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De Tijuana a Los Cabos: rumbo a Baja California Sur | Día 7

La playa El Chileno en Los Cabos, en Baja California Sur, en México

Nos podríamos haber quedado un par de días más en el Valle de Guadalupe y habríamos sido felices bebiendo vino, comiendo rico y transitando sus caminos de tierra. Nos despedimos de Boskenvid, el hotel con los árboles en la habitación, y de sus riquísimos desayunos para los que hay que abrigarse en esta época del año. La señora que nos atiende nos cuenta sus miserias por última vez y la compadecemos con una botella de mezcal que no nos hemos acabado. Vamos a volar de Tijuana a Los Cabos y no vamos a facturar equipaje. El mezcal es menos prioritario que todas las botellas de vino que hemos comprado, que encajamos en la maleta que sí enviamos facturada a Guadalajara con el quinto integrante (temporal) de la ruta, que no nos sigue en nuestro trayecto de Tijuana a Los Cabos por obligaciones laborales. La caperucita de Tijuana y comida china para llevar Volvemos a Tijuana para dar el salto a los casi 2.000 kilómetros que separan esta ciudad al límite de México con la punta sur de la península. De Tijuana a Los Cabos son poco más de dos horas de vuelo. Vamos a dejar atrás el frío y vamos a volver al calor. Antes, manejamos dos horas desde Valle de Guadalupe hasta Tijuana y ya en el centro de la ciudad, de nuevo, uno recuerda que México es el país de lo inesperado. En un semáforo aparece una caperucita chaparrita y feliz, que sortea coches y nos saluda. Al rato llega el lobo, perfectamente caracterizado, y nos indica que nos hagamos ruido, que no avisemos a caperucita. Empieza a correr y la alcanza poco antes de que el semáforo cambie a rojo. El teatrillo es un divertimento que echaremos de menos cuando volvamos a Barcelona, con su tráfico también insoportable pero además aburridísimo, sin caperucitas ni lobos ni vendedores de cualquier cosa que uno pueda imaginar. Estamos casi en Navidad y se nota en el ambiente. La Navidad de Tijuana, en la ciudad y en el aeropuerto, es muy yanqui y peliculera, con todas las canciones que le pondrías a la banda sonora de la Navidad de Nueva York. Tenemos medio hora de espera para partir de Tijuana a Los Cabos y decidimos que queremos comida china de aeropuerto para paliar uno de los debes del viaje: no haber probado la comida oriental en esta parte del país, famosa por su numerosa comunidad china. Del frío de Tijuana al calor de Los Cabos Nuestro ritmo europeo nos condiciona constantemente cuando volvemos a México. Aquí se camina más lento, se habla más pausado y se sirve sin prisa. Es de agradecer cómo México le baja dos marchas a la vida para paladearla mejor, con más atención. En Europa la vida es todo urgencia. En el aeropuerto de Tijuana, pidiendo nuestra comida china, vivimos sin embargo el primer momento del viaje en que sentimos que esa manera de vivir está llevada al extremo. Al extremo de la desesperación. El cajero le cuenta sus planes de fin de semana a la compañera, mientras cobra a un cliente y recuenta el cambio, reconfirma el cambio y pasan cinco minutos de reloj, en los que la cola aumenta. Pasa otra clienta. El cajero se equivoca cuatro veces de orden y le da el cambio mal repetidamente. Le sigue explicando a su compañera que llega la Navidad y tiene que comprar regalos. Detrás de nosotros una mujer le comenta a su compañera que se va a poner ella a cobrar, que qué desesperación. Nos alivia comprobar que no es cosa nuestra, de los europeos, y que lo de ese cajero, incapaz de agilizar sus funciones, desespera también a los mexicanos. Conseguimos nuestra comida cuando comienza a abordar el vuelo de Tijuana a Los Cabos, que nos va romper la lógica climática de la ruta. En esta parte de México el invierno lo es de verdad: hay que ponerse manga larga todo el día y la chaqueta es obligatoria ya por la noche. Después de las dos horas de vuelo comprobamos que en Los Cabos el invierno lo es menos. Hace calor. Aquí tenemos familia y nos vienen a buscar para acercarnos al hotel, tras recibirnos con una cerveza. ¡Que no falten las chelas!

El atardecer en el Bura Cuatro Cuatros | Día 6

Atardecer en el bar Bura Cuatro Cuatros en el Valle de Guadalupe, en Baja California, en México

