Ayer nos acostábamos con el firme propósito de encontrar nuestro templo en Bagan entre los más de 2.000 que hay. No nos ha dado tiempo a soñarlo, porque a las 04.15 h volvía a sonar el despertador en nuestro hotel, el Look Myanmar Inn. Con gusto lo hubiéramos apagado y hubiéramos seguido durmiendo. A esa hora el aire acondicionado de la habitación ya acondicionaba y resultaba placentero tenerse que tapar. Los aires de Myanmar son los menos potentes del mundo. Por mucho que los pongas al mínimo de grados, ellos van a funcionar como si estuvieran en modo calefacción.
A la segunda alarma hemos saltado de la cama, sacando ánimos de lo más remoto de nuestra mochila viajera. En la ruta para ver amanecer volvíamos a tener dos planes. El primero, el de colarnos en la azotea de un templo en Bagan, nos ha vuelto a fallar. Así que hemos acudido al B, el más conservador: un montículo que tenía buenas referencias.
El montículo colonizado por los chinos
Al llegar hemos confirmado el pero de las reseñas leídas: está atestado de turistas chinos. Una veintena estaban en lo alto de esa pequeña colina levantada artificialmente, sacando fotos a destajo en todas las direcciones. Abajo había al menos una decena de coches de caballo, que los habían traído hasta allí como parte de su paquete turístico. Nuestra presencia les ha alterado un poco. Uno, tan chino como los que nos hacían selfis sin disimulo cuando estuvimos en su país, nos ha reclamado una foto.
Acabábamos de llegar a la colina apurados y no nos ha quedado otra que acceder. Hemos posado con nuestra mejor sonrisa matutina y hemos tratado de buscarnos un hueco. Lo hemos encontrado a medias. El montículo no era el enclave soñado, pero nos ha deparado unas vistas hermosas. A la izquierda se veía el río, tras un conjunto de templos. Por ese lado aparecía el sol, que trataba de zafarse de unas pocas nubes molestas. En todas las demás direcciones, templos. Algunos, más altos, destacaban por encima de la espesa vegetación.
Templo tras templo en Bagan antes del desayuno
Hemos empezado entonces nuestro segundo recorrido por la infinita colección de templos de Bagan. Al contrario que ayer, hoy hemos alquilado una sola moto, que hemos compartido. Así el temerario no dejaba atrás a la prudente. Mientras nosotros hemos madrugado para admirar y fotografiar Bagan, los birmanos lo han hecho para rezar. Tan pronto como a las 06.00 h, hora en la que empezábamos a tachar visitas de la lista de pendientes, había muchísimos locales que acudían a los mismos templos que nosotros. Llegaban, se postraban ante Buda, le rezaban algo y entonces, después de haber cumplido con la plegaria, le hacían la foto de rigor.
Como ayer, hoy también teníamos hora límite de la primera parte de la jornada de recorrido: las 10.00 h, que es cuando se acaba el desayuno en nuestro hotel. Hemos vuelto a comer shakshuka, una receta de Oriente Medio que el alojamiento ha hecho suya. Y está buenísimo. Dos huevos fritos con un sofrito de tomate, cebolla y vino. Un poco de café, un poco de arroz, unas tostadas con mantequilla, un par de vasos de zumo, una salchicha y ya estábamos listos para la ducha y la siesta.
Nuestra pequeña amiga birmana
Puede que después de Bagan nuestro organismo se sienta alterado. Le hemos cambiado los biorritmos y los tempos. Madrugón, desayuno tardío, siesta hasta las 15.00 h. En cualquier caso, la ocasión lo merece y el cuerpo, tan sabio, nos lo sabrá perdonar.
En la segunda parte del día hemos continuado buscando templos. En uno de ellos, uno de los importantes, nos hemos hecho amigos de una pequeña birmana de once años que se las sabía todas. Su inglés impecable le valía para vacilarnos. Nos ha intentado vender postales, se ha ofrecido como guía para llevarnos a un templo a ver el atardecer, nos ha asegurado que era una fantástica fotógrafa —“¿os hago una foto de los dos?”, insistía—, nos ha ofrecido cambiar dos dólares que tenía por kyats. Un par de amigas la seguían, intentando aprender de sus maneras de adorable embaucadora.
Le hemos desestimado todas las ofertas pero nos hemos caído bien. Ella, listísima, sabía que no le íbamos a comprar nada. Pero pese a todo nos ha acompañado a darle la vuelta al templo. Así, hemos conocido dónde vive, y le hemos explicado dónde vivimos nosotros, y nos ha contado que está de vacaciones del colegio “por tres meses”, y que por eso estaba ahí en el templo vendiendo postales.
