Para que el aislamiento solo fuera relativo, para que siguiéramos sintiéndonos ciudadanos del mundo en el centro de Ubud, hoy hemos alquilado dos bicis. Es la segunda vez en el viaje que lo hacemos, las dos en Bali. Seguimos frustrados por nuestra incapacidad para conducir en moto. De hecho, ese va a ser nuestro propósito de vuelta a casa: aprender a ir en moto. Para cuando nos toque volver a Bali, claro. Pero hoy, de momento, íbamos a necesitar una bici para llegar a Ubud.
Hemos desayunado en la habitación en nuestro idílico retiro, el DLobong Suite, asombrados de que puedan existir paisajes tan bonitos. La parte mexicana de Cultura Nómada, que a veces es una valiente, incluso se ha despertado para ver un amanecer de película. El sol aparecía tímido al fondo, iluminando a uno de los volcanes de la isla, que se erigía justo por detrás del verde de los árboles y los campos de arroz. La imagen ha sido tan bonita que mañana repetirá, y está tratando de convencer a la otra mitad del equipo para que la acompañe. Y eso que ella no es precisamente diurna.
El Tour de Bali, llegando en bici a Ubud
Desandar el camino que ayer padecimos ha sido como alimentar el recuerdo de una pesadilla que quieres olvidar. No sabíamos lo que nos esperaba por la tarde. El camino hasta Ubud desde aquí no es sencillo. Son solo dos kilómetros, pero la carretera es estrecha, los coches y las motos te rebasan constantemente y los sube y baja son tan constantes, y tan pronunciados, que mantenerse pedaleando todo el rato es un imposible. Por eso, cada tanto teníamos que bajarnos para superar una cuesta a pie. Ya en Ubud el tráfico se veía distinto: éramos parte de él.
Desde la carretera se veían las mismas caras de siempre: yoguis, modernos, instagramers… La comunidad de ciudadanos de Ubud la componen, en su mayoría, veinte-treintañeros retirados de su Occidente natal e inmigrados a un simulado paraíso del encuentro entre culturas. Ubud brilla con sus homestays balinesas y sus restaurantes healthy-veganos. Para recomponernos del cansancio nos hemos sentado un rato en uno de estos últimos a tomar unos zumos. Qué buenos están los zumos de Indonesia.
La riquísima comida balinesa
Aprovechando que teníamos la bici, hemos querido alejarnos un poco de las calles principales de Ubud para buscar dónde comer. Lo fantástico de esta ciudad es que en cinco minutos parece que has entrado en otra dimensión. Por una callecita, en la que hemos tenido que apearnos de la bici para pasar, hemos encarado una especie de paseo hasta dar, unos pocos de cientos de metros después, a un horizonte de 360 grados de campos de arroz.
Estábamos al lado de la Ubud del tráfico y el ajetreo, pero sin embargo aquí se oía cómo los arroces chocaban entre ellos mecidos por el viento. Hemos llegado a nuestro destino, el Sweet Orange Warung: un restaurante que sirve comida local vegetariana. Todo estaba muy rico y, de nuevo, los zumos eran excelentes. Como las vistas: arrozales hacia todos los lados. Los chicos del restaurante nos han ayudado a solventar el primer percance de nuestros medios de transporte, colocando en su sitio la cadena que se había salido de una de las bicis.
Se confirma: ese es el camino maldito
Con el estómago lleno nos hemos aprovisionado en el supermercado Coco, el supermercado de cabecera de Cultura Nómada en Ubud —un sitio frecuentado por yoguis, modernos e instagramers— para llenar también el estómago por la noche. Y desde ahí hemos encarado la vuelta a nuestro remoto e idílico retiro. Pero cuando iniciábamos la carretera que ayer caminamos con las mochilas, la otra bici ha dicho basta. Se le ha salido la cadena y no ha habido manera de arreglarla.
Momento déjà vu: nos hemos visto obligados a caminar dos kilómetros, de cuestas y pendientes, con la bici al lado. El camino maldito nos quería decir algo ayer y hoy ha vuelto a insistir: nómadas, en el fondo sois unos cosmopolitas, debíais seguir alojados en el centro de Ubud.