Es nuestro último día en el Valle de Guadalupe y la lista de actividades incluye hoy solo dos paradas: una visita con recorrido y degustación a El Cielo, por la mañana; y un almuerzo tardío en el bar Bura Cuatro Cuatros, desde el que se tienen las mejores vistas de todo el Valle de Guadalupe. Pero primero lo primero: desayunar, que para eso está incluido en el precio de nuestro hospedaje en el Boskenvid. Los desayunos mexicanos son la máxima expresión del amor por la comida: sabrosos, completos, incluso excesivos a ojos de los europeos que estamos desacostumbrados a hacer del desayuno un momento de disfrute. En nuestra mesa de cinco pedimos huevos con bacon, pancakes, una tostada de aguacate, chilaquiles y una omelette con chilaquiles, el desayuno definitivo que vamos a tratar de imitar en Badalona. Un paseo por los viñedos de El Cielo En nuestra búsqueda de experiencias alternativas entre sí, que contrasten nuestra impresión definitiva del Valle de Guadalupe, hemos incluido la visita a una de las principales vinícolas de la región: El Cielo. Es verdad que no es la más grande del Valle, pero su magnitud es muy diferente a Adobe Guadalupe y sobre todo a Vena Cava y Vinos Pijoan, las otras bodegas que hemos visitado. Pero a todos nos gusta contar la historia a nuestra manera, y por eso la chica que nos guía en la visita reivindica lo suyo como especial: «Aquí priorizamos la calidad por delante de la cantidad, al contrario que otras vinícolas». La calidad, en el vino, no tiene por qué estar reñida por la cantidad. En cualquier caso, es evidente que los procesos más industrializados a gran escala requieren de dinámicas menos cuidadas que repercuten en la calidad del vino. L.A. Cetto es el paradigma de la cantidad en el Valle de Guadalupe. Es la gran empresa vinícola del país, la que todo mexicano conoce. Sus vinos están hechos al paladar local y por eso son la referencia en el sector desde hace muchísimas décadas. En El Cielo, uno de sus competidores más cercanos, aunque a bastante distancia, cuentan que quieren alejarse de ese modelo masificado. Una tablas de quesos para rematar la visita Los tres vinos que degustamos saben rico, se beben bien, pero no son extraordinarios. En cualquier caso, estamos haciendo la degustación de la línea más accesible y básica, porque El Cielo cuenta con casi una veintena de etiquetas. Es el común denominador de las bodegas del Valle, que tienen decenas de vinos distintos. Quien mucho abarca poco aprieta, dirían algunos. Es difícil singularizar una propuesta cuando en realidad te explicas de veinte maneras diferentes. Cuando tienes tantas versiones de ti mismo, no te van a recordar por ninguna. Pero también es una manera de no encorsetarse, de innovar, de emprender, de probar combinaciones, de apuntar en muchas direcciones. Es el espíritu del Valle de Guadalupe. Después del paseo entre los viñedos en una van abierta, que nos permite apreciar distintos viñedos a la vez que nos dan de probar los tres vinos, todavía tenemos margen hasta nuestra próxima visita, con lo que decidimos sentarnos en el restaurante de El Cielo a picar un poco para abrir boca. Maridamos nuestras copas de vino y nuestras cervezas con una tabla de quesos muy completa y bien servida. Volamos un rato el dron tratando de encontrarle también encanto aéreo a los viñedos, y se lo encontramos, y cuando ya llegamos tarde a nuestra próxima reserva recordamos que queremos comprar alguna botella de recuerdo para que El Cielo se venga de vuelta a Badalona. Bura Cuatro Cuatros, última parada en el Valle La última parada de nuestra ruta de tres días por el Valle de Guadalupe se promete el colofón del itinerario. Hemos reservado mesa en el bar Bura Cuatro Cuatros, un garito sin igual en la zona y seguramente en México, que forma parte de un gran complejo turístico de lujo (asequible). Se ubica en el extremo del Valle que da al mar, cerca de Ensenada, y la aventura incluye distintas etapas. La primera, reservar con tiempo, especialmente en temporada alta, pues la demanda se comenta que es altísima. Nosotros hemos tenido suerte porque venimos en temporada baja y con reservar el día antes nos sirve. De hecho, algunos de los comensales que nos acompañan hasta el bar llegan sin reserva. El caso es que uno no puede acceder al Bura Cuatro Cuartos en vehículo particular. Está en una colina alejada de la civilización, y el acceso solo está permitido a los camioncitos del propio bar. Para tomarlo, antes, hay que pasar una barrera y la seguridad. El complejo, que incluye una decena de alojamientos, hospedajes y otras amenidades turísticas, ocupa varias hectáreas en medio de la nada. Un atardecer para no olvidar en el Bura Cuatro Cuatros Y el bar Bura Cuatro Cuartos es la joya del negocio, un bar que cuenta con el emplazamiento más espectacular para pasar un par de horas de puro goce sensitivo, especialmente al atardecer, cuando el cielo nos regala una de las puestas de sol más sobrecogedoras que recordamos con sus colores mutantes que se matizan con el paso de los minutos y le dejan paso a lo noche muy poco a poco. Lo que comemos y lo que bebemos, que está rico, y también lo que pagamos, una fortuna relativa y asumible que bien lo vale, es lo de menos. Lo de más es que el Bura Cuatro Cuatros, además de una oda al postureo más descabellado, es un salvoconducto para sentir que la vida tiene sentido y es bonita, por mucho que se empeñe muchas veces en hacernos creer lo contrario. Con esa sensación de satisfacción absoluta y varios tequilas encima volvemos a nuestro hotel para preparar nuestra partida del Valle, de la primera parte del road trip y del estado de Baja California, el que ocupa el norte de la península.

Los vinos de Adobe Guadalupe | Día 5

Los viñedos de Adobe Guadalupe en el Valle de Guadalupe, en Baja California, en México

La cantidad de alojamientos en el Valle de Guadalupe es inmensa, en línea con la proliferación también creciente de bodegas, de bares y de restaurantes. Finalmente, tras mucho explorar, reservamos tres noches en el hotel Boskenvid, un entramado de cabañas que se fusionan con la naturaleza hasta límites insospechados: los árboles forman parte del mobiliario y la decoración de las habitaciones. Desde aquí, tras un riquísimo desayuno, proyectamos las visitas de hoy. El plan es empezar bebiendo vino en Adobe Guadalupe —una de las vinícolas de las que hemos recogido mejores referencias— y acabar bebiendo vino quién sabe en qué bar que encontremos abierto más allá de la puesta de sol. Adobe Guadalupe, vinos de inspiración francesa en el Valle de Guadalupe Es complicado organizar las visitas al Valle de Guadalupe, especialmente a sus bodegas y viñedos. Primero, porque hay muchas opciones. Y segundo, porque la mayoría de esas opciones tienen algo que las distingue y diferencia de las demás, particularidades que las hace únicas. Eso nos explica justamente Leo, el aspirante a enólogo de Adobe Guadalupe, nuestro cicerone en la primera visita del día: «Como aquí no tenemos denominación de origen cada proyecto inventa y prueba cosas nuevas, hay una gran libertad creativa y mucho espíritu innovador». Adobe Guadalupe es una de las visitas que habíamos marcado como obligatorias en el Valle. Teníamos algunas buenas recomendaciones directas, y además todo lo que habíamos leído de ellos en internet nos convenció. Es un proyecto que tiene unos treinta años de edad, en el que sus orígenes son esenciales para entender todos los elementos que lo componen. Leo nos guía por una completísima degustación de cuatro vinos, un rosado muy oscuro y tres tintos muy diferentes entre sí, un vino joven muy bien estructurado y dos vinos con más cuerpo, más densos, uno de estilo más español y otro francés. Porque, de hecho, Leo nos cuenta que Adobe Guadalupe fue una de las primeras vinícolas del valle de Guadalupe en salirse de la pauta de vinos de inspiración española, apostando por la escuela francesa. «Los vinos franceses son los que les gustaban a los dueños. Él ya murió, pero ella sigue viva, y está aquí, en la propiedad», explica Leo. Adobe Guadalupe es fruto de una concatenación de casualidades y desgracias en las que la Virgen de Guadalupe tiene un papel protagonista, y por eso el nombre de la bodega. Es un proyecto de envergadura media, más grande que Vena Cava que conocimos ayer pero mucho más pequeño que otros. Las cazuelitas para taquear de Finca Altozano Alargamos la visita a Adobe Guadalupe y Leo navega entre completísimas explicaciones enológicas con disertaciones sobre su vida personal. Entre recomendación y recomendación, divaga sobre el devenir de su relación con el crush de su adolescencia, con la que se ha juntado recientemente tras haberse separado y haber tenido hijos. Le animamos para que todo salga bien y, sobre todo, le agradecemos el acompañamiento con sus explicaciones. Apuntamos algunas vinícolas que nos recomienda y compramos un par de botellas de Adobe Guadalupe para llevarnos de vuelta a casa. Es hora de almorzar y tenemos reserva en Finca Altozano, uno de los restaurantes con más fama del Valle de Guadalupe, regentado por el chef Javier Plasencia. Es un asador al aire libre muy acogedor, muy bien atendido y con una cocina muy notable. Pedimos varias cazuelitas para taquear y lo acompañamos con agua y con cerveza, para darle una pausa al vino, que seguiremos tomando más tarde. Porque por la tarde todavía tenemos dos visitas más apuntadas para acabar de completar la ruta. Una nueva degustación en Vinos Pijoan En el Valle de Guadalupe todo está cerca y el único obstáculo para llegar al próximo destino son las carreteras de tierra. Resulta curioso el contraste entre el paisaje semidesolado, de calles sin asfaltar y parcelas desocupadas, con la calidad y el nivel de muchos de los lugares que visitamos. No sabíamos qué esperar del Valle de Guadalupe, pero desde luego no era esto. Es una mezcla de emprendimientos personales, muchas ganas por innovar de manera creativa, grandes negocios, un entorno de tonos marrones que luce menos en esta época del año, mucho postureo de los que lo visitan, precios excesivos y un margen de crecimiento todavía enorme. Vinos Pijoan, nuestra siguiente visita, es una bodega pequeña situada en un entorno muy rural y acogedor, que en el nombre lleva la estirpe de los pueblos catalanes. «El dueño era de padres catalanes», nos confirma el chico que nos atiende con cara de cansancio. «Justo estamos recogiendo, porque ayer se casó una de las hija del jefe», se justifica, y nos acepta la degustación si no nos tardamos más de una hora. Asumimos el deadline y nos sentamos en la terraza, viendo los viñedos de frente y recibiendo tres de los vinos que tienen en la casa: un blanco y dos tintos. Los vinos son de calidad, muy en la línea de casi todo lo que hemos probado: ligeros, pasan fácil, no son exigentes. Le pedimos algo para picar, porque el almuerzo nos ha dejado con hambre, pero nos cuenta que solo ofrece botanas para maridar los vinos en fin de semana. Y hoy es viernes. Con lo que nos acabamos los vinos mientras vemos el atardecer y apuntamos hacia nuestra última parada del día. Bloodlust, como sentirse en el bar de La Naranja Mecánica Entre las propuestas enogastronómicas menos convencionales del Valle de Guadalupe seguramente Bloodlust se lleva el primer premio. La forma del edificio pretendía ser una gota de vino, porque la esencia del local es la de un wine bar sofisticado, pero el arquitecto equivocó sus diseños y acabó construyendo un bar con forma de ajo. De hecho, así se le conoce entre los habitantes de la zona y así es como uno lo identifica visualmente desde lo lejos. Si el lugar es curioso por fuera, lo es todavía más por dentro. A uno, que siempre busca referencias cinéfilas con las que comparar

