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La Shwedagon Pagoda de Yangón, con sus longyis y monjes | Día 2

En Myanmar hace un calor del que te invita a no despegarte del aire acondicionado, a aplazar sine die la razón de tu presencia en el país: conocerlo, callejearlo, sentirlo. En los filtros de Booking, junto al obligatorio de ‘desayuno incluido’, siempre marcamos el de ‘aire acondicionado’. Eso, añadido al cansancio acumulado de la noche en vela anterior, saltando de vuelo en vuelo, nos ha animado a tomarnos con calma el inicio de nuestra experiencia en Yangón y aplazar hasta tarde la vista a la Shwedagon Pagoda, el gran punto de interés de la ciudad.

Hemos bajado a desayunar antes de las 9.30 h, hora del toque de queda en el hostel para poder empezar el día con la panza llena; y luego hemos lavado ropa. En el proceso del lavado, que ha llevado varias horas de lavadora y luego de secadora, hemos hecho de nuestra cama el perfecto habitáculo refrigerado. Desde ahí se escuchaban cánticos que venían de la calle, rezos lanzados al aire.

El Vesak, uno de los días más importantes para los budistas

Una de las chicas de recepción, menudita como todos los birmanos, con un inglés fantásticamente entrenado, nos había explicado que se estaba celebrando durante todo el día el Vesak, uno de los días grandes del budismo. Myanmar es ampliamente budista, más del 80 % de la población lo practica de manera activa. Durante este día se conmemora un triple hito de Buda: nacer, iluminarse y fallecer.

La fecha se rige por el calendario lunar y siempre cae a mediados de mayo. La chica del hostal nos ha animado, pero también prevenido, a acudir a la Shwedagon Pagoda. Es el monumento más representativo del país, una enorme pagoda bañada en oro circundada por cantidad de pagodas accesorias, estatuas de Buda, pequeños templos y árboles. Hoy, por ser Vesak, la pagoda iba a estar repleta de gente.

Poniendo en una balanza los pros y los contras de visitarla en un día tan controvertido y señalado, han acabado ganando los pros de largo. Daba lo mismo que no pudiéramos hacernos la foto sin nadie más, o que no la sintiéramos pacífica y espiritual paseándola sin gente. Poderla ver en ebullición ha sido interesantísimo.

El longyi que ha causado furor entre los birmanos

Los budistas han acudido efectivamente en masa a recordar a Buda. El acceso para extranjeros está en una especie de caseta. Ahí te dan la bienvenida, te invitan a quitarte los zapatos y te cobran 10.000 kyats por la entrada (unos 6 € al cambio). Del otro lado, los birmanos acceden sin necesidad de entrada. Un nuevo capítulo de discriminación hacia el turista. Ya estamos acostumbrados. En la Shwedagon Pagoda son un poco considerados y te dan una botella de agua y una toallita, además de un folleto informativo, con la entrada. Pues gracias, suponemos.

Para poder entrar hay que cubrirse las rodillas. Los hombres birmanos visten, en lugar de pantalones, una falda que no lo es. Se llama longyi. Sabedores de ello, nosotros traíamos nuestro propio longyi en la mochila, para evitarnos tener que alquilar uno. En la entrada de la Shwedagon Pagoda nos han dado el visto bueno a la prenda. Una vez en el recinto de la pagoda, al que se accede con unos ascensores, el longyi ha causado furor. La prenda la llevan hombres y mujeres, aunque con marcadas diferencias en su composición y el estilo. Mientras los de las mujeres son coloridos, estampados y vivos, los de los hombres son sobrios, de colores oscuros y con líneas o cuadros como únicos ornamentos.

Por eso creemos que les ha chocado nuestro longyi, que no tenía nada que ver con el de los hombres: con formas, dibujos, flores y colores. Cuando lo veían se giraban y se reían, avisaban a sus acompañantes y parecían asombrarse de lo equívoco de la vestimenta. Ha sido tan gracioso como incómodo sentirse el centro de atención de los birmanos. Eso sí, no nos sorprendería que el año que viene, para el día de Vesak, hayamos impuesto moda y los longyis de los hombres se parezcan un poco al nuestro.

La espectacular Shwedagon Pagoda

La pagoda es tan espectacular como la imaginábamos. Su dorado impoluto resplandece con fuerza conforme cae la noche. Es grandísima y rodearla puede llevar veinte minutos. Eso sin paradas intermedias, que hay muchas: pagodas más reducidas, habitaciones destinadas al rezo, pequeños templos con figuras de Buda y un par de árboles. Son una representación del árbol de Buda, donde alcanzó la iluminación. En Vesak los budistas acuden a sus centros religiosos a rezar, a recitar mantras, a traer ofrendas pero, sobre todo, a lanzarle agua al árbol de Buda. Se dice que así lo mantienen con vida.

Hay auténticas batallas por recoger agua de unos enormes contenedores preparados para la ocasión, llenar cuencos y lanzar su contenido al árbol. Esto causa sobresaltos y accidentes. Delante nuestro hemos visto al menos cuatro caídas provocadas por el agua del suelo, que trabajadores barrían con esmero cada pocos minutos. La celebración se siente alegre, cercana, festiva. Nada que ver con la solemnidad de otras celebraciones religiosas.

El monje Thuzeisa

Familias enteras, grupos de amigos y parejas paseaban la pagoda haciéndose fotos. Algunos se apostaban en algún lado para preparar un pícnic. Con el sol ya fuera de escena la pagoda parecía cada vez más atestada. Era difícil caminar sin chocar, fotografiar sin molestar. El Vesak coincide con la luna llena, y por eso la gente acude a los templos de noche. En nuestro paseo nos ha parado un monje budista, regordete y pequeñito, que hablaba seseando. Por un momento nos ha parecido que nos intentaría hacer de guía, pero solo quería hablar: “¿De dónde sois? ¿Qué coméis en vuestro país? ¿Cuáles son los mejores jugadores de fútbol de España? ¿Qué habéis estudiado? ¿Qué monumento de vuestro país es conocido?”.

El monje, que era birmano pero decía que preferiría irse a vivir a China, tenía menos de treinta años y una curiosidad voraz. La conversación se ha alargado casi media hora. Le íbamos respondiendo y, de paso, le preguntábamos. “Gracias por practicar el inglés conmigo”, nos ha dicho cuando nos hemos despedido. “¿Cómo te llamas?”, hemos querido saber, para poner nombre a nuestro encuentro. “Me llamo Thuzeisa, que quiere decir ‘El espíritu de Dios’”.

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