Seguimos moviéndonos por Rajastán, por la India, por Asia. De Udaipur, que le cogimos cariño, tomábamos hoy un bus a Jodhpur, que no sabemos con cuánto cariño la abandonaremos en tres días. El listón está alto. Ha sido un día interrumpido, ni de allí, de Udaipur, ni de aquí, de Jodhpur. Hasta las cuatro de la tarde no salía nuestro bus, con lo que nos hemos tenido que inventar un par de horas de paseo matutino haciendo tiempo para la comida; para alargar luego la comida, con postre, cafés y sobremesa, con tal de no llegar demasiado pronto a la estación. Pero tiempo pasado en Udaipur es siempre tiempo aprovechado.
Las últimas horas en Udaipur
El Lago Pichola separa la ciudad en dos mitades y en las orillas es donde se concentra la vida turística. De un lado, donde queda el Palacio de la Ciudad, donde estábamos alojados, se siente el latir del ajetreo. Del otro, el ritmo es más pausado, el tráfico menos intenso, los turistas más escasos y el ambiente más local. Las calles están llenas de galerías de arte, que también, la mayoría, hacen las veces de escuelas. “Quieren ver mi arte”, te preguntan. Y les acompañas un rato, les dices que parece interesante y que quizás ya vuelves después. Y no vuelves, porque sientes que te van a querer vender gato por liebre. O porque a los dos pasos vuelves a encontrar otra galería, de la que también pasas de largo, mirándola de reojo, pensando que quizás esos eran los souvenirs más bonitos que vas a encontrar en todo el viaje.
Entonces la gente, sin más pretensión que saludarte, te dice «hola». Hoy hemos pasado por franceses todo el rato: “Ça va?”. Y respondes “bian”, con ese acento tan francés de Tepic y Barcelona. Pero se dan cuenta de que no, de que todavía te quedan tres clases de francés, y te preguntan de dónde eres. Y entonces sí aciertan: “Hola, hola”. Y te desean un buen día. Para rematarlo, comemos en un café-restaurante que podría pasar por un duplicado de cualquiera de los cafés de Williamsburg, o de cualquier otro barrio hípster de cualquier ciudad del mundo. Con su café de especialidad, sus cuadros en la pared, sus libros de intercambio, sus juegos de mesa y su música indie-folk de fondo.
La honestidad del tuktukero
Camino del bus que tiene que nos iba a llevar de Udaipur a Jodhpur ha venido a toparse con nosotros el conductor de tuk tuk más honesto que hemos conocido hasta la fecha. Cuando le hemos dicho que el destino era la estación de buses de Udaipur, a solo un par de kilómetros, nos ha tarifado el trayecto en 50 rupias. El intento de regateo ha salido por defecto, como un tic contraído con los días. Pero era mejor desistir: 50 rupias era justo para dos guiris.
En la estación, incontables buses en los que no quieres pasar más de diez minutos, lavabos en los que no quieres orinar (y menos defecar), asientos que te invitan a seguir de pie y limosneros intentando dar pena con sus hijos de la mano. Lo peor es que lo consiguen y te obligan a mirar hacia otro lado con un nudo en el estómago. Entre todos los buses que no quieres abordar aparece el nuestro, tan lustroso al lado de los demás. Tiene aire acondicionado, dos asientos por fila y no se cae a trozos. El lujo —“lujo”— se paga: este bus cuesta el doble que el ordinario, el que para en todos sitios, completa el doble del aforo permitido y transpira humanidad.
El aroma que no queríamos oler
Sin embargo, el lujo —“lujo”— no es necesariamente sinónimo de regocijo. En el asiento de detrás, justo en el asiento de detrás, se sube un hombre que le tiene declarada la guerra a la ducha desde hace al menos una semana. La contienda es dura, y la va ganando. Como en toda batalla, hay víctimas inocentes, afectados pasivos. Esos éramos nosotros. Durante cinco horas hemos tenido que improvisar de un papel una mascarilla. En estas, el conductor enloquece y acelera como si de repente tuviera prisa.
El bus de Udaipur a Jodhpur recorre una carretera irregular, bacheada, incómoda. Sestea constantemente. Entre los movimientos y el aroma, que llega en oleadas constantes, el estómago protesta y te recuerda que esta mañana te has comida una pizza que todavía estás digiriendo. Nos encomendamos al dios hindú de los viajeros para que el camino se haga corto. Nuestras plegarias son desoídas a medias: llegamos 45 minutos tarde a Jodhpur. Pero llegamos.