Un nuevo templo en Bagan para ver el atardecer
Hemos dejado a nuestra joven amiga atrás convencidos de que la vida le va a sonreír. Era momento de confirmar que habíamos encontrado nuestro templo para ver el atardecer. Antes, por la mañana, siguiendo las indicaciones de la aplicación maps.me, nos hemos felicitado cuando hemos podido acceder a lo alto de un templo en Bagan. No había puertas ni ramas con espinas.
A eso de las 17.00 h, con una hora por delante para ver el atardecer, hemos llegado, hemos aparcado lejos nuestra moto y hemos tratado de llegar de nuevo al templo con discreción. No había nadie vigilando ni importunando, así que hemos subido, por las escaleras interiores, hasta lo alto. La vista era fantástica. Lástima que no sea época de globos aerostáticos, que es cuando Bagan luce en su plenitud, porque desde ese spot las fotos habrían sido de postal. Una vez en la azotea del templo, había que darle la vuelta para encarar el atardecer. La cosa no era sencilla y había que agarrarse bien si no queríamos tener un percance. Lo hemos conseguido.
Pero nuestra discreción tenía sus límites: los ojos ajenos. A lo lejos hemos visto acercarse una moto de dos turistas más, que nos han avistado como los hacedores de su momento en Bagan. Eran malagueños. Cuando se han subido nos han pedido perdón por molestarnos, en un inglés muy andaluz. La respuesta, en un inglés muy catalán, les ha confirmado nuestra condición de compatriotas.
El templo nómada de Bagan
A los diez minutos ha llegado un tipo en una bici. Un birmano hastiado que se las hacía de guardián del templo. Nos ha indicado que teníamos que bajar. Le hemos preguntado que por qué. Su inglés no daba para más que para insistir: “Down, down” (“Abajo, abajo”). Los malagueños se han rajao’ y han bajado. Han tratado de hablar con él, pero el lenguaje de los signos era claro: estaba prohibido ascender a los templos. Nosotros, en cambio, nos hemos hecho los remolones. Casi los insumisos. Le hemos dicho que sí, que ahora bajábamos. El hombre ha encontrado una frase en inglés en su limitadísimo catálogo que nos ha dado un poco de tregua: “Five minutes” (“Cinco minutos”). Nosotros, claramente, hemos convertido esos cinco minutos en diez.
Al final, cuando el sol empezaba a enrojecerse a lo lejos y las nubes se tornaban rosa, cuando el cuadro era más espectacular, hemos decidido someternos a la autoridad. Ha sido un atardecer interruptus en toda regla. Pese a todo, ha valido la pena. Habíamos encontrado nuestro templo en Bagan. Como no hemos sabido descifrarle el nombre, lo hemos bautizado: el templo nómada.
Micheladas para la cena y problemas con la moto
Para celebrar la conquista hemos ido a cenar al que seguramente es el único sitio del país que sirve micheladas, el Weather’s Spoon Bar and Restaurant. No era como esas micheladas que tanto disfrutábamos en Tepic, pero ha valido para quitarnos un poco el antojo. Después de nuestra cena tocaba volver a casa, dejando antes la motillo, que tan bien se había portado hasta entonces. El problema es que estábamos lejos, a una media hora, y era ya de noche.
Al principio la moto ha respondido bien a nuestra prisa. Había que llegar rápido porque la agencia donde la alquilábamos iba a cerrar en cualquier momento. Pero conforme avanzábamos y las cuestas se sucedían nuestra compañera de viaje ha empezado a quejarse. Primero, mostrando que su nivel de batería estaba bajo mínimos. Y luego, directamente parándose. La imagen era dramática. Los dos en medio de una carretera sin luces, sin que pasaran apenas coches, tratando de empujar la moto. Cuando el terreno se inclinaba hacia abajo entonces parecía recuperarse. Pero era un espejismo.
Al final hemos decidido que podíamos prescindir de las luces, primero, y ya desesperados, después, hemos decidido prescindir también de uno de los pasajeros. Así, uno avanzaría con la moto a duras penas, a menos de diez por hora, y el otro correría detrás. Nos ha tocado seguir esta estrategia al menos un par de kilómetros, pero lo hemos conseguido: hemos llegado. “¿Queréis moto para mañana?”, nos ha preguntado la dueña de la agencia. Como nuestro bus hacia el siguiente destino en Myanmar sale tarde, no se nos ocurre mejor plan para pasar el día. “Sí, por favor, necesitamos moto para mañana”.