Qué ver en La Paz, la perla mexicana de Baja California Sur

La Paz es la ciudad más poblada de Baja California Sur (250.000 habitantes) y también su capital, un destino sorprendente con muchas cosas que ver y ejemplo de respeto por el medioambiente y los entornos naturales. El turismo de masas no ha llegado a La Paz, por suerte, y ojalá nunca lo haga. Los vecinos y las administraciones son conscientes del atractivo de su ciudad y de sus alrededores, pero el rodillo de la industria turística amenaza con robarle su naturalidad y priorizar el lucro desmedido. En La Paz se puede visitar Balandra, una playa de postal, y la Isla Espíritu Santo, un enclave natural hermoso, hogar de una fauna y una flora únicas. Estas zonas están de momento protegidas de la construcción y la explotación masivas, aunque para ello los paceños se enfrentan constantemente a la amenaza de nuevos superproyectos turísticos que impactarían ambientalmente en estos dos espacios naturales. La etiqueta de ‘sostenible’, tan manoseada hoy en día, de momento la hace del todo justicia a La Paz. Ojalá siga siendo así, con su ritmo apacible y su gente acogedora. La Paz, en Baja California Sur, se ha convertido desde nuestra visita a finales de 2024 en uno de nuestros destinos preferidos de México, por todo lo que hay que ver y hacer, por sus atardeceres inigualables y por su riquísima gastronomía. En esta guía repasamos lo mejor de La Paz y todo lo que se puede ver en sus alrededores, y también te recomendamos posibles excursiones a otras zonas de Baja California Sur. Si quieres leer la crónica diaria de nuestro paso por La Paz, te animamos a que revises nuestro Diario de ruta, en el que te acercamos el relato en primera persona de todo lo que hicimos. Lo mejor de La Paz, en Baja California Sur: 6 cosas que ver durante tu visita y mejores experiencias A La Paz, la capital de Baja California Sur, no se viene solo a ver la ciudad, que tiene un interés relativo más allá del Malecón. La ciudad es discreta, tranquila, amable y encierra en su exterior la mayoría de los motivos que hacen de ella un destino imprescindible en la península de Baja California. A continuación, te recomendamos algunos de los lugares que tienes que ver en La Paz y las experiencias que harán que tu visita a la capital de Baja California Sur sea inolvidable. El Malecón de La Paz El alma de La Paz está en su Malecón, el paseo marítimo que recorre casi cinco kilómetros junto al Pacífico. Aquí se sitúan algunos de los mejores restaurantes y bares de la ciudad. Desde aquí salen las excursiones a la isla Espíritu Santo. Las sempiternas letras de todas las ciudades mexicanas, foto imprescindible para cualquier visitante, también están en el Malecón, junto a varias esculturas. Por aquí pasean, corren, montan en bicicleta y se juntan los locales. Y desde aquí, con el horizonte despejado, se pueden apreciar los inolvidables atardeceres de La Paz. La isla Espíritu Santo La isla Espíritu Santo, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un enclave único en el mundo por su biodiversidad endémica sin igual, por sus playas increíbles y su vida silvestre. En sus alrededores viven varias decenas de lobos marinos. La visita a la isla, que dura unas ocho horas y se realiza desde La Paz, es obligatoria para todos los que llegan a la capital de Baja California Sur y quieren ver un entorno natural único. En una de las crónicas de nuestro Diario de ruta hablamos de nuestra visita a la isla. La playa de Balandra y su bahía La playa de Balandra es una de las protagonistas habituales de la lista de las mejores playas del mundo, uno de esos rankings que las redes sociales viralizan recurrentemente para hacernos soñar con destinos alejados de nuestra rutina. Y sí, Balandra merece el reconocimiento, es una fantasía, una playa de azul turquesa enclavada entre acantilados y dunas. En realidad, Balandra es una bahía y solo una de sus playas es accesible. Aquí, además se encuentra el famoso hongo de Balandra, una roca con forma de seta con la que todos los turistas nos fotografiamos. Te contamos nuestra experiencia en primera persona en el Diario de ruta y en nuestra publicación de Instagram te damos información práctica y consejos. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Cultura Nómada | Viajes (@cultura.nomada) La playa Tecolotito y Tecolote Beach Como Balandra tiene cupos restringidos, para protegerla de la masificación turística, muchos viajeros deben buscar alternativas para seguir la jornada de playa. Las cercanas playas Tecolotito y Tecolote Beach son una fantástica alternativa a Balandra. No son tan bonitas, pero sí que cuentan con restaurantes y chiringuitos para complementar la contemplación y el baño con la rica comida bajacaliforniana. Avistamiento de ballenas y del tiburón ballena La Paz es uno de los pocos lugares en todo el mundo en los que se puede conocer al tiburón ballena, uno de los peces más grandes del universo marino. La mejor época para realizar esta actividad, en la que se nada al lado de los tiburones ballena, es entre los meses de octubre y abril, aunque las posibilidades aumentan en enero y febrero. El tour lo realizan decenas de agencias de la ciudad, con lo que te recomendamos comparar precios (que pueden ir desde los 50 € a los 100 €) y opciones. Por otra parte, desde La Paz también hay excursiones para avistar ballenas en Bahía Magdalena, una zona de Baja California Sur situada a unas dos horas de la capital. La temporada de avistamiento de ballenas en la península empieza a partir de mediados de diciembre y se extiende hasta el mes de abril. La excursión dura un día completo y normalmente incluye todos los traslados, un guía, el paseo en barco y la comida. Los atardeceres de La Paz Después de haber visitado decenas de países y cientos de ciudades, podemos asegurar que ningún lugar del mundo (que conocemos) puede
5 visitas esenciales y consejos prácticos: guía de viaje a Tijuana

Tijuana no es solo una ciudad de paso y frontera, es un destino con una identidad arrolladora, con arte callejero, vida nocturna, gastronomía creativa y contrastes que no dejan indiferente. Si planeas tu primer viaje a Tijuana, aquí te contamos 5 visitas esenciales, cómo moverte con seguridad por la ciudad y algunos consejos práctivos para disfrutarla sin clichés. Muchos defenderían que Tijuana es la segunda ciudad en importancia del país. De hecho, lo es en número de habitantes (casi dos millones de personas según el censo de 2020) y desde luego lo es por su importancia geográfica, por ser la puerta de entrada y de salida principal del país hacia Estados Unidos, el vecino del norte. La Tijuana actual es un hervidero de encuentros y contrastes. Es una ciudad paradigmáticamente fronteriza, a caballo entre dos mundos que Tijuana matiza perfectamente, sobre los que actúa como la bisagra más simbólica. A Tijuana llegan miles de mexicanos de todo el país y de centroamericanos con la esperanza de cruzar a Estados Unidos para buscar una vida nueva. Pero también llegan aquí miles de estadounidenses cada día para ver lo mejor de Tijuana, que persiguen vivir en primera persona todas esas experiencias que la televisión, el cine y las novelas se han encargado de mitificar. Visitamos Tijuana a finales de 2024 como punto de partida de nuestro road trip partido en dos por la península de Baja California, que te contamos día a día en nuestro ‘Diario de ruta’. Nos pareció que Tijuana es una de las ciudades más caras de México, por su cercanía con Estados Unidos. Por otra parte, tiene un clima mediterráneo seco que se caracteriza por inviernos