gran monumento a visitar del país durante nuestras últimas horas en Singapur. Más concretamente, The Jewell, un gran centro comercial (sí, otro), que sirve como cuarta terminal del aeropuerto.
En él, en el centro, han levantado una enorme cascada ficticia que es un espectáculo y que fotografiamos desde todos los ángulos. The Jewell es una gran parque de atracciones, en el que el shopping es solo uno de los reclamos, pues también hay experiencias virtuales, pases especiales para ver la cascada de muy cerca y todo tipo de actividades de ocio (y qué negocio). Esto no es un divertimento para los turistas que llegamos y partimos, sino uno de los pasatiempos preferidos de los singapurenses. “Muchas familias vienen a pasar aquí el fin de semana”, nos explica Cheryn antes de despedirse. Y tiene razón: el centro comercial está atestado de locales comprando y disfrutando de esa cascada psicodélica.
Adiós a Singapur, adiós al Sudeste Asiático
Llega la hora de dejar Singapur atrás, de nuevo sin sello en el pasaporte de por medio. Son las 23.00 h y el vuelo es larguísimo hasta Múnich. A la cena le sigue el sopor y trato de ganarle centímetros al avión donde no los hay. En Europa ha empezado la Eurocopa y España está debutando contra Croacia. Me propongo tratar de no saber nada hasta llegar a casa y ver el partido en diferido. Pero más atrás, un grupo de chavales ha decidido pagar uno de los paquetes de internet y ver el streaming del partido. Es imposible no enterarse de que Fabián ha marcado un golazo y que España acaba ganando 3-0.
Consigo dormir con mucho esfuerzo y, sobre todo, con mucho dolor de piernas. Los que se habían colado para hacer el check in deben estar ebrios de champagne y tumbados. Me traen el desayuno gluten free y ya estamos sobrevolando Europa. La escala en Múnich es de tres horas, que me sirven para revisar los goles de la Eurocopa y para comenzar a desesperarme. El último vuelo es el más pesado, como siempre, y Barcelona me recibe con un aire irrespirable que nos invita a que Cultura Nómada vuelva pronto a las carreteras del mundo. Que así sea.