Entre montañas e iglesias: adiós desde Kirkjufell y Búðakirkja | Día 9

La mañana se viste de un halo de melancolía que no queremos asumir. Es el último día de carretera, el último tramo de Islandia que vamos a recorrer en Ragnivan, nuestra casa rodante durante toda la semana. El objetivo es llegar a dormir al camping más cercano del aeropuerto de Keflavík, desde el que mañana partimos muy pronto de vuelta a la normalidad vital. Entre medio queremos hacer dos paradas, lo que implica una jornada larga de conducción de unas ocho horas. Para esta etapa final hemos reservado dos platos fuertes: la montaña de Kirkjufell y la iglesia negra de Búðakirkja. El día se despierta magnífico y Akureyri se despide de nosotros con amor, con sus corazones rojos en los semáforos. Conducimos en dirección oeste y poco a poco la nieve desaparece del paisaje. Islandia sigue siendo un lienzo bellísimo en el que apenas hay vestigios de civilización salpicados cada muchos kilómetros. ¿Quién vivirá ahí? ¿A qué se dedicarán las personas de ese pueblito de tres casas? Apenas nos cruzamos con coches en la carretera. Esta parte del país es mucho más remota y los turistas apenas la transitamos. Y si lo hacemos, como nosotros, la recorremos sin detenernos ni prestarle la atención que merece. La montaña de Kirkjufell Transitamos la Ring Road, la carretera circular principal que da la vuelta a la isla, hasta que Google Maps decide que es momento de una excursión. Nuestros dos destinos, Kirkjufell y Búðakirkja, se encuentran en la península de Snæfellsnes. Esta parte del país, situada en el oeste, un poco por encima de Reykjavik, es una versión concentrada de todo lo que ofrece Islandia. Aquí hay glaciares, volcanes, campos de lava, fiordos, montañas y pueblitos diminutos cargados de encanto. También cuenta con un puñado de iglesias que parecen estar pensadas solo para ser fotografiadas, emplazadas en recovecos de postal, aisladas de todo. La carretera para llegar a Kirkjufell después de dejar la Ring Road tiene varios tramos sin pavimentar. Es el penúltimo reto del país, que quiere que nos ganemos los últimos momentos épicos con un pelín de sufrimiento. A lo lejos, después de bastante rato, por fin vemos Kirkjufell. Esta montaña es posiblemente la más fotogénica de todo el país, y muda su belleza según desde donde la observas. De frente es una masa calcárea contundente, de perfil es una suerte de pirámide natural, afilada y simétrica. La rodea un paisaje que las fotografías no hacen justicia. Le buscamos a la montaña su punto panorámico definitivo, el que la enmarca detrás de un puñado de pequeñas cascadas. Kirkjufell ya ha sido conquistada por el equipo, ahora es momento de seguir un rato más por la carretera para conocer la iglesia de Búðakirkja. Búðakirkja, la iglesia negra, y las últimas auroras En una próxima vez en Islandia es posible que montemos la ruta persiguiendo todas las iglesias más pintorescas y remotas del país. De momento, la última parada de nuestra primera vez en el país, antes de llegar de vuelta a Keflavík y después de pasar por Kikjufell, es la famosísima iglesia negra de Búðakirkja. La ubicación de este monumento impensable vuelve a ser icónico. Búðakirkja tiene el mar a doscientos metros y las montañas nevadas de fondo. Su fotogenia es imbatible. Al ladito hay un hotel de lujo en el que entramos a hacer un pis por menos de tres euros, ocasión que aprovechamos para soñarnos alojados ahí y despertando con vistas a ese rincón asombroso. Le hacemos mil fotos, le tomamos decenas de tomas con el dron y grabamos la escena final de nuestro vídeo viral que no se viralizará. Parece increíble, es difícil de aceptar, pero es real: ya no nos queda nada más por ver. Una vez visitadas Kirkjufell y Búðakirkja el siguiente paso es llegar al camping cercano del aeropuerto para hacer noche. Y, desde ahí, mañana por la mañana, llevar de vuelta la autocaravana y tomar nuestro vuelo de vuelta a Barcelona vía Milán. Llegamos al camping al filo de la hora de cenar. Pero antes, nos toca recoger maletas, dejar a punto la caravana y darnos la última ducha en Islandia. Empieza a oscurecer y con las cosas ya a punto cenamos los restos de todo lo que nos hemos dejado en la nevera. Salimos de la van con la esperanza de que Islandia se quiera despedir de nosotros. Miramos al cielo y un par de haces de luz verde asoman tímidos y, rápidamente, se convierten en un puñado de magníficas auroras boreales. Es la quinta noche en que nos acompañan las auroras y no podemos sentirnos más agradecidos y afortunados. Sacamos el tequila que nos queda y nos lo tomamos a base de chupitos. Nos vamos a dormir convencidos de que Islandia se va a quedar con nosotros para siempre, y que tendremos que volver algún día para recordar nuestro bonito idilio.
