Buscar

El Parque Nacional de Plitvice, el pantone con todos los azules | Día 2

Madrugar por exigencia laboral no es lo mismo que madrugar por exigencia vacacional. Es bastante más placentero —creíamos— por venir la obligación autoimpuesta. Ayer nos acostábamos casi a las 02.00 h, birras e historias de Instagram mediante, y hoy tocaba despertarse a las 06.00 h. Era el día de conocer el Parque Nacional de Plitvice. El placer se ha evaporado por obra y gracia del esperado cansancio. Pero el madrugón ha valido mucho la pena, ha servido para reivindicarnos como los viajeros que no acostumbramos a ser, esos que son previsores y evitan las horas más concurridas.

El Parque Nacional de los Lagos de Plitvice es una enorme extensión que concentra lo mejor con lo que la naturaleza ha dotado a Croacia. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1979 y habitual de las tan manoseadas listas que catalogan ‘los lugares más bonitos del mundo’, como si fuera posible acaso hacer un inventario objetivo de todos ‘los lugares más bonitos del mundo’. En nuestra lista subjetiva de los sitios más bonitos que hemos visitado, os avanzamos que Plitvice tendría seguro cabida.

La única entrada disponible a Plitvice, a las 07.00 h

Desde nuestro alojamiento, la Guest House Ljubica, hasta la entrada principal al parque solo hay diez minutos caminando. Alojarnos tan cerca ha sido un acierto, nos ha evitado aparcamientos, colas, dolores de cabeza y algunas kunas croatas. También hemos ahorrado (¡casi 10 € por cabeza!) comprando la entrada de estudiante, que hubiéramos justificado con alguno de los carnets universitarios que todavía guardamos para ocasiones como esta. Los tickets los habíamos comprado online y solo había disponibilidad para la primera de la horas de entrada, las 07.00 h de la mañana. Por eso el madrugón.

Cuando hemos entrado en el parque solo unos pocos valientes madrugadores nos han acompañado en la exploración temprana del Parque Nacional de Plitvice. Las sombras todavía no le hacían justicia a los lagos y la época del año provoca que el caudal de las cascadas sea escaso. En cualquier caso, pronto nos hemos dado cuenta de lo especial que es este sitio.

Plitvice es un surtido de todo lo bello que tiene la naturaleza, un sistema de cascadas, lagos y manantiales, de senderos, caminos y bosques que se conectan y desconectan, que se encuentran y se superponen durante decenas de kilómetros. Es también el muestrario perfecto de todas las gamas del azul, a las que uno no sabe poner nombre pero sí distinguir. Todos los códigos de color de los pantone azules han sido sacados de aquí.

Un disfrute universal, para todos y en todos los idiomas

Sobrecoge tanta belleza y poderla compartir. En el parque hemos visto maravillarse a niños y mayores en todo tipo de idiomas, incluso a los perros, que son también bienvenidos. Uno lamenta —pero entiende— que esté prohibido el baño en ese agua transparente tan apetecible. Como con las autopistas, y con Modric, el parque habla muy bien de los croatas. Todo está perfectamente cuidado y la vulneración del orden natural es mínima: pasarelas minimalistas que le obligan a uno a vigilar mucho dónde pisa y apenas tres o cuatro puntos civilizados con algún restaurante, algún hotel y unos pocos bancos para descansar.

Hay varias rutas por el parque, para verle lo mejor en un par de horas o todo en casi diez. Nosotros hemos escogido la ruta intermedia, la de unas seis horas, que cubre todo el parque con la ayuda de un pequeño bote que navega el lago principal y un bus que acelera por lo ya visto. Ha sido la elección perfecta. Nos ha permitido verlo todo en el momento menos concurrido. Además, hemos disfrutado del parque con poca luz y muchas sombras, a primera hora, y con la luz del sol del mediodía resaltándole todos los colores. A esa hora, cuando nosotros ya acabábamos la visita, las pasarelas parecían las Ramblas de Barcelona. Qué bien haber madrugado.

El almuerzo, fuera del parque

Después de los lagos era hora de comer. Hemos vuelto a nuestro alojamiento, hemos cogido el coche y hemos conducido hasta las afueras del parque, a unos diez minutos, donde se encontraba un hotel de cuatro estrellas con su cuidado restaurante. Hemos comido muy rico, aunque un poco caro, pero la trucha y los ñoquis no será lo que recordemos de nuestro almuerzo en Plitvice. Porque hemos tenido la indeseada compañía de unas abejas a las que parecía que nuestro olor a sudor de caminata las enardecía.

Después de bailar con ellas —durante muchos minutos— para que no se posaran en nuestra comida y no nos picaran, hemos tenido que cambiarnos de mesa. Tras la comida, un poco de falsa inmersión cultural en la vida croata de verdad. Hemos comprado un par de cosas para cenar en un supermercado hecho a la conveniencia de los turistas que nos hospedamos en apartamentos y guesthouses. Ya habrá tiempo de buscar un supermercado, o mejor un mercado, que nos ayude a imaginar mejor la Croacia rutinaria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.