Y en el día 24, conocimos el Taj Mahal. Muchas sensaciones y sentimientos, encontrados todos, han pasado desde entonces. Muchas historias y personas. Muchos monumentos y bazares. Muchos buses y trenes. Mucha India: polvo, suciedad, pobreza. Mucha India: esperanza, sonrisas, belleza. Es imposible reducir la India al Taj Mahal. La India son tantísimas cosas, y tantísimas cosas más que nos quedan por ver, sentir y vivir. La India es un país revelador, que te enseña la crudeza del mundo desde una perspectiva nueva. Radiante y miserable a la vez. Como lo es la vida. Además de todo eso, en la India está el Taj Mahal. Que es tan perfectamente indio en todo, aunque uno pudiera creer que no.
El Taj Mahal al amanecer
Para no perder la costumbre, hoy hemos vuelto a madrugar. Nos habían explicado que el mejor momento para visitar el Taj Mahal era a primerísima hora, cuando amanece, para ver cómo los primeros rayos de sol le ponen tono naranja al impoluto blanco del edificio. Se comentaba también que es un momento de relativa paz, en el que había menos gente. Mentira. O verdad. Pero nos deben haber contado a todos la misma verdad hasta convertirla en mentira.
A las 06.00 h las colas para comprar los billetes están abarrotadísimas. Se tarda al menos media hora en adquirirlos. A las 06.15 h abren las puertas del recinto. Pero uno sigue en la cola viendo cómo el amanecer ya ha amanecido. Y se enfada, porque no va a estar dentro para verlo.
El caso es que una vez adquiridos los tickets hay una segunda cola larguísima, todavía más larga, en la que los guardias llevan a cabo un cacheo exhaustivo y validan la entrada. Se hacen dos filas: a la derecha, los hombres; a la izquierda, las mujeres. La de los hombres avanza rápido. La de las mujeres es mucho más lenta. En el Taj Mahal no se puede entrar con casi nada. No se puede entrar con trípode, por ejemplo. Nos lo han confiscado. Tampoco con micrófono. También confiscado. Resultado: media hora más. Desesperados, asumimos nuestra derrota: no vamos a poder ver el Taj Mahal en su momento más mágico. Entonces se llega a la entrada y se ve al fondo. El Taj Mahal es siempre mágico.
Un enamoramiento para siempre
El mausoleo con su enorme cúpula, con sus cuatro torres, parece una ilusión óptica. Es como un imposible, no puede existir tanta perfección. Está suspendido, en realidad elevado, pero se presenta levitando por encima de los jardines que lo rodean. La imagen es surreal. Uno se imagina viéndolo en directo y admirarlo. Pero no se imagina algo tan embriagador.
El Taj Mahal cautiva desde todos los ángulos. Su perfección simétrica, el juego de perspectivas de sus torres, los arrebatadores reflejos que se dibujan en el agua de los jardines. Todo tan perfectamente estudiado que cuesta imaginar que sea obra del hombre, tan dado a los errores, a las imperfecciones, a los defectos. Es tan hermoso, tan simbólicamente impecable, que el enamoramiento dura horas.
Uno no quiere dejar de mirarlo, ni de fotografiarlo. El enamoramiento durará para siempre. El Taj Mahal es muy caro, cuesta casi el triple que los monumentos más caros de la India. Está, además, atestado de gente. Hace un calor horrible, y eso que aún no estamos en verano. Pero da lo mismo, es el Taj Mahal. Y hay que felicitarse porque lo hemos podido conocer, y ya nunca lo vamos a olvidar.