De Egilsstadir a Akureyri: el norte congelado de Islandia | Día 8

Esta mañana nos hemos cruzado con nuestro amigo vallisoletano de gris. Nos hemos saludado porque somos personas y tenemos modales. Eso sí, no hace mención alguna a la electricidad, que su compañero de amarillo ya ha dejado libre para que podamos hacer uso de ella un par de horas antes de partir. Nosotros tampoco le decimos nada. Te recordaremos siempre, vallisoletano de gris del camping de Egilsstadir. En estas, sorprendentemente, el camping se queda desierto muy pronto. En un ejercicio temerario, parece que la mayoría de viajeros encaran con sus autocaravanas el camino de Egilsstadir a Akureyri cuando el sol todavía no ha podido derretir ni la nieve ni el hielo, y la carretera permanece difícilmente transitable. El mapa de la carretera que va de Egilsstadir a Akureyri Eso es lo que indica el mapa de carreteras islandesas, la Biblia en la que confiamos todas nuestras futuras decisiones, a la que rezamos para que convierta en verde todos los tramos de carretera marcados en rojo, en blanco, en amarillo y en azul oscuro. Mientras esperamos pacientes a que las quitanieves hagan su trabajo, el equipo no las tiene todas consigo. Hay disparidad de opiniones. La minoría prudente indica que el plan de continuar hacia el norte es un poco temerario. La mayoría más osada considera que llegados a este punto, mejor seguir adelante sin mirar atrás, con cautela y precaución. Así, pasadas las 10.00 h, partimos de Egilsstadir con dirección a Akureyri, nuestra tierra prometida, el horizonte del gran desafío de la ruta por Islandia. A medida que avanzamos, la carretera pasa en el mapa de verde seguro a azul claro precaución y, finalmente, a azul oscuro peligroso. El riesgo que indica la pantalla se hace patente en los tramos de carretera que empezamos a transitar. El hielo cubre algunas partes del asfalto y, al rato, sorteamos dos coches totalmente cubiertos por la nieve, abandonados por sus ocupantes. Es una advertencia que nos obliga a extremar la precaución. Más si cabe. El integrante prudente del equipo, en una actitud que le honra, se contiene el «ya os lo dije» y continúa revisando el estado de las carreteras en el mapa del móvil. Myvátn: el baño más reparador Al volante va uno de los temerarios, que había sostenido que teníamos que seguir hacia el norte desde el primer momento. La tensión empieza a acumularse en los hombros cuando el asfalto deja de serlo, cuando pasa a estar cubierto por una capa entera de hielo. La conducción es un reto: avanzamos en segunda, a menos de 40 km/h, evitando mover el volante, sin pisar el freno. Una van de alquiler, algo más pequeña que la nuestra, se sale de la carretera y nos encontramos con varios coches parados en la carretera tratando de auxiliar a los pasajeros. Una de las señoras que ha aparcado vuelve a su coche sin percatarse de que estamos avanzando por el carril contiguo, y abre la puerta del conductor, que conseguimos sortear con un pequeño golpe en el retrovisor. El nivel de tensión roza lo insoportable y la vejiga dice basta. Aparcamos la autocaravana en medio de la carretera y el conductor, servidor, procede a pasarse un minuto entero miccionando todo el estrés. De repente, nos hemos librado de todo el pis y de una fila enorme de coches que seguían nuestro ritmo precavido. El cielo se abre, sale el sol y la carretera ya no parece una odisea, sino un paseo que hay que circular con cautela pero sin miedo. Y por fin, después de lo que parecen días, llegamos a Myvátn. La tensión desaparece de inmediato cuando nos sumergimos en sus baños termales. Es el lugar perfecto para pensar en lo que hemos vivido hasta ahora, y en lo que nos falta por descubrir; para felicitarnos por nuestra valentía y por haber superado, sin mayores contratiempos, el gran reto del viaje. Godafoss y, por fin, Akureyri Después de dos horas disfrutando de las aguas termales de Myvátn, continuamos hasta Godafoss, la cascada de los dioses. Según cuenta la leyenda, los islandeses tiraron por esta cascada magnífica a sus antiguos dioses paganos cuando comenzaron a profesar el cristianismo, en el año 1000, en una decisión negociada que se tomó en el Alþingi, el parlamento original islandés que visitamos en nuestro primer día de carretera en el Parque Nacional de Þingvellir. Godafoss tiene un caudal imparable y ruidoso. La fotografiamos desde los dos lados, tratando de encontrarle el mejor encuadre. El frío en el norte es mucho más intenso, se siente en los huesos. Ese frío intenso, desprovisto por suerte del agravante del viento, nos persigue hasta Akureyri. Llegamos a la ciudad prometida pasadas las 20.00 h y suena de fondo el tema de Aitana y Sebastián Yatra que tiene por título el nombre de la ciudad, y que convertimos en el himno oficial del tramo final del viaje. El camping está lejos del centro y posponemos la llegada a nuestro penúltimo rincón de descanso para poder conocer la ciudad, la más importante de esta parte del país. El centro de Akureyri consiste en un puñado de calles con encanto, con el telón de fondo de las montañas heladas, con una decena de restaurantes que se antojan y hoy, viernes, lleno de islandeses que se pasean en americana fina y vestidos elegantes. Es la penúltima noche del viaje, pero la última en la que vamos a poder cenar fuera. Así que acordamos permitirnos un pequeño doble exceso en nuestro ajustado presupuesto. Nos comemos una hamburguesa en un garito regentado por dos pakistaníes, al que también llega un grupo de jovencitos islandeses que parecen estar ya en el punto álgido de su borrachera. Después de la hamburguesa de casi 20 € vamos a un hostal de la calle principal a tomarnos la última cerveza del viaje, rodeados de islandeses por fin, donde brindamos para que nuestro road trip de ensueño por Islandia dure todavía un poquito más.
La foto en Stokksnes y el buen karma | Día 7

Hemos pasado la noche en el Viking camping con un claro objetivo: poder ver a primera hora del día las montañas de Stokksnes, uno de los puntos más fotogénicos de Islandia. Madrugamos mucho y combatimos el frío intenso para volver a reaccionar de la única manera posible ante tamaño espectáculo natural: “Wooow, wooow” y mil veces wooow. El agua hace de espejo y refleja la magnífica belleza de las montañas. Las fotografías son para enmarcar y le pedimos a nuestros dedos que aguanten un poco más sin congelarse para tomar la penúltima foto en Stokksnes. La mañana solo tiene una manera posible de mejorar, que procedemos a llevar a cabo: tomarnos un capuchino recién hecho y comernos un trozo de pastel. No hacemos la conversión, no queremos saber cuánto ha costado ese desayuno, nos da igual. De la foto de Stokksnes a la disyuntiva en la ruta Después de haber conseguido nuestra foto en Stokksnes, ha llegado el momento clave del viaje, un momento en el que tenemos que tomar una decisión que va a marcar lo que falta de ruta. Resulta que el norte del país, donde está todo lo que nos queda por visitar, lleva unos días de temporal de nieve que ha obligado a cortar de manera intermitente muchas de las carreteras, entre ellas la 1, la Ring Road que da vuelta a la isla. En el grupo los hay más precavidos que