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Los vinos de Adobe Guadalupe | Día 5

La cantidad de alojamientos en el Valle de Guadalupe es inmensa, en línea con la proliferación también creciente de bodegas, de bares y de restaurantes. Finalmente, tras mucho explorar, reservamos tres noches en el hotel Boskenvid, un entramado de cabañas que se fusionan con la naturaleza hasta límites insospechados: los árboles forman parte del mobiliario y la decoración de las habitaciones. Desde aquí, tras un riquísimo desayuno, proyectamos las visitas de hoy. El plan es empezar bebiendo vino en Adobe Guadalupe —una de las vinícolas de las que hemos recogido mejores referencias— y acabar bebiendo vino quién sabe en qué bar que encontremos abierto más allá de la puesta de sol.

Adobe Guadalupe, vinos de inspiración francesa en el Valle de Guadalupe

Es complicado organizar las visitas al Valle de Guadalupe, especialmente a sus bodegas y viñedos. Primero, porque hay muchas opciones. Y segundo, porque la mayoría de esas opciones tienen algo que las distingue y diferencia de las demás, particularidades que las hace únicas. Eso nos explica justamente Leo, el aspirante a enólogo de Adobe Guadalupe, nuestro cicerone en la primera visita del día: «Como aquí no tenemos denominación de origen cada proyecto inventa y prueba cosas nuevas, hay una gran libertad creativa y mucho espíritu innovador».

Adobe Guadalupe es una de las visitas que habíamos marcado como obligatorias en el Valle. Teníamos algunas buenas recomendaciones directas, y además todo lo que habíamos leído de ellos en internet nos convenció. Es un proyecto que tiene unos treinta años de edad, en el que sus orígenes son esenciales para entender todos los elementos que lo componen. Leo nos guía por una completísima degustación de cuatro vinos, un rosado muy oscuro y tres tintos muy diferentes entre sí, un vino joven muy bien estructurado y dos vinos con más cuerpo, más densos, uno de estilo más español y otro francés.

Porque, de hecho, Leo nos cuenta que Adobe Guadalupe fue una de las primeras vinícolas del valle de Guadalupe en salirse de la pauta de vinos de inspiración española, apostando por la escuela francesa. «Los vinos franceses son los que les gustaban a los dueños. Él ya murió, pero ella sigue viva, y está aquí, en la propiedad», explica Leo. Adobe Guadalupe es fruto de una concatenación de casualidades y desgracias en las que la Virgen de Guadalupe tiene un papel protagonista, y por eso el nombre de la bodega. Es un proyecto de envergadura media, más grande que Vena Cava que conocimos ayer pero mucho más pequeño que otros.

Las cazuelitas para taquear de Finca Altozano

Alargamos la visita a Adobe Guadalupe y Leo navega entre completísimas explicaciones enológicas con disertaciones sobre su vida personal. Entre recomendación y recomendación, divaga sobre el devenir de su relación con el crush de su adolescencia, con la que se ha juntado recientemente tras haberse separado y haber tenido hijos. Le animamos para que todo salga bien y, sobre todo, le agradecemos el acompañamiento con sus explicaciones. Apuntamos algunas vinícolas que nos recomienda y compramos un par de botellas de Adobe Guadalupe para llevarnos de vuelta a casa.

Es hora de almorzar y tenemos reserva en Finca Altozano, uno de los restaurantes con más fama del Valle de Guadalupe, regentado por el chef Javier Plasencia. Es un asador al aire libre muy acogedor, muy bien atendido y con una cocina muy notable. Pedimos varias cazuelitas para taquear y lo acompañamos con agua y con cerveza, para darle una pausa al vino, que seguiremos tomando más tarde. Porque por la tarde todavía tenemos dos visitas más apuntadas para acabar de completar la ruta.

Una nueva degustación en Vinos Pijoan

En el Valle de Guadalupe todo está cerca y el único obstáculo para llegar al próximo destino son las carreteras de tierra. Resulta curioso el contraste entre el paisaje semidesolado, de calles sin asfaltar y parcelas desocupadas, con la calidad y el nivel de muchos de los lugares que visitamos. No sabíamos qué esperar del Valle de Guadalupe, pero desde luego no era esto.

Es una mezcla de emprendimientos personales, muchas ganas por innovar de manera creativa, grandes negocios, un entorno de tonos marrones que luce menos en esta época del año, mucho postureo de los que lo visitan, precios excesivos y un margen de crecimiento todavía enorme. Vinos Pijoan, nuestra siguiente visita, es una bodega pequeña situada en un entorno muy rural y acogedor, que en el nombre lleva la estirpe de los pueblos catalanes. «El dueño era de padres catalanes», nos confirma el chico que nos atiende con cara de cansancio. «Justo estamos recogiendo, porque ayer se casó una de las hija del jefe», se justifica, y nos acepta la degustación si no nos tardamos más de una hora.

Asumimos el deadline y nos sentamos en la terraza, viendo los viñedos de frente y recibiendo tres de los vinos que tienen en la casa: un blanco y dos tintos. Los vinos son de calidad, muy en la línea de casi todo lo que hemos probado: ligeros, pasan fácil, no son exigentes. Le pedimos algo para picar, porque el almuerzo nos ha dejado con hambre, pero nos cuenta que solo ofrece botanas para maridar los vinos en fin de semana. Y hoy es viernes. Con lo que nos acabamos los vinos mientras vemos el atardecer y apuntamos hacia nuestra última parada del día.

Bloodlust, como sentirse en el bar de La Naranja Mecánica

Entre las propuestas enogastronómicas menos convencionales del Valle de Guadalupe seguramente Bloodlust se lleva el primer premio. La forma del edificio pretendía ser una gota de vino, porque la esencia del local es la de un wine bar sofisticado, pero el arquitecto equivocó sus diseños y acabó construyendo un bar con forma de ajo. De hecho, así se le conoce entre los habitantes de la zona y así es como uno lo identifica visualmente desde lo lejos.

Si el lugar es curioso por fuera, lo es todavía más por dentro. A uno, que siempre busca referencias cinéfilas con las que comparar lo nuevo, le recuerda al bar de La Naranja Mecánica al que Alex DeLarge iba a beber leche con sus drugos. El nombre, entre vampírico y satánico, tiene continuación en la atmósfera que se respira en su interior, en el rojo intenso de sus carteles luminosos, en los saludos sincronizados de las meseras que nos atienden, todas cortadas por el mismo patrón de estilo dark.

Pero lo cortés no quita lo valiente y lo cierto es que el lugar tiene un encanto extraño, está muy bien atendido por todas esas chicas que parecen salidas de un encuentro de música emo y tiene algunos platos muy sabrosos. Fuera hay una fogata encendida en la que se calientan algunos de los trabajadores, y nosotros nos unimos solo un minuto antes de tomar el camino de vuelta a nuestra cabaña colgada en el árbol. Valle de Guadalupe y sus contrastes locos, incoherentes y divertidísimos.

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