Érase una vez la mayor de las odiseas jamás contadas, la odisea para llegar de Darjeeling a Katmandú. Bueno, tampoco nos vamos a poner tan amarillistas. Porque al final no nos va a creer nadie, va a parecer que todos nuestros trayectos están llenos de épica. Pero nos gusta alimentar nuestra leyenda de depredadores de trayectos memorables, dignos de recordar porque, justamente, ya han quedado en la memoria. Y es tan divertido explicarlos, o escribirlos, una vez han quedado esbozados a recuerdos. Pero, sin embargo, tan poco divertido padecerlos durante tantísimas horas.
Llegada a Nepal tras casi cuarenta días en la India
Empecemos por el final: estamos en Katmandú, en Nepal. Nos hemos cambiado de país; el segundo de los muchos que vamos a conocer durante este viaje. Después de casi cuarenta días en la India, que merecen un balance en frío —aunque en caliente podemos decir que nos ha generado constantemente sensaciones encontradas—, era momento de un cambio.
En nuestro itinerario previo al viaje teníamos marcado Nepal como el segundo de los países a visitar. Básicamente por lo conveniente del desplazamiento desde el país que lo precede en el viaje. En cualquier caso, escogimos mal la frontera por la que entrar a Nepal desde la India. La mayoría recomiendan alguno de los pasos fronterizos del sur, a los que se puede llegar más o menos fácil desde Delhi o Varanasi. A nosotros, por acomodación de la ruta de la India, la frontera que nos quedaba más cerca es la situada al este de Nepal: la que va de Darjeeling a Katmandú.
El centro de Nepal concentra los lugares de interés
Hay que imaginarse Nepal con una concentración muy evidente de los lugares de interés turístico en el centro del país, dejando los dos costados solo para los que se atreven a explorar lo inexplorado. Esto puede que se deba a lo poco desarrollado de sus infraestructuras, porque es sencillo adivinar desde la ventana del bus que en Nepal no hay un lugar feo. La naturaleza, las montañas y el verde intenso son imponentes desde que se entra al país, con independencia de por dónde se entre.
Katmandú, la capital nepalí, está llena de turistas, y uno no acaba de entender el porqué del pésimo estado de las carreteras del país. En 2015, un terremoto devastó parte del país. No sabemos en cuánto afectó al transporte, pero esto parece que es algo que viene de lejos y que demanda de una pronta mejora, como hemos comprobado en nuestro trayecto de Darjeeling a Katmandú.
La primera etapa, de Darjeeling a Siliguri
El día de ayer comenzaba todavía en la India, a las 06.30 h de la mañana. A esa hora salimos del hotel Revolver, ambientado con motivos de los Beatles, para buscar un coche que nos llevara hasta Siliguri. El larguísimo viaje de Darjeeling a Katmandú empezaba con el mismo trayecto, pero a la inversa, que hicimos para llegar a Darjeeling.
Esta vez el jeep ocupó las diez plazas que pone a su disposición, no como en el camino de ida. A saber: dos al lado del conductor, cuatro en los asientos de atrás y cuatro más en la zona que de normal ocupa el maletero. Las maletas, mochilas y demás equipaje se ponen en la baca. Del frío intenso de las montañas de Darjeeling pasamos al calor asfixiante de las tierras planas de la India. Ya habíamos empezado a entrar en calor, eso sí, apretaditos a nuestros compañeros de jeep. Estábamos en la India de siempre. Además del calor, volvía el ruido y el barullo.
De Siliguri a Panitanki, la ciudad india fronteriza con Nepal
Una vez en Siliguri buscamos un bus —hay muchísimos— que se dirigiera hasta Panitanki, la ciudad india que hace frontera con Nepal. Nos apeamos después de casi una hora de trayecto (vamos sumando, van cuatro en total) y empezamos a caminar en dirección al puesto fronterizo: “Nepal, Nepal”, tratan de convencerte los conductores de tuk tuk para que no camines diez minutos de más. “Nepal, Nepal”, con la tónica en la ‘e’. Resulta curioso ver cómo nos equivocamos pronunciando la topografía, y cómo te esmeras en corregir la equivocación una vez conoces la manera correcta.
Panitanki es un lugar en el que no quieres pasar más tiempo del indispensable. Es polvoriento, confuso y feo. Lo transitamos todo lo rápido que podemos y, de repente, unos guardias nos advierten de la ubicación del puesto fronterizo indio. Antes de poder entrar a Nepal, hay que salir de la India. Se nota que la de Panitanki es una frontera de uso local, para nepalíes e indios, que no necesitan de burocracia ni papeleos para ir de un lado a otro.
Trámites migratorios: la salida de India y la entrada a Nepal
En el puesto de inmigración solo trabajan dos oficiales y no esperan visita. Los sorprendemos junto a un hombre de Bangladesh que viene haciendo el trayecto contrario. “Pronto voy a ir a España”, nos explica cuando le decimos de dónde venimos, casi como si pidiera un deseo. Entonces, casi se ofende cuando le enumeramos la lista de países que vamos a visitar durante el viaje: “¿Y Bangladesh?”. Bueno, verás, queríamos ir, pero es que al final… Y es verdad, estaba en nuestros planes primeros; pero como cuando haces la lista para los reyes magos: hay que priorizar. Nos da una tarjeta de visita y nos dice que seremos bienvenidos si nos replanteamos pasar por su país. “Lo pensaremos”, le mentimos piadosamente.