abogan por dar la vuelta y no arriesgar. También los hay más decididos —e inconscientes— que creen que hay que seguir el itinerario que nos hemos marcado y mantenerse esperanzados en que el clima y el estado de las carreteras mejore. Ayer el tramo de la Ring Road que llega desde aquí a Akureyri, la ciudad más importante del norte y hacia donde nos dirigimos con una parada intermedia, estaba totalmente cortada. Revisamos el mapa de carreteras del servicio oficial de tráfico islandés y hacemos un doctorado exprés. La cosa funciona con un código de colores que indica el estado de las carreteras: el verde es que están en buen estado, el azul claro que hay algunas partes con hielo, el azul oscuro que es resbaladiza y tiene bastante hielo, el amarillo que hay nieve y el rojo que no se puede pasar. Ahora mismo, cuando partimos, no hay rojo pero tampoco verde más allá de Djúpivogur y Eskifjörður, que están unas dos horas al norte y que alcanzamos sin contratiempos, salvando alguna ráfaga de viento loca que agita toda la caravana. Llegada a Egilsstadir, el límite del peligro Nos marcamos como objetivo conducir media hora más y llegar a Egilsstadir para hacer noche ahí. La carretera que hay por delante está en azul claro y nos pone en alerta conforme la empezamos a transitar. Nos encontramos con algunos tramos de nieve y un poco de hielo. Nada especialmente peligroso, pero sí que obliga a extremar la precaución. El paisaje cambia radicalmente. Dejamos detrás los fiordos soleados, un paisaje magnífico en el que se mezclan el Atlántico, las montañas y muy de lejos la nieve. Esta parte de Islandia es mucho más salvaje, virgen y remota, mucho más inhóspita, con muchos menos turistas. Nos hemos adentrado en el invierno de golpe. La nieve es una constante en las orillas de la carretera, en toda la panorámica que tenemos alrededor. Es pronto por la tarde y llegamos a Egilsstadir a un camping vacío, en el que no acertamos a encontrar el lugar perfecto para instalarnos. Queremos ser cautos y no adentrarnos demasiado, porque está el paso nevado y somos conscientes de que la noche es una incerteza climática. Nos quedamos cerca de la entrada del camping donde encontramos un poste de electricidad por el que pagamos. Nos instalamos con la certeza de que no va a llegar nadie más hasta aquí. Los vallisoletanos de la electricidad Sin embargo, avanza la tarde y comienzan a llegar vans y a colocarse donde pueden. Son unos osados o unos insensatos, ya sea que lleguen desde el norte o desde el sur. La carretera que nosotros hemos transitado hace un rato debe estar ahora mucho peor y la que viene del norte es imposible que esté en condiciones óptimas. Confirmamos nuestras sospechas con el mapa de carreteras islandés, nuestro nuevo pasatiempo preferido. Hace un rato que nieva en Egilsstadir aunque de manera suave, a ratos aguanieve a ratos con copos mejor formados. En todo caso, la nieve no cuaja del todo y la cosa está lejos de convertirse en un temporal, con lo que las esperanzas de seguir mañana hacia Akureyri, la ciudad prometida, siguen intactas. La alternativa es desandar todos los kilómetros hechos en los seis últimos días de ruta, una quimera que por si acaso no descartamos del todo. En medio de nuestra discusión tocan en la ventana y en un inglés con evidente acento español nos piden que abramos la puerta. Un tipo con una chaqueta gris encabeza un grupo que completan dos chavales más, uno de ellos de amarillo. El de gris parece el líder, el cabecilla, el que corta el bacalao. Y así nos lo hace saber sin anestesia: «Estáis estacionados en nuestro lugar, lo hemos reservado nosotros». Nos miramos extrañados y les mostramos nuestra reserva, que no indica un lugar concreto pero sí que tenemos derecho a electricidad. El de gris, convencido de tener la razón, nos cuenta que ellos han reservado por internet el lugar contiguo, y que los del lugar contiguo lo han ocupado porque nosotros estamos en el que les corresponde. La lógica del de gris es que nosotros debemos salir de ahí, sin medias tintas ni cortapisas, a lo que nosotros nos negamos. El grupito de vallisoletanos —que más tarde sabremos que lo son— se marcha contrariado perdonándonos la vida y se pone a dar vueltas al camping buscando una alternativa. Acumulando buen karma viajero el día de la foto de Stokksnes Nos ponemos en el lugar de los vallisoletanos y acordamos ofrecerles una entente salomónica: compartir la
El tour al glaciar islandés | Día 6

Desde nuestro camping en Skaftafell tenemos quince minutos de coche hasta Troll Expeditions, la compañía con la que vamos a conquistar el hielo visitando el glaciar islandés de Vatnajökull, el más grande de Europa. Hay que equiparse de manera exagerada para la foto, y también por seguridad. Nos ponen unos arneses que descubriremos que no utilizaremos y nos dan unos crampones que nos servirán para caminar en el hielo. También nos ceden a cada uno un hacha y un casco verde bien chillón, con el logotipo de la compañía en la frente, una excelente estrategia de marketing: el nombre de la empresa va a salir en cientos de fotos de Instagram. El inicio del paseo por el glaciar islandés Eirin es nuestra guía, una irlandesa veinteañera risueña y un poco despistada, que nos lleva de aquí para allá con espíritu de servicio pero sin el carisma del guía que se ha llevado a la otra mitad de la expedición. Ellos —los otros— van a hacer solo el hike por el glaciar, en un tour que dura tres horas. Nosotros hemos escogido la versión premium, y cara, de la experiencia: el hike más la visita a una cueva de hielo. Nuestro tour es un poco más largo, dura cuatro horas. La primera hora se pasa entre el desplazamiento desde el edificio de la compañía al glaciar, explicaciones sobre el funcionamiento de la excursión, algunas vaguedades sobre el lugar —que ya habíamos leído en la Wikipedia— y una larguísima caminata de más de media hora desde el punto en que nos deja el bus hasta la entrada del glaciar. La caminata y la vuelta al edificio también se repiten luego de vuelta, con lo que el tiempo efectivo de tour es de poco más de dos horas. Eirin nos cuenta cómo ponernos los crampones y nos invita a quitarnos algo de ropa si creemos que vamos a pasar calor. Es una ironía que el día más caluroso en Islandia vayamos a pasarlo en un glaciar. El lugar es imponente, de un blanco que molesta a la vista, que solo puedes mirar con el filtro de las gafas de sol. Caminamos poco a poco intentando entender cómo hay que moverse con los crampones como añadido a nuestras botas. Paramos un rato para hacer algunas fotos en una zona en la que el glaciar islandés de Vatnajökull ofrece sus mejores vistas. Hay decenas de grupos moviéndose por el glaciar, arriba y abajo. Las otras empresas operan en otras partes del glaciar. Ascendemos y luego descendemos en dirección a la cueva de hielo. Somos doce en el grupo y efectivamente, sí, todos venimos de España. Del glaciar al lago helado Jökursárlón Eirin nos separa en dos grupos para entrar a ver la cueva de hielo. Pasamos primero nosotros cinco y nos decepcionamos un poco. La cueva tiene apenas quince metros de largo y sí, está helada, pero es difícil encontrarle la gracia. Eirin, con buena