La Cocina de Doña Esthela, manjares de fonda | Día 4

El camino de tierra para llegar a La Cocina de Doña Esthela, el mejor restaurante del Valle de Guadalupe

Ensenada queda atrás porque por delante nos espera lo mejor de esta primera mitad de nuestro road trip por Baja California. Vamos a pasar tres días con sus tres noches en el Valle de Guadalupe, la región vitivinícola más importante de México, uno de los lugares de moda del país. Todo mexicano que se precie de estar en la onda ha viajado al Valle de Guadalupe en los últimos años, o si no planea hacerlo en breve. De lo contrario, querida y querido mexicano, estás fuera de onda. Aquí se viene a beber vino, a ver paisajes y a comer excelente, como pretendemos hacer nosotros desde hoy en uno de los restaurantes más reconocidos de la región: La Cocina de Doña Esthela. Vena Cava, vino desde el corazón El Valle de Guadalupe produce el 90 % del vino mexicano y en los últimos años ha ganado fama por la gran cantidad de nuevos proyectos que buscan darle a la zona empaque de región vinícola de referencia a escala global. En Cultura Nómada, que podríamos bañarnos en vino y ser felices, hace tiempo que queríamos visitar la región. Hace un par de viajes a nuestra otra casa, en 2021, pasamos por Querétaro, la otra zona importante de vinos en el país; a muchísima distancia de esta, del Valle de Guadalupe. En estos tres días hemos apuntado una serie de visitas enogastronómicas para verle al Valle de Guadalupe sus muchas vertientes, desde la más comercial a la más alternativa pasando por lo más tradicional. Vena Cava, una bodega retirada del triángulo de carreteras asfaltadas que cruzan el Valle, entra en el grupo de las segundas: es una iniciativa joven, de menos de veinte años de vida, que hace producciones pequeñas de una quincena de vinos. Vena Cava es un proyecto moderno y ecológico, ubicado en una construcción basada en la arquitectura circular, levantada por entero con materiales reaprovechados y llena de referencias al mar, la otra gran pasión del dueño, un británico que se enamoró de México. En el nombre también está el encanto: Vena Cava es un homenaje a la arteria que bombea sangre al corazón. Degustación para dos, por favor Es temporada baja y por eso vamos a visitar la zona sin agobios, y nos conseguimos una degustación privada. Nos atiende Marco, un treintañero de Ciudad Juárez que vive en Ensenada, un chaval con conocimiento y pasión por el mundo del vino, que nos guía por la cata de cuatro de los caldos de Vena Cava: un blanco, un rosado y dos tintos. Los cuatro son frescos, alejados de los estándares españoles, especialmente los tintos. «Hacemos vinos adaptados a la realidad de los mexicanos», nos explica. En Vena Cava trabajan con más de una decena de uvas distintas, con las que hacen algunos monovarietales y sobre todo coupages que venden a pequeña escala, para mantener la autenticidad de su propuesta. Así, han conseguido que el prestigioso chef mexicano Enrique Olvera los haya escogido para hacer el vino de la casa de sus restaurantes, incluido el conocido Pujol de Ciudad de México, una de las mecas gastronómicas del país. Marco se siente cómodo respondiendo a preguntas que se sabe. Nosotros, que sabemos dárnoslas de que entendemos un poco, nos interesamos por los básicos enológicos de la región y él, bien estudiado, tienen contestación para todo. Además, en un gesto de generosidad, nos hace varias recomendaciones de bodegas y restaurantes de la zona. Algunas de ellas podrían ser competencia de Vena Cava, pero no parece importarle. «No dejen de ir a La Cocina de Doña Esthela, se ha hecho muy famoso pero sigue manteniendo el encanto y todo está muy bueno», nos cuenta, y le explicamos que justamente ese es el plan que tenemos para después: probar las delicias caseras de Esthela. La Cocina de Doña Esthela, la comida mexicana que merecemos Muy lejos de la sofisticación de la mayoría de iniciativas del Valle de Guadalupe, de una pretenciosidad un pelín impostada algunas de ellas, La Cocina de Doña Esthela triunfa desde el extremo contrario. Su espíritu es el de una pequeña fonda que sirve comida casera a cuatro, pero ha multiplicado por veinte lo que era en sus orígenes, en cuanto a espacio, a número de comensales que recibe y a trabajadores. Lo mejor es que no ha perdido en absoluto todo lo que la caracteriza y que la ha convertido en leyenda: la cercanía de los meseros y, sobre todo, la mejor comida mexicana de esta parte del país. Y sí, sabemos que es una afirmación subjetiva y basada en una muestra minúscula. No tenemos todas las pruebas, por tanto, pero desde luego tampoco tenemos ninguna duda: La Cocina de Doña Esthela es uno de los mejores restaurantes de México. Probamos la res tatemada, que trae un caldito para que mojes en ella los taquitos que te preparas con las tortillas que acompañan la orden. También comemos una sopa de papa, su famoso huevo con machaca y el bistec. La mayoría de los platos tienen espíritu de desayuno (a la mexicana), que es precisamente la hora en la que La Cocina de Doña Esthela tiene colas de comensales esperando. Nosotros almorzamos a las 15.00 h y tenemos el restaurante por entero a nuestra disposición. Le hacemos conversación al mesero, que nos cuenta cómo ha crecido el negocio en los últimos años, obligándoles a construir un anexo al restaurante original para dar cabida a toda la demanda. Nos despedimos de La Cocina de Doña Esthela sabedores de que la visita al Valle de Guadalupe ha valido la pena solo por probar estas delicias de la cocina mexicana más artesanal.

