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Chiringuitos vietnamitas playeros | Día 15

A cinco kilómetros de donde estamos alojados en Hoi An se encuentra una de las playas más concurridas del país, atestada de chiringuitos vietnamitas. Es parte del encanto del destino, de hecho: mezclar su coqueto centro histórico con una playa de primera división. Por eso tantos turistas vienen aquí. Porque les encanta tirarse en la arena por la mañana y pasear por las callecitas por la tarde. Hoi An ha sabido explotar todo su entorno como lo hacen los mejores destinos turísticos. Saben sacarle partido a su encanto natural para inventarse lugares de interés en los alrededores.

Hoi An, mucho más que su centro de cuento de hadas

Desde Hoi An se puede visitar la ciudad de Da Nang y sus monumentos desmedidos, un pequeño archipiélago cercano, unas ruinas, algún templo y la playa. Con todo, la ciudad resulta no ser tan pequeña como aparenta. Hay que venirse al menos tres días para ver todo lo que quiere venderte. El enésimo producto minuciosamente confeccionado por la industria del turismo. Eso sí, la materia prima es imprescindible para elaborar un producto así.

Por eso hay que reconocerle a Hoi An lo que es de Hoi An: una visita cargada de encanto y una parada imprescindible en la ruta por Vietnam. Para nosotros, alejados del tumulto pero siempre visitándolo, está siendo un fantástico impasse largo en esta recta final del viaje.

Un día en los chiringuitos vietnamitas

Aunque solo fuera por cumplir con el expediente, hoy tocaba visitar la playa de An Bang, la más grande de la zona. Es, también, la mejor acomodada para las necesidades del extranjero. Aquí hay hoteles de calidad, restaurantes, bares y tienditas. Ya en la arena, toda la playa está cubierta de chiringuitos vietnamitas con sus respectivas tumbonas. Con el sol pegando duro no queda otra que buscar cobijo en una de las sombrillas con sus correspondientes tumbonas.

No te cobran nada por ellas, pero se espera una consumición. Hemos aceptado el trato y nos hemos pedido una limonada y un coco. Los cocos resultan siempre tan playeros. Desde nuestra tumbona, a dos pasos del agua, veíamos cómo pasaban turistas extranjeros de un lado para otro. Los vietnamitas hoy no estaban; era laborable, y son fáciles de identificar: se cubren con toda la ropa del mundo, o con un paraguas, para que el sol no toque su piel.

Dilemas sobre tomar el sol, un poco de comer y un mucho de beber

Los vietnamitas son obsesos de la piel blanca hasta un punto desmedido. Resulta aparatoso el atuendo que gastan muchos cuando conducen sus motos: gafas, chubasquero, chaqueta, pantalón largo, mascarilla. Entran sudores fríos de verlo. Además, sus cremas solares son en realidad blanqueadoras, y tienen niveles de protección exagerados. Luego está la típica nórdica que se tuesta vuelta y vuelta al sol sin necesidad de sombrilla. Nuestra mañana playera daba para pocos baños. Si acaso uno rápido, para ver cómo está el agua.

Había bandera roja y el mar estaba demasiado agitado. A falta de baño, hemos decidido comer y beber, que para eso no importa el estado del mar. Hemos pedido dos cervezas y dos especialidades locales con marisco, que para eso estábamos en la playa. Nos han sentado de lujo, pero nos hemos ido corriendo. De lejos sonaban truenos que amenazaban con descargar. “Hasta mañana”, nos ha dicho la dueña del chiringuito. “Sí, quizás volvamos mañana. Todo estaba muy rico”, le hemos respondido. Ha sido una mentira a medias: la comida estaba muy rica, pero mañana no será día de playa.

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