voluntad y su espíritu de servicio intacto, nos marca un buen punto para la foto, que nos toma con prisas. La foto es mediocre y el fondo no dice nada. El spot bueno es la salida de la cueva. Eirin nos apremia porque tiene que entrar la otra mitad del grupo, después de haber pasado solo cinco minutos dentro. Aprovechamos que nos quedamos solos fuera para volar clandestinamente el dron un par de minutos, un logro que apenas subsana la decepción generalizada que sentimos al final del tour. Por suerte, Islandia no sabe de decepciones y siempre tiene un as en la manga para darle la vuelta a la situación. Después del glaciar islandés llega el lago helado de Jökursárlón, que aparece de repente en la carretera como una de las imágenes más impactantes de lo que llevamos de viaje. Jökursárlón es el lago glaciar más grande de Islandia, formado por el deshielo del glaciar Vatnajökull que hemos visitado hace un rato, y salpicado de icebergs que se desprenden de una de las lenguas del glaciar. El lugar tiene un encanto extraordinario y es hogar de decenas de focas que nadan y nos saludan desde esas aguas heladas. La Diamond Beach y otra noche de auroras boreales Justo al lado está Diamond Beach, la última parada del día. Esta playa es famosa por los bloques de hielo que arrastra el lago Jökulsárlón hasta el mar, y que el oleaje devuelve después a la arena negra, donde brillan como diamantes. En esta época del año hay menos hielo que de costumbre y el efecto diamante se difumina. En cualquier caso, es una doble parada que disfrutamos mucho, que compensa con creces la pequeña decepción del glaciar. Volvemos a la van, a la que ChatGPT nos ayuda a bautizar: Ragnivan. Había que ponerle nombre a este bicho que nos está sirviendo de dormitorio, vehículo, baño, comedor, cocina y sala de estar. Hoy hacemos noche a las afueras de Vík, que significa bahía en islandés. Ahí hay un camping pequeño en el que dos catalanas trabajan en la recepción, y que tiene un café de lo más acogedor con riquísimos pasteles. Nos ha gustado tanto el lugar que una de las integrantes del grupo asegura que va a venir a vivir y a trabajar aquí una temporada. De momento, simplemente instalamos a Ragnivan cerca de la electricidad. Estamos solos pero el camping se llena hasta los topes conforme pasan las horas, y ya de noche eso está atestado de campers y coches, de gente que hace cola para usar los baños y las duchas. Es noche de Champions y aquí el merengue del grupo verá cómo su equipo queda eliminado contra el Arsenal. Pero de nuevo, Islandia sabe cómo compensar las decepciones. Cuando abrimos la puerta de la van y miramos al cielo volvemos a encontrarnos con el espectáculo verde y morado de las auroras boreales islandesas. El día del glaciar islandés ha sido también el tercero durmiendo con auroras.
El trekking hasta Svartifoss | Día 5

El quinto día de viaje ha sido, hasta ahora, el más tranquilo. Pero eso en Islandia no quiere decir estar estáticos, eso nunca. Hoy hemos visitado el cañón Fjaðrárgljúfur, los campos de lava de Eldhraun, nos hemos parado a tomarle fotos a la montaña Lómagnúpur y a la iglesia —sí, otra iglesia— de Hofskirkja y hemos acabado la ruta con un exigente trekking hasta Svartifoss, nuestra dosis de cascada islandesa del día. El día ha comenzado con el recuerdo de las auroras boreales que vimos ayer, experiencia que no sabíamos que íbamos a repetir de nuevo por la noche. El imponente cañón Fjaðrárgljúfur Ha sido el primer día —y seguramente el único— que nos hemos permitido no madrugar. El itinerario de la jornada invitaba a tomarse la mañana con calma. Aunque ha jugado en nuestra contra al llegar al primer punto de la ruta del día, uno de los cañones más imponentes que veremos nunca. Fjaðrárgljúfur es un trabalenguas solo apto para niveles avanzados de islandés, un cañón serpenteante de unos dos kilómetros de largo con paredes escarpadas cubiertas de musgo que se alzan hasta cien metros sobre el río que fluye en su interior. El día es radiante y nos sorprendemos quitándonos las chaquetas, los guantes y el gorro. Hace calor. Es una frase improbable en Islandia, una fugaz distorsión que pronto se corrige. Las masas suben y bajan el sendero que corre en paralelo al cañón. Se oye mucho español, otra vez, y nos cruzamos con caras que nos son familiares, que repiten nuestros pasos. Como la de Alexis, un barcelonés escandaloso al que conocimos ayer en el camping, y que le contaba su vida a otra pareja de españoles. Con él compartimos un momento de confidencias obligadas en el baño mientras se lavaba los dientes, cuando nos contó que se disponía a fumarse un porro antes de dormir, con la visión de la auroras en el cielo. También sigue nuestros pasos una familia alemana que inició la ruta con la misma autocaravana el mismo día que nosotros. Es imposible olvidar a ese niñito rubicundo alemán de dos o tres años envuelto en un mono peludo y acolchado que lo aísla del frío. Desde Fjaðrárgljúfur partimos a Eldhraun, un campo de lava que corre a los dos lados de la carretera principal. Le hacemos un par de tomas con el dron antes de seguir en dirección este. El trekking hasta la cascada Svartifoss La conducción sigue siendo inolvidable. Ahora la panorámica se matiza y empiezan a aparecer los glaciares a la izquierda y las grandes montañas al fondo. Una de ellas es Lómagnúpur, una inmensa pared de roca escarpada que se alza entre el cielo y la llanura. Es el punto que marca el inicio de los paisajes más sobrecogedores del sur de Islandia. Paramos a hacer mil fotos, combatiendo el frío y el viento, que reaparece a cada rato para recordarnos que en Islandia hay que ganarse cada momento, y por eso es un destino tan especial y único. A media tarde llegamos a nuestro camping del día, en el parque nacional de Skaftafell, previo paso por la iglesia de Hofskirkja, una pequeña parroquia cubierta por el musgo. Ahí mismo comemos, con vistas a la iglesia y su pequeño cementerio. Desde Skaftafell, que tiene un camping de primera, afrontamos el trekking hasta Svartifoss. Esta cascada requiere de una caminata previa larga y ventosa, que tiene como recompensa la vista de una espectacular caída de agua enmarcada por columnas de basalto negro que parecen esculpidas a mano. Le hacemos fotos desde todos los ángulos y desandamos el camino hacia el camping. (Otra) noche de auroras boreales Es noche de Champions y vemos cómo el Barça vuelve a semifinales después de mil años. Pero lo mejor está en el postpartido, cuando apagamos los móviles y salimos fuera a ver si tenemos de nuevo suerte. Y sí, la tenemos, el cielo se vuelve a pintar de verde como ayer. A ratos también de morado. En la ducha nos cruzamos con un sobresaltado español que al identificarnos como compatriotas nos ofrece las fotos que ha tomado: “Ha sido flipante, tíos, he hecho unas fotos guapísimas. Si las queréis, somos los que estamos en la primera van. Nos picáis y os las pasamos”. Le damos las gracias por la oferta, pero le contamos —sin entrar en detalles, no sea que se ría de nosotros— que somos la Aurora Patrol, que ayer ya vimos auroras, que las de hoy ya las hemos fotografiado y que de mañana no esperamos menos: queremos otra noche de auroras boreales.