fríos —pero no gélidos— y veranos asumiblemente calurosos. Te lo contamos todo en esta guía de viaje de Tijuana. Qué ver en Tijuana: las 5 mejores visitas y atracciones turísticas Tijuana es una ciudad imposible de abarcar para el visitante, enorme en dimensiones, llena de contrastes. Hemos hecho un listado con las cinco cosas que hay que ver en Tijuana en cualquier visita a la ciudad. Excepto el Muro en la playa, el resto de las visitas que recomendamos están ubicadas en el centro, con lo que no es descabellado ver en un día todas estas atracciones turísticas que te proponemos en Tijuana. El Muro en la playa De todas las cosas que te recomendamos que tienes que ver en Tijuana, el Muro en la playa es la única visita que está lejos del centro de la ciudad. En Tijuana desemboca el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, que recorre casi 900 kilómetros y se adentra en el océano Pacífico. Esta valla disuasoria se ha convertido casi en un símbolo de la separación, que va más allá del concreto de los dos países que separa, casi como una suerte de Muro de Berlín moderno. De hecho, como el muro berlinés, el Muro en la playa de Tijuana tiene un encanto casi poético, muy sugerente con todo su simbolismo y con su arte urbano. Te recomendamos que lo visites a primera hora, cuando no hay nadie, como hicimos nosotros. O al atardecer. Dedícale un buen rato para pasearlo y leer qué escriben ahí personas de todo el mundo. El Muro en la playa está en la zona de las Playas de Tijuana, con lo que tendrás que llegar hasta aquí en coche particular o en taxi. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Cultura Nómada | Viajes (@cultura.nomada) La avenida Revolución La avenida Revolución de Tijuana es la calle que cruza el centro de la ciudad, en la que se puede ver y conocer toda su vida social y comercial. Está muy transitada por locales y turistas, especialmente durante el día. Aquí hay buenos restaurantes, como el Caesar’s, el de la famosa ensalada César. Por la noche es una zona un pelín oscura que preferimos evitar. Al final de la avenida está el famoso Arco Monumental y una de las calles que lo cruzan es el Pasaje Rodríguez, con murales y tiendas de artesanías. El CECUT, el Centro Cultural Tijuana El Centro Cultural Tijuana (CECUT) es el espacio de la ciudad que centraliza la mayoría de las iniciativas, exposiciones y movimientos culturales de Tijuana. Alberga a la orquesta de Baja California y ocupa una manzana de la Zona Río de Tijuana, donde se concentran buena parte de las atracciones que hay que ver en la ciudad. Está compuesto por varios espacios y edificios, pero el más reconocible es el domo, con forma esférica de gran ojo, con el que pasamos un rato muy fotogénico. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Cultura Nómada | Viajes (@cultura.nomada) El Mercado Hidalgo En Cultura Nómada nos encanta pasear los mercados locales, donde se siente la cotidianidad de verdad de las ciudades. En Tijuana el Mercado Hidalgo es uno de los lugares que tienes que visitar para poder ver el día a día de los tijuanenses y conocer los sabores, los olores y los colores locales. Aquí encontrarás frutas, dulces típicos, quesos, especias, tamales y panes recién horneados que querrás probar. La Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe En el centro de Tijuana, rodeada por algunas de las calles con más tráfico de la ciudad, la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe se erige como el principal templo religioso de los tijuanenses. Fue el único espacio católico de la ciudad hasta 1930 y fue elevado al rango de catedral con la creación de la diócesis de Tijuana, en la década de los sesenta. La Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe es una de las atracciones turísticas que hay que ver en una visita a Tijuana. Dónde alojarse en Tijuana: mejoras zonas y hoteles La mejor oferta de alojamientos de la ciudad se ubica en la Zona Río, el distrito financiero de Tijuana, que cuenta con buenos hoteles y calles tranquilas y transitadas. También es una zona cercana a la avenida Revolución, la principal arteria de Tijuana, y tiene muchas opciones gastronómicas
Qué ver en Ensenada: las 5 visitas imprescindibles y guía de viaje

La ciudad de Ensenada, a un par de horas de carretera de Tijuana y a unos cien kilómetros de la frontera entre México y Estados Unidos, es genuinamente californiana. Parece salida de un western, con su trazado urbano de casitas bajas y sus cantinas a la vieja usanza, símbolo de otros tiempos que conservan el espíritu más auténtico de la ciudad. La mítica cantina Hussong’s es precisamente una de las cosas que te recomendamos ver en Ensenada durante tu visita. La ciudad tiene en la actualidad unos 330.000 habitantes y fue la capital del estado de Baja California entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando la capitalidad del estado pasó a la ciudad de Mexicali. Para el viajero, Ensenada tiene aroma de ciudad de paso. Pero nosotros te confirmamos que merece quedarse un rato, si acaso uno o dos días. Por aquí pasamos los que llegamos desde Tijuana y vamos al Valle de Guadalupe, a disfrutar de la principal región vinícola de México. Es también ciudad de paso para miles de estadounidenses, que llegan a Ensenada fugazmente un puñado de horas en una de las paradas exprés de sus cruceros. El puerto de Ensenada es el más transitado en el Pacífico mexicano y el tercero de todo el país. Aquí amarraron en 2024 más de 270 cruceros con casi un millón de pasajeros; nueve de cada diez eran estadounidenses y siete de cada diez acertaron a descender del barco para conocer la ciudad. Las 5 mejores visitas y atracciones turísticas que ver en Ensenada De las cosas que te recomendamos para ver y visitar en Ensenada hay algunas que no están estrictamente en la ciudad. Sin embargo, Ensenada es una buena base para visitar por ejemplo el Valle de Guadalupe o para llegar hasta La Bufadora. En esta guía de viaje te dejamos cinco recomendaciones de qué puedes ver en Ensenada. El Mercado Negro Haz bien tus deberes viajeros y procura visitar el Mercado Negro pronto por la mañana, cuando llegan los pescadores y los puestos se llenan de color. Nosotros lo visitamos por la tarde, cuando la gente ya no se pasea por aquí y las paradas apenas si tienen todavía pescado y mariscos. Ensenada es conocida por la calidad de los productos del mar, y el Mercado Negro es el punto de la ciudad que mejor ejemplifica este espíritu costeño y su gastronomía marítima. El Malecón de Ensenada Justo donde se ubica el Mercado Negro empieza el Malecón de Ensenada, el paseo de la ciudad que da directamente al mar. Es un punto por el que hay que pasar sí o sí para ver la vida local de Ensenada. Aquí encontrarás restaurantes y excursiones en botes que, según la época, llevan al viajero a avistar la ballena gris o lobos marinos. Al principio del Malecón, al lado del Mercado Negro, se ubican las letras de Ensenada y hacia el final la Plaza Cívica hay tres estatuas en honor a tres personajesimportantes de la historia del país: Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Venustiano Carranza. Las playas de Ensenada y la isla Todos Santos Desde Ensenada se puede acceder en barco a la isla de Todos Santos, situada a unos veinte kilómetros del muelle de la ciudad. La isla y las playas de Ensenada son conocidas por la gran cantidad de surfistas que acuden a ellas en busca de la ola perfecta. Entre las playas más concurridas y recomendables que hay que ver en Ensenada están Playa Hermosa, Playa Pacífica, Playa San Miguel y la más lejana Playa la Misión. Si