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Conociendo a la abuela de Asma en Ramkot | Día 11

Bandipur es encantadoramente remoto, el típico pueblecito en medio de la nada que nos encanta visitar para confirmarnos que somos irremediablemente urbanitas. No está mal, ni que sea a veces, cambiar la luz de las farolas por la de las estrellas; y el ruido de los coches por el de los grillos. En los lugares que visitamos buscamos eso: contrastar sus maneras de vivir. Y uno se da cuenta que la gente de ciudad lo es en todas partes de una manera más o menos parecida; y la de pueblo, igual. Por si Bandipur no nos hubiera parecido suficientemente remoto, alejado a media hora en bus de la carretera más cercana, hoy hemos querido conocer Ramkot, un pueblito de un par de decenas de casas al que se tiene que llegar —desde Bandipur— por un sendero contorneado en las laderas de las montañas.

El trekking de Bandipur a Ramkot

El camino, a tenor de lo que habíamos leído, tenía que ser un apacible paseo de dos horas de ida y otras dos horas de vuelta. Como hacer una excursión por las montañas nepalíes parecía un plan mejor que caminar la única calle de Bandipur arriba y abajo todo el día, nos hemos lanzado a la aventura. El terreno pronto ha pasado de asfalto a tierra. Nada grave. Luego hemos ascendido un par de colinas exigentes y las hemos bajado. “Vaya, quizás es un poco más duro de lo que se comentaba”, nos hemos dicho. Y lo era, sobre todo a la vuelta. No es una caminata solo apta para expertos, porque es cierto que está al alcance de cualquiera con forma física aceptable, pero hay que prepararse mentalmente para ella.

De ida nos han pasado dos turistas sesentones, hemos pasado a una pareja francesa jubilada y hemos llegado a la par con un matrimonio de cincuentones expertos en esto del senderismo —a tenor de lo bien vestidos y equipados que iban para la ocasión—. De vuelta nos ha pasado un chico alemán de veintitantos y nos hemos cruzado con una pareja de franceses de nuestra edad, aproximadamente.

Compartiendo el camino con turistas y con locales

También a la vuelta nos hemos vuelta a encontrar con los franceses jubilados. “Hemos pedido un jeep para la vuelta, ya no podemos más”, nos han explicado. “Si queréis compartimos el viaje”, nos han dicho. Hemos declinado la oferta por amor propio: teníamos que acabar lo que habíamos empezado. También hemos coincidido con muchos locales, que parecía que hacían la ruta a diario. Los había con rebaños de cabras, cargando arbustos o simplemente paseando. Todos nos saludaban a golpe de “Namaste” y muchos trataban de entablar conversación de manera infructuosa. Al final nos entendíamos señalando hacia un lado y diciendo “Bandipur” y luego hacia el otro para confirmar que veníamos de “Ramkot”. Sonrisas mutuas y despedidas.

La ida ha sido llevadera, pero la vuelta se ha hecho dura. Las nubes han destapado al sol y el terreno cada vez parecía más empinado. Parábamos en cada árbol al cobijo de su sombra y nos hemos declarado inexpertos, meros principiantes, en la realización de trekkings: no nos hemos puesto crema solar, no llevábamos gafas ni gorro, nuestro outfit de instagramers no era el más adecuado para patear las montañas y el medio litro de agua que llevábamos se ha demostrado insuficiente cuando ha acabado convertido en caldo. Pese a todo, somos de cumplir con nuestro propósito y, como no podía ser de otra manera, hemos conseguido acabar el recorrido. La motivación para llegar a Bandipur de vuelta no podía ser otra que la comida. Y nos han sentado tan bien los momos y la carne que nos hemos comido, y los dos litros de agua que nos hemos bebido. Estábamos listos para hacer el segundo trekking del día, el que nos ha llevado hasta la ducha y después a la cama.

Conociendo a la abuela de Asma

La excursión hasta Ramkot, quitando la dureza de la caminata, ha sido una experiencia para recordar. Primero, por los hermosos paisajes que hemos tenido la suerte de conocer. Desde esa ladera de la montaña se ve todo lo que queda al otro lado, en el valle, debajo: algunas casitas, vegetación en su estado menos perturbado y perfectas terrazas de cultivos que lucen preciosas a la vista del ojo, y de la cámara.