Una noche de auroras boreales en Kirkjubæjarklaustur | Día 4

Nada nos tenía preparados para lo que nos esperaba esta noche, para cazar —sin buscarlo ni pretenderlo— una ristra de auroras boreales en el remoto pueblito de Kirkjubæjarklaustur. Muchas horas antes, el día había empezado en Skógafoss despertando frente a la cascada, con los últimos coletazos del viento que nos había hecho temer por la integridad de la van, y sobre todo por la nuestra propia. La noche ha sido una pesadilla que nos ha mantenido en vela sin saber qué hacer. Las ráfagas de viento han azotado nuestra casa rodante todos y cada uno de los minutos que queríamos destinar — a la postre sin éxito— a dormir. La naturaleza islandesa la estamos conociendo en su modo más hostil una noche, y en su forma más inaudita y bella la noche siguiente. La mañana la hemos dedicado a salirnos del patrón turístico convencional, lo cual supone un logro del que nos sentimos orgullosos. Es prácticamente imposible desviarse del itinerario en forma circular que todos los que visitamos Islandia seguimos; ya sea de Reykjavik hacia arriba, los menos, o de Reykjavik hacia abajo, como estamos haciendo nosotros al son de la mayoría. El margen para la originalidad en el recorrido por la isla se reduce cuando descuentas los días destinados a la ruta, con prisas por llegar a todo lo que hay que ver. Esta forma de viajar tachando imprescindibles, en la que lo importante es coleccionar experiencias más que experimentarlas, es a veces difícil de esquivar, incluso cuando uno viaja con voluntad de ir más lento y atento. La visita a la isla de Heimaey, en las Vestman El caso es que hemos conseguido romperle la lógica a la ruta tradicional, tomando un ferry de poco más de media hora para llegar a Heimaey, la más grande, importante y la única habitada de las islas Vestmannaeyjar, las Vestman. Este archipiélago, con cerca de 5.000 habitantes y situado frente a la costa sur de Islandia, está formado por una quincena de islas volcánicas y varios islotes, famosos por su paisaje dramático, sus colonias de frailecillos y su intensa actividad geológica. De hecho, en 1973, una erupción inesperada del volcán Eldfell obligó a evacuar a toda la población. Y transformó el perfil de la isla para siempre. Nuestra primera parada en la isla es precisamente Eldfell, desde donde la vista de la isla y los alrededores es magnífica. Es un trekking suave, asumible sobre todo para Marc y Diana, los más senderistas del grupo, mientras que los más urbanitas —Ángela y los dos nómadas habituales, Caro y Cris— nos damos la vuelta a mitad de camino para volver a las calles de Heimaey. Allí, ellas dos se quedan saltando en una enorme cama elástica de colorines que hay en medio del pueblo. Y él entabla un par de interacciones con los locales para conseguir la tarjeta SD que devuelva a la vida a nuestra cámara. Las gentes de Heimaey son amables y agradables sin necesidad de mostrarse cálidos, porque ese adjetivo seguramente siquiera existe en islandés, porque no lo necesitan: el frío define y adjetiva su país, no necesita un antónimo. En todo caso, son eficaces y colaboradores, y tienen incluso aquí, en la isla remota, un inglés de academia. El grupo se vuelve a juntar en la cama elástica, donde un niño local nos rompe la diversión cuando se adueña de la atracción. Caminamos en dirección hacia el oeste de la isla. Primero pasamos por el estadio del ÍBV, el club de fútbol de la isla, que están remodelando mínimamente con vistas al debut liguero. La búsqueda de los frailecillos islandeses En el ÍBV entrenó el seleccionador milagro islandés, Heimir Hallgrímsson, que llevó a Islandia a los cuartos de la Euro de 2016 y a su primer Mundial. El exitoso técnico es el paradigma de la actitud islandesa, como cuenta Axel Torres en su El faro de Dalatangi. Seco, sencillo, ganador y buen conversador solo cuando agarra confianza, Hallgrímsson era el dentista de la isla, profesión que compaginó durante mucho tiempo con el fútbol. Desafortunadamente, no nos lo encontramos en nuestro paseo por el estadio minúsculo del ÍBV, uno de los más espectaculares del país con el mar, las montañas y los acantilados de fondo. Un poco más allá tratamos de encontrar frailecillos, esos simpáticos pájaros de pico anaranjado que anidan en los acantilados islandeses cada verano. Esta es la época en la que empiezan a llegar a sus costas, pero no tenemos la suerte de ver ninguno. Volvemos a la zona del puerto con una compra de supermercado para almorzar. En poco más de una hora ya estamos de vuelta a la Ring Road, la carretera principal de Islandia. Quedan dos paradas más en el itinerario del día. La primera es Dyrholaey, donde el viento vuelve a azotar con fuerza. Dyrholaey es un montículo de origen volcánico desde el que las vistas son espectaculares. Se ven el océano, los acantilados y los arcos de roca que se adentran en el mar. Las auroras boreales de Kirkjubæjarklaustur Veinte minutos después está Reynisfjara, la playa de arena negra y formaciones rocosas talladas por el viento y el oleaje. Es famosa por sus columnas de basalto, sus imponentes acantilados y la fuerza bruta del Atlántico, que la azota sin tregua. Por eso se la conoce como la playa más peligrosa del mundo, otra de esas etiquetas tan bien apuntadas por los responsables de marketing. Aquí nos hacemos algunas tomas con el dron y recreamos fotos pretéritas del único de los cinco que repite viaje a Islandia, Marc. Partimos hacia nuestro nuevo camping, que se confirma rápido el mejor de los tres que hemos conocido hasta el momento. Tiene baños más o menos aseados, duchas más o menos disfrutables, una cocina con mesas más o menos aprovechables y un entorno desde luego bonito. El cielo está claro, despejado, hace frío pero no viento. El radar de auroras boreales nos marca una alta probabilidad de que suceda lo que ya ninguno esperaba. Pero
La colección de cascadas islandesas | Día 3