vas a esta última, procura visitar también el Castillo del Diablo, una construcción particular de lo más bizarra y rara. La Bufadora La Bufadora no está exactamente en Ensenada, sino 35 kilómetros al sur, en la pequeña península de Punta Banda. En cualquier caso, es una de las visitas obligatorias de todos los que visitan Ensenada, un espectáculo que hay que ver para sorprenderse de lo que es capaz de hacer la naturaleza. La Bufadora es un bufón, un fenómeno similar al géiser, una formación de acantilados marinos en los que las corrientes y las formas de las piedras causan enormes bufidos del mar. La Bufadora tiene nombre, se llama Dora, como contamos en nuestro ‘Diario de ruta’. Te recomendamos que vayas pronto por la mañana para evitar las horas de más afluencia de gente, durante el mediodía. El Valle de Guadalupe y la Ruta del Vino El principal motivo de nuestra llegada a Ensenada fue el cercano Valle de Guadalupe, la región vinícola más importante de México, en la que se produce el 90 % de los vinos del país. El Valle de Guadalupe es la región de la Ruta del Vino y se encuentra muy cerca de Ensenada. De hecho, mucha gente utiliza Ensenada como base para visitar algunas de las bodegas y comer en algunos de los excelentes restaurantes del Valle de Guadalupe. Es una opción recomendable si dispones de pocos días, pero lo ideal, que es lo que nosotros hicimos, es buscar alojamiento en el mismo Valle de Guadalupe. Dónde alojarse en Ensenada: mejoras zonas y hoteles Para pasar uno o dos días en Ensenada y poder ver lo mejor que ofrece la ciudad, nuestra recomendación es que busques alojamiento en la Zona Centro. Este es el barrio mejor situado de Ensenada, desde el que se puede caminar para acceder a la zona del Malecón de Ensenada, llegar a pie hasta la cantina Hussong’s y recorrer los comercios de la avenida Adolfo López Mateos y la avenida Ruiz, las dos más transitadas de la ciudad. En la Zona Centro es donde nos alojamos nosotros. · El Villa de Adelina Hotel Boutique, ubicado en la Zona Centro de Ensenada, es el hospedaje en el que nos alojamos las dos noches que pasamos en la ciudad. Es un excelente hotelito de cinco habitaciones alojado en una casa de estilo británico del siglo XIX que lleva el nombre de la primera dueña, Adelina,
El último atardecer en La Paz | Día 11

La Paz, la capital de Baja California Sur, es la guinda de nuestro viaje por la península de Baja California. Empezamos en Tijuana, seguimos por Ensenada y el Valle de Guadalupe, probando vinos y comiendo mucho. De ahí, nos saltamos toda la parte central de la península, la más remota, la menos visitada, porque el tiempo apremia y nuestros días de vacaciones nos limitan. Volamos hasta Los Cabos, donde degustamos un poco de su fiesta nocturna, y manejamos hasta La Paz, el colofón perfecto para la ruta, donde hoy vamos a visitar la playa de Balandra y vamos a maravillarnos con el mejor atardecer, el último atardecer en La Paz. Balandra, la playa con la que siempre hemos soñado En el penúltimo pedazo de tierra antes de que México se convierta en el Golfo de California, ese estrecho de mar que separa la península de Baja California de los estados de Sinaloa y de Sonora, está la bahía de Balandra con su colección de siete playas. Ayer visitamos una de ellas desde el barco que nos llevó a la isla de Espíritu Santo, y nos fotografiamos con su famoso hongo, la formación rocosa con forma de champiñón. En México a todo le encuentran parecido y así lo acaban bautizando. Una de esas siete playas de Balandra es accesible por carretera. Pero el acceso es muy controlado, por cupos. La playa es gratuita, porque la playa es de todos, pero para fomentar la sostenibilidad del entorno las administraciones, con buen tino, intentan minimizar en lo posible la (mala) incidencia del hombre. Cada día hay dos turnos para visitantes: a las 09.00 h y a las 13.00 h. En cada uno de esos turnos pueden llegar un par de centenares de personas. Una vez cubierto el cupo se cierra la barrera de la carretera que conecta La Paz con Balandra y no se puede pasar. Nosotros llegamos sobre las 09.30 h y todavía pasamos. En el estacionamiento de la playa hay unos cincuenta coches. Es temporada baja y eso nos ha dado margen para jugar con los tiempos. La playa tiene casi un kilómetro de largo. Caminamos hasta la parte más alejada del aparcamiento y aprovechamos una de las palapas libres para tirar las toallas. El horizonte es idílico, de postal: la playa recogida en medio de acantilados, rodeada de manglares, el azul turquesa del agua. Balandra es una de las 25 mejores playas del mundo según TripAdvisor. Mariscos para comer con el bebedor de calimochos De vuelta a La Paz descubrimos en medio de la nada un chiringuito que nos convence. Se llama Baja Camarón Shrimp & Beer y más tarde conoceremos que está regentado por un sesentañero de Sitges, catalán y biólogo marino, con gemelas de ocho años. Nos paramos y acertamos. Comemos aguachile y tostadas y nos tomamos unas micheladas en la misma playa, en una playa vacía, con solo un par de mesas más ocupadas. Nos sirve un mexicano que podría ser el prototipo del paceño: platicador, simpático, tranquilo, buena onda. Nos cuenta que lleva trabajando ahí cuatro años y que la cocinera es su esposa. «De vez en cuando también viene mi cuñada a ayudar en la cocina, y ese que corre por ahí es mi sobrino», nos señala. Mientras les cobra 80 pesos (unos 4 €) a unas turistas que le piden usar el baño, nos cuenta que justamente el negocio es de un español de Sitges que viene todas las tardes a ver el atardecer de La Paz con una copa de vino tinto. «Es biólogo marino y el restaurante lo tiene casi como pasatiempos», nos explica. Ojalá pasar el tiempo así cada tarde. La disposición del chiringuito es perfecta para apreciar el atardecer, y nuestro mesero nos enseña algunas fotos que ha hecho últimamente de ese atardecer de La Paz inmejorable. «A veces llego a trabajar y me sirvo un calimocho, muchas semanas apenas tenemos clientes», nos cuenta. El biólogo de Sitges le debe haber aficionado a la bebida menos lujosa del panorama español, ese calimocho hecho a base de vino tinto (malo) y Coca-Cola. España y México siempre tan bien avenidos, siempre entendiéndonos. El atardecer de La Paz desde la azotea del hotel Al borde de la hora mágica, nos despedimos del mesero porque queremos llegar hasta La Paz para encontrar un buen lugar para nuestro último atardecer en la ciudad. Antes hemos ayudado a unos michoacanos, los que ocupaban la otra mesa, a sacar su coche de la arena. Por suerte, nosotros hemos aparcado en una zona más segura y nos incorporamos a la carretera que nos lleva a La Paz sin contratiempos. A lo lejos está La Paz y en el horizonte se intuye que el sol quiere empezar a desaparecer: el atardecer nos espera. El plan original era ver este último atardecer de La Paz desde uno de los bares de moda de la ciudad, que tiene unas vistas excelentes. Pero nos negamos a que nos cobren casi 40 € por persona por consumir. Así que decidimos llegar a nuestro apartahotel y subir a la azotea, a la que todavía no habíamos accedido. Ahí descubrimos el mejor spot para el cierre del viaje: una terraza con una pequeña piscina, con mesitas para poner nuestras cervezas y nuestras botanas, con el horizonte despejado. Un hotel que nunca se construyó ensucia un poco la perspectiva, pero no vamos a ponerle pegas a este último atardecer en La Paz, que compartimos con unos amigos y la compañía de un buen tequila. Esta será la postal mental que guardaremos del viaje: este último atardecer en La Paz desde la azotea del hotel.
