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Calcuta de contrastes | Día 32

Para llegar a nuestro hotel de Calcuta, una ciudad de contrastes constantes, no hay que subirse en un taxi, tampoco en tuk tuk; hay que montarse en una máquina del tiempo. El Sunflower Guesthouse —que no tiene nada de girasol, y menos de guesthouse— es el hotel que sale en las películas americanas de los años 50 rodadas en Nueva York. Tiene una entrada amplísima, dos escaleras a cada uno de los lados y en medio un ascensor con ascensorista, en el que dos rejas hacen de puertas. Presionas el botón del piso —lo presiona el ascensorista, de hecho— y llegas a la tercera planta, donde está la recepción: una salita con ocho sillones, una mesa en medio y una televisión de tubo catódico más vieja que nosotros dividida en cuatro partes en la que se puede visionar lo que pasa en cuatro de las zonas del hotel.

El recepcionista encargado, que perfectamente pudiera ser el dueño, nos pregunta por la diferencia entre el castellano de España y el de México. “Cambia el guay por padre y ya lo tienes”, bromeamos. No nos entiende la broma, y le explicamos que el acento y el vocabulario son un poco distintos, pero que en esencia nos entendemos —la mayoría de ocasiones— sin problemas. “¿Seguro que no tenéis ascendencia india?”, nos vacila ahora él. Asegura que uno parece que venga de una región norteña del país, de Himachal Pradesh, y que la otra tiene rasgos muy hindúes. “No que sepamos”, le contestamos.

Alojados al lado de Park Street, donde Calcuta parece Londres

Nuestro alojamiento se encuentra en la zona más acomodada de Calcuta. Encontrar algo bueno, bonito y barato para hospedarse aquí era un imposible; así que tuvimos que optar por algo que es más o menos bueno, no especialmente bonito y en realidad no muy barato. La ubicación es genial, eso sí. Estamos detrás de Park Street, una calle que a poco que le pusieras un par de luces más pasaría por una arteria del centro de Londres. Hay Starbucks, restaurantes elegantes, pubs para cervecear y supermercados bien surtidos.

Esta Calcuta es culta, resabida, refinada, estilosa y habla en inglés en lugar de hindi —o de bengalí, el idioma propio de la región—. Es una forma de distinción: hablar inglés contra los que ni siquiera lo leen. De hecho, muchas partes de la ciudad resultan muy británicas en sus edificios, en sus formas y en sus costumbres. El té de la tarde, por ejemplo, es tradición. Sin embargo, Calcuta fue una de las ciudades que en su día se rebelaron con más fuerza contra el imperio británico, consiguiendo así la independencia. Por eso, de hecho, los british le quitaron la capitalidad del país en favor de Nueva Delhi, una ciudad mucho menos revoltosa y más sumisa.

Hacia el norte, la ciudad muta

A poco que encaras la zona de Park Street hacia el norte, por cualquier de sus calles, la cosa empieza a cambiar poco a poco, comienza la Calcuta de los contrastes. Al rato vemos a dos hombres tumbados en el suelo, en medio de la acera, que podrían estar perfectamente heridos —o peor— y a nadie importarle. Calcuta reafirma sus contrastes con una clase media-alta solvente, pero una clase baja muy baja: gente en la calle pidiendo, arrastrándose sin importarles si han perdido la dignidad hace tanto tiempo. Muchos llegan desde Bangladesh, el país vecino, que está a tiro de ocho horas de autobús. Para ellos la India es tierra prometida, pero no consiguen salir de la miseria más absoluta y se ven obligados a mendigar.

Más hacia el norte aún la ciudad tiene un estilo mucho más reconocible, uno recuerda que sigue en la India. Casuchas hechas con cuatro maderas, niños con sus padres recogiendo basura, montones de suciedad acumulada por todas partes. Y también ardillas, perros, cabras mutantes, vacas y alguna rata, que campa feliz entre los desechos. Aquí la gente no está acostumbrada al extranjero. Los turistas no llegan casi nunca a Calcuta a conocer sus contrastes, queda demasiado lejos del Taj Mahal. Por eso los habitantes de Calcuta se sorprenden de vernos y nos miran sin despegar el ojo hasta que nos perdemos en el horizonte.

La pizza, el alimento oficial del viaje en India

En cualquier caso, no son de saludarte, ni hablarte, ni preguntarte. Ni tampoco de pedirte selfis. Solo dos hombres nos han interpelado. Uno nos ha señalado hacia la derecha para que visitáramos una estatua enorme de Krishna. “Ya la vimos, pero gracias”, le hemos dicho. Otro, más adelante, en uno de los ghats a orillas del río que corta la ciudad, nos ha preguntado de dónde éramos. “¿España? ¿Luis Figo es de España?”, ha continuado. Ha sido imposible no sonreírse, cómo habrá pensado en Luis Figo. “No, no, Figo es de Portugal. Pero jugó en España”, le corregimos. “Ah, de Portugal, como Cristiano Ronaldo”, se corrige. El hombre podría ganar el trivial indio de geografía y el de fútbol.

Después de mucho caminar, sortear el bullicio de los bazares y conocer el irrespirable y atestadísimo metro de Calcuta —nada que ver con el moderno suburbano de Nueva Delhi— hemos vuelto a caer en la tentación de volver a comer nuestra comida preferida de la India: la pizza. Hemos comido más pizza en la India que cuando estuvimos en Italia. ¿Tendremos que volver a Italia para que nos guste la comida india?

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