Hemos despertado bailando al son del viento, que amenaza con convertirse en el indeseado sexto integrante del viaje. El primer camping que pisamos en el país es mediocre, siendo generosos, y parece que el karma les devuelve la mediocridad permitiéndonos que nos marchemos sin pagar. Conste que no ha sido por voluntad propia. Hemos sacrificado la partida temprana por esperar a las 09.30 h para pagar, justo a la hora de apertura. Pero hemos aguantado diez minutos extra sobre la hora, y también veinte, y a los treinta ya hemos desistido y hemos puesto en marcha nuestra casa rodante con dirección a la primera de las cascadas islandesas que nos toca visitar, en nuestro primer día completo de carretera. A diez minutos del camping está Gullfoss, que forma parte del recorrido turístico más habitual del país: el círculo dorado. Es pronto, apenas pasadas las 10.00 h, y por eso todavía no hay mucha gente y el piso de las escaleras y la grava están congelados. Llegar hasta el punto de observación principal de la cascada implica ponerse a practicar el patinaje, del que salimos ilesos de milagrito. Gullfoss tiene una caída de 32 metros y es desde luego espectacular. Pero la colección de cascadas islandesas tendrán un segundo denominador común: el viento. Y un tercero: los españoles. Están —estamos— en todos lados. Si tuviéramos dinero, conquistaríamos el mundo. Por el momento nos conformamos con visitar la tierra del hielo, el fuego y el viento. Géiseres, cascadas e iglesias en la ruta Desandamos el camino para parar primero en Geysir, que da nombre a ese fenómeno natural antinatura, en el que el agua ardiente de la tierra hierve a borbotones y de vez en cuando, sin previo aviso ni frecuencia estricta, bombea con fuerza hacia el cielo una ráfaga enorme de agua. La suerte está de nuestro lado solo a medias: vemos un par de esas erupciones, pero ninguna espectacular. Más adelante llegamos a la segunda de las cascadas islandesas del día. Brúarfoss está más retirada de la carretera principal pero eso no impide que esté atestada por un par de centenares de turistas que nos maravillamos con ese azul glaciar, que se revuelve en la caída de la cascada, y con el fondo de postal de las montañas nevadas. El viento nos impide volar el dron y la cámara dice hasta aquí y se niega a seguir trabajando a destajo con esas temperaturas, con lo que solo nos queda el móvil como soporte a las fotografías mentales que estamos tomando. Después de muchas poses y de aprovecharle a la escena todos los encuadres, tomamos la carretera en dirección sur, buscando uno de los elementos más fotogénicos del país: sus iglesias luteranas. Skálholtsdómkirkja está en medio de la nada y es imponente, blanca y gris, situada en un promontorio. El parking de la iglesia nos sirve de comedero y nos hacemos los sanos con dos hojas de lechuga y unos tomates cherry. Seljalandsfoss y Skógafoss, las últimas cascadas islandesas del día Continuamos camino hacia el sur y pasamos rápido por el cráter de Kerið, donde el viento es exagerado y si te despistas te lanza adelante varios metros. El clima ensuciado no iba a robarle el encanto al penúltimo punto de la ruta del día: la cascada —sí, otra más de las cascadas islandesas— de Seljalandsfoss, que amenaza con convertirse en la favorita del viaje. Su caída limpísima parece una animación. El agua rompe en lo alto y convierte los chorros en una bellísima cortina de agua. La peculiaridad de Seljalandsfoss es que se le puede rodear el contorno por la zona de la caída, pasando por una cueva y dándole a esa maravilla de la naturaleza un sentido completamente nuevo. El español sigue siendo el idioma oficial de la atracción, y todos salimos empapados del rodeo por la cascada. No nos importa, la experiencia lo vale. Seljalandsfoss se ve de lejos desde la carretera, tan esbelta y bonita, pero no esperas lo que te ofrece in situ. Para rematar el día, dormimos enfrente de la hermana mayor de la cascada anterior, en Skógafoss, donde la hostilidad del viento amenaza con hacernos pasar la noche en vela.
Una casa con ruedas en Islandia | Día 2

Hoy cambiamos de alojamiento en nuestro road trip por Islandia, y ya lo vamos a mantener hasta que cerremos el viaje. Nuestro alojamiento va a ser también el medio de transporte con el que vamos a recorrer esta isla estremecedora, que en el segundo día ya nos ha impresionado más allá de nuestras expectativas. Hay una palabra castellana viejuna para designar este invento motorizado, que se debe haber creado con el propósito de conducirse aquí, en Islandia: casa rodante, maravillosa traducción literal de motorhome. En Islandia, nuestra casa por lo que resta de viaje lleva ruedas incorporadas. Ruta exprés por la Reykjavik menos transitada Antes de que nuestra nueva casa sea una realidad, la mañana la dedicamos a recorrer un rato más de Reykjavik. Nos damos tiempo libre como hacen en los viajes guiados y cada quien va a lo suyo un par de horas. Es una maravillosa manera de encontrarnos luego con más ganas de continuar juntos el camino. Nosotros nos dividimos para cubrir más terreno. La una le saca todos los encuadres posibles a Hallgrimskirkja, la iglesia con forma de órgano —o de quién sabe qué— que preside la capital. El otro se aleja del centro, y camina en dirección opuesta a la lógica turística. En la otra parte de la ciudad están la Casa Nórdica, el Museo Nacional de Islandia y el edificio principal de la Universidad de Islandia. Este último, de estilo brutalista, tiene una gran explanada de césped enfrente, vacía hoy sábado pero que es sencillo visualizar llena de estudiantes. El centro de ese parque lo ocupa la estatua Sæmundur á Selnum. Ese elemento indeterminado parece un elfo pero en realidad es un homenaje a un sacerdote que le tendió una emboscada al diablo después de haber cabalgado sobre su lomo. Lo divino, lo humano, lo terrenal, lo místico, lo diabólico y lo esotérico definen por igual este país misterioso, a la vez oscuro y luminoso. Desandando el camino hacia Hallgrimskirkja para reencontrarnos, la ruta tiene como siguientes paradas el Ayuntamiento de Reykjavik y el Alþingishúsið, el edificio del parlamento, una construcción antigua del siglo XIX ubicada a pie de calle, que convierte a los ciudadanos y a los políticos escogidos en vecinos. Recogiendo la casa con ruedas que recorrerá Islandia Nos reunimos todos de nuevo en BSÍ, la estación de autobuses de la capital. Desde ahí tomamos el primero de los dos buses que nos llevan a Indie Campers, cerca del aeropuerto, la empresa con la que alquilamos nuestra van. Ahí nos atiende João, un portugués treintañero políglota que aguanta nuestras preguntas y justificadas quejas. Nos explica el centenar de entresijos de nuestro nuevo hogar y vehículo y nos entrega las llaves para que partamos hacia nuestro primer destino: el supermercado. En Bonus, la cadena del cerdito, la más económica del país, hacemos acopio de casi todo lo imprescindible para los próximos diez días. Y lo único que nos falta, las cervezas normales y las sin gluten, las conseguimos en el Vínbúðin de al lado, uno de los locales regulados y regentados por el gobierno que vende alcohol. Ni lo uno ni sobre todo lo otro nos sale barato. Pero asumíamos que Islandia iba a ser un destino poco agradecido con nuestros bolsillos. Por fin, a las mil de la