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El tour al glaciar islandés | Día 6

Delante del lago glaciar de Jökusárlon, en Islandia

Desde nuestro camping en Skaftafell tenemos quince minutos de coche hasta Troll Expeditions, la compañía con la que vamos a conquistar el hielo visitando el glaciar islandés de Vatnajökull, el más grande de Europa. Hay que equiparse de manera exagerada para la foto, y también por seguridad. Nos ponen unos arneses que descubriremos que no utilizaremos y nos dan unos crampones que nos servirán para caminar en el hielo. También nos ceden a cada uno un hacha y un casco verde bien chillón, con el logotipo de la compañía en la frente, una excelente estrategia de marketing: el nombre de la empresa va a salir en cientos de fotos de Instagram. El inicio del paseo por el glaciar islandés Eirin es nuestra guía, una irlandesa veinteañera risueña y un poco despistada, que nos lleva de aquí para allá con espíritu de servicio pero sin el carisma del guía que se ha llevado a la otra mitad de la expedición. Ellos —los otros— van a hacer solo el hike por el glaciar, en un tour que dura tres horas. Nosotros hemos escogido la versión premium, y cara, de la experiencia: el hike más la visita a una cueva de hielo. Nuestro tour es un poco más largo, dura cuatro horas. La primera hora se pasa entre el desplazamiento desde el edificio de la compañía al glaciar, explicaciones sobre el funcionamiento de la excursión, algunas vaguedades sobre el lugar —que ya habíamos leído en la Wikipedia— y una larguísima caminata de más de media hora desde el punto en que nos deja el bus hasta la entrada del glaciar. La caminata y la vuelta al edificio también se repiten luego de vuelta, con lo que el tiempo efectivo de tour es de poco más de dos horas. Eirin nos cuenta cómo ponernos los crampones y nos invita a quitarnos algo de ropa si creemos que vamos a pasar calor. Es una ironía que el día más caluroso en Islandia vayamos a pasarlo en un glaciar. El lugar es imponente, de un blanco que molesta a la vista, que solo puedes mirar con el filtro de las gafas de sol. Caminamos poco a poco intentando entender cómo hay que moverse con los crampones como añadido a nuestras botas. Paramos un rato para hacer algunas fotos en una zona en la que el glaciar islandés de Vatnajökull ofrece sus mejores vistas. Hay decenas de grupos moviéndose por el glaciar, arriba y abajo. Las otras empresas operan en otras partes del glaciar. Ascendemos y luego descendemos en dirección a la cueva de hielo. Somos doce en el grupo y efectivamente, sí, todos venimos de España. Del glaciar al lago helado Jökursárlón Eirin nos separa en dos grupos para entrar a ver la cueva de hielo. Pasamos primero nosotros cinco y nos decepcionamos un poco. La cueva tiene apenas quince metros de largo y sí, está helada, pero es difícil encontrarle la gracia. Eirin, con buena voluntad y su espíritu de servicio intacto, nos marca un buen punto para la foto, que nos toma con prisas. La foto es mediocre y el fondo no dice nada. El spot bueno es la salida de la cueva. Eirin nos apremia porque tiene que entrar la otra mitad del grupo, después de haber pasado solo cinco minutos dentro. Aprovechamos que nos quedamos solos fuera para volar clandestinamente el dron un par de minutos, un logro que apenas subsana la decepción generalizada que sentimos al final del tour. Por suerte, Islandia no sabe de decepciones y siempre tiene un as en la manga para darle la vuelta a la situación. Después del glaciar islandés llega el lago helado de Jökursárlón, que aparece de repente en la carretera como una de las imágenes más impactantes de lo que llevamos de viaje. Jökursárlón es el lago glaciar más grande de Islandia, formado por el deshielo del glaciar Vatnajökull que hemos visitado hace un rato, y salpicado de icebergs que se desprenden de una de las lenguas del glaciar. El lugar tiene un encanto extraordinario y es hogar de decenas de focas que nadan y nos saludan desde esas aguas heladas. La Diamond Beach y otra noche de auroras boreales Justo al lado está Diamond Beach, la última parada del día. Esta playa es famosa por los bloques de hielo que arrastra el lago Jökulsárlón hasta el mar, y que el oleaje devuelve después a la arena negra, donde brillan como diamantes. En esta época del año hay menos hielo que de costumbre y el efecto diamante se difumina. En cualquier caso, es una doble parada que disfrutamos mucho, que compensa con creces la pequeña decepción del glaciar. Volvemos a la van, a la que ChatGPT nos ayuda a bautizar: Ragnivan. Había que ponerle nombre a este bicho que nos está sirviendo de dormitorio, vehículo, baño, comedor, cocina y sala de estar. Hoy hacemos noche a las afueras de Vík, que significa bahía en islandés. Ahí hay un camping pequeño en el que dos catalanas trabajan en la recepción, y que tiene un café de lo más acogedor con riquísimos pasteles. Nos ha gustado tanto el lugar que una de las integrantes del grupo asegura que va a venir a vivir y a trabajar aquí una temporada. De momento, simplemente instalamos a Ragnivan cerca de la electricidad. Estamos solos pero el camping se llena hasta los topes conforme pasan las horas, y ya de noche eso está atestado de campers y coches, de gente que hace cola para usar los baños y las duchas. Es noche de Champions y aquí el merengue del grupo verá cómo su equipo queda eliminado contra el Arsenal. Pero de nuevo, Islandia sabe cómo compensar las decepciones. Cuando abrimos la puerta de la van y miramos al cielo volvemos a encontrarnos con el espectáculo verde y morado de las auroras boreales islandesas. El día del glaciar islandés ha sido también el tercero durmiendo con auroras.