La belleza salvaje de la isla Espíritu Santo | Día 10

La Paz es un suerte de oasis en México, o eso parece. Es una ciudad bastante segura, en la que apenas ocurren incidentes, en la que transitar sus calles a pie después del atardecer, de su espectacular atardecer, no implica ponerse en riesgo. La Paz también es una anomalía turística en México, un país habilísimo a la hora de explotar todas sus bellezas, todos sus rincones memorables. La Paz practica un turismo mucho más respetuoso con el entorno, al que las etiquetas de sostenible y ecológico, tan manoseadas, le hacen de verdad justicia. Aquí se cuidan mucho los parajes naturales, como la isla Espíritu Santo que vamos a visitar hoy, tan bonitos que se pueden comparar sin problema a cualquier destino costero bonito que uno pueda imaginar en el mundo, desde Bali hasta las Maldivas. La Paz, mucho más ignorada, juega en esa liga. Día de marejada camino a la isla Espíritu Santo El tour que hemos contratado, que es el paseo estándar que hacen todas las compañías de La Paz para visitar la isla Espíritu Santo, nos va a ocupar todo el día. Partimos a las 11.00 h y la previsión es volver hacia las 18.00 h. Vemos al Madrid ganar la Copa Intercontinental contra Pachuca antes de salir, en un garito nocturno que por la mañana también sirve cafés, y salimos puntuales rumbo al mar. Capitanea la nave Ema, un treintañero que conduce barcos como si estuviera jugando a la PlayStation. «Es el capitán más borracho de La Paz», lo presenta Valeria, la bióloga marina que hace de guía de la expedición. No estamos seguros de si son las mejores credenciales para confiarle la conducción de ese barquito, en el que entramos una quincena de turistas. Ya nos lo habían advertido ayer y Valeria abunda en la idea: «El mar está hoy agitado, con lo que tenemos dos opciones: hacer la excursión habitual, lo que implicará mucho movimiento, o sustituirla por una versión más amigable y exprés, que nos evitará posibles malos ratos». Agradecemos la sinceridad y por abrumadora mayoría gana la segunda opción: queremos seguir vivos después de nuestro paseo hasta la isla Espíritu Santo. Así, la primera parada es una lobera artificial en la que viven una veintena de lobos marinos. Valeria nos ofrece bajarnos a nadar con ellos. Se animan un italiano con pasado de salvavidas y un padre y un hijo mexicanos. Nosotros preferimos ver la acción desde el barco. El agua está fría y los dos cafés de esta mañana solo nos dejan pensar en la necesidad de hacer pis de modo urgente. La bahía de Balandra, antes de la isla Espíritu Santo La primera parada no la habríamos hecho de haber seguido el itinerario estándar, en el que se visita una lobera mucho más grande, con casi un millar de lobos marinos, en el extremo más alejado de la isla Espíritu Santo. La segunda parada sí que está incluida en el tour habitual: la bahía de Balandra. Esta serie de siete playas semivírgenes, pura ensoñación, es uno de los grandes reclamos para venir a conocer La Paz. Se puede llegar a una de ellas con coche, de manera muy ordenada, solo en dos momentos del día. Mañana lo haremos. Pero hoy, el barco nos deja en una de las playas a las que no se puede acceder por carretera. Es la que tiene una piedra tallada con forma de hongo, una de las imágenes más reconocibles de la zona. Esta vez sí nos bajamos después de habernos contorsionado de manera imposible para hacer pis en el baño improvisado que tiene el barco. El agua está efectivamente fría, pero es peor el viento que corre. Estamos a más de cien metros de la orilla de la playa y el agua apenas nos cubre hasta las rodillas. Nos tomamos un par de fotos en ese paraíso improbable, un par de fotos más con el hongo y nos emplazamos a mañana para disfrutar de la bahía de Balandra con más pausa. Las fotografías no le hacen justicia a ese azul clarísimo, casi transparente, evocador, inigualable. Con ese impacto visual nos encaminamos, ahora sí, a la isla Espíritu Santo. Llega el momento más duro de la travesía: media hora a mar abierto dando saltos, en medio de una marejada que amenaza con tumbarnos la embarcación. Por suerte, Ema, el capitán, además de borracho, es un auténtico maestro en el arte de la navegación. Cevichito, chelas y tranquilidad antes de volver a La Paz El destino de la travesía es una playa en medio de la isla Espíritu Santo, una playa pequeñita en la que nos juntamos tres o cuatro embarcaciones a pasar el día. Es la hora de comer y la excursión nos incluye el ceviche, riquísimo, que sienta mucho mejor en ese entorno único. También nos tomamos unas cervezas y le hacemos a la isla Espíritu Santo, a ese pedacito hermoso de isla, todas las fotos que podemos. Nos hemos dejado la cámara y el dron nos lo han prohibido volar, con lo que el móvil es el único testigo de nuestra presencia aquí. Algunos de nuestros compañeros de viaje se animan a hacer snorkel. Nosotros no le acabamos de ver el sentido, pues, de nuevo, hay que caminar muchísimo, cientos de metros, para que el mar cubra un mínimo. Paseamos de aquí para allá y nos sentamos en la arena a disfrutar del paisaje. Valeria nos advierte que, por favor, no dejemos basura y que no toquemos nada, que dejemos intacto todo el ecosistema de la isla Espíritu Santo. Todos los que trabajan alrededor de este destino están perfectamente concienciados de la importancia de cuidar y respetar el entorno, y se esfuerzan en trasladar el mensaje a los turistas. El tiempo pasa sin darnos cuenta, entre platos de ceviche y cervezas, y llega la hora de volver. El camino de regreso amenaza con estar igual de agitado que el de ida. Ahora, sin embargo, no habrá paradas intermedias, con lo que vamos a
El Hotel California de Todos Santos | Día 9

En Baja California Sur hay un pueblito, Todos Santos, a medio camino entre Los Cabos y La Paz, que alberga un mito. En Todos Santos está el Hotel California, el de la mítica canción, tan sugerente como cuentan las estrofas que compusieron y cantaron los Eagles en los setenta. Con su fachada roja, su bar y su encanto inigualable. El Hotel California iba a ser la parada intermedia en nuestro destino final, La Paz, donde vamos a pasar las tres últimas noches de nuestro road trip por la península de Baja California. Cactus, desierto y playas Los Cabos quedan atrás con el regusto —amargo— del alacrán todavía presente. No ha sido una ensoñación: ayer cenamos alacrán bañado en tequila, y seguimos vivos. Alquilamos un coche para transitar Baja California Sur del extremo de Cabo San Lucas hasta La Paz, la ciudad más poblada del estado, en la que viven 250.000 personas. La carretera, que no es de pago, es magnífica: perfectamente asfaltada, con el paisaje más evocador. A los dos lados los cactus nos acompañan el camino. A la derecha se empieza a intuir el desierto, y a la izquierda se extiende el horizonte azul infinito del océano Pacífico. La distancia entre las dos ciudades se cubre en poco más de dos horas, pero nosotros tenemos marcada una parada justo a mitad de