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Entre montañas e iglesias: adiós desde Kirkjufell y Búðakirkja | Día 9

La mañana se viste de un halo de melancolía que no queremos asumir. Es el último día de carretera, el último tramo de Islandia que vamos a recorrer en Ragnivan, nuestra casa rodante durante toda la semana. El objetivo es llegar a dormir al camping más cercano del aeropuerto de Keflavík, desde el que mañana partimos muy pronto de vuelta a la normalidad vital. Entre medio queremos hacer dos paradas, lo que implica una jornada larga de conducción de unas ocho horas. Para esta etapa final hemos reservado dos platos fuertes: la montaña de Kirkjufell y la iglesia negra de Búðakirkja.

El día se despierta magnífico y Akureyri se despide de nosotros con amor, con sus corazones rojos en los semáforos. Conducimos en dirección oeste y poco a poco la nieve desaparece del paisaje. Islandia sigue siendo un lienzo bellísimo en el que apenas hay vestigios de civilización salpicados cada muchos kilómetros. ¿Quién vivirá ahí? ¿A qué se dedicarán las personas de ese pueblito de tres casas? Apenas nos cruzamos con coches en la carretera. Esta parte del país es mucho más remota y los turistas apenas la transitamos. Y si lo hacemos, como nosotros, la recorremos sin detenernos ni prestarle la atención que merece.

La montaña de Kirkjufell

Transitamos la Ring Road, la carretera circular principal que da la vuelta a la isla, hasta que Google Maps decide que es momento de una excursión. Nuestros dos destinos, Kirkjufell y Búðakirkja, se encuentran en la península de Snæfellsnes. Esta parte del país, situada en el oeste, un poco por encima de Reykjavik, es una versión concentrada de todo lo que ofrece Islandia. Aquí hay glaciares, volcanes, campos de lava, fiordos, montañas y pueblitos diminutos cargados de encanto. También cuenta con un puñado de iglesias que parecen estar pensadas solo para ser fotografiadas, emplazadas en recovecos de postal, aisladas de todo.

La carretera para llegar a Kirkjufell después de dejar la Ring Road tiene varios tramos sin pavimentar. Es el penúltimo reto del país, que quiere que nos ganemos los últimos momentos épicos con un pelín de sufrimiento. A lo lejos, después de bastante rato, por fin vemos Kirkjufell. Esta montaña es posiblemente la más fotogénica de todo el país, y muda su belleza según desde donde la observas. De frente es una masa calcárea contundente, de perfil es una suerte de pirámide natural, afilada y simétrica. La rodea un paisaje que las fotografías no hacen justicia. Le buscamos a la montaña su punto panorámico definitivo, el que la enmarca detrás de un puñado de pequeñas cascadas. Kirkjufell ya ha sido conquistada por el equipo, ahora es momento de seguir un rato más por la carretera para conocer la iglesia de Búðakirkja.

Búðakirkja, la iglesia negra, y las últimas auroras

En una próxima vez en Islandia es posible que montemos la ruta persiguiendo todas las iglesias más pintorescas y remotas del país. De momento, la última parada de nuestra primera vez en el país, antes de llegar de vuelta a Keflavík y después de pasar por Kikjufell, es la famosísima iglesia negra de Búðakirkja. La ubicación de este monumento impensable vuelve a ser icónico. Búðakirkja tiene el mar a doscientos metros y las montañas nevadas de fondo. Su fotogenia es imbatible. Al ladito hay un hotel de lujo en el que entramos a hacer un pis por menos de tres euros, ocasión que aprovechamos para soñarnos alojados ahí y despertando con vistas a ese rincón asombroso. Le hacemos mil fotos, le tomamos decenas de tomas con el dron y grabamos la escena final de nuestro vídeo viral que no se viralizará.

Parece increíble, es difícil de aceptar, pero es real: ya no nos queda nada más por ver. Una vez visitadas Kirkjufell y Búðakirkja el siguiente paso es llegar al camping cercano del aeropuerto para hacer noche. Y, desde ahí, mañana por la mañana, llevar de vuelta la autocaravana y tomar nuestro vuelo de vuelta a Barcelona vía Milán. Llegamos al camping al filo de la hora de cenar. Pero antes, nos toca recoger maletas, dejar a punto la caravana y darnos la última ducha en Islandia. Empieza a oscurecer y con las cosas ya a punto cenamos los restos de todo lo que nos hemos dejado en la nevera.

Salimos de la van con la esperanza de que Islandia se quiera despedir de nosotros. Miramos al cielo y un par de haces de luz verde asoman tímidos y, rápidamente, se convierten en un puñado de magníficas auroras boreales. Es la quinta noche en que nos acompañan las auroras y no podemos sentirnos más agradecidos y afortunados. Sacamos el tequila que nos queda y nos lo tomamos a base de chupitos. Nos vamos a dormir convencidos de que Islandia se va a quedar con nosotros para siempre, y que tendremos que volver algún día para recordar nuestro bonito idilio.

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