Pero el día ha sido especialmente bonito por haber tenido la suerte de conocer a Asma, a su familia y sobre todo a su abuela. En Ramkot, cuando ya estábamos decididos a encarar el camino de vuelta, una mujer mayor se ha dirigido a nosotros. Estaba sentada sobre sus piernas, en una posición incomodísima para alguien que no la practica a diario. Tenía la cara arrugada, los ojos minúsculos, el pelo gris y desaliñado y un desparpajo que la reivindica como la más molona del pueblo.

Nos ha invitado a sentarnos con ella en la terrazita de su casa, junto a otras seis mujeres que estaban colocadas a su alrededor. Las casas de Ramkot, como las de toda esta zona del país, son muy pequeñas, de plantas muy bajas y puertas menudas. Están hechas para los habitantes de la zona, todos tan bajitos, capaces de entrar por esas puertas minúsculas.

Compartiendo tertulia con las mujeres nepalíes

La mujer nos ha saludado y nos ha insistido en que nos sentáramos. Las sonrisas y los gestos servían de lenguaje improvisado, pero nada como una traductora para que nos entendiéramos. Entonces ha llamado a Asma, su nieta, que estaba en el interior de la casa. Nos ha contado Asma que ella vive en realidad en la ciudad, pero que estaba en el pueblo de vacaciones, porque en la escuela no se estudia durante la época de final de año. Su inglés era perfecto: “Sí, lo estudio en la escuela”.

Tiene catorce años pero parece mayor. Solo cuando se incomoda se nota que no es más que una adolescente. “No, no tengo novio”, nos ha contestado, para explicarnos luego que en realidad las cosas en su etnia no van de novios y novias. “El chico tiene que venir a casa de la chica y pedir permiso a sus padres para que podamos salir juntos”, nos ha contado.

Asma, su abuela y todas las demás mujeres —que no hemos acabado de identificar qué parentesco las unía— eran magar, una de las etnias principales de la zona central del país. Los magar de Ramkot viven de la agricultura y la ganadería. “Tenemos electricidad, pero no hay internet”, nos decía Asma, que confesaba que cuando estaba de vacaciones no tenía manera de chatear con sus amigos del colegio.

Asma, como nosotros: urbanitas que disfrutan del pueblo

La abuela no dejaba de mirarnos y de tocarnos. Sonreía y le decía a su nieta que le tradujera su pregunta. Asma se reía y decía como que no, que le daba apuro preguntarnos eso. Y entonces todas se reían y nosotros nos reíamos. Hemos estado casi una hora sentados en la terraza de la abuela de Asma. “A ella le gusta estar en el pueblo, pero viene a visitarnos a la ciudad una vez al mes”, nos explicaba Asma sobre su abuela. Cuando veía que le hacíamos fotos tomaba la cámara y aprobaba el encuadre: “Nice”. Y todos se reían. Entonces ha cogido un paquete de tabaco y se ha encendido un cigarrillo.

A Ramkot llegan turistas todos los días desde Bandipur, o sea que tampoco éramos tan extraordinarios. Pero a la abuela de Asma le ha gustado cómo se movía la mexicana y nos ha querido acoger un rato. “Dice que eres muy guapa”, traducía Asma a su abuela. Se han interesado por nuestro viaje y lo que hemos visto en Nepal. Los magar, de hecho, tienen una lengua propia y el nepalí no lo controlan necesariamente. Les hemos explicado que nos sorprendía lo bajitas que eran las casas y que en Nepal nos habíamos sentido muy bien recibidos.

Asma nos ha contado que le gusta venir al pueblo de vez en cuando, para no descuidar sus raíces y, sobre todo, para estar con su abuela. “Hace poco estuve en la India también, y algún día me gustaría ir a Europa”, nos decía, como soñando en voz alta. Al final no éramos tan distintos, Asma y nosotros nos parecíamos: urbanitas a los que les gusta confirmar su condición en el pueblo.

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