El trekking hasta Svartifoss | Día 5

La cascada Svartifoss en Islandia, a la que se accede después de un trekking

El quinto día de viaje ha sido, hasta ahora, el más tranquilo. Pero eso en Islandia no quiere decir estar estáticos, eso nunca. Hoy hemos visitado el cañón Fjaðrárgljúfur, los campos de lava de Eldhraun, nos hemos parado a tomarle fotos a la montaña Lómagnúpur y a la iglesia —sí, otra iglesia— de Hofskirkja y hemos acabado la ruta con un exigente trekking hasta Svartifoss, nuestra dosis de cascada islandesa del día. El día ha comenzado con el recuerdo de las auroras boreales que vimos ayer, experiencia que no sabíamos que íbamos a repetir de nuevo por la noche. El imponente cañón Fjaðrárgljúfur Ha sido el primer día —y seguramente el único— que nos hemos permitido no madrugar. El itinerario de la jornada invitaba a tomarse la mañana con calma. Aunque ha jugado en nuestra contra al llegar al primer punto de la ruta del día, uno de los cañones más imponentes que veremos nunca. Fjaðrárgljúfur es un trabalenguas solo apto para niveles avanzados de islandés, un cañón serpenteante de unos dos kilómetros de largo con paredes escarpadas cubiertas de musgo que se alzan hasta cien metros sobre el río que fluye en su interior. El día es radiante y nos sorprendemos quitándonos las chaquetas, los guantes y el gorro. Hace calor. Es una frase improbable en Islandia, una fugaz distorsión que pronto se corrige. Las masas suben y bajan el sendero que corre en paralelo al cañón. Se oye mucho español, otra vez, y nos cruzamos con caras que nos son familiares, que repiten nuestros pasos. Como la de Alexis, un barcelonés escandaloso al que conocimos ayer en el camping, y que le contaba su vida a otra pareja de españoles. Con él compartimos un momento de confidencias obligadas en el baño mientras se lavaba los dientes, cuando nos contó que se disponía a fumarse un porro antes de dormir, con la visión de la auroras en el cielo. También sigue nuestros pasos una familia alemana que inició la ruta con la misma autocaravana el mismo día que nosotros. Es imposible olvidar a ese niñito rubicundo alemán de dos o tres años envuelto en un mono peludo y acolchado que lo aísla del frío. Desde Fjaðrárgljúfur partimos a Eldhraun, un campo de lava que corre a los dos lados de la carretera principal. Le hacemos un par de tomas con el dron antes de seguir en dirección este. El trekking hasta la cascada Svartifoss La conducción sigue siendo inolvidable. Ahora la panorámica se matiza y empiezan a aparecer los glaciares a la izquierda y las grandes montañas al fondo. Una de ellas es Lómagnúpur, una inmensa pared de roca escarpada que se alza entre el cielo y la llanura. Es el punto que marca el inicio de los paisajes más sobrecogedores del sur de Islandia. Paramos a hacer mil fotos, combatiendo el frío y el viento, que reaparece a cada rato para recordarnos que en Islandia hay que ganarse cada momento, y por eso es un destino tan especial y único. A media tarde llegamos a nuestro camping del día, en el parque nacional de Skaftafell, previo paso por la iglesia de Hofskirkja, una pequeña parroquia cubierta por el musgo. Ahí mismo comemos, con vistas a la iglesia y su pequeño cementerio. Desde Skaftafell, que tiene un camping de primera, afrontamos el trekking hasta Svartifoss. Esta cascada requiere de una caminata previa larga y ventosa, que tiene como recompensa la vista de una espectacular caída de agua enmarcada por columnas de basalto negro que parecen esculpidas a mano. Le hacemos fotos desde todos los ángulos y desandamos el camino hacia el camping. (Otra) noche de auroras boreales Es noche de Champions y vemos cómo el Barça vuelve a semifinales después de mil años. Pero lo mejor está en el postpartido, cuando apagamos los móviles y salimos fuera a ver si tenemos de nuevo suerte. Y sí, la tenemos, el cielo se vuelve a pintar de verde como ayer. A ratos también de morado. En la ducha nos cruzamos con un sobresaltado español que al identificarnos como compatriotas nos ofrece las fotos que ha tomado: “Ha sido flipante, tíos, he hecho unas fotos guapísimas. Si las queréis, somos los que estamos en la primera van. Nos picáis y os las pasamos”. Le damos las gracias por la oferta, pero le contamos —sin entrar en detalles, no sea que se ría de nosotros— que somos la Aurora Patrol, que ayer ya vimos auroras, que las de hoy ya las hemos fotografiado y que de mañana no esperamos menos: queremos otra noche de auroras boreales.