camino, cuando la carretera se despide del Pacífico para buscar por el centro de la península la costa contraria, la del mar de Cortés, el golfo de California. Esa parada intermedia se llama Todos Santos, un pueblo mágico, la etiqueta con la que México señala sus lugares más bonitos. Todos Santos tiene apenas 7.000 habitantes, y pese a ello es la décima localidad más poblada del estado. El nombre del pueblo es tan evocador que te obliga a no pasarlo por alto. Pero, por si fuera poco, en una de sus calles principales aloja el Hotel California. El Hotel California de Todos Santos, entre la leyenda y la falacia Todos Santos recibe al visitante con un par de topes exagerados, que te obligan a frenar en seco para no saltar por los aires con el coche. El pueblo lo componen un puñado de calles en las que se respira el acierto de la oportunidad. En el centro hay decenas de tiendas de recuerdos, de cafés y restaurantes para turistas. Aparcamos una calle más allá del Hotel California de Todos Santos y notamos rápido el relajo de sus habitantes, el buen rollo de su bienvenida nada invasiva. No molestan al turista sino que lo acogen. Las calles de esta parte de la ciudad están transitadas por un buen puñado de turistas estadounidenses. A la mayoría es fácil imaginarlos en Woodstock en 1969, practicando el hippismo y escuchando el rock de los Creedence y de Jefferson Airplane. Y también de los Eagles, claro, porque a eso vienen ellos aquí; por la misma razón por la que hemos venido nosotros: a ver el Hotel California, a inmortalizarnos con su fachada. Es verdad que los propios Eagles desmintieron que el Hotel California de Todos Santos inspirase la canción, aunque no es menos cierto que el hospedaje es muy anterior (1950) a la canción (1976). La leyenda dice que Don Hanley, el fundador de los Eagles, visitó el Hotel California de Todos Santos en la década de los sesenta y tuvo una revelación. Allí conoció a Mercedes, una mujer que en realidad no existía, y que al parecer se aparecía a menudo a los viajeros solitarios para ofrecerles vino y compañía. Los miembros de la banda explicaron que eso nunca pasó y que los dueños del Hotel California de Todos Santos, de manera muy hábil, habían asociado su nombre al de la canción para lucrarse. De Todos Santos a La Paz Como no queremos que la realidad nos arruine esta buena historia, nosotros nos quedamos con la parte de la leyenda del Hotel California de Todos Santos y compramos un par de camisetas de recuerdo en la tienda que tiene el hotel al lado de la recepción. Antes de seguir hasta La Paz tenemos un segundo punto marcado en Todos Santos, el restaurante El Mirador, en lo más alto del pueblo. Las vistas desde el restaurante son las mejores de Todos Santos, ya que le permiten a uno ver todo el océano. Nos tomamos un par de cócteles y unas cervezas y decidimos que la comida-cena ya será en La Paz. Desde Todos Santos hay poco más de una hora de carretera hasta La Paz. La ciudad más poblada de Baja California Sur se reivindica como el polo opuesto del turismo de fiesta y de desmadre que se practica en Los Cabos. A eso venimos, a ver sus playas y sus atardeceres, que se cuentan entre los mejores que uno pueda disfrutar en todo el país. De hecho, llegamos a La Paz al borde de la puesta de sol. Un paseo por el malecón de La Paz Dejamos todo en nuestro apartamento, muy cercano al centro, y nos comemos unos tacos con el telón de fondo de un naranja estremecedor, un recuerdo larguísimo del sol que ya se ha escondido que dura más de media hora y va encontrándose con los tonos violáceos de la noche. Después de los tacos caminamos hasta el malecón, el centro de la acción de La Paz, que transitamos hoy solo un rato para darle una probadita a lo que serán nuestros dos próximos días de atardeceres y playas. El agua, incluso ahora de noche, es perfectamente transparente. En La Paz hay playas que se cuentan entre las mejores del mundo, como las de Balandra, que mañana visitaremos en un tour que nos llevará hasta la cercana isla de Espíritu Santo. Hemos reservado ya el paseo esta misma noche en una agencia regentada por un grupito de jóvenes con aire surfero y hippy, tan buena onda que uno quisiera apuntarse a su religión para irradiar felicidad de la misma manera. Volvemos al apartamento para reponer fuerzas
Un paseo hasta El Arco de Cabo San Lucas | Día 8

Cabo San Lucas es nuestra penúltima parada del road trip partido en dos por la península de Baja California. Es el primero de los dos destinos que vamos a conocer en Baja California Sur. La parte mexicana de Cultura Nómada, y del viaje, ya conoce la zona y advierte a la parte española: Los Cabos es un destino vacacional de fiesta. Y así es. Aquí llegan durante todo el año estadounidenses a beber mucho alcohol, a encadenar noches de desvelo y a recorrer discotecas. Nosotros vamos a darle una probadita mínima a la fiesta, para que no se diga que somos unos aburridos. En cualquier caso, el objetivo principal del día es conocer El Arco de Cabo San Lucas, el principal punto de interés turístico de la ciudad, la foto con la que los gringos universitarios justifican a sus padres que no han venido a México solo a tomar. La playa El Chileno de Los Cabos San José del Cabo y Cabo San Lucas son dos ciudades hermanas, que juntas componen Los Cabos, uno de los cinco distritos que integran el estado de Baja California Sur. En la primera está el aeropuerto y en la segunda todo lo demás. Así había sido históricamente, aunque parece que ahora San José del Cabo empieza a reivindicarse como un destino alternativo y a la vez complementario a la oferta de Cabo San Lucas, eminentemente centrada en el ocio nocturno. En medio de las dos hay una colección de resorts de todo incluido de ultralujo, y entre ellos algunas playas públicas magníficas. Es ahí donde nos dirigimos después del enésimo desayuno mexicano que no podemos concebir los españoles, tan rico y abundante que sabemos que será lo primero que echemos de menos cuando estemos de vuelta en Badalona, con nuestro café y nuestras galletas que anteceden a otra jornada laboral. Con el estómago contento nos dirigimos a la playa El Chileno, una de las mejores playas de Los Cabos y que ahora en invierno, pese al calor, apenas está ocupada a medio aforo. Nos sorprende el fantástico estacionamiento que encontramos, el excelente estado de los accesos y la gratuidad de todo. Solo le falta un chiringuito pequeñito y bien surtido para decidir que no vamos a hacer nada más en todo el día. Pero no venimos preparados: sin toallas ni sombrillas ni comida ni cervezas simplemente comprobamos que el agua no está tan fría y le tomamos decenas de fotos con la cámara y con el dron a la playa El Chileno, aprovechando que apenas si molestamos a nadie. Víctor, nuestro guía hasta el Arco de Cabo San Lucas Volvemos a Cabo San Lucas para encontrar un tour que nos acerque a El Arco, una formación rocosa en el extremo de la ciudad, ya en el mar, que tiene la caprichosa forma que su nombre indica. En