Pasado el trámite del lado indio, hay que cruzar un enorme puente que queda justo en medio de los dos países. A lo lejos se ven casitas bajas, mucho más sencillas, cuidadas con mucho más cariño. Los guardias nepalíes son todo sonrisas y colaboración. Rellenamos una hoja, pagamos 25 $ por cabeza y nos expiden, sin más ruegos ni preguntas, un visado de quince días. Justo el número de días que tenemos planeado pasar aquí. Ya hemos superado el cruce de frontera en nuestra odisea de Darjeeling a Katmandú, pero queda lo mejor.
Esperando bus en Kakarbhitta, la primera ciudad de Nepal
Al salir nos caza un chico de una agencia, que sabe que somos extranjeros y que vamos a Katmandú. Porque todos los extranjeros que entran al país por aquí van a Katmandú. Habla inglés con soltura, nos hace dos bromas en español y, sin saber cómo, estamos sentados en su oficina. Le decimos que le compraremos los billetes a él cuando veamos el bus. Acepta y nos emplaza a volver más tarde, porque el bus no sale hasta las 16.00 h. Son las 14.00 h (siete horas desde que hemos salido de Darjeeling) y decidimos alimentarnos un poco.
Kakarbhitta es el nombre de la ciudad fronteriza del lado de Nepal. Un lugar pendenciero y desolador, donde podrían celebrarse duelos de pistoleros al sol. Comemos un sándwich y cambiamos la denominación de las rupias: de indias a nepalíes. Consumimos un poco de internet y volvemos a la agencia. El chico nos cuenta que el bus ya está aquí, y vamos a verlo. Da el pego, parece estar en buen estado. “El mejor de la ciudad”, repite. Y se corrige: “De hecho, el mejor del país”.
Le pagamos los billetes y metemos las mochilas en el portaequipajes más mugriento de la historia. El polvo que se ha acumulado en las mochilas había traspasado hasta la ropa que tenemos dentro. Salimos puntuales a las 16.00 h (nueve horas desde la salida de Darjeeling en la mañana). Tenemos un poco de miedo con el bus, porque todo lo que hemos leído sobre él nos invitaba a no tomarlo: carreteras bacheadas, mareos, vómitos.
Primeros compases del bus de Kakarbhitta a Katmandú
Los primeros minutos de (este) trayecto son plácidos. Sigue nuestra yincana de transportes para llegar de Darjeeling a Katmandú. El aire acondicionado funciona bien y los amortiguadores del autobús hacen su función. Los baches son saltitos de cama elástica. Detrás de nosotros se sientan dos chicos estadounidenses a los que les toca al lado el personaje del primer tramo de trayecto: un hombre sesentón, con barba y un gorrito, con una bata blanca, que no paraba de preguntar. Y lo hacía sin saber hablar inglés. De repente, al no entender las respuestas, se cambia de sitio.
A los dos minutos se vuelve a cambiar. En estas aparece, detrás, con los estadounidenses, un nepalí que vive en Dubái y habla un inglés muy fluido. Entablan conversación los tres y el hombre sesentón se gira, mirando con interés, asintiendo a todo, pidiéndole al chico que vive en Dubái que le traduzca. Al rato nos revisan los billetes y el sesentón explica que no tiene billete. Le ofrece dinero al revisor pero se lo rechaza. Parece un intocable, el sesentón. Al final se acaba bajando en un lugar en medio de la nada.
Los paisajes en el exterior y los vendedores en el interior
Todavía no se ha hecho de noche y el paisaje es precioso, verdísimo, con campos de cultivos aquí y allá, con montañas que se alzan muy a lo lejos, con pueblitos de casas bajas desperdigados a lo largo de la carretera. Nuestros compañeros de viaje de delante deciden que es hora de acomodarse, y tiran el asiento hacia atrás todo lo que pueden. Siempre nos tocan los cómodos delante, parece que los pidiéramos. Lo que nos reparten sin pedir es una botella de agua por cabeza y unas bolsitas negras.
“Mejor coged un par, por si acaso”, le dice el chico que trabaja en Dubái a los estadounidenses. El por si acaso es equivalente a por si no te puedes aguantar las ganas de vomitar. Se han reportado casos de buses haciendo el mismo trayecto que han acabado bañados en vómito. Sabiéndolo, nos decidimos a no ingerir más alimentos hasta llegar a Katmandú. El resto del pasaje no parece haber sido advertido. Entran varios vendedores ambulantes con pollo frito, pepinos, frutas y se van de vacío. El vómito, de haberlo, será multicolor.