Una noche de auroras boreales en Kirkjubæjarklaustur | Día 4

Heimaey, la principal de las islas Vestman de Islandia

Nada nos tenía preparados para lo que nos esperaba esta noche, para cazar —sin buscarlo ni pretenderlo— una ristra de auroras boreales en el remoto pueblito de Kirkjubæjarklaustur. Muchas horas antes, el día había empezado en Skógafoss despertando frente a la cascada, con los últimos coletazos del viento que nos había hecho temer por la integridad de la van, y sobre todo por la nuestra propia. La noche ha sido una pesadilla que nos ha mantenido en vela sin saber qué hacer. Las ráfagas de viento han azotado nuestra casa rodante todos y cada uno de los minutos que queríamos destinar — a la postre sin éxito— a dormir. La naturaleza islandesa la estamos conociendo en su modo más hostil una noche, y en su forma más inaudita y bella la noche siguiente. La mañana la hemos dedicado a salirnos del patrón turístico convencional, lo cual supone un logro del que nos sentimos orgullosos. Es prácticamente imposible desviarse del itinerario en forma circular que todos los que visitamos Islandia seguimos; ya sea de Reykjavik hacia arriba, los menos, o de Reykjavik hacia abajo, como estamos haciendo nosotros al son de la mayoría. El margen para la originalidad en el recorrido por la isla se reduce cuando descuentas los días destinados a la ruta, con prisas por llegar a todo lo que hay que ver. Esta forma de viajar tachando imprescindibles, en la que lo importante es coleccionar experiencias más que experimentarlas, es a veces difícil de esquivar, incluso cuando uno viaja con voluntad de ir más lento y atento. La visita a la isla de Heimaey, en las Vestman El caso es que hemos conseguido romperle la lógica a la ruta tradicional, tomando un ferry de poco más de media hora para llegar a Heimaey, la más grande, importante y la única habitada de las islas Vestmannaeyjar, las Vestman. Este archipiélago, con cerca de 5.000 habitantes y situado frente a la costa sur de Islandia, está formado por una quincena de islas volcánicas y varios islotes, famosos por su paisaje dramático, sus colonias de frailecillos y su intensa actividad geológica. De hecho, en 1973, una erupción inesperada del volcán Eldfell obligó a evacuar a toda la población. Y transformó el perfil de la isla para siempre. Nuestra primera parada en la isla es precisamente Eldfell, desde donde la vista de la isla y los alrededores es magnífica. Es un trekking suave, asumible sobre todo para Marc y Diana, los más senderistas del grupo, mientras que los más urbanitas —Ángela y los dos nómadas habituales, Caro y Cris— nos damos la vuelta a mitad de camino para volver a las calles de Heimaey. Allí, ellas dos se quedan saltando en una enorme cama elástica de colorines que hay en medio del pueblo. Y él entabla un par de interacciones con los locales para conseguir la tarjeta SD que devuelva a la vida a nuestra cámara. Las gentes de Heimaey son amables y agradables sin necesidad de mostrarse cálidos, porque ese adjetivo seguramente siquiera existe en islandés, porque no lo necesitan: el frío define y adjetiva su país, no necesita un antónimo. En todo caso, son eficaces y colaboradores, y tienen incluso aquí, en la isla remota, un inglés de academia. El grupo se vuelve a juntar en la cama elástica, donde un niño local nos rompe la diversión cuando se adueña de la atracción. Caminamos en dirección hacia el oeste de la isla. Primero pasamos por el estadio del ÍBV, el club de fútbol de la isla, que están remodelando mínimamente con vistas al debut liguero. La búsqueda de los frailecillos islandeses En el ÍBV entrenó el seleccionador milagro islandés, Heimir Hallgrímsson, que llevó a Islandia a los cuartos de la Euro de 2016 y a su primer Mundial. El exitoso técnico es el paradigma de la actitud islandesa, como cuenta Axel Torres en su El faro de Dalatangi. Seco, sencillo, ganador y buen conversador solo cuando agarra confianza, Hallgrímsson era el dentista de la isla, profesión que compaginó durante mucho tiempo con el fútbol. Desafortunadamente, no nos lo encontramos en nuestro paseo por el estadio minúsculo del ÍBV, uno de los más espectaculares del país con el mar, las montañas y los acantilados de fondo. Un poco más allá tratamos de encontrar frailecillos, esos simpáticos pájaros de pico anaranjado que anidan en los acantilados islandeses cada verano. Esta es la época en la que empiezan a llegar a sus costas, pero no tenemos la suerte de ver ninguno. Volvemos a la zona del puerto con una compra de supermercado para almorzar. En poco más de una hora ya estamos de vuelta a la Ring Road, la carretera principal de Islandia. Quedan dos paradas más en el itinerario del día. La primera es Dyrholaey, donde el viento vuelve a azotar con fuerza. Dyrholaey es un montículo de origen volcánico desde el que las vistas son espectaculares. Se ven el océano, los acantilados y los arcos de roca que se adentran en el mar. Las auroras boreales de Kirkjubæjarklaustur Veinte minutos después está Reynisfjara, la playa de arena negra y formaciones rocosas talladas por el viento y el oleaje. Es famosa por sus columnas de basalto, sus imponentes acantilados y la fuerza bruta del Atlántico, que la azota sin tregua. Por eso se la conoce como la playa más peligrosa del mundo, otra de esas etiquetas tan bien apuntadas por los responsables de marketing. Aquí nos hacemos algunas tomas con el dron y recreamos fotos pretéritas del único de los cinco que repite viaje a Islandia, Marc. Partimos hacia nuestro nuevo camping, que se confirma rápido el mejor de los tres que hemos conocido hasta el momento. Tiene baños más o menos aseados, duchas más o menos disfrutables, una cocina con mesas más o menos aprovechables y un entorno desde luego bonito. El cielo está claro, despejado, hace frío pero no viento. El radar de auroras boreales nos marca una alta probabilidad de que suceda lo que ya ninguno esperaba. Pero

La colección de cascadas islandesas | Día 3

La cascada Gullfoss en Islandia

Hemos despertado bailando al son del viento, que amenaza con convertirse en el indeseado sexto integrante del viaje. El primer camping que pisamos en el país es mediocre, siendo generosos, y parece que el karma les devuelve la mediocridad permitiéndonos que nos marchemos sin pagar. Conste que no ha sido por voluntad propia. Hemos sacrificado la partida temprana por esperar a las 09.30 h para pagar, justo a la hora de apertura. Pero hemos aguantado diez minutos extra sobre la hora, y también veinte, y a los treinta ya hemos desistido y hemos puesto en marcha nuestra casa rodante con dirección a la primera de las cascadas islandesas que nos toca visitar, en nuestro primer día completo de carretera. A diez minutos del camping está Gullfoss, que forma parte del recorrido turístico más habitual del país: el círculo dorado. Es pronto, apenas pasadas las 10.00 h, y por eso todavía no hay mucha gente y el piso de las escaleras y la grava están congelados. Llegar hasta el punto de observación principal de la cascada implica ponerse a practicar el patinaje, del que salimos ilesos de milagrito. Gullfoss tiene una caída de 32 metros y es desde luego espectacular. Pero la colección de cascadas islandesas tendrán un segundo denominador común: el viento. Y un tercero: los españoles. Están —estamos— en todos lados. Si tuviéramos dinero, conquistaríamos el mundo. Por el momento nos conformamos con visitar la tierra del hielo, el fuego y el viento. Géiseres, cascadas e iglesias en la ruta Desandamos el camino para parar primero en Geysir, que da nombre a ese fenómeno natural antinatura, en el que el agua ardiente de la tierra hierve a borbotones y de vez en cuando, sin previo aviso ni frecuencia estricta, bombea con fuerza hacia el cielo una ráfaga enorme de agua. La suerte está de nuestro lado solo a medias: vemos un par de esas erupciones, pero ninguna espectacular. Más adelante llegamos a la segunda de las cascadas islandesas del día. Brúarfoss está más retirada de la carretera principal pero eso no impide que esté atestada por un par de centenares de turistas que nos maravillamos con ese azul glaciar, que se revuelve en la caída de la cascada, y con el fondo de postal de las montañas nevadas. El viento nos impide volar el dron y la cámara dice hasta aquí y se niega a seguir trabajando a destajo con esas temperaturas, con lo que solo nos queda el móvil como soporte a las fotografías mentales que estamos tomando. Después de muchas poses y de aprovecharle a la escena todos los encuadres, tomamos la carretera en dirección sur, buscando uno de los elementos más fotogénicos del país: sus iglesias luteranas. Skálholtsdómkirkja está en medio de la nada y es imponente, blanca y gris, situada en un promontorio. El parking de la iglesia nos sirve de comedero y nos hacemos los sanos con dos hojas de lechuga y unos tomates cherry. Seljalandsfoss y Skógafoss, las últimas cascadas islandesas del día Continuamos camino hacia el sur y pasamos rápido por el cráter de Kerið, donde el viento es exagerado y si te despistas te lanza adelante varios metros. El clima ensuciado no iba a robarle el encanto al penúltimo punto de la ruta del día: la cascada —sí, otra más de las cascadas islandesas— de Seljalandsfoss, que amenaza con convertirse en la favorita del viaje. Su caída limpísima parece una animación. El agua rompe en lo alto y convierte los chorros en una bellísima cortina de agua. La peculiaridad de Seljalandsfoss es que se le puede rodear el contorno por la zona de la caída, pasando por una cueva y dándole a esa maravilla de la naturaleza un sentido completamente nuevo. El español sigue siendo el idioma oficial de la atracción, y todos salimos empapados del rodeo por la cascada. No nos importa, la experiencia lo vale. Seljalandsfoss se ve de lejos desde la carretera, tan esbelta y bonita, pero no esperas lo que te ofrece in situ. Para rematar el día, dormimos enfrente de la hermana mayor de la cascada anterior, en Skógafoss, donde la hostilidad del viento amenaza con hacernos pasar la noche en vela.

