La zona de Inle nos está gustando. Cuando empecemos a explorarla de verdad, cuando salgamos del hotel más de dos horas seguidas, puede que decidamos quedarnos una semana más. O quién sabe, quizás nos vayamos corriendo, como podríamos haber huido del vino de Inle. Si la justificación para pasar nuestra estancia de dos a tres días fueron las ampollas del trekking, la excusa para alargarla de tres a cuatro es el tiempo —el meteorológico, se entiende—.
Anoche la previsión aseguraba que iba a llover todo el día: de siete de la mañana a siete de la tarde. Eso nos ataba de pies y manos para hacer la típica excursión en barco por el lago. Bueno, no tanto así. Pero puestos a escoger preferimos hacerla sin lluvia para no acabar mojadísimos hasta los huesos. Además, queremos amortizar bien la inversión, que será de entre 15.000 y 20.000 kyats (entre 8 € y 12 €), y que la experiencia valga la pena.
Alargando la estancia en nuestro hotel de Inle
Por todo eso, y porque no tenemos destino que nos espere a cortísimo plazo, esta mañana le hemos preguntado a la chica de recepción del Spring Lodge de Inle si era posible quedarnos una noche más. “Sí, claro, sin problema”, nos ha contestado. Nos sabíamos de hecho la respuesta, porque solo hemos visto ocupadas otras dos habitaciones en los tres días que llevamos aquí.
Es temporada baja y se nota. De lo contrario, no nos habríamos podido permitir estar en este hotel cuatro días. Primero, por el precio, que sería seguro más elevado. Y segundo, porque estaría mucho más ocupado y reservar de un día para otro habría sido imposible. En cualquier caso, el hotel funciona a pleno rendimiento. De hecho, está sobreempleado. La mayoría de los trabajadores parecen no saber en qué ocupar su horario laboral. Hoy hemos contado a cinco de ellos cortando el césped al mismo tiempo. Si no fuera porque el internet es discontinuo y errático y porque el hotel se pasa la mitad del día sin electricidad, este podría ser el alojamiento definitivo. Por precio, instalaciones, comodidad, limpieza y, sobre todo, desayuno.
Excursión en bici por el lago Inle
Nos hemos sentido tan enérgicos después de nuestro segundo desayuno que nos hemos animado a plantarle cara a la previsión del tiempo. Hemos tomado de nuevo las bicis del hotel y nos hemos ido de excursión. Las bicicletas de Inle son de paseo, de esas que no tienen marchas pero sí un cesto al frente y las ruedas muy finas. Es moderadamente agradable pasear con ellas por la calle principal del pueblo de Nyaung Shwe, la población más grande del lago, pero son un tormento para aventurarse por caminos de tierra. Nos ha dado igual y le hemos buscado a nuestro destino la ruta más complicada.
A solo siete kilómetros de donde estamos, en el lado derecho del lago, hay una bodega con viñedos que se ha convertido en una de las actividades favoritas de los que visitamos el lago Inle y esta parte del país. ¿Vino birmano? ¿Vino de Inle? La idea era un poco bizarra, un contrasentido en sí misma. En esta parte del mundo el consumo de vino casi no existe, y la producción menos. Por eso lo interesante de la visita.
Red Mountain Estate Vineyards & Winery, la bodega de marras
Después de un paseo nada agradable con la bici, teniendo que sortear piedras y caminos de tierra, superando a pie las subidas, al fondo hemos divisado la bodega Red Mountain Estate. Junto al edificio donde produce sus vinos, la empresa tiene un chiringuito muy bien montado: un barecito para hacer una cata de cuatro de sus caldos y un restaurante con unas vistas maravillosas del lago Inle, perfecto para ver el atardecer.
Un grupo de turistas de los de todo incluido estaban en el restaurante y en el bar, en la mesa contigua a la nuestra, cinco chicos que parecía que se acababan de conocer en alguno de los hostales de Nyaung Shwe. La cata de los cuatro vinos de Inle, dos blancos y dos tintos, costaba 5.000 kyats (unos 3 €). Ante la duda, ocho en lugar de cuatro. Nos hemos pedido dos catas. El entorno era genial, pero los vinos no tanto. Es posible que haya vinagres con mejor sabor. A duras penas ninguno de esos cuatro vinos serviría para vino de la casa del más miserable de los restaurantes de España.
Cerveza y queso en el supermercado para compensar
Pese a todo, la experiencia ha sido curiosa. Al final ha llegado uno de los chicos que servían y se ha puesto a practicar su inglés con nosotros. Nos ha preguntado si de donde veníamos había vino. «Lo que tenemos en España sí que es vino», le podríamos haber dicho. En cambio, hemos sido generosos cuando nos ha preguntado por la cata: «Ha estado bien».
El camino de vuelta lo hemos hecho por la carretera principal. Que de carretera tiene el asfalto y de principal, un par de motos. Ahora sí, el paseo ha sido menos duro. Para compensar la mediocridad de los vinos de Inle hemos comprado un par de cervezas en el supermercado. Y un poco de ron. ¿Hemos dicho ya que el alcohol es insultantemente barato en Myanmar? Mucho más que en los países vecinos. Por eso todos los días caen un par de birras. Y por eso, después de casi tres meses, hemos vuelto a saborear el vino. Nos ha faltado un poco de queso para maridarlo bien. Pero no pasa nada: lo hemos comprado luego en el supermercado.