Dora, la Bufadora de Ensenada | Día 3

La Bufadora de Ensenada, en México

Nos alojamos en Villa Adelina, un hotelito boutique de cinco habitaciones en el centro de Ensenada. Es una casa de estilo británico del siglo XIX que lleva el nombre de su dueña original, Adelina, que se encaprichó de una vivienda que entonces se caía a trozos. Solo ella le vio a la casa el potencial que realmente tenía, y le dio el aire sofisticado que ahora mantiene, más de cien años después, para recibir a turistas de todos lados. Villa Adelina es la mejor base para caminar la ciudad y para explorar sus alrededores costeños. Hoy partimos de aquí hasta la Bufadora, uno de los motivos que nos han traído estas dos noches a Ensenada. La Bufadora, el bufón de Ensenada Entre los fenómenos naturales que uno desconocía está precisamente el que visitamos hoy. La Bufadora es un bufadero (o bufón), algo parecido a un géiser, una caprichosa formación geológica de acantilados marinos en los que las corrientes y la forma de las piedras provocan que el agua del mar salga disparada como si se tratase de un bufido del océano. Es como una chimenea natural en la que el agua marina hace las veces de humo. La Bufadora es un emblema del turismo de Ensenada y de toda la región. Por eso, los metros que preceden al espectáculo natural es un continuo de puestos de recuerdos, de comida, de micheladas, de dulces y de cualquier eventual engaño que el turista pueda (no) necesitar. Caminamos por el pasillo contestando con negativas a todo lo que se nos ofrece, y los vendedores no se hacen los pesados y saben que las mejores víctimas no hablan castellano, sino inglés. Así, como si hubieran estudiado en Harvard o Stanford, engolan su acento y melosean a los gringos con parabienes y ofertas que no resisten. Muchos de ellos van cargados con bolsos, camisetas, recuerditos y además una michelada y algún manjar callejero mexicano. La Bufadora parece una de las paradas de los circuitos turísticos que los estadounidenses hacen por Baja California, y la mayoría parecen haber llegado desde Ensenada, quién sabe si desde el enorme crucero atracado en la ciudad desde la mañana. La Bufadora de Ensenada se llama Dora Conseguimos emplazar a muchos de los vendedores a la vuelta de la visita. Y así, llegamos al punto en el que se forma la Bufadora, al límite de lo que el hombre ha construido para poder ver lo que la naturaleza ha formado. Ahí nos agolpamos una veintena de personas esperando a que pase no sabemos qué exactamente. Uno llega con pocas expectativas porque no ha querido ver en vídeos en qué consiste la Bufadora de Ensenada. Por eso, cuando finalmente pasa, nos arranca toda una retahíla de interjecciones y expresiones que descubren nuestro origen hispanomexicano: «¡Hostia! Chinga tu madre. Flipa. ¡Qué chido! Guaaaaau». El mar se embravece a ratos y la Bufadora responde con un chorro enorme de agua que baña a los que están más cerca de la acción. Nuestros gritos de impresión españoles se mezclan con los barbarismos en inglés de los turistas gringos, y todos disfrutamos de ese momento que no esperábamos, de ese encuentro insospechado con los caprichos naturales. Diálogos con el mar En estas, se acerca a donde estamos un trabajador de la zona, que va recogiendo basura y preguntando a los que ahí estamos por nuestro origen. De repente se dirige al mar: —Vamos, Dora, muéstrales lo que haces —y el mar responde y empieza a agitarse y choca con tanta fuerza en las rocas que la Bufadora salpica el agua a más de treinta metros de altura. —La Bufadora se llama Dora, es mi novia, se las comparto pero solo un ratito —dice medio en broma medio en serio el hombre—. ¡Vamos, Dora, vuelve! Ahí viene, ahí viene. Y la Bufadora Dora de Ensenada, como si en realidad escuchara, nos vuelve a regalar un nuevo salto de agua increíble al que las fotos y los vídeos no hacen justicia. La Bufadora debe ser promiscua, porque también atiende a nuestras peticiones. —Vamos, Dora, otra vez —le decimos, y nos contesta con un nuevo bufido espectacular. Las tostadas de La Guerrerense De vuelta al estacionamiento —que no aparcamiento, ni parking— nos dejamos enredar en un puestito de almejas cubiertas de queso fundido. El vendedor debe ser primo del novio de Dora, porque nos habla con el mismo tono medio en serio medio en broma que uno no sabe si es producto del ingenio o de la locura. O un poco de los dos. —Me llamo Luther King. Cualquier cosa que necesiten, simplemente digan ‘Luther’ —nos dice. —Okey, Martin —le contesto para seguirle la ¿broma? —No, Martin no. Luther —corrige y uno se ríe sin saber qué responder. Volvemos hacia Ensenada después de haber disfrutado de la Bufadora con el objetivo de comer. Cerca del hotel, en la zona cercana al puerto, hay una carreta (lo que vendría a ser un food truck) que se llama La Guerrerense y tiene tan buena comida como marketing. Sabina, la dueña, es la heredera de este negocio familiar que vende las tostadas de mariscos y pescados más ricas de Ensenada desde hace sesenta años. Pedimos cuatro con las sobras, porque la carreta ultima lo que tiene a estas horas, ya a punto de cerrar. Aquí estuvo por ejemplo Anthony Bourdain. Como nos quedamos con hambre visitamos la extensión de la carreta que tiene forma de restaurante: el Sabina. Una veintena de meseros y cocineros atienden a tres mesas. Es una hora rara, la gente ya ha almorzado hace rato y es demasiado pronto para cenar. Así, nos sirven rapidísimo los tacos de pescado y de camarón que pedimos. Están riquísimos y son el mejor colofón a nuestro paso por Ensenada, a la que mañana dejaremos atrás para continuar nuestro road trip por la Baja.