la zona de la marina hay sobrepoblación de comerciales de las agencias que venden los tours. Muchos se nos acercan y nos ofrecen sus paseos. Empiezan por 500 pesos (unos 25 €) y acabamos aceptando la oferta del que nos lo vende por 366 pesos por persona (unos 18 €), una oferta que parece de supermercado y no podemos rechazar. El paseo empieza a las 15.00 h y hacemos tiempo recorriendo la marina, visitando el principal centro comercial de la ciudad y combatiendo el calor con un helado de 7 €. Los Cabos es un destino muy caro, al que hay que venir preparado para el dispendio exagerado. Víctor es nuestro guía, un chaval que no llega a los 25 años que se maneja perfectamente en el bilingüismo. Nosotros cuatro somos los únicos que hablamos español. Nos acompañan una decena de gringos, claro, a los que Víctor va traduciendo con la misma gracia los chistes y las explicaciones sobre todo lo que vamos a hacer y lo que vamos a ver en la próxima hora. Además de políglota, guía y comediante, Víctor es fotógrafo. Carga una Nikon básica con un objetivo básico con los que dispara indiscriminadamente fotos ridículas que al final del paseo nos intentará vender —con éxito—. El Arco de Cabo San Lucas, un capricho natural El paseo hasta El Arco, que está apenas a unos veinte minutos de la marina, recorriendo la línea de la costa de Cabo San Lucas, lo hacemos en una barca pequeñita totalmente transparente. Esta curiosa embarcación, que solo se encuentra en Los Cabos, según aseguran los que nos venden el paseo, tiene la virtud de hacer el contacto con el mar mucho más directo. Debajo de nosotros vemos el azul cambiante del mar y los peces que lo habitan. Víctor los llama con un par de zapateados y nos asegura que son genuinamente mexicanos: «Se alimentan de tortillas y de tequila». Pasamos por la playa de los pobres y vemos un par de lobos marinos. A nuestro alrededor hay varias decenas de embarcaciones más: comunitarias, privadas, grandes, pequeñas, cruceros, yates con helipuertos incorporados… Aquí está todo el abanico de vehículos del mar. Los pequeños, como el nuestro, van y vienen hasta El Arco de Cabo San Lucas. Los medianos traen fiesta incorporada: música, comida y barra libre para navegar hasta el atardecer. Los miramos de reojo con un poco de envidia, pero pronto se nos pasa. Llegamos hasta El Arco de Cabo San Lucas y entendemos por qué es el tour que todos los que venimos a Los Cabos hacemos. El Arco es un capricho natural único, con el que Víctor se encarga de inmortalizarnos en las poses más ridículas: corazón y besito con la pareja, gestito gracioso, solo y acompañado. Al final del tour tendrá el acierto de convencernos que necesitamos esas fotos en nuestra vida. Mariscos para comer, alacrán para cenar Durante el viaje, como en todos los viajes, adaptamos las horas de comida a las actividades y nunca al revés. El hambre llega pero sabe esperar a que acabemos de visitar todo lo previsto. Es la hora de la merienda, más de las 17.00 h,
De Tijuana a Los Cabos: rumbo a Baja California Sur | Día 7

Nos podríamos haber quedado un par de días más en el Valle de Guadalupe y habríamos sido felices bebiendo vino, comiendo rico y transitando sus caminos de tierra. Nos despedimos de Boskenvid, el hotel con los árboles en la habitación, y de sus riquísimos desayunos para los que hay que abrigarse en esta época del año. La señora que nos atiende nos cuenta sus miserias por última vez y la compadecemos con una botella de mezcal que no nos hemos acabado. Vamos a volar de Tijuana a Los Cabos y no vamos a facturar equipaje. El mezcal es menos prioritario que todas las botellas de vino que hemos comprado, que encajamos en la maleta que sí enviamos facturada a Guadalajara con el quinto integrante (temporal) de la ruta, que no nos sigue en nuestro trayecto de Tijuana a Los Cabos por obligaciones laborales. La caperucita de Tijuana y comida china para llevar Volvemos a Tijuana para dar el salto a los casi 2.000 kilómetros que separan esta ciudad al límite de México con la punta sur de la península. De Tijuana a Los Cabos son poco más de dos horas de vuelo. Vamos a dejar atrás el frío y vamos a volver al calor. Antes, manejamos dos horas desde Valle de Guadalupe hasta Tijuana y ya en el centro de la ciudad, de nuevo, uno recuerda que México es el país de lo inesperado. En un semáforo aparece una caperucita chaparrita y feliz, que sortea coches y nos saluda. Al rato llega el lobo, perfectamente caracterizado, y nos indica que nos hagamos ruido, que no avisemos a caperucita. Empieza a correr y la alcanza poco antes de que el semáforo cambie a rojo. El teatrillo es un divertimento que echaremos de menos cuando volvamos a Barcelona, con su tráfico también insoportable pero además aburridísimo, sin caperucitas ni lobos ni vendedores de cualquier cosa que uno pueda imaginar. Estamos casi en Navidad y se nota en el ambiente. La Navidad de Tijuana, en la ciudad y en el aeropuerto, es muy yanqui y peliculera, con todas las canciones que le pondrías a la banda sonora de la Navidad de Nueva York. Tenemos medio hora de espera para partir de Tijuana a Los Cabos y decidimos que queremos comida china de aeropuerto para paliar uno de los debes del viaje: no haber probado la comida oriental en esta parte del país, famosa por su numerosa comunidad china. Del frío de Tijuana al calor de Los Cabos Nuestro ritmo europeo nos condiciona constantemente cuando volvemos a México. Aquí se camina más lento, se habla más pausado y se sirve sin prisa. Es de agradecer cómo México le baja dos marchas a la vida para paladearla mejor, con más atención. En Europa la vida es todo urgencia. En el aeropuerto de Tijuana, pidiendo nuestra comida china, vivimos sin embargo el primer momento del viaje en que sentimos que esa manera de vivir está llevada al extremo. Al extremo de la desesperación. El cajero le cuenta sus planes de fin de semana a la compañera, mientras cobra a un cliente y recuenta el cambio, reconfirma el cambio y pasan cinco minutos de reloj, en los que la cola aumenta. Pasa otra clienta. El cajero se equivoca cuatro veces de orden y le da el cambio mal repetidamente. Le sigue explicando a su compañera que llega la Navidad y tiene que comprar regalos. Detrás de nosotros una mujer le comenta a su compañera que se va a poner ella a cobrar, que qué desesperación. Nos alivia comprobar que no es cosa nuestra, de los europeos, y que lo de ese cajero, incapaz de agilizar sus funciones, desespera también a los mexicanos. Conseguimos nuestra comida cuando comienza a abordar el vuelo de Tijuana a Los Cabos, que nos va romper la lógica climática de la ruta. En esta parte de México el invierno lo es de verdad: hay que ponerse manga larga todo el día y la chaqueta es obligatoria ya por la noche. Después de las dos horas de vuelo comprobamos que en Los Cabos el invierno lo es menos. Hace calor. Aquí tenemos familia y nos vienen a buscar para acercarnos al hotel, tras recibirnos con una cerveza. ¡Que no falten las chelas!
