Ayer, saliendo del aeropuerto, ya con nuestro Chevrolet de alquiler, nos adentrábamos en Tijuana siguiéndole el curso al famoso muro fronterizo entre México y Estados Unidos. Que en realidad es más bien una enorme valla disuasoria, en la que del lado de Estados Unidos patrullan guardias para asegurarse que no se cuelan ilegales. Este muro de casi 900 kilómetros desemboca en la playa de Tijuana, separando a mexicanos y estadounidenses. Ahí empezamos un día que muchas horas más tarde, en la cantina Hussong’s de Ensenada, nos muestra la cara opuesta de la moneda: decenas de mexicanos perfectamente avenidos con los turistas estadounidenses, que se divierten escuchando al mariachi.
El muro en la playa de Tijuana
Madrugamos con el propósito de llegar, antes de que amanezca, a la parte del muro de Tijuana que se adentra en la playa. Google Maps hace una de las suyas y nos manda por los cerros de Tijuana, en un sube y baja constante por la periferia más miserable de la ciudad. Pasamos barrios enormes de favelas que, de repente, dan paso a urbanizaciones residenciales de ultralujo con más seguridad que el mismísimo muro. Las fronteras más flagrantes están siempre dentro del país. Y esa verdad lo es mucho más en México, donde las desigualdades son tan evidentes que ofenden.
Llegamos a las playas de Tijuana ya con el sol salido, con los mejores minutos de luz del día para jugar a hacerle encuadres al muro. Sonará a frivolidad, pero hay que verlo en directo para comprobarlo: el muro en la playa de Tijuana es muy fotogénico, casi poético. Los barrotes están llenos de mensajes bienintencionados, la mayoría de una ingenuidad conmovedora:
―Este muro nos divide ―reza uno.
―Por todos los que salen de su país y no regresan, bendiciones ―cuenta otro.
Del lado estadounidense de la valla distinguimos una patrulla que va y viene. El muro entra en el mar casi veinte metros, poniendo la desesperación migratoria solo al alcance de los mejores nadadores. Somos los únicos turistas y apenas un par de locales llegan a cada rato haciendo ejercicio o paseando al perro. La visita supera las expectativas y recuerda un poco al Muro de Berlín que todavía se conserva; eso sí, aquel es ahora un decorado y este el más ejemplar de los separadores.
La carretera escénica desde Tijuana hasta Ensenada
Aprovechamos el madrugón para pasar fugazmente por el Mercado Hidalgo del centro de Tijuana, donde a las 08.00 h empieza el ajetreo de comerciantes y compradores. Nos antojamos de todas las frutas que no existen en Barcelona ni en el más gourmet de los supermercados y nos quedamos con las ganas de probar alguna: solo llevamos tarjeta y en los comercios nos reclaman efectivo.
Justo al lado del Mercado Hidalgo está el CECUT, el Centro Cultural Tijuana, que ocupa una de las islas centrales de la ciudad y se reivindica como el principal espacio de la cultura tijuanense. Además, uno de los edificios que lo componen, ‘La Bola’, con forma de ovni o de quién sabe qué, es uno de los más reconocibles de la ciudad y un reclamo imposible de pasar por alto para nuestras cámaras.
Llegamos al hotel para desayunar, recoger maletas y desalojarlo para siempre a eso del mediodía. Desandamos el camino que nos había llevado por la mañana hasta el muro en la playa y tomamos la carretera escénica que parte de Tijuana y baja toda la costa del Pacífico de Baja California. El destino es Ensenada, pero a mitad de camino paramos en el municipio de Puerto Nuevo a probar la langosta del restaurante homónimo, uno de los manjares del estado.
La cantina Hussong’s de Ensenada
Ensenada tiene nombre de western y aspecto entre (bajo)californiano y centroamericano. Es nuestra segunda parada de la ruta, donde pasaremos dos noches. Nos alojamos en Villa Adelina, un hotelito boutique excelente ubicado en el centro de la ciudad; una casa de estilo inglés del siglo XIX que conserva no solo todo el encanto y originalidad, sino incluso los muebles.
El mix de referencias de Ensenada es infinito y la ciudad, ya caminándola tras dejar las maletas, se nos presenta sin pretensión de quedar para siempre en nuestro recuerdo. No es estricta ni ligeramente bonita. Simplemente es. De casas bajas y calles amplias, Ensenada es portuaria y parada de diversos cruceros que recorren el Pacífico desde Los Ángeles.
Quizás por eso nos topamos con varios estadounidenses en nuestro paseo acelerado por las calles del centro y por el paseo de la marina. Y, sobre todo, en la cantina Hussong’s, donde acabamos pasando la tarde-noche de nuestra primera jornada en Ensenada, una de las mejores tardes-noches que hemos pasado en México. Este bar es uno de los emblemas de la ciudad, un lugar que se reivindica auténtico pero, a la vez, es deliciosamente turístico.
Hussong’s, una cantina con más de 130 años de historia
Hussong’s es la cantina más antigua no solo de la ciudad, sino al parecer de toda California, tanto la gringa como la mexicana. Abrió sus puertas en 1892 y desde entonces sigue en el mismo edificio, con pocas alteraciones en su forma y en su fondo. Aquí llegan los ensenadenses y los que no los somos, pero estamos de paso, y atestamos el local desde las 17.00 h y hasta la hora de cierre, a la 01.00 h, cuando los que quedan despiertos en la ciudad se encuentran todos aquí.
En la cantina Hussong’s se inventó la margarita, en 1941, y la forma bien vista de comer los cacahuetes sigue siendo la misma que hace cien años: tirando al suelo las cáscaras. Es martes pero da lo mismo. No deja de llegar gente y grupos de música —mariachi y norteño— que le sacan varios miles de pesos a los clientes más borrachos por tocar media hora de sus canciones favoritas.
La fiesta en México no discrimina entre días laborables y festivos, qué más da, siempre es buen día para tomar y celebrar la vida, para celebrar la buena compañía. Y los gringos, que en Tijuana se separan con una valla de los mexicanos, aquí hacen mil fotos y vídeos a un ambiente que quieren llevarse en sus móviles para siempre.
―Que lo que la cantina Hussong’s ha unido no lo separe un muro ―debería escribir alguien en uno de los barrotes de la valla.