tarde y con la nevera bien llena, iniciamos la ruta por Islandia en nuestra flamante casa con ruedas. La primera parada, Þingvellir Tomamos dirección hacia el centro del país, hacia el Parque Nacional de Þingvellir, patrimonio de la humanidad por su belleza natural y lleno de significación para el pueblo islandés. Es tarde y vamos con prisa, pero nos da tiempo a ver de cerca Þingvallakirkja, una anodina y hermosa iglesia luterana que tiene detrás un círculo enorme con dos tumbas. Aquí descansan los restos de dos de los grandes poetas islandeses: Jónas Hallgrímsson y Einar Benediktsson. El lugar es sobrecogedor, tiene un punto inquietante. Esta sensación amenaza con convertirse en una constante durante el viaje. Vemos la zona rocosa de Lögberg, donde se encuentra el parlamento original islandés, el Alþingi. Aquí se reunían los ciudadanos del país para discutir y recitar anualmente sus leyes entre el año 930 y el 1798. El cierre a este primer día de ruta islandesa no podríamos haberlo planeado mejor. En el punto de observación de Hrafnagjá vivimos un atardecer inigualable. El cielo se pinta de un rosáceo intensísimo con el que nos emocionamos y perdemos la noción del tiempo, y nos obliga a llegar tarde a nuestro primer camping. Ahí, nos peleamos con la electricidad de nuestro aparcamiento, que nos conceden, casi de milagro, porque hemos llegado pasadas las diez de la noche. Hace un frío intenso y vamos y venimos tratando de acertar con el problema, que acaba resultando el más evidente: la toma donde hemos conectado nuestra corriente no funciona. Nos demoramos más de dos horas en establecernos, guardar todo nuestro equipaje y preparar las camas. Y pasada la una de la madrugada nos vamos a dormir. El viento sopla fuera con tal fuerza que la amenaza de que tumbe nuestra casa con ruedas durante el primer día de ruta por Islandia es real. Por suerte, no sucede y conseguimos descansar, sintiendo lo intimidante y cruda que resulta la naturaleza islandesa.
Reykjavik, la capital del sol y la nieve | Día 1

Los mejores almuerzos son los que acaban en un viaje… a Islandia. A principios de año, como tantos otros días a lo largo de los últimos años, quedamos con tres de nuestros mejores amigos, con Ángela, con Diana y con Marc. Fue un almuerzo tranquilo hasta que soñamos con viajar juntos a Islandia esta Semana Santa. Ni siquiera hubo tequilas de por medio, culpado habitual de los planes más impensables. Tres meses después estamos los cinco en Reykjavik tratando de entender la capital islandesa, una ciudad de bolsillo en la que el sol y la nieve, en nuestro aterrizaje al país, se ceden constantemente el testigo y juegan a alterarnos los sentidos. Aquí, en Islandia, vamos a pasar diez días recorriendo la isla y todas sus maravillas naturales, y la expectativa es tan alta que solo el clima, traicionero y juguetón, puede interponerse en lo que seguro será: un viaje para el recuerdo. Llegamos a Reykjavik después de un transbordo de noche entera en Ámsterdam, donde celebramos que una de las integrantes del equipo, Diana, suma 32 abriles y que los demás, afortunados, apareceremos para siempre como actores de un cumpleaños inolvidable. Esta película empieza con un clímax que va a tener que prolongarse más de una semana, porque en Islandia todo lo que nos espera son guindas del pastel. Bienvenida a Reykjavik con nieve La llegada a la capital islandesa es de esos platos fuertes que sabemos que nos servirán para contar batallitas a los que nos quieran escuchar. Después de intentar tomar un bus público y barato, que pese a existir apenas circula, y de desestimar pagar más de 200 € por un trayecto de taxi, una hora y media más tarde asumimos nuestra derrota y nos disponemos a abonar casi 30 € (cada uno) para viajar en el bus exprés que conecta el aeropuerto de Keflavík con Reykjavik. El trayecto es de una hora por un paisaje lunar, yermo, desposeído de verde y de vida, que ya se intuía desde el avión. Aparcamos las maletas en el hostal, porque es muy pronto y todavía no tenemos habitación. Y vamos al centro de la ciudad a robarle horas a la espera. La mejor manera de hacerlo, claro, es comer. Acabamos en 101 Reykjavik Street Food de la famosa calle del arcoíris, la más fotogénica y fotografiada de la ciudad. Pedimos sopas para calentarnos y un par de especialidades con pescado. Que se note que estamos en un país isleño. Todo muy rico. A decir verdad, y sin quitarle mérito alguno al chef, era sencillo satisfacer a cinco estómagos tan necesitados. Mientras procesábamos la satisfacción de haber comido un plato caliente y rico, la calle se ha teñido de bolitas de aguanieve. Pronto han tornado en una ligera granizada y finalmente en una abundante nevada. La felicidad ante lo ajeno ha llevado a dos de las integrantes del grupo a salir corriendo a encontrarse con esos copos finos y constantes, a bailar con el blanco de la nieve. Reykjavik ya había conseguido ser memorable. Cinco minutos más tarde ha escampado y hemos empezado una ruta exprés por la ciudad. Hemos conocido algunas de sus librerías más cool y una cafebrería, Iða Zimsen, en la que nos hemos maravillado del poder de la amistad con la mesa vecina, ocupada por seis octogenarios animosos y entusiastas. Visita al Harpa, y al supermercado Luego hemos llegado al Harpa, el edificio que acoge la ópera del país, un entramado de hormigón y cristal que juega con los elementos: con la luz, con el agua del mar, con el fuego de la lava de la exposición que tiene en la planta baja. Dentro, jugamos un rato con los encuadres del edificio. Y fuera, nos proponemos viralizarnos con un vídeo que solo estropea la torpeza de la mitad catalana de Cultura Nómada. Continuaremos intentándolo. Reykjavik sigue con su clima cambiante, que alterna la nieve con el sol, y sus caras de alegría contenida. El inglés se escucha en las calles y en las tiendas más que el islandés. Sorprende que las dependientas hablen entre ellas en inglés e interpelen a los clientes, también a los locales, con un inglés de orígenes inciertos. Volvemos al hostel para acomodar las cosas por fin en nuestra habitación y planeamos lo que tiene que venir a partir de mañana. La única desilusión del día nos la llevamos cuando salimos a comprar la cena y el desayuno. Bueno, en realidad son dos: en los supermercados comunes solo venden cervezas de gradación ridícula, de 2’5 grados, y los productos sin gluten son prácticamente inexistentes, al menos en el supermercado que hemos visitado esta tarde. Mañana empezamos la ruta para darle la vuelta a la isla y el primer gran reto será conseguir cerveza en condiciones, y pan sin gluten.