Del muro que separa a la cantina Hussong’s que une | Día 2

El muro en la playa de Tijuana que separa México de Estados Unidos

Ayer, saliendo del aeropuerto, ya con nuestro Chevrolet de alquiler, nos adentrábamos en Tijuana siguiéndole el curso al famoso muro fronterizo entre México y Estados Unidos. Que en realidad es más bien una enorme valla disuasoria, en la que del lado de Estados Unidos patrullan guardias para asegurarse que no se cuelan ilegales. Este muro de casi 900 kilómetros desemboca en la playa de Tijuana, separando a mexicanos y estadounidenses. Ahí empezamos un día que muchas horas más tarde, en la cantina Hussong’s de Ensenada, nos muestra la cara opuesta de la moneda: decenas de mexicanos perfectamente avenidos con los turistas estadounidenses, que se divierten escuchando al mariachi. El muro en la playa de Tijuana Madrugamos con el propósito de llegar, antes de que amanezca, a la parte del muro de Tijuana que se adentra en la playa. Google Maps hace una de las suyas y nos manda por los cerros de Tijuana, en un sube y baja constante por la periferia más miserable de la ciudad. Pasamos barrios enormes de favelas que, de repente, dan paso a urbanizaciones residenciales de ultralujo con más seguridad que el mismísimo muro. Las fronteras más flagrantes están siempre dentro del país. Y esa verdad lo es mucho más en México, donde las desigualdades son tan evidentes que ofenden. Llegamos a las playas de Tijuana ya con el sol salido, con los mejores minutos de luz del día para jugar a hacerle encuadres al muro. Sonará a frivolidad, pero hay que verlo en directo para comprobarlo: el muro en la playa de Tijuana es muy fotogénico, casi poético. Los barrotes están llenos de mensajes bienintencionados, la mayoría de una ingenuidad conmovedora: ―Este muro nos divide ―reza uno. ―Por todos los que salen de su país y no regresan, bendiciones ―cuenta otro. Del lado estadounidense de la valla distinguimos una patrulla que va y viene. El muro entra en el mar casi veinte metros, poniendo la desesperación migratoria solo al alcance de los mejores nadadores. Somos los únicos turistas y apenas un par de locales llegan a cada rato haciendo ejercicio o paseando al perro. La visita supera las expectativas y recuerda un poco al Muro de Berlín que todavía se conserva; eso sí, aquel es ahora un decorado y este el más ejemplar de los separadores. La carretera escénica desde Tijuana hasta Ensenada Aprovechamos el madrugón para pasar fugazmente por el Mercado Hidalgo del centro de Tijuana, donde a las 08.00 h empieza el ajetreo de comerciantes y compradores. Nos antojamos de todas las frutas que no existen en Barcelona ni en el más gourmet de los supermercados y nos quedamos con las ganas de probar alguna: solo llevamos tarjeta y en los comercios nos reclaman efectivo. Justo al lado del Mercado Hidalgo está el CECUT, el Centro Cultural Tijuana, que ocupa una de las islas centrales de la ciudad y se reivindica como el principal espacio de la cultura tijuanense. Además, uno de los edificios que lo componen, ‘La Bola’, con forma de ovni o de quién sabe qué, es uno de los más reconocibles de la ciudad y un reclamo imposible de pasar por alto para nuestras cámaras. Llegamos al hotel para desayunar, recoger maletas y desalojarlo para siempre a eso del mediodía. Desandamos el camino que nos había llevado por la mañana hasta el muro en la playa y tomamos la carretera escénica que parte de Tijuana y baja toda la costa del Pacífico de Baja California. El destino es Ensenada, pero a mitad de camino paramos en el municipio de Puerto Nuevo a probar la langosta del restaurante homónimo, uno de los manjares del estado. La cantina Hussong’s de Ensenada Ensenada tiene nombre de western y aspecto entre (bajo)californiano y centroamericano. Es nuestra segunda parada de la ruta, donde pasaremos dos noches. Nos alojamos en Villa Adelina, un hotelito boutique excelente ubicado en el centro de la ciudad; una casa de estilo inglés del siglo XIX que conserva no solo todo el encanto y originalidad, sino incluso los muebles. El mix de referencias de Ensenada es infinito y la ciudad, ya caminándola tras dejar las maletas, se nos presenta sin pretensión de quedar para siempre en nuestro recuerdo. No es estricta ni ligeramente bonita. Simplemente es. De casas bajas y calles amplias, Ensenada es portuaria y parada de diversos cruceros que recorren el Pacífico desde Los Ángeles. Quizás por eso nos topamos con varios estadounidenses en nuestro paseo acelerado por las calles del centro y por el paseo de la marina. Y, sobre todo, en la cantina Hussong’s, donde acabamos pasando la tarde-noche de nuestra primera jornada en Ensenada, una de las mejores tardes-noches que hemos pasado en México. Este bar es uno de los emblemas de la ciudad, un lugar que se reivindica auténtico pero, a la vez, es deliciosamente turístico. Hussong’s, una cantina con más de 130 años de historia Hussong’s es la cantina más antigua no solo de la ciudad, sino al parecer de toda California, tanto la gringa como la mexicana. Abrió sus puertas en 1892 y desde entonces sigue en el mismo edificio, con pocas alteraciones en su forma y en su fondo. Aquí llegan los ensenadenses y los que no los somos, pero estamos de paso, y atestamos el local desde las 17.00 h y hasta la hora de cierre, a la 01.00 h, cuando los que quedan despiertos en la ciudad se encuentran todos aquí. En la cantina Hussong’s se inventó la margarita, en 1941, y la forma bien vista de comer los cacahuetes sigue siendo la misma que hace cien años: tirando al suelo las cáscaras. Es martes pero da lo mismo. No deja de llegar gente y grupos de música —mariachi y norteño— que le sacan varios miles de pesos a los clientes más borrachos por tocar media hora de sus canciones favoritas. La fiesta en México no discrimina entre días laborables y festivos, qué más da, siempre es buen día para tomar y celebrar la vida, para celebrar la

Welcome to Tijuana | Día 1

La Avenida de la Revolución de Tijuana de noche

El punto de partida de nuestra ruta por Baja California, por la Baja, es el punto de partida de tantos y tantos miles que ven en esta ciudad, en Tijuana, el final de todos sus males y el principio de todos sus sueños. Welcome to Tijuana. El soniquete de la canción de Manu Chao le pone banda sonora a lo que uno piensa de esta ciudad en el límite de México, donde la verdad de este país inmenso se desdibuja y empieza a hablar en gringo por exigencias de la frontera con los Estados Unidos. Tijuana nos recibe enorme desde el aire, arenosa, desaseada. Es un desconcierto de calles y carreteras, lo que uno imagina de ella, pendenciera y al borde de la ley, como toda ciudad fronteriza que se precie. Si hubiese un espejo en el que las ciudades fronterizas se mirasen, Tijuana sería el reflejo que siempre les devolvería el espejo. «Welcome to Tijuana, tequila, sexo y marihuana», dice Manu Chao, quizás sabedor que a eso vienen los gringos que nos cruzamos por la Avenida Revolución durante todo el día, felices por dejar atrás las ataduras caseras. Los gringos anhelan conocerla y muchos de los que aquí viven, mexicanos pero también miles de centroamericanos, lo darían todo por dejarla atrás para siempre. Un road trip por Baja California que en realidad son dos Tijuana es el inicio de nuestro viaje por la Baja de los próximos diez días. Si uno tiene en mente el mapa de México recordará que arriba a la izquierda, tocando al Pacífico y haciendo frontera con los Estados Unidos, se extiende un brazo de tierra larguísimo y muy estrecho que forma la península de Baja California. La península, a su vez, la componen dos estados: Baja California, arriba, y Baja California Sur, abajo. El sueño era hacer los 1.250 kilómetros de largo de la península en coche, pero necesitaríamos al menos el doble de días. Por eso, nuestro road trip por la Baja lo partimos en dos. La ciudad más poblada de toda la península es justamente Tijuana, a la que solo un muro separa de San Diego, de Estados Unidos. Aquí viven cerca de dos millones de personas a caballo entre dos mundos. Y eso se siente pronto, en el mismo aeropuerto. Antes incluso: en el avión que nos trae desde Guadalajara, donde el spanglish se impone como idioma oficial del trayecto. Rentamos un coche —porque aquí los coches se rentan, no se alquilan; qué rico es el español y cuánto lo empobrecemos en España— para los próximos cinco días. Es un Chevrolet con placas —que no matrícula— de Puebla. Tijuana sí que es muy mexicana en su tráfico: inasumible, como en cualquier gran ciudad del país. La ensalada César original, la de Caesar’s Nos alojamos en un hotel de paso, como haciéndole honor a la ciudad, porque solo vamos a pasar una noche y un hotel pasajero es lo que necesitamos. Estamos en la zona del río, la que recomiendan las guías y los que saben, porque es tranquila y segura. A veinte minutos está la Avenida Revolución, la arteria más importante de Tijuana. Y en una de sus esquinas está Caesar’s, un hotel con un restaurante mítico que se reivindica como el creador de la universal ensalada César. Es uno de los puntos marcados en rojo en nuestro mapa de visitas obligatorias en la ciudad, y no encontramos mejor manera de hacerle honor a la canción: Welcome to Tijuana comiendo rico y en un lugar mítico. Nos atiende Efraín, un mesero —que no camarero— que es toda una institución. «He salido en varias películas y me entrevistan a menudo. Hace un tiempo le preparé la ensalada César a Mel Gibson, que me ofreció participar en su próxima película», nos cuenta mientras ultima el aderezo de nuestras ensaladas. La ensalada César de Caesar’s la componen cuatro hojas de lechuga bañadas en ese riquísimo aderezo, ni más ni menos. Las derivaciones que hemos comido todos son pura fantasía, un sucedáneo mal logrado de la original. El campeón Julio César Chávez y los tacos El Franc Cuando encaramos los segundos, en Caesar’s entran cuatro hombres que se sientan en la mesa de al lado. Nos fijamos y acertamos a sacarle a uno de ellos el parecido, que en realidad resulta no ser solo parecido: Julio César Chávez, uno de los grandes boxeadores de la historia de México, se dispone a almorzar en el mismo restaurante que nosotros.«Sí, el campeón viene a menudo. Por aquí pasan muchos famosos», cuenta Efraín con su pin en el pecho de ‘Master Salad’. «Llevo quince años aquí y más de treinta haciendo ensaladas», dice, y uno no se imagina a nadie con un currículum como el suyo en el universal sector de las ensaladas. La sorpresa de Julio César Chávez acaba de rematar la experiencia, es la guinda del aderezo. Después de un breve paso por el hotel para descansar volvemos a las calles de Tijuana y nos sorprende el frío y la oscuridad, que llega de repente. A las 17.00 h la ciudad se funde a negro y a uno le obliga a desconfiar. Es momento de moverse en coche y no salirse del camino más turístico. Por eso decidimos ir a comer tacos a El Franc, una de las taquerías más conocidas de Tijuana y recomendada por la Guía Michelin. Los tacos están buenos pero son muy caros. Aquí los precios parecen hechos para gringos. Los pedimos de lengua, de suadero y de asada. Están enchilosos y muy bien servidos. Volvemos a la Avenida Revolución para verla navideña, con su árbol y su decoración, y después del paseo empezamos a planear el mañana: un poco más de Tijuana a primera hora y luego rumbo al sur.

El Parque Nacional Charyn: cómo visitar el cañón más impresionante de Kazajistán

Las rocas del cañón Charyn en el Parque Nacional Charyn de Kazajistán

A solo tres horas de Almaty se encuentra uno de los paisajes naturales más sugerentes de Kazajistán, el Cañón Charyn, el gran protagonista del Parque Nacional Charyn. Conocido como el ‘hermano pequeño del Gran Cañón del Colorado‘, este escenario de paisajes áridos y monumentales se despliega a lo largo de 50 kilómetros de pura geología esculpida por el río Charyn durante millones de años. Caminar entre las formaciones rojizas, retorcidas y caprichosas del Cañón Charyn es como atravesar un museo natural a cielo abierto, una de las experiencias más memorables en un viaje por Kazajistán. 📍 Guía rápida del Parque Nacional Charyn Cómo llegar: desde Almaty en coche (3h), idealmente en tour organizado o en coche de alquiler. Qué ver: miradores del cañón Charyn, los senderos panorámicos, el cañón de la Luna y el cañón Negro. Tiempo recomendado: media jornada o jornada completa, se puede combinar con los lagos Kolsai. Consejos: lleva agua, protección solar y calzado cómodo. Trata de llegar hasta el río para recorrer todo el cañón. Qué ver en el Parque Nacional Charyn El Parque Nacional Charyn es mucho más que su célebre Cañón Charyn. Entre sus paredes rojizas se esconden en toda la zona otros cañones, miradores y paisajes que parecen de otro planeta. Aquí te contamos los lugares imprescindibles que no deberías perderte durante tu visita. El Cañón Charyn y el Valle de los Castillos Este fue nuestro punto de entrada al parque, en una excursión de un día desde Almaty que combinamos con el Parque Nacional de los Lagos Kolsai. La panorámica desde lo alto del cañón es sobrecogedora: paredes rojizas que se retuercen como esculturas y, si el día está despejado, las montañas de la cordillera Tian Shan al fondo. Esta visión ayuda a comprender la magnitud de este paisaje monumental y salvaje, uno de los imprescindibles en cualquier ruta por Kazajistán. El Cañón de la Luna El Cañón de la Luna del Parque Nacional Charyn parece sacado de otro planeta, tan silencioso y onírico. Sus formas abombadas y sus montículos afilados recuerdan a los paisajes lunares de películas como Ad Astra, Moon o Apolo 13, de las que podría haber servido de perfecto set de rodaje. El Cañón Negro El Cañón Negro permanece en la penumbra gran parte del día. Sus paredes oscuras se alzan sobre el río Charyn, que corre con fuerza en el fondo, creando un contraste dramático. Aquí encontramos a un hombre que ofrecía posar con un águila real a cambio de mil tenge. Esta escena conecta con la cetrería, la ancestral caza con aves rapaces entrenadas, patrimonio de las antiguas poblaciones nómadas kazajas y todavía practicada en varias regiones del país. Dónde está el Parque Nacional Charyn El Parque Nacional Charyn se encuentra en el sureste de Kazajistán, cerca de las fronteras con Kirguistán y China. Es uno de los grandes reclamos naturales del país y una excursión muy recomendable desde Almaty. Cómo llegar al Parque Nacional Charyn Visitar el Parque Nacional Charyn en un día implica verlo de manera superficial, aunque vale la pena si no se tiene mucho tiempo en el país. Son muchos los viajeros que prefieren ir con más tiempo e incluso acampar por la zona, o alojarse en una yurta tradicional. Te explicamos las opciones que tienes para visitarlo. Ir por libre Viajar por libre al Cañón de Charyn es posible y, además, puede resultar bastante económico si organizas bien la ruta. La opción más barata es tomar un taxi compartido desde Almaty con destino a Saty o Kegen, y pedir que te dejen en el desvío de la carretera al parque. Desde ese punto tendrás que caminar unos 12 kilómetros hasta el cañón. Para volver, deberás hacer autoestop (en Kazajistán suele ser de pago). Si viajas en grupo, puede compensarte alquilar un taxi para ida y vuelta o incluso un coche de alquiler y conducir tú mismo. La carretera está en muy buen estado y perfectamente asfaltada, por lo que no necesitas un 4×4, salvo que incluyas en tu ruta los Lagos Kolsai o el Lago Kaindy, donde el acceso es mucho más complicado. Tours organizados y excursiones desde Almaty La forma más habitual de visitar el Parque Nacional Charyn es con un tour organizado desde Almaty. Varias agencias locales ofrecen excursiones de ida y vuelta en el día, que suelen incluir transporte, guía y entre una y dos horas para recorrer el Cañón de Charyn, sobre todo el espectacular Valle de los Castillos. Entre las compañías locales recomendamos Steppe Spirit, que organiza rutas por toda la región y combina Charyn con el Parque Nacional de los Lagos Kolsai. Es un equipo joven y aventurero, muy popular entre viajeros kazajos y rusos, aunque también integran a turistas occidentales. Puedes contactarles directamente por Instagram. Existen otras agencias enfocadas al público internacional que ofrecen tours a Charyn o combinados con los lagos, aunque suelen tener precios más altos. En cualquier caso, las opciones para conocer este rincón único de Kazajistán son variadas y se adaptan a todos los presupuestos. ✍️ Lee el post en el que damos más información sobre el Parque Nacional de los lagos Kolsai y Kaindy. Consejos prácticos para tu visita Antes de lanzarte a explorar el Parque Nacional Charyn, conviene tener claros algunos aspectos logísticos que te ayudarán para la excursión. Aquí encontrarás la información práctica esencial para planificar tu visita: cómo llegar, cuánto tiempo dedicar, qué llevar y cuándo es la mejor época para ir. ℹ️ Info Detalle 📍 Distancia desde Almaty 200 kilómetros (unas 3 horas por carretera) ⏳ Tiempo de visita recomendado Media jornada o jornada completa 💰 Precio de entrada ≈ unos 1.000 tenge (menos de dos euros) 🕒 Horario de acceso Abierto durante todo el día 🎒 Qué llevar Agua, gorra, protector solar, calzado cómodo y snacks Preguntas frecuentes sobre el Parque Nacional Charyn Toda la información para tu viaje a Kazajistán:

Viaje a Rajastán: guía completa para un itinerario de dos semanas

El desierto a las afueras de Jaisalmer al atardecer, un imprescindible de cualquier viaje a Rajastán

Lleno de historia y belleza, el estado de Rajastán es una de las regiones más visitadas de la India. Situado en el noroeste del país, haciendo frontera con Pakistán, su cercanía con la capital (aquí puedes ver nuestras recomendaciones sobre Delhi) y con Agra (y el Taj Mahal), hacen que se incluya en casi todas las rutas iniciáticas por la India. Sin ir más lejos, el superficial y acelerado Triángulo de Oro completa el circuito de Delhi y Agra con la capital de Rajastán, Jaipur. A partir de ahí, todos los viajes por el norte del país pasan en algún momento u otro por alguna de las ciudades de la región. ¿Quieres saber cómo organizar tu viaje a Rajastán? En este artículo te ayudamos con una guía completa basada en nuestro viaje a Rajastán de 2019, con toda la información revisada y actualizada a fecha de 2024. Rajastán es territorio de tradiciones, de enfrentamientos históricos, de historia, de linajes dinásticos, de arquitectura exquisita, de bazares frenéticos, de fuertes colosales y de palacios de ensueño. En nuestro primer viaje por la India pasamos dos semanas enteras recorriéndolo, desde Jaipur hasta Jaisalmer, pasando por Púshkar, Udaipur y Jodhpur. De esa experiencia nace este post, en el que compartimos nuestro viaje a Rajastán, el itinerario que seguimos y tratamos de recomendaros qué hacer y visitar, dónde comer y alojarse y cómo desplazarse. Nuestro itinerario de dos semanas de viaje a Rajastán Partamos de la base de que se llega a Rajastán desde Delhi, que es lo más habitual. Si es el caso, la primera ciudad importante de Rajastán desde la capital del país es Jaipur, capital en este caso del estado. Hay gente, sin embargo, que prefiere empezar por lo que fue nuestro final: Jaisalmer. Esta ciudad, famosa por su fuerte y sobre todo por sus excursiones al desierto de Thar, es la más alejada en distancia de Delhi. A la hora de organizar la ruta y el viaje a Rajastán es importante tener en cuenta las conexiones de las ciudades del estado con el que será el próximo destino en la India. Nosotros teníamos la suerte de que viajábamos sin rumbo definido ni billete de vuelta, con lo que el margen de maniobra y la capacidad para improvisar era mayor. En cualquier caso, si después de Rajastán hay que volver a Delhi no debería haber problema para encontrar la manera. Todas las grandes ciudades del estado tienen conexiones con la capital, ya sea en avión, en tren o en bus. En cambio, si se vuelve hacia otra ciudad del centro del país, como por ejemplo Agra, hay que ver desde qué puntos de partida se puede llegar directo y desde cuáles no. Jodhpur y Udaipur, por ejemplo, tienen trenes diarios que conectan con Agra. Si la intención es seguir hacia el sur, hacia Bombay, hay que tener presente que Udaipur es —entre las ciudades imperdibles de Rajastán— la más meridional. Si se quiere ir hacia el norte, hacia Amritsar, Rishikesh o Ladakh, entonces hay que prepararse para hacer algunas paradas intermedias. Esto, claro, si manejamos un presupuesto ajustado y mochilero. De lo contrario, basta con alquilar coche con conductor. Después de todos estos preliminares, os mostramos en el mapa cuál fue nuestro itinerario del viaje a Rajastán y el número de noches que pasamos en cada ciudad: ¿Fueron suficientes noches en cada ciudad? ¿Fueron demasiadas? A continuación detallaremos qué hicimos, qué visitamos y nuestra impresión de cada una de ellas, para que te hagas una idea de qué puedes encontrar y cuánto te puede interesar cada destino a la hora de organizar tu viaje a Rajastán. Además de estas cinco paradas habíamos previsto inicialmente pasar dos noches en Bundi, después de Púshkar y antes de Udaipur. Pero decidimos acortar y priorizar. Hay viajeros que aseguran que Bundi ha sido uno de los highlights de su viaje por India. Puede que lo sea, porque es una ciudad menos trillada, más tranquila y menos turística. Sus callecitas estrechas, su palacio, su fuerte y su ambiente relajado cautivan a más de uno. La región cuenta con más lugares que puedes incluir en tu viaje a Rajastán. Entre otros, el Parque Nacional de Ranthambore, cuatro horas al noreste de Jaipur, donde se pueden ver tigres en libertad. También la ciudad de Chittorgarh, a medio camino de Púshkar y Udaipur, que tiene el fuerte más grande de todo el país. Si te va el senderismo quizás deberías incluir en tu viaje a Rajastán el Monte Abu, la única estación de montaña de la región. La zona de Shekhawati es famosa por la belleza de sus havelis (mansiones tradicionales indias) y sus murales. La ciudad de Bikaner también es destino mochilero, y una buena alternativa a Jaisalmer para explorar el desierto. Además, Bikaner tiene un fuerte imponente y, sobre todo, es famosa por el templo de las ratas. Si se dispone de coche con conductor, habría que aprovecharlo para llegar al Chand Baori de Abhaneri. Jaipur, la ciudad rosa: qué ver, alojamiento, dónde comer y transporte Si vienes de Delhi y has visitado la zona de Chandni Chowk ya habrás conocido lo divertido y a la vez agobiante que puede resultar el caos indio. Un poco eso, y muchas otras cosas, es Jaipur, la capital del estado y punto de partida de cualquier viaje a Rajastán. Jaipur es devoradora a ratos: ruidosa, tiene un tráfico imposible y vendedores impertinentes. Hay que pelear cada rupia a los conductores de tuk tuk. Jaipur no da respiro y es curioso cómo disfrutas lo mucho que te fatiga. En el seno de la ciudad rosa, en el centro, los bazares son multitudinarios. Te topas con personas, vacas, camellos, coches, tuk tuks, motos, buses. Y al levantar la vista te encuentras alguno de los monumentos que la hacen famosa. Nosotros pasamos tres noches y dos días en la ciudad, suficientes para conocer los principales puntos de interés de Jaipur. Qué ver y qué visitar en Jaipur Así se conoce a la parte