Una casa con ruedas en Islandia | Día 2

Una autocaravana Indie Campers en Islandia

Hoy cambiamos de alojamiento en nuestro road trip por Islandia, y ya lo vamos a mantener hasta que cerremos el viaje. Nuestro alojamiento va a ser también el medio de transporte con el que vamos a recorrer esta isla estremecedora, que en el segundo día ya nos ha impresionado más allá de nuestras expectativas. Hay una palabra castellana viejuna para designar este invento motorizado, que se debe haber creado con el propósito de conducirse aquí, en Islandia: casa rodante, maravillosa traducción literal de motorhome. En Islandia, nuestra casa por lo que resta de viaje lleva ruedas incorporadas. Ruta exprés por la Reykjavik menos transitada Antes de que nuestra nueva casa sea una realidad, la mañana la dedicamos a recorrer un rato más de Reykjavik. Nos damos tiempo libre como hacen en los viajes guiados y cada quien va a lo suyo un par de horas. Es una maravillosa manera de encontrarnos luego con más ganas de continuar juntos el camino. Nosotros nos dividimos para cubrir más terreno. La una le saca todos los encuadres posibles a Hallgrimskirkja, la iglesia con forma de órgano —o de quién sabe qué— que preside la capital. El otro se aleja del centro, y camina en dirección opuesta a la lógica turística. En la otra parte de la ciudad están la Casa Nórdica, el Museo Nacional de Islandia y el edificio principal de la Universidad de Islandia. Este último, de estilo brutalista, tiene una gran explanada de césped enfrente, vacía hoy sábado pero que es sencillo visualizar llena de estudiantes. El centro de ese parque lo ocupa la estatua Sæmundur á Selnum. Ese elemento indeterminado parece un elfo pero en realidad es un homenaje a un sacerdote que le tendió una emboscada al diablo después de haber cabalgado sobre su lomo. Lo divino, lo humano, lo terrenal, lo místico, lo diabólico y lo esotérico definen por igual este país misterioso, a la vez oscuro y luminoso. Desandando el camino hacia Hallgrimskirkja para reencontrarnos, la ruta tiene como siguientes paradas el Ayuntamiento de Reykjavik y el Alþingishúsið, el edificio del parlamento, una construcción antigua del siglo XIX ubicada a pie de calle, que convierte a los ciudadanos y a los políticos escogidos en vecinos. Recogiendo la casa con ruedas que recorrerá Islandia Nos reunimos todos de nuevo en BSÍ, la estación de autobuses de la capital. Desde ahí tomamos el primero de los dos buses que nos llevan a Indie Campers, cerca del aeropuerto, la empresa con la que alquilamos nuestra van. Ahí nos atiende João, un portugués treintañero políglota que aguanta nuestras preguntas y justificadas quejas. Nos explica el centenar de entresijos de nuestro nuevo hogar y vehículo y nos entrega las llaves para que partamos hacia nuestro primer destino: el supermercado. En Bonus, la cadena del cerdito, la más económica del país, hacemos acopio de casi todo lo imprescindible para los próximos diez días. Y lo único que nos falta, las cervezas normales y las sin gluten, las conseguimos en el Vínbúðin de al lado, uno de los locales regulados y regentados por el gobierno que vende alcohol. Ni lo uno ni sobre todo lo otro nos sale barato. Pero asumíamos que Islandia iba a ser un destino poco agradecido con nuestros bolsillos. Por fin, a las mil de la tarde y con la nevera bien llena, iniciamos la ruta por Islandia en nuestra flamante casa con ruedas. La primera parada, Þingvellir Tomamos dirección hacia el centro del país, hacia el Parque Nacional de Þingvellir, patrimonio de la humanidad por su belleza natural y lleno de significación para el pueblo islandés. Es tarde y vamos con prisa, pero nos da tiempo a ver de cerca Þingvallakirkja, una anodina y hermosa iglesia luterana que tiene detrás un círculo enorme con dos tumbas. Aquí descansan los restos de dos de los grandes poetas islandeses: Jónas Hallgrímsson y Einar Benediktsson. El lugar es sobrecogedor, tiene un punto inquietante. Esta sensación amenaza con convertirse en una constante durante el viaje. Vemos la zona rocosa de Lögberg, donde se encuentra el parlamento original islandés, el Alþingi. Aquí se reunían los ciudadanos del país para discutir y recitar anualmente sus leyes entre el año 930 y el 1798. El cierre a este primer día de ruta islandesa no podríamos haberlo planeado mejor. En el punto de observación de Hrafnagjá vivimos un atardecer inigualable. El cielo se pinta de un rosáceo intensísimo con el que nos emocionamos y perdemos la noción del tiempo, y nos obliga a llegar tarde a nuestro primer camping. Ahí, nos peleamos con la electricidad de nuestro aparcamiento, que nos conceden, casi de milagro, porque hemos llegado pasadas las diez de la noche. Hace un frío intenso y vamos y venimos tratando de acertar con el problema, que acaba resultando el más evidente: la toma donde hemos conectado nuestra corriente no funciona. Nos demoramos más de dos horas en establecernos, guardar todo nuestro equipaje y preparar las camas. Y pasada la una de la madrugada nos vamos a dormir. El viento sopla fuera con tal fuerza que la amenaza de que tumbe nuestra casa con ruedas durante el primer día de ruta por Islandia es real. Por suerte, no sucede y conseguimos descansar, sintiendo lo intimidante y cruda que resulta la naturaleza islandesa.