El choque con una moto, un pequeño (gran) contratiempo
El bus para constantemente, cada diez minutos. Así es sencillo entender cómo vamos a tardar quince horas en hacer el trayecto. La mayoría de las paradas son puntos de control rutinarios de la policía nepalí. A las tres horas nos detenemos, de nuevo, pero esta vez todo el mundo se baja. Intuimos que es parada para refrigerios y baño. Nos bajamos. Toda la gente del bus se arremolina en la parte trasera del bus, formando un aquelarre al que no sabemos si estamos invitados. Encienden las luces de sus móviles y apuntan al bus. Al parecer, hemos chocado con una moto.
No nos podríamos haber enterado nunca. Entre los baches y el altísimo volumen de la música —nepalí— del autobús es complicado saber qué pasa fuera. Es complicado entender lo que sucede. Se forman varias conversaciones paralelas, se componen escenas distintas en las que es imposible adivinar qué se dilucida. Parece una película de Berlanga.
Seguimos tratando de intuir lo que pasa. Al parecer estamos en una especie de estación de policía, donde se está dirimiendo la resolución del choque. Aparece el motorista y arregla el parte aceptando un billete de uno de los responsables del autobús. Pero seguimos ahí media hora más, hasta que los policías han aceptado las explicaciones de todas las partes y nos dejan marchar.
La tortuosa banda sonora del viaje y los baches
Un poco antes de partir el chico que trabaja en Dubái ha tenido que buscarse un transporte alternativo: “Tengo un vuelo desde el aeropuerto de Katmandú a las 09.00 h”. El bus, en teoría, sin incidentes de por medio, debía llegar a las 07.30. Era muy optimista de su parte, siendo nepalí y conociendo sus carreteras, pensar que no habría incidentes. De vuelta en el autobús apagan la música. “Bien”, decimos los cuatro al unísono, los dos estadounidenses y nosotros. Pero el bien iba a ser mal. Han decidido poner la tele y pasarnos vídeos musicales. Ahora ya no solo escuchamos música nepalí, sino también la vemos. No se nos ocurre una tortura mejor conseguida.
El traqueteo del autobús va en aumento. Los baches nos hacen saltar del asiento y rozar el techo. No es una exageración. Es como estar en una montaña rusa durante más de veinte horas. Más adelante, por la noche, transitamos carreteras que a los baches le suman curvas, rampas y otra suerte de accidentes del asfalto ideales para pasar una hermosa noche en vela. Las carreteras están en pésimo estado: resquebrajadas, abiertas, a ratos sin asfalto. Encima, muchas cierran por estar inhabilitadas en ciertos momentos del año. Eso implica que para llegar a Katmandú no tomamos ninguna de las tres rutas que parecen más rápidas. Damos una vuelta enorme que nos hace pasar la capital para volver a encararla desde el otro lado del país.
Tras la cena y la visita al baño, momento de dormir
A las 23.30 h, después de haber tomado el bus hacía más de siete horas y casi dieciséis horas después de salir de Darjeeling, paramos en un comedero en el que todos los nepalíes deciden sentarse a cenar. Nosotros visitamos el baño por imperativo corporal, tratando de taparnos los ojos y la nariz, y nos volvemos a subir al bus. Es momento de intentar dormir.
Lo conseguimos mientras los baches no nos despegan de los asientos y nos hacen chocar las cabezas. O sea, dormimos veinte minutos. Despunta el sol y creemos que ya se acerca el final. Qué equivocados. El bus debía llegar, según el horario previsto, a las 07.30 h de la mañana. A las 09.00 h estamos haciendo la parada del desayuno. Google Maps asegura que nos quedan veinticinco kilómetros. Esto era lo que esperábamos de nuestro viaje de Darjeeling a Katmandú, pero multiplicado por tres.
El tramo final, la agonía que cierra el trayecto de Darjeeling a Katmandú
El conductor del autobús ha sido un suicida. Adelantaba a ciegas en curvas exageradas y aceleraba en pendientes que te ponían los pies de punta. Era mejor mirar hacia otro lado o cerrar los ojos. Era momento de encomendarse, esta vez, al dios budista de los viajeros. Y pese a todo, íbamos con más de una hora de retraso. El final ha sido desesperante. Nos hemos pasado cuatro horas y media en la ladera de una montaña avanzando a menos de un quilómetro por hora. El embotellamiento era digno de la ciudad más grande y con más tráfico jamás inventada. Pero Katmandú tiene un millón de habitantes.
Además, como han estado haciendo toda la noche, siguen encendiendo y apagando el aire a su antojo, sin un criterio claro. No hay punto medio: o te congelas o te sientes en una sauna. Después de las cuatro horas más eternas que uno pueda imaginar, hemos llegado a Katmandú, a la que casi por obligación le habíamos cogido manía desde hacía rato. Resultado final: viaje de Darjeeling a Katmandú 5-0 Cultura Nómada. No habrá partido de vuelta porque nos hemos retirado de la eliminatoria. Jamás de los jamases volveremos a tomar esta ruta, de Darjeeling a Katmandú, en ninguna de sus direcciones. Total: veintidós horas en bus y veintinueve desde que saliéramos de Darjeeling. Es hora de dormir.