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Folclore de Rajastán | Día 11

En un callejón que parece que no existe, al lado de la calle principal de Udaipur, nuestro alojamiento, la Nandini Paying Guest House, es el mejor que hemos tenido hasta ahora en la India. La guesthouse es una suerte de oasis en medio del hermoso galimatías callejero de la ciudad, insonoriza —más o menos— los bocinazos de las motos y respira un ambiente de calma. Será que después de diez días y cuatro alojamientos hemos bajado por fin el listón y sabemos apreciar la limpieza, la tranquilidad y el orden en su acepción india. Pero el caso es que los dueños son irremediablemente encantadores siempre que te cruzas con ