El punto de partida de nuestra ruta por Baja California, por la Baja, es el punto de partida de tantos y tantos miles que ven en esta ciudad, en Tijuana, el final de todos sus males y el principio de todos sus sueños. Welcome to Tijuana. El soniquete de la canción de Manu Chao le pone banda sonora a lo que uno piensa de esta ciudad en el límite de México, donde la verdad de este país inmenso se desdibuja y empieza a hablar en gringo por exigencias de la frontera con los Estados Unidos.
Tijuana nos recibe enorme desde el aire, arenosa, desaseada. Es un desconcierto de calles y carreteras, lo que uno imagina de ella, pendenciera y al borde de la ley, como toda ciudad fronteriza que se precie. Si hubiese un espejo en el que las ciudades fronterizas se mirasen, Tijuana sería el reflejo que siempre les devolvería el espejo. «Welcome to Tijuana, tequila, sexo y marihuana», dice Manu Chao, quizás sabedor que a eso vienen los gringos que nos cruzamos por la Avenida Revolución durante todo el día, felices por dejar atrás las ataduras caseras. Los gringos anhelan conocerla y muchos de los que aquí viven, mexicanos pero también miles de centroamericanos, lo darían todo por dejarla atrás para siempre.
Un road trip por Baja California que en realidad son dos
Tijuana es el inicio de nuestro viaje por la Baja de los próximos diez días. Si uno tiene en mente el mapa de México recordará que arriba a la izquierda, tocando al Pacífico y haciendo frontera con los Estados Unidos, se extiende un brazo de tierra larguísimo y muy estrecho que forma la península de Baja California. La península, a su vez, la componen dos estados: Baja California, arriba, y Baja California Sur, abajo. El sueño era hacer los 1.250 kilómetros de largo de la península en coche, pero necesitaríamos al menos el doble de días. Por eso, nuestro road trip por la Baja lo partimos en dos.
La ciudad más poblada de toda la península es justamente Tijuana, a la que solo un muro separa de San Diego, de Estados Unidos. Aquí viven cerca de dos millones de personas a caballo entre dos mundos. Y eso se siente pronto, en el mismo aeropuerto. Antes incluso: en el avión que nos trae desde Guadalajara, donde el spanglish se impone como idioma oficial del trayecto. Rentamos un coche —porque aquí los coches se rentan, no se alquilan; qué rico es el español y cuánto lo empobrecemos en España— para los próximos cinco días. Es un Chevrolet con placas —que no matrícula— de Puebla. Tijuana sí que es muy mexicana en su tráfico: inasumible, como en cualquier gran ciudad del país.
La ensalada César original, la de Caesar’s
Nos alojamos en un hotel de paso, como haciéndole honor a la ciudad, porque solo vamos a pasar una noche y un hotel pasajero es lo que necesitamos. Estamos en la zona del río, la que recomiendan las guías y los que saben, porque es tranquila y segura. A veinte minutos está la Avenida Revolución, la arteria más importante de Tijuana. Y en una de sus esquinas está Caesar’s, un hotel con un restaurante mítico que se reivindica como el creador de la universal ensalada César.
Es uno de los puntos marcados en rojo en nuestro mapa de visitas obligatorias en la ciudad, y no encontramos mejor manera de hacerle honor a la canción: Welcome to Tijuana comiendo rico y en un lugar mítico. Nos atiende Efraín, un mesero —que no camarero— que es toda una institución. «He salido en varias películas y me entrevistan a menudo. Hace un tiempo le preparé la ensalada César a Mel Gibson, que me ofreció participar en su próxima película», nos cuenta mientras ultima el aderezo de nuestras ensaladas. La ensalada César de Caesar’s la componen cuatro hojas de lechuga bañadas en ese riquísimo aderezo, ni más ni menos. Las derivaciones que hemos comido todos son pura fantasía, un sucedáneo mal logrado de la original.
El campeón Julio César Chávez y los tacos El Franc
Cuando encaramos los segundos, en Caesar’s entran cuatro hombres que se sientan en la mesa de al lado. Nos fijamos y acertamos a sacarle a uno de ellos el parecido, que en realidad resulta no ser solo parecido: Julio César Chávez, uno de los grandes boxeadores de la historia de México, se dispone a almorzar en el mismo restaurante que nosotros.«Sí, el campeón viene a menudo. Por aquí pasan muchos famosos», cuenta Efraín con su pin en el pecho de ‘Master Salad’. «Llevo quince años aquí y más de treinta haciendo ensaladas», dice, y uno no se imagina a nadie con un currículum como el suyo en el universal sector de las ensaladas. La sorpresa de Julio César Chávez acaba de rematar la experiencia, es la guinda del aderezo.
Después de un breve paso por el hotel para descansar volvemos a las calles de Tijuana y nos sorprende el frío y la oscuridad, que llega de repente. A las 17.00 h la ciudad se funde a negro y a uno le obliga a desconfiar. Es momento de moverse en coche y no salirse del camino más turístico. Por eso decidimos ir a comer tacos a El Franc, una de las taquerías más conocidas de Tijuana y recomendada por la Guía Michelin. Los tacos están buenos pero son muy caros. Aquí los precios parecen hechos para gringos. Los pedimos de lengua, de suadero y de asada. Están enchilosos y muy bien servidos. Volvemos a la Avenida Revolución para verla navideña, con su árbol y su decoración, y después del paseo empezamos a planear el mañana: un poco más de Tijuana a primera hora y luego rumbo al sur.