Reykjavik, la capital del sol y la nieve | Día 1

El edificio Harpa por dentro en Reykjavik, en Islandia

Los mejores almuerzos son los que acaban en un viaje… a Islandia. A principios de año, como tantos otros días a lo largo de los últimos años, quedamos con tres de nuestros mejores amigos, con Ángela, con Diana y con Marc. Fue un almuerzo tranquilo hasta que soñamos con viajar juntos a Islandia esta Semana Santa. Ni siquiera hubo tequilas de por medio, culpado habitual de los planes más impensables. Tres meses después estamos los cinco en Reykjavik tratando de entender la capital islandesa, una ciudad de bolsillo en la que el sol y la nieve, en nuestro aterrizaje al país, se ceden constantemente el testigo y juegan a alterarnos los sentidos. Aquí, en Islandia, vamos a pasar diez días recorriendo la isla y todas sus maravillas naturales, y la expectativa es tan alta que solo el clima, traicionero y juguetón, puede interponerse en lo que seguro será: un viaje para el recuerdo. Llegamos a Reykjavik después de un transbordo de noche entera en Ámsterdam, donde celebramos que una de las integrantes del equipo, Diana, suma 32 abriles y que los demás, afortunados, apareceremos para siempre como actores de un cumpleaños inolvidable. Esta película empieza con un clímax que va a tener que prolongarse más de una semana, porque en Islandia todo lo que nos espera son guindas del pastel. Bienvenida a Reykjavik con nieve La llegada a la capital islandesa es de esos platos fuertes que sabemos que nos servirán para contar batallitas a los que nos quieran escuchar. Después de intentar tomar un bus público y barato, que pese a existir apenas circula, y de desestimar pagar más de 200 € por un trayecto de taxi, una hora y media más tarde asumimos nuestra derrota y nos disponemos a abonar casi 30 € (cada uno) para viajar en el bus exprés que conecta el aeropuerto de Keflavík con Reykjavik. El trayecto es de una hora por un paisaje lunar, yermo, desposeído de verde y de vida, que ya se intuía desde el avión. Aparcamos las maletas en el hostal, porque es muy pronto y todavía no tenemos habitación. Y vamos al centro de la ciudad a robarle horas a la espera. La mejor manera de hacerlo, claro, es comer. Acabamos en 101 Reykjavik Street Food de la famosa calle del arcoíris, la más fotogénica y fotografiada de la ciudad. Pedimos sopas para calentarnos y un par de especialidades con pescado. Que se note que estamos en un país isleño. Todo muy rico. A decir verdad, y sin quitarle mérito alguno al chef, era sencillo satisfacer a cinco estómagos tan necesitados. Mientras procesábamos la satisfacción de haber comido un plato caliente y rico, la calle se ha teñido de bolitas de aguanieve. Pronto han tornado en una ligera granizada y finalmente en una abundante nevada. La felicidad ante lo ajeno ha llevado a dos de las integrantes del grupo a salir corriendo a encontrarse con esos copos finos y constantes, a bailar con el blanco de la nieve. Reykjavik ya había conseguido ser memorable. Cinco minutos más tarde ha escampado y hemos empezado una ruta exprés por la ciudad. Hemos conocido algunas de sus librerías más cool y una cafebrería, Iða Zimsen, en la que nos hemos maravillado del poder de la amistad con la mesa vecina, ocupada por seis octogenarios animosos y entusiastas. Visita al Harpa, y al supermercado Luego hemos llegado al Harpa, el edificio que acoge la ópera del país, un entramado de hormigón y cristal que juega con los elementos: con la luz, con el agua del mar, con el fuego de la lava de la exposición que tiene en la planta baja. Dentro, jugamos un rato con los encuadres del edificio. Y fuera, nos proponemos viralizarnos con un vídeo que solo estropea la torpeza de la mitad catalana de Cultura Nómada. Continuaremos intentándolo. Reykjavik sigue con su clima cambiante, que alterna la nieve con el sol, y sus caras de alegría contenida. El inglés se escucha en las calles y en las tiendas más que el islandés. Sorprende que las dependientas hablen entre ellas en inglés e interpelen a los clientes, también a los locales, con un inglés de orígenes inciertos. Volvemos al hostel para acomodar las cosas por fin en nuestra habitación y planeamos lo que tiene que venir a partir de mañana. La única desilusión del día nos la llevamos cuando salimos a comprar la cena y el desayuno. Bueno, en realidad son dos: en los supermercados comunes solo venden cervezas de gradación ridícula, de 2’5 grados, y los productos sin gluten son prácticamente inexistentes, al menos en el supermercado que hemos visitado esta tarde. Mañana empezamos la ruta para darle la vuelta a la isla y el primer gran reto será conseguir cerveza en condiciones, y pan sin gluten.

El último atardecer en La Paz | Día 11

Atardecer en la ciudad de La Paz, en Baja California Sur, en México

La Paz, la capital de Baja California Sur, es la guinda de nuestro viaje por la península de Baja California. Empezamos en Tijuana, seguimos por Ensenada y el Valle de Guadalupe, probando vinos y comiendo mucho. De ahí, nos saltamos toda la parte central de la península, la más remota, la menos visitada, porque el tiempo apremia y nuestros días de vacaciones nos limitan. Volamos hasta Los Cabos, donde degustamos un poco de su fiesta nocturna, y manejamos hasta La Paz, el colofón perfecto para la ruta, donde hoy vamos a visitar la playa de Balandra y vamos a maravillarnos con el mejor atardecer, el último atardecer en La Paz. Balandra, la playa con la que siempre hemos soñado En el penúltimo pedazo de tierra antes de que México se convierta en el Golfo de California, ese estrecho de mar que separa la península de Baja California de los estados de Sinaloa y de Sonora, está la bahía de Balandra con su colección de siete playas. Ayer visitamos una de ellas desde el barco que nos llevó a la isla de Espíritu Santo, y nos fotografiamos con su famoso hongo, la formación rocosa con forma de champiñón. En México a todo le encuentran parecido y así lo acaban bautizando. Una de esas siete playas de Balandra es accesible por carretera. Pero el acceso es muy controlado, por cupos. La playa es gratuita, porque la playa es de todos, pero para fomentar la sostenibilidad del entorno las administraciones, con buen tino, intentan minimizar en lo posible la (mala) incidencia del hombre. Cada día hay dos turnos para visitantes: a las 09.00 h y a las 13.00 h. En cada uno de esos turnos pueden llegar un par de centenares de personas. Una vez cubierto el cupo se cierra la barrera de la carretera que conecta La Paz con Balandra y no se puede pasar. Nosotros llegamos sobre las 09.30 h y todavía pasamos. En el estacionamiento de la playa hay unos cincuenta coches. Es temporada baja y eso nos ha dado margen para jugar con los tiempos. La playa tiene casi un kilómetro de largo. Caminamos hasta la parte más alejada del aparcamiento y aprovechamos una de las palapas libres para tirar las toallas. El horizonte es idílico, de postal: la playa recogida en medio de acantilados, rodeada de manglares, el azul turquesa del agua. Balandra es una de las 25 mejores playas del mundo según TripAdvisor. Mariscos para comer con el bebedor de calimochos De vuelta a La Paz descubrimos en medio de la nada un chiringuito que nos convence. Se llama Baja Camarón Shrimp & Beer y más tarde conoceremos que está regentado por un sesentañero de Sitges, catalán y biólogo marino, con gemelas de ocho años. Nos paramos y acertamos. Comemos aguachile y tostadas y nos tomamos unas micheladas en la misma playa, en una playa vacía, con solo un par de mesas más ocupadas. Nos sirve un mexicano que podría ser el prototipo del paceño: platicador, simpático, tranquilo, buena onda. Nos cuenta que lleva trabajando ahí cuatro años y que la cocinera es su esposa. «De vez en cuando también viene mi cuñada a ayudar en la cocina, y ese que corre por ahí es mi sobrino», nos señala. Mientras les cobra 80 pesos (unos 4 €) a unas turistas que le piden usar el baño, nos cuenta que justamente el negocio es de un español de Sitges que viene todas las tardes a ver el atardecer de La Paz con una copa de vino tinto. «Es biólogo marino y el restaurante lo tiene casi como pasatiempos», nos explica. Ojalá pasar el tiempo así cada tarde. La disposición del chiringuito es perfecta para apreciar el atardecer, y nuestro mesero nos enseña algunas fotos que ha hecho últimamente de ese atardecer de La Paz inmejorable. «A veces llego a trabajar y me sirvo un calimocho, muchas semanas apenas tenemos clientes», nos cuenta. El biólogo de Sitges le debe haber aficionado a la bebida menos lujosa del panorama español, ese calimocho hecho a base de vino tinto (malo) y Coca-Cola. España y México siempre tan bien avenidos, siempre entendiéndonos. El atardecer de La Paz desde la azotea del hotel Al borde de la hora mágica, nos despedimos del mesero porque queremos llegar hasta La Paz para encontrar un buen lugar para nuestro último atardecer en la ciudad. Antes hemos ayudado a unos michoacanos, los que ocupaban la otra mesa, a sacar su coche de la arena. Por suerte, nosotros hemos aparcado en una zona más segura y nos incorporamos a la carretera que nos lleva a La Paz sin contratiempos. A lo lejos está La Paz y en el horizonte se intuye que el sol quiere empezar a desaparecer: el atardecer nos espera. El plan original era ver este último atardecer de La Paz desde uno de los bares de moda de la ciudad, que tiene unas vistas excelentes. Pero nos negamos a que nos cobren casi 40 € por persona por consumir. Así que decidimos llegar a nuestro apartahotel y subir a la azotea, a la que todavía no habíamos accedido. Ahí descubrimos el mejor spot para el cierre del viaje: una terraza con una pequeña piscina, con mesitas para poner nuestras cervezas y nuestras botanas, con el horizonte despejado. Un hotel que nunca se construyó ensucia un poco la perspectiva, pero no vamos a ponerle pegas a este último atardecer en La Paz, que compartimos con unos amigos y la compañía de un buen tequila. Esta será la postal mental que guardaremos del viaje: este último atardecer en La Paz desde la azotea del hotel.

La belleza salvaje de la isla Espíritu Santo | Día 10

La playa de Balandra en Baja California Sur, en México

La Paz es un suerte de oasis en México, o eso parece. Es una ciudad bastante segura, en la que apenas ocurren incidentes, en la que transitar sus calles a pie después del atardecer, de su espectacular atardecer, no implica ponerse en riesgo. La Paz también es una anomalía turística en México, un país habilísimo a la hora de explotar todas sus bellezas, todos sus rincones memorables. La Paz practica un turismo mucho más respetuoso con el entorno, al que las etiquetas de sostenible y ecológico, tan manoseadas, le hacen de verdad justicia. Aquí se cuidan mucho los parajes naturales, como la isla Espíritu Santo que vamos a visitar hoy, tan bonitos que se pueden comparar sin problema a cualquier destino costero bonito que uno pueda imaginar en el mundo, desde Bali hasta las Maldivas. La Paz, mucho más ignorada, juega en esa liga. Día de marejada camino a la isla Espíritu Santo El tour que hemos contratado, que es el paseo estándar que hacen todas las compañías de La Paz para visitar la isla Espíritu Santo, nos va a ocupar todo el día. Partimos a las 11.00 h y la previsión es volver hacia las 18.00 h. Vemos al Madrid ganar la Copa Intercontinental contra Pachuca antes de salir, en un garito nocturno que por la mañana también sirve cafés, y salimos puntuales rumbo al mar. Capitanea la nave Ema, un treintañero que conduce barcos como si estuviera jugando a la PlayStation. «Es el capitán más borracho de La Paz», lo presenta Valeria, la bióloga marina que hace de guía de la expedición. No estamos seguros de si son las mejores credenciales para confiarle la conducción de ese barquito, en el que entramos una quincena de turistas. Ya nos lo habían advertido ayer y Valeria abunda en la idea: «El mar está hoy agitado, con lo que tenemos dos opciones: hacer la excursión habitual, lo que implicará mucho movimiento, o sustituirla por una versión más amigable y exprés, que nos evitará posibles malos ratos». Agradecemos la sinceridad y por abrumadora mayoría gana la segunda opción: queremos seguir vivos después de nuestro paseo hasta la isla Espíritu Santo. Así, la primera parada es una lobera artificial en la que viven una veintena de lobos marinos. Valeria nos ofrece bajarnos a nadar con ellos. Se animan un italiano con pasado de salvavidas y un padre y un hijo mexicanos. Nosotros preferimos ver la acción desde el barco. El agua está fría y los dos cafés de esta mañana solo nos dejan pensar en la necesidad de hacer pis de modo urgente. La bahía de Balandra, antes de la isla Espíritu Santo La primera parada no la habríamos hecho de haber seguido el itinerario estándar, en el que se visita una lobera mucho más grande, con casi un millar de lobos marinos, en el extremo más alejado de la isla Espíritu Santo. La segunda parada sí que está incluida en el tour habitual: la bahía de Balandra. Esta serie de siete playas semivírgenes, pura ensoñación, es uno de los grandes reclamos para venir a conocer La Paz. Se puede llegar a una de ellas con coche, de manera muy ordenada, solo en dos momentos del día. Mañana lo haremos. Pero hoy, el barco nos deja en una de las playas a las que no se puede acceder por carretera. Es la que tiene una piedra tallada con forma de hongo, una de las imágenes más reconocibles de la zona. Esta vez sí nos bajamos después de habernos contorsionado de manera imposible para hacer pis en el baño improvisado que tiene el barco. El agua está efectivamente fría, pero es peor el viento que corre. Estamos a más de cien metros de la orilla de la playa y el agua apenas nos cubre hasta las rodillas. Nos tomamos un par de fotos en ese paraíso improbable, un par de fotos más con el hongo y nos emplazamos a mañana para disfrutar de la bahía de Balandra con más pausa. Las fotografías no le hacen justicia a ese azul clarísimo, casi transparente, evocador, inigualable. Con ese impacto visual nos encaminamos, ahora sí, a la isla Espíritu Santo. Llega el momento más duro de la travesía: media hora a mar abierto dando saltos, en medio de una marejada que amenaza con tumbarnos la embarcación. Por suerte, Ema, el capitán, además de borracho, es un auténtico maestro en el arte de la navegación. Cevichito, chelas y tranquilidad antes de volver a La Paz El destino de la travesía es una playa en medio de la isla Espíritu Santo, una playa pequeñita en la que nos juntamos tres o cuatro embarcaciones a pasar el día. Es la hora de comer y la excursión nos incluye el ceviche, riquísimo, que sienta mucho mejor en ese entorno único. También nos tomamos unas cervezas y le hacemos a la isla Espíritu Santo, a ese pedacito hermoso de isla, todas las fotos que podemos. Nos hemos dejado la cámara y el dron nos lo han prohibido volar, con lo que el móvil es el único testigo de nuestra presencia aquí. Algunos de nuestros compañeros de viaje se animan a hacer snorkel. Nosotros no le acabamos de ver el sentido, pues, de nuevo, hay que caminar muchísimo, cientos de metros, para que el mar cubra un mínimo. Paseamos de aquí para allá y nos sentamos en la arena a disfrutar del paisaje. Valeria nos advierte que, por favor, no dejemos basura y que no toquemos nada, que dejemos intacto todo el ecosistema de la isla Espíritu Santo. Todos los que trabajan alrededor de este destino están perfectamente concienciados de la importancia de cuidar y respetar el entorno, y se esfuerzan en trasladar el mensaje a los turistas. El tiempo pasa sin darnos cuenta, entre platos de ceviche y cervezas, y llega la hora de volver. El camino de regreso amenaza con estar igual de agitado que el de ida. Ahora, sin embargo, no habrá paradas intermedias, con lo que vamos a

El Hotel California de Todos Santos | Día 9

El Hotel California de Todos Santos, en México

En Baja California Sur hay un pueblito, Todos Santos, a medio camino entre Los Cabos y La Paz, que alberga un mito. En Todos Santos está el Hotel California, el de la mítica canción, tan sugerente como cuentan las estrofas que compusieron y cantaron los Eagles en los setenta. Con su fachada roja, su bar y su encanto inigualable. El Hotel California iba a ser la parada intermedia en nuestro destino final, La Paz, donde vamos a pasar las tres últimas noches de nuestro road trip por la península de Baja California. Cactus, desierto y playas Los Cabos quedan atrás con el regusto —amargo— del alacrán todavía presente. No ha sido una ensoñación: ayer cenamos alacrán bañado en tequila, y seguimos vivos. Alquilamos un coche para transitar Baja California Sur del extremo de Cabo San Lucas hasta La Paz, la ciudad más poblada del estado, en la que viven 250.000 personas. La carretera, que no es de pago, es magnífica: perfectamente asfaltada, con el paisaje más evocador. A los dos lados los cactus nos acompañan el camino. A la derecha se empieza a intuir el desierto, y a la izquierda se extiende el horizonte azul infinito del océano Pacífico. La distancia entre las dos ciudades se cubre en poco más de dos horas, pero nosotros tenemos marcada una parada justo a mitad de camino, cuando la carretera se despide del Pacífico para buscar por el centro de la península la costa contraria, la del mar de Cortés, el golfo de California. Esa parada intermedia se llama Todos Santos, un pueblo mágico, la etiqueta con la que México señala sus lugares más bonitos. Todos Santos tiene apenas 7.000 habitantes, y pese a ello es la décima localidad más poblada del estado. El nombre del pueblo es tan evocador que te obliga a no pasarlo por alto. Pero, por si fuera poco, en una de sus calles principales aloja el Hotel California. El Hotel California de Todos Santos, entre la leyenda y la falacia Todos Santos recibe al visitante con un par de topes exagerados, que te obligan a frenar en seco para no saltar por los aires con el coche. El pueblo lo componen un puñado de calles en las que se respira el acierto de la oportunidad. En el centro hay decenas de tiendas de recuerdos, de cafés y restaurantes para turistas. Aparcamos una calle más allá del Hotel California de Todos Santos y notamos rápido el relajo de sus habitantes, el buen rollo de su bienvenida nada invasiva. No molestan al turista sino que lo acogen. Las calles de esta parte de la ciudad están transitadas por un buen puñado de turistas estadounidenses. A la mayoría es fácil imaginarlos en Woodstock en 1969, practicando el hippismo y escuchando el rock de los Creedence y de Jefferson Airplane. Y también de los Eagles, claro, porque a eso vienen ellos aquí; por la misma razón por la que hemos venido nosotros: a ver el Hotel California, a inmortalizarnos con su fachada. Es verdad que los propios Eagles desmintieron que el Hotel California de Todos Santos inspirase la canción, aunque no es menos cierto que el hospedaje es muy anterior (1950) a la canción (1976). La leyenda dice que Don Hanley, el fundador de los Eagles, visitó el Hotel California de Todos Santos en la década de los sesenta y tuvo una revelación. Allí conoció a Mercedes, una mujer que en realidad no existía, y que al parecer se aparecía a menudo a los viajeros solitarios para ofrecerles vino y compañía. Los miembros de la banda explicaron que eso nunca pasó y que los dueños del Hotel California de Todos Santos, de manera muy hábil, habían asociado su nombre al de la canción para lucrarse. De Todos Santos a La Paz Como no queremos que la realidad nos arruine esta buena historia, nosotros nos quedamos con la parte de la leyenda del Hotel California de Todos Santos y compramos un par de camisetas de recuerdo en la tienda que tiene el hotel al lado de la recepción. Antes de seguir hasta La Paz tenemos un segundo punto marcado en Todos Santos, el restaurante El Mirador, en lo más alto del pueblo. Las vistas desde el restaurante son las mejores de Todos Santos, ya que le permiten a uno ver todo el océano. Nos tomamos un par de cócteles y unas cervezas y decidimos que la comida-cena ya será en La Paz. Desde Todos Santos hay poco más de una hora de carretera hasta La Paz. La ciudad más poblada de Baja California Sur se reivindica como el polo opuesto del turismo de fiesta y de desmadre que se practica en Los Cabos. A eso venimos, a ver sus playas y sus atardeceres, que se cuentan entre los mejores que uno pueda disfrutar en todo el país. De hecho, llegamos a La Paz al borde de la puesta de sol. Un paseo por el malecón de La Paz Dejamos todo en nuestro apartamento, muy cercano al centro, y nos comemos unos tacos con el telón de fondo de un naranja estremecedor, un recuerdo larguísimo del sol que ya se ha escondido que dura más de media hora y va encontrándose con los tonos violáceos de la noche. Después de los tacos caminamos hasta el malecón, el centro de la acción de La Paz, que transitamos hoy solo un rato para darle una probadita a lo que serán nuestros dos próximos días de atardeceres y playas. El agua, incluso ahora de noche, es perfectamente transparente. En La Paz hay playas que se cuentan entre las mejores del mundo, como las de Balandra, que mañana visitaremos en un tour que nos llevará hasta la cercana isla de Espíritu Santo. Hemos reservado ya el paseo esta misma noche en una agencia regentada por un grupito de jóvenes con aire surfero y hippy, tan buena onda que uno quisiera apuntarse a su religión para irradiar felicidad de la misma manera. Volvemos al apartamento para reponer fuerzas

Un paseo hasta El Arco de Cabo San Lucas | Día 8

El Arco de Cabo San Lucas en Los Cabos, en Baja California Sur, en México

Cabo San Lucas es nuestra penúltima parada del road trip partido en dos por la península de Baja California. Es el primero de los dos destinos que vamos a conocer en Baja California Sur. La parte mexicana de Cultura Nómada, y del viaje, ya conoce la zona y advierte a la parte española: Los Cabos es un destino vacacional de fiesta. Y así es. Aquí llegan durante todo el año estadounidenses a beber mucho alcohol, a encadenar noches de desvelo y a recorrer discotecas. Nosotros vamos a darle una probadita mínima a la fiesta, para que no se diga que somos unos aburridos. En cualquier caso, el objetivo principal del día es conocer El Arco de Cabo San Lucas, el principal punto de interés turístico de la ciudad, la foto con la que los gringos universitarios justifican a sus padres que no han venido a México solo a tomar. La playa El Chileno de Los Cabos San José del Cabo y Cabo San Lucas son dos ciudades hermanas, que juntas componen Los Cabos, uno de los cinco distritos que integran el estado de Baja California Sur. En la primera está el aeropuerto y en la segunda todo lo demás. Así había sido históricamente, aunque parece que ahora San José del Cabo empieza a reivindicarse como un destino alternativo y a la vez complementario a la oferta de Cabo San Lucas, eminentemente centrada en el ocio nocturno. En medio de las dos hay una colección de resorts de todo incluido de ultralujo, y entre ellos algunas playas públicas magníficas. Es ahí donde nos dirigimos después del enésimo desayuno mexicano que no podemos concebir los españoles, tan rico y abundante que sabemos que será lo primero que echemos de menos cuando estemos de vuelta en Badalona, con nuestro café y nuestras galletas que anteceden a otra jornada laboral. Con el estómago contento nos dirigimos a la playa El Chileno, una de las mejores playas de Los Cabos y que ahora en invierno, pese al calor, apenas está ocupada a medio aforo. Nos sorprende el fantástico estacionamiento que encontramos, el excelente estado de los accesos y la gratuidad de todo. Solo le falta un chiringuito pequeñito y bien surtido para decidir que no vamos a hacer nada más en todo el día. Pero no venimos preparados: sin toallas ni sombrillas ni comida ni cervezas simplemente comprobamos que el agua no está tan fría y le tomamos decenas de fotos con la cámara y con el dron a la playa El Chileno, aprovechando que apenas si molestamos a nadie. Víctor, nuestro guía hasta el Arco de Cabo San Lucas Volvemos a Cabo San Lucas para encontrar un tour que nos acerque a El Arco, una formación rocosa en el extremo de la ciudad, ya en el mar, que tiene la caprichosa forma que su nombre indica. En la zona de la marina hay sobrepoblación de comerciales de las agencias que venden los tours. Muchos se nos acercan y nos ofrecen sus paseos. Empiezan por 500 pesos (unos 25 €) y acabamos aceptando la oferta del que nos lo vende por 366 pesos por persona (unos 18 €), una oferta que parece de supermercado y no podemos rechazar. El paseo empieza a las 15.00 h y hacemos tiempo recorriendo la marina, visitando el principal centro comercial de la ciudad y combatiendo el calor con un helado de 7 €. Los Cabos es un destino muy caro, al que hay que venir preparado para el dispendio exagerado. Víctor es nuestro guía, un chaval que no llega a los 25 años que se maneja perfectamente en el bilingüismo. Nosotros cuatro somos los únicos que hablamos español. Nos acompañan una decena de gringos, claro, a los que Víctor va traduciendo con la misma gracia los chistes y las explicaciones sobre todo lo que vamos a hacer y lo que vamos a ver en la próxima hora. Además de políglota, guía y comediante, Víctor es fotógrafo. Carga una Nikon básica con un objetivo básico con los que dispara indiscriminadamente fotos ridículas que al final del paseo nos intentará vender —con éxito—. El Arco de Cabo San Lucas, un capricho natural El paseo hasta El Arco, que está apenas a unos veinte minutos de la marina, recorriendo la línea de la costa de Cabo San Lucas, lo hacemos en una barca pequeñita totalmente transparente. Esta curiosa embarcación, que solo se encuentra en Los Cabos, según aseguran los que nos venden el paseo, tiene la virtud de hacer el contacto con el mar mucho más directo. Debajo de nosotros vemos el azul cambiante del mar y los peces que lo habitan. Víctor los llama con un par de zapateados y nos asegura que son genuinamente mexicanos: «Se alimentan de tortillas y de tequila». Pasamos por la playa de los pobres y vemos un par de lobos marinos. A nuestro alrededor hay varias decenas de embarcaciones más: comunitarias, privadas, grandes, pequeñas, cruceros, yates con helipuertos incorporados… Aquí está todo el abanico de vehículos del mar. Los pequeños, como el nuestro, van y vienen hasta El Arco de Cabo San Lucas. Los medianos traen fiesta incorporada: música, comida y barra libre para navegar hasta el atardecer. Los miramos de reojo con un poco de envidia, pero pronto se nos pasa. Llegamos hasta El Arco de Cabo San Lucas y entendemos por qué es el tour que todos los que venimos a Los Cabos hacemos. El Arco es un capricho natural único, con el que Víctor se encarga de inmortalizarnos en las poses más ridículas: corazón y besito con la pareja, gestito gracioso, solo y acompañado. Al final del tour tendrá el acierto de convencernos que necesitamos esas fotos en nuestra vida. Mariscos para comer, alacrán para cenar Durante el viaje, como en todos los viajes, adaptamos las horas de comida a las actividades y nunca al revés. El hambre llega pero sabe esperar a que acabemos de visitar todo lo previsto. Es la hora de la merienda, más de las 17.00 h,