El atardecer en el Bura Cuatro Cuatros | Día 6

Es nuestro último día en el Valle de Guadalupe y la lista de actividades incluye hoy solo dos paradas: una visita con recorrido y degustación a El Cielo, por la mañana; y un almuerzo tardío en el bar Bura Cuatro Cuatros, desde el que se tienen las mejores vistas de todo el Valle de Guadalupe. Pero primero lo primero: desayunar, que para eso está incluido en el precio de nuestro hospedaje en el Boskenvid. Los desayunos mexicanos son la máxima expresión del amor por la comida: sabrosos, completos, incluso excesivos a ojos de los europeos que estamos desacostumbrados a hacer del desayuno un momento de disfrute. En nuestra mesa de cinco pedimos huevos con bacon, pancakes, una tostada de aguacate, chilaquiles y una omelette con chilaquiles, el desayuno definitivo que vamos a tratar de imitar en Badalona. Un paseo por los viñedos de El Cielo En nuestra búsqueda de experiencias alternativas entre sí, que contrasten nuestra impresión definitiva del Valle de Guadalupe, hemos incluido la visita a una de las principales vinícolas de la región: El Cielo. Es verdad que no es la más grande del Valle, pero su magnitud es muy diferente a Adobe Guadalupe y sobre todo a Vena Cava y Vinos Pijoan, las otras bodegas que hemos visitado. Pero a todos nos gusta contar la historia a nuestra manera, y por eso la chica que nos guía en la visita reivindica lo suyo como especial: «Aquí priorizamos la calidad por delante de la cantidad, al contrario que otras vinícolas». La calidad, en el vino, no tiene por qué estar reñida por la cantidad. En cualquier caso, es evidente que los procesos más industrializados a gran escala requieren de dinámicas menos cuidadas que repercuten en la calidad del vino. L.A. Cetto es el paradigma de la cantidad en el Valle de Guadalupe. Es la gran empresa vinícola del país, la que todo mexicano conoce. Sus vinos están hechos al paladar local y por eso son la referencia en el sector desde hace muchísimas décadas. En El Cielo, uno de sus competidores más cercanos, aunque a bastante distancia, cuentan que quieren alejarse de ese modelo masificado. Una tablas de quesos para rematar la visita Los tres vinos que degustamos saben rico, se beben bien, pero no son extraordinarios. En cualquier caso, estamos haciendo la degustación de la línea más accesible y básica, porque El Cielo cuenta con casi una veintena de etiquetas. Es el común denominador de las bodegas del Valle, que tienen decenas de vinos distintos. Quien mucho abarca poco aprieta, dirían algunos. Es difícil singularizar una propuesta cuando en realidad te explicas de veinte maneras diferentes. Cuando tienes tantas versiones de ti mismo, no te van a recordar por ninguna. Pero también es una manera de no encorsetarse, de innovar, de emprender, de probar combinaciones, de apuntar en muchas direcciones. Es el espíritu del Valle de Guadalupe. Después del paseo entre los viñedos en una van abierta, que nos permite apreciar distintos viñedos a la vez que nos dan de probar los tres vinos, todavía tenemos margen hasta nuestra próxima visita, con lo que decidimos sentarnos en el restaurante de El Cielo a picar un poco para abrir boca. Maridamos nuestras copas de vino y nuestras cervezas con una tabla de quesos muy completa y bien servida. Volamos un rato el dron tratando de encontrarle también encanto aéreo a los viñedos, y se lo encontramos, y cuando ya llegamos tarde a nuestra próxima reserva recordamos que queremos comprar alguna botella de recuerdo para que El Cielo se venga de vuelta a Badalona. Bura Cuatro Cuatros, última parada en el Valle La última parada de nuestra ruta de tres días por el Valle de Guadalupe se promete el colofón del itinerario. Hemos reservado mesa en el bar Bura Cuatro Cuatros, un garito sin igual en la zona y seguramente en México, que forma parte de un gran complejo turístico de lujo (asequible). Se ubica en el extremo del Valle que da al mar, cerca de Ensenada, y la aventura incluye distintas etapas. La primera, reservar con tiempo, especialmente en temporada alta, pues la demanda se comenta que es altísima. Nosotros hemos tenido suerte porque venimos en temporada baja y con reservar el día antes nos sirve. De hecho, algunos de los comensales que nos acompañan hasta el bar llegan sin reserva. El caso es que uno no puede acceder al Bura Cuatro Cuartos en vehículo particular. Está en una colina alejada de la civilización, y el acceso solo está permitido a los camioncitos del propio bar. Para tomarlo, antes, hay que pasar una barrera y la seguridad. El complejo, que incluye una decena de alojamientos, hospedajes y otras amenidades turísticas, ocupa varias hectáreas en medio de la nada. Un atardecer para no olvidar en el Bura Cuatro Cuatros Y el bar Bura Cuatro Cuartos es la joya del negocio, un bar que cuenta con el emplazamiento más espectacular para pasar un par de horas de puro goce sensitivo, especialmente al atardecer, cuando el cielo nos regala una de las puestas de sol más sobrecogedoras que recordamos con sus colores mutantes que se matizan con el paso de los minutos y le dejan paso a lo noche muy poco a poco. Lo que comemos y lo que bebemos, que está rico, y también lo que pagamos, una fortuna relativa y asumible que bien lo vale, es lo de menos. Lo de más es que el Bura Cuatro Cuatros, además de una oda al postureo más descabellado, es un salvoconducto para sentir que la vida tiene sentido y es bonita, por mucho que se empeñe muchas veces en hacernos creer lo contrario. Con esa sensación de satisfacción absoluta y varios tequilas encima volvemos a nuestro hotel para preparar nuestra partida del Valle, de la primera parte del road trip y del estado de Baja California, el que ocupa el norte de la península.
