Como se acerca el final del viaje, y la vuelta a la estabilidad de planear futuros viajes, queríamos darnos un penúltimo homenaje: veintidós horas de tren de Da Nang a Ho Chi Minh para llegar a nuestra última parada en Vietnam. Después de Hoi An había varias paradas intermedias antes de acabar en el sur, en Ho Chi Minh, donde ya estamos. Pero ninguna nos convencía. Y por eso, aceleramos trámites, cerramos la fecha de vuelta para la próxima semana y decidimos saltar directamente hasta aquí.
Pero eso implicaba solucionar una disyuntiva siempre compleja. ¿Ahorro en tiempo o en dinero? Como el presupuesto está casi ahogado, nos decidimos por la opción barata; y también la incómoda. Volar nos habría llevado una hora y media, y 65 € por cabeza. Tomar el tren ha salido por 22 €, pero también veintidós horas. Un euro por cada una de las horas. Como abonar una entrada para un espectáculo de variedades vietnamita que nunca se acaba. Porque el viaje pudo ser largo, y a ratos incómodo, pero nunca aburrido.
‘La línea de la reunificación’, la vía que conecta todo Vietnam
La principal línea ferroviaria de Vietnam recorre el país de punta a punta, de Hanói a Ho Chi Minh. O viceversa. Cuando fue inaugurada la bautizaron como ‘La línea de la reunificación’, para conmemorar que Vietnam volvía a unirse después de estar partido en dos: el sur, auspiciado por los Estados Unidos, y el norte, comunista y aliado de la URSS. La enorme vía que recorre todo el largo del país es una eternidad de kilómetros, que transita todos sus paisajes y algunas de sus ciudades más importantes.
Si de punta a punta el trayecto no dura menos de 36 horas —y más en función del tipo de tren—, desde el centro que estábamos, en Da Nang, la distancia es de veintidós horas. Para hacer el paseo más entretenido desestimados las literas que ocupan muchos de los vagones —por caras— y reservamos dos asientos en la clase más económica, la que se llena de vietnamitas que empacan media vida para quién sabe qué. Quizás volver a casa, o visitar a un familiar, o irse de vacaciones.
Los primeros momentos del trayecto
La cosa empezaba con dudas. El número del asiento está detrás del mismo y eso genera confusión. No sabíamos si teníamos que sentarnos delante o detrás del número. Resultó ser delante. Por poco echamos de su asiento a una mujer que tenía a un bebé en brazos. El tren sale puntual a las 17.30 h y traquetea con insistencia. Se agita de lado a lado con desconsideración, como si estuviera dispuesto a descarrilar en cualquier momento.
La sensación de velocidad es una mentira: avanzamos cuarenta kilómetros en la primera hora. Hacemos paradas constantes y en cada una de ellas el tren se detiene un rato. Ahora es fácil entender por qué veintidós horas de viaje. El vagón va medio lleno de entrada, y se llenará conforme pasemos las estaciones. Al lado de cada asiento hay un colgador, donde los vietnamitas colocan su casco. La moto la llevan en el compartimento del equipaje. Porque sí, en los trenes de Vietnam se puede llevar la moto.
La familia que acampa a nuestro alrededor
Cuando llevamos cuatro horas de viaje, se baja la mitad de nuestro vagón, que se llena rápidamente de nuevo. Una familia de dos abuelas, un padre que grita los números de los asientos, un niño regordete y una niña que no se despega de su peluche acampa a nuestro alrededor. Una de las abuelas nos pide ayuda para que tiremos atrás su asiento, que resulta ser el de delante nuestro. Le ayudamos solo un poco, para que no nos invada del todo el espacio vital.
El padre mueve a la niña, y al peluche, de un lado a otro. Y vocea a una mujer que parece la suya. Los revisores se pasean ociosos, aburridos, sin nada en lo que ocupar su tiempo. Uno se sienta al lado de los pasajeros y revisa lo que consumen en sus móviles. Se acuerda de repente de que está trabajando y nos reparte unas mantas que no se han lavado en lustros. El aire acondicionado está en modo pingüino y no nos importa lo sucias que estén esas mantas, nos tapamos hasta las orejas.