Qué hacer en Creel y Barrancas del Cobre durante El Chepe

Vista panorámica de las Barrancas del Cobre en Chihuahua

Subirse a los vagones de El Chepe, uno de los pocos trenes de pasajeros de México, sirve de perfecta excusa para la visita al norteño estado de Chihuahua. En este post te contamos qué puedes hacer durante tu trayecto en El Chepe, y qué puedes visitar en Creel y en Barrancas del Cobre, dos de los principales puntos de interés del estado de Chihuahua. La información que ofrecemos está basada en nuestra experiencia a bordo de El Chepe en 2019, y está actualizada y revisada a fecha de 2024. Como complemento, te invitamos a leer el artículo en el que te contábamos nuestra experiencia a bordo del tren, en una suerte de crónica de ambiente que incluye algunas cuestiones prácticas y logísticas a tener en cuenta para viajar en El Chepe. Las tres paradas más importantes de El Chepe El Fuerte Desde Los Mochis, punto de partida en Sinaloa de El Chepe, El Fuerte es la primera parada importante del recorrido. Nosotros la pasamos de largo por falta de tiempo. En cualquier caso, si se dispone de varios días para hacer El Chepe, apearse aquí debería ser una opción a tener en cuenta. A El Fuerte se llega dos horas después de haber iniciado el viaje en tren desde Los Mochis. El municipio, de unos 10.000 habitantes, se encuentra todavía en el estado de Sinaloa y es uno de los grandes reclamos turísticos de la región y de El Chepe, ya que junto a Creel y Barrancas del Cobre ofrece una gran diversidad de actividades que hacer como complemento al recorrido en tren. El pueblo presume de la denominación turística más preciada del país: la de pueblo mágico. Esta etiqueta, concedida por el Gobierno de México, es una especie de garantía de que el lugar tiene interés turístico. Sus edificios religiosos, la naturaleza que le rodea y la marcada presencia de elementos de los indígenas yoreme son sus grandes reclamos. Eso sí, hay que tener presente que si la idea es volver a subirse al tren y seguir el camino hacia el norte habrá que revisar los horarios, pues El Chepe no necesariamente pasa en días consecutivos, especialmente El Chepe Regional. En la web oficial se puede ver el calendario de salidas de 2024 de El Chepe Express y los horarios de El Chepe Regional. Divisadero Tomando de nuevo como referencia la partida desde Los Mochis, Divisadero se encuentra aproximadamente a mitad de camino hasta Chihuahua. Podría considerarse la más turística de las paradas, porque sirve de puerta de acceso a las Barrancas del Cobre, el principal punto de interés de la región. En cualquier caso, Divisadero no es más que el nombre de la estación. No tiene siquiera forma de pueblo como tal, aunque es cierto que tiene una infraestructura hotelera y turística muy bien desarrollada. Divisadero es la elección habitual de los que quieren conocer Barrancas del Cobre, aunque hay que hacer más kilómetros para llegar hasta Creel. Lo habitual es hacer noche aquí. En la estación hay puestos de comida donde es obligatorio probar las gorditas, el platillo más característico. Pero más allá de degustar esta especie de taco abierto por la mitad (conoce más sobre algunos de nuestros preferidos de la gastronomía mexicana aquí) y trastear souvenirs entre los tenderetes montados de manera apresurada —algunos por indígenas tarahumaras— no hay mucho más que hacer en el pueblo. Su único sentido de ser, el motivo por el que existe, son las Barrancas del Cobre y la explotación que se ha hecho de ellas en forma de parque de aventuras. Pero esta visita se puede hacer desde Creel sin problema. De hecho, para los que manejen un presupuesto ajustado es lo que recomendamos: seguir hasta Creel, donde se puede encontrar alojamiento más económico, y venir a Divisadero y las Barrancas del Cobre de excursión un día. Creel El mejor lugar desde el que explorar la zona. Nosotros hicimos tres noches aquí. Contando que el primer día es de trayecto, pues se tarda unas nueve horas en llegar desde Los Mochis, los otros dos se utilizan para hacer dos excursiones. Creel es un pueblito muy pequeño, de una calle y dos plazas, pero muy bien acondicionado para los muchos pasajeros de El Chepe que recibe. Hay alojamientos para todos los gustos y bolsillos, dos o tres restaurantes más que decentes, una oferta amplia de guías y excursiones turísticas por los alrededores, animación constante y encanto a raudales. Como El Fuerte, Creel también está orgullosamente catalogado como pueblo mágico y presume, pese a sus escasos 5.000 habitantes, de ser la capital oficiosa de la Sierra Tarahumara donde se encuentra enclavado. Su historia está muy ligada a dos elementos que la han definido y dibujado: el ferrocarril y los indígenas tarahumaras. La cercanía con varios de los elementos naturales más bonitos del estado han hecho el resto para convertirlo en el mejor lugar para hacer base y explorar la zona. Nuestro consejo, pues, es hacer base en Creel para que podáis explorar también Barrancas del Cobre. Otras paradas En función de El Chepe que abordéis, tendréis más opciones de deteneros en otras estaciones intermedias o no. Si habéis comprado billete en el Express solo llegaréis hasta Creel, como lejos, y El Fuerte, Bahuichivo y Divisadero son las únicas paradas que le preceden. Sin embargo, El Chepe Regional, el más barato y más auténtico, hace el recorrido completo hasta la ciudad de Chihuahua, capital del estado homónimo. Y viceversa, claro. Entre medio hay varias paradas más, que solo utilizan en la práctica los locales que sí toman el tren como medio de transporte y no como medio de turismo. Témoris, San Rafael y Cuahtémoc son algunas de las estaciones intermedias. Cuahtémoc tiene cierto interés, y podría ser una parada interesante de una noche —o incluso de unas horas—, pero la escasa frecuencia del tren la convierte en estaciones simplemente de paso. Bahuichivo se incorporó recientemente como parada de El Chepe Express y también es un lugar recomendable para explorar, en el que