Los vinos de Adobe Guadalupe | Día 5

La cantidad de alojamientos en el Valle de Guadalupe es inmensa, en línea con la proliferación también creciente de bodegas, de bares y de restaurantes. Finalmente, tras mucho explorar, reservamos tres noches en el hotel Boskenvid, un entramado de cabañas que se fusionan con la naturaleza hasta límites insospechados: los árboles forman parte del mobiliario y la decoración de las habitaciones. Desde aquí, tras un riquísimo desayuno, proyectamos las visitas de hoy. El plan es empezar bebiendo vino en Adobe Guadalupe —una de las vinícolas de las que hemos recogido mejores referencias— y acabar bebiendo vino quién sabe en qué bar que encontremos abierto más allá de la puesta de sol. Adobe Guadalupe, vinos de inspiración francesa en el Valle de Guadalupe Es complicado organizar las visitas al Valle de Guadalupe, especialmente a sus bodegas y viñedos. Primero, porque hay muchas opciones. Y segundo, porque la mayoría de esas opciones tienen algo que las distingue y diferencia de las demás, particularidades que las hace únicas. Eso nos explica justamente Leo, el aspirante a enólogo de Adobe Guadalupe, nuestro cicerone en la primera visita del día: «Como aquí no tenemos denominación de origen cada proyecto inventa y prueba cosas nuevas, hay una gran libertad creativa y mucho espíritu innovador». Adobe Guadalupe es una de las visitas que habíamos marcado como obligatorias en el Valle. Teníamos algunas buenas recomendaciones directas, y además todo lo que habíamos leído de ellos en internet nos convenció. Es un proyecto que tiene unos treinta años de edad, en el que sus orígenes son esenciales para entender todos los elementos que lo componen. Leo nos guía por una completísima degustación de cuatro vinos, un rosado muy oscuro y tres tintos muy diferentes entre sí, un vino joven muy bien estructurado y dos vinos con más cuerpo, más densos, uno de estilo más español y otro francés. Porque, de hecho, Leo nos cuenta que Adobe Guadalupe fue una de las primeras vinícolas del valle de Guadalupe en salirse de la pauta de vinos de inspiración española, apostando por la escuela francesa. «Los vinos franceses son los que les gustaban a los dueños. Él ya murió, pero ella sigue viva, y está aquí, en la propiedad», explica Leo. Adobe Guadalupe es fruto de una concatenación de casualidades y desgracias en las que la Virgen de Guadalupe tiene un papel protagonista, y por eso el nombre de la bodega. Es un proyecto de envergadura media, más grande que Vena Cava que conocimos ayer pero mucho más pequeño que otros. Las cazuelitas para taquear de Finca Altozano Alargamos la visita a Adobe Guadalupe y Leo navega entre completísimas explicaciones enológicas con disertaciones sobre su vida personal. Entre recomendación y recomendación, divaga sobre el devenir de su relación con el crush de su adolescencia, con la que se ha juntado recientemente tras haberse separado y haber tenido hijos. Le animamos para que todo salga bien y, sobre todo, le agradecemos el acompañamiento con sus explicaciones. Apuntamos algunas vinícolas que nos recomienda y compramos un par de botellas de Adobe Guadalupe para llevarnos de vuelta a casa. Es hora de almorzar y tenemos reserva en Finca Altozano, uno de los restaurantes con más fama del Valle de Guadalupe, regentado por el chef Javier Plasencia. Es un asador al aire libre muy acogedor, muy bien atendido y con una cocina muy notable. Pedimos varias cazuelitas para taquear y lo acompañamos con agua y con cerveza, para darle una pausa al vino, que seguiremos tomando más tarde. Porque por la tarde todavía tenemos dos visitas más apuntadas para acabar de completar la ruta. Una nueva degustación en Vinos Pijoan En el Valle de Guadalupe todo está cerca y el único obstáculo para llegar al próximo destino son las carreteras de tierra. Resulta curioso el contraste entre el paisaje semidesolado, de calles sin asfaltar y parcelas desocupadas, con la calidad y el nivel de muchos de los lugares que visitamos. No sabíamos qué esperar del Valle de Guadalupe, pero desde luego no era esto. Es una mezcla de emprendimientos personales, muchas ganas por innovar de manera creativa, grandes negocios, un entorno de tonos marrones que luce menos en esta época del año, mucho postureo de los que lo visitan, precios excesivos y un margen de crecimiento todavía enorme. Vinos Pijoan, nuestra siguiente visita, es una bodega pequeña situada en un entorno muy rural y acogedor, que en el nombre lleva la estirpe de los pueblos catalanes. «El dueño era de padres catalanes», nos confirma el chico que nos atiende con cara de cansancio. «Justo estamos recogiendo, porque ayer se casó una de las hija del jefe», se justifica, y nos acepta la degustación si no nos tardamos más de una hora. Asumimos el deadline y nos sentamos en la terraza, viendo los viñedos de frente y recibiendo tres de los vinos que tienen en la casa: un blanco y dos tintos. Los vinos son de calidad, muy en la línea de casi todo lo que hemos probado: ligeros, pasan fácil, no son exigentes. Le pedimos algo para picar, porque el almuerzo nos ha dejado con hambre, pero nos cuenta que solo ofrece botanas para maridar los vinos en fin de semana. Y hoy es viernes. Con lo que nos acabamos los vinos mientras vemos el atardecer y apuntamos hacia nuestra última parada del día. Bloodlust, como sentirse en el bar de La Naranja Mecánica Entre las propuestas enogastronómicas menos convencionales del Valle de Guadalupe seguramente Bloodlust se lleva el primer premio. La forma del edificio pretendía ser una gota de vino, porque la esencia del local es la de un wine bar sofisticado, pero el arquitecto equivocó sus diseños y acabó construyendo un bar con forma de ajo. De hecho, así se le conoce entre los habitantes de la zona y así es como uno lo identifica visualmente desde lo lejos. Si el lugar es curioso por fuera, lo es todavía más por dentro. A uno, que siempre busca referencias cinéfilas con las que comparar