Un upgrade de asientos en el tren de Da Nang a Ho Chi Minh
Un poco más tarde se arremolinan tres de los revisores a nuestro lado. Hablan entre ellos, como disputándose el marrón. Dos se van y el otro saca el móvil y escribe en el traductor de Google. La aplicación nos habla por él: “¿Queréis dormir?”. Le contestamos con señas que esos son nuestros asientos, y que en ellos tenemos pensado dormir. Con las manos hace un gesto de comprensión internacional: nos pide dinero a cambio de dos literas libres. Le decimos que no, que gracias. La propuesta lleva implícita una amenaza: no vais a dormir.
Pero estamos decididos a ello, aunque uno de nuestros asientos no se reclina. Entonces montamos un número de Óscar. Una hace de Yalitza y se pone a saltar encima de su asiento, empujando el respaldo, tratando de hacerlo ceder. La improvisación resulta. Una de las abuelas mira de ayudarnos, pero no. Llega uno de los revisores y comprueba que el asiento no se mueve. “¿Otros asientos?”, le decimos. Y nos lleva al otro extremo del vagón número tres.
Nuestra nueva amiga vietnamita, la pequeña Nou
Ahora vamos de frente y nuestros nuevos asientos sí se respaldan. Al lado nuestro va otra familia: padre, madre, dos abuelas, una adolescente y una niña de dos años. Antes de que apaguen las luces y todos nos durmamos, la niña nos simpatiza. Mofletuda y con el pelo cortito, viene, se esconde, se ríe, juega a pellizcarnos los pies. Dormimos bien. O todo lo bien que se pueda dormir en esas circunstancias.
Tras varias cabezadas intermitentes, a las 09.00 h ya nos damos por despiertos y volvemos a la realidad del ajetreo de nuestro vagón, de nuestro tren de Da Nang a Ho Chi Minh. Quedan seis horas de viaje y hay que matar el tiempo de alguna manera. Compartimos antídoto contra el aburrimiento con los vietnamitas: comer. Nou, que es como se llama la niña, nos roba un par de galletas. Pero nos da una mandarina a cambio. Sus padres compran en una de las paradas rambután, una fruta muy consumida en la región, una especie de uva muy rica. Nos ofrecen media docena y se los aceptamos. En la penúltima parada, a dos horas de llegar, Nou y su familia se bajan del tren y se despiden de nosotros.
Llegada a Ho Chi Minh para cenar la hamburguesa más top
Llegamos a Saigón, el nombre con el que los vietnamitas conocen a la ciudad de Ho Chi Minh. Las motos se adueñan de las carreteras. Es una locura de tráfico imposible. Un taxi nos acerca al hostal y no entendemos cómo solventa las rotondas. Ahí no hay carriles, ni normas, ni lógicas. Pero todo fluye. El taxista escucha música clásica, como si fuera su remedio contra la locura de fuera. Y lo es. Fuera es jauja, las motos se cruzan y se descruzan. Dentro es paz. Llegamos al hostal, aparcamos las mochilas, nos damos una ducha y salimos a cenar.
Por el camino nos topamos con un par de ratas y miles de motos. Pasamos de una calle a otra de milagro y encontramos nuestra recompensa en el Marcel Gourmet Burger: la mejor hamburguesa que hemos comido nunca. No era día de arroz ni de noodles vietnamitas, de eso ya habrá tiempo mañana. Habíamos leído que había una hamburguesería gourmet que le competía en calidad a cualquier hamburguesería top del mundo. Y ahí hemos tenido nuestra primera exquisita experiencia gastronómica en Saigón. Esperemos que no sea la última. Nos quedan dos días por delante, y muchas motos de las que sobrevivir.