Hemos despertado bailando al son del viento, que amenaza con convertirse en el indeseado sexto integrante del viaje. El primer camping que pisamos en el país es mediocre, siendo generosos, y parece que el karma les devuelve la mediocridad permitiéndonos que nos marchemos sin pagar. Conste que no ha sido por voluntad propia. Hemos sacrificado la partida temprana por esperar a las 09.30 h para pagar, justo a la hora de apertura. Pero hemos aguantado diez minutos extra sobre la hora, y también veinte, y a los treinta ya hemos desistido y hemos puesto en marcha nuestra casa rodante con dirección a la primera de las cascadas islandesas que nos toca visitar, en nuestro primer día completo de carretera.
A diez minutos del camping está Gullfoss, que forma parte del recorrido turístico más habitual del país: el círculo dorado. Es pronto, apenas pasadas las 10.00 h, y por eso todavía no hay mucha gente y el piso de las escaleras y la grava están congelados. Llegar hasta el punto de observación principal de la cascada implica ponerse a practicar el patinaje, del que salimos ilesos de milagrito. Gullfoss tiene una caída de 32 metros y es desde luego espectacular. Pero la colección de cascadas islandesas tendrán un segundo denominador común: el viento. Y un tercero: los españoles. Están —estamos— en todos lados. Si tuviéramos dinero, conquistaríamos el mundo. Por el momento nos conformamos con visitar la tierra del hielo, el fuego y el viento.
Géiseres, cascadas e iglesias en la ruta
Desandamos el camino para parar primero en Geysir, que da nombre a ese fenómeno natural antinatura, en el que el agua ardiente de la tierra hierve a borbotones y de vez en cuando, sin previo aviso ni frecuencia estricta, bombea con fuerza hacia el cielo una ráfaga enorme de agua. La suerte está de nuestro lado solo a medias: vemos un par de esas erupciones, pero ninguna espectacular. Más adelante llegamos a la segunda de las cascadas islandesas del día. Brúarfoss está más retirada de la carretera principal pero eso no impide que esté atestada por un par de centenares de turistas que nos maravillamos con ese azul glaciar, que se revuelve en la caída de la cascada, y con el fondo de postal de las montañas nevadas.
El viento nos impide volar el dron y la cámara dice hasta aquí y se niega a seguir trabajando a destajo con esas temperaturas, con lo que solo nos queda el móvil como soporte a las fotografías mentales que estamos tomando. Después de muchas poses y de aprovecharle a la escena todos los encuadres, tomamos la carretera en dirección sur, buscando uno de los elementos más fotogénicos del país: sus iglesias luteranas. Skálholtsdómkirkja está en medio de la nada y es imponente, blanca y gris, situada en un promontorio. El parking de la iglesia nos sirve de comedero y nos hacemos los sanos con dos hojas de lechuga y unos tomates cherry.
Seljalandsfoss y Skógafoss, las últimas cascadas islandesas del día
Continuamos camino hacia el sur y pasamos rápido por el cráter de Kerið, donde el viento es exagerado y si te despistas te lanza adelante varios metros. El clima ensuciado no iba a robarle el encanto al penúltimo punto de la ruta del día: la cascada —sí, otra más de las cascadas islandesas— de Seljalandsfoss, que amenaza con convertirse en la favorita del viaje. Su caída limpísima parece una animación. El agua rompe en lo alto y convierte los chorros en una bellísima cortina de agua.
La peculiaridad de Seljalandsfoss es que se le puede rodear el contorno por la zona de la caída, pasando por una cueva y dándole a esa maravilla de la naturaleza un sentido completamente nuevo. El español sigue siendo el idioma oficial de la atracción, y todos salimos empapados del rodeo por la cascada. No nos importa, la experiencia lo vale. Seljalandsfoss se ve de lejos desde la carretera, tan esbelta y bonita, pero no esperas lo que te ofrece in situ. Para rematar el día, dormimos enfrente de la hermana mayor de la cascada anterior, en Skógafoss, donde la hostilidad del viento amenaza con hacernos pasar la noche en vela.