Guía para viajar a Los Cabos, la fiesta permanente de México

Los Cabos no es una ciudad, son dos: San José del Cabo y Cabo San Lucas. En la primera está el aeropuerto internacional, y en la segunda todo lo que vienen a buscar los turistas. Viajar a Los Cabos es sinónimo de ocio nocturno, bares, playas, restaurantes top, paseos en barco, avistamiento de ballenas y fiesta todos los días a casi todas horas. Los Cabos se ha hecho célebre entre los turistas estadounidenses, especialmente entre los más jóvenes, que han convertido a Cabo San Lucas en el destino predilecto al que viajar para vivir la vida y pasar las vacaciones de primavera. De hecho, Los Cabos es el destino por excelencia de los spring breakers, los universitarios ―eminentemente estadounidenses― que tienen una semana de vacaciones en primavera y encuentran en este extremo de la península mexicana de Baja California la felicidad a la que todo universitario aspira. A remolque de su creciente fama como destino predilecto para vacacionar, las dos ciudades del municipio de Los Cabos, pero especialmente Cabo San Lucas, han vivido un boom demográfico. En veinte años, la ciudad ha pasado de tener 30.000 habitantes, en 2000, a más de 200.000, en el censo de 2020. Entre las dos ciudades hay un enorme corredor turístico que concatena hoteles, enormes resorts de ultralujo, campos de golf, restaurantes de fama internacional y, entre otras muchas amenidades para el viajero, un puñado de playas magníficas. Por eso, y aunque su fama diga lo contrario, Los Cabos no es un destino solo de fiesta, sino que también cuenta con una enorme colección de reclamos naturales, como sus playas, sus monumentos naturales y todo tipo de actividades de aventura y marítimas. En esta guía para viajar a Los Cabos repasamos todo lo que puedes visitar y cómo disfrutar del destino. Qué ver en Los Cabos: 6 visitas y experiencias imprescindibles Entre las muchas cosas que hay que ver en Los Cabos, a continuación te recomendamos seis visitas y experiencias imprescindibles para todos los que quieran viajar a Cabo San Lucas y a San José del Cabo. El Arco de Cabo San Lucas, el monumento natural de Los Cabos El Arco de Cabo San Lucas es una formación rocosa en el extremo de la ciudad, metida en el mar, que le debe el nombre a su caprichosa forma. Normalmente, El Arco se visita en lancha desde la zona de la marina de la ciudad, donde hay una gran cantidad de agencias y vendedores de tours que pugnan por arrebatarse los clientes. Vale la pena no comprar el tour por internet y acudir aquí para conseguirlo más barato. A nosotros nos costó unos 18 € por persona en una lancha transparente en la que se puede ver todo el fondo marino. En este post te contamos nuestra experiencia visitando El Arco. La playa El Medano, entre el mar y la fiesta La playa El Medano es la playa más concurrida, visitada y animada de Los Cabos. Está muy cerca del corazón de Cabo San Lucas, a pocos minutos de su centro y de la zona de bares y discotecas. Las vistas de las formaciones rocosas de la costa, entre ellas El Arco, son magníficas. En El Medano se pueden apreciar atardeceres para recordar y practicar snorkel u otras actividades de playa. Aquí también se ubican algunos de los bares y clubes de playa más conocidos de Los Cabos, como Mango Deck y The Office. La playa El Chileno, la razón costera para viajar a Los Cabos La playa El Chileno es una de las mejores playas de Los Cabos y de todo el estado de Baja California Sur. Nosotros tuvimos la suerte de visitarla en temporada baja, en invierno, con calor pero sin gente. Tiene estacionamiento gratuito y cerca de un kilómetro de ancho que invitan a buscarse un huequito donde estirar la toalla y pasarse la tarde tomando chelas. Por desgracia no hay bares en la playa, con lo que hay que llevar avituallamiento de casa. El Chileno es una playa de postal, de las que no cubren y tienen el agua de azul turquesa intenso que no puedes dejar de fotografiar. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Cultura Nómada | Viajes (@cultura.nomada) Avistamiento de ballenas y actividades en el mar y de aventura En Los Cabos se juntan el océano Pacífico y el mar de Cortez, también conocido como golfo de California, y es uno de los mejores destinos del país para el avistamiento de ballenas. La temporada para la observación se extiende desde mediados de diciembre hasta finales de abril, aunque los meses de enero, febrero y marzo son los más indicados para realizar la actividad. Por Los Cabos pasan las ballenas jorobadas y hay decenas de compañías que ofrecen el tour cada día, con precios que comienzan en los 80 € por persona aproximadamente. En Los Cabos también se pueden realizar muchas otras actividades marítimas y de aventura, como snorkel, buceo, kayak, pesca deportiva, nado con el tiburón ballena y muchas más. El ocio nocturno y turismo de spring breakers En Cultura Nómada no somos grandes aficionados del ocio nocturno. Lo de salir de fiesta y frecuentar bares hasta altas horas de la madrugada es algo del pasado. Más o menos. En cualquier caso, si vas a viajar a Los Cabos es obligatorio que en algún momento pasees por la escena de bares, clubs y discotecas de Cabo San Lucas, que se concentran la mayoría en el bulevar Lázaro Cárdenas. El Squid Roe es uno de los lugares más míticos, en el que los turistas estadounidenses fichan cada noche. El centro de San José del Cabo Si bien la mayoría de los motivos para visitar Los Cabos se encuentran en Cabo San Lucas, te animamos a que le des una oportunidad también a San José del Cabo, que además de alojar el aeropuerto internacional en los últimos años ha crecido mucho y complemente a su ciudad hermana. El centro de San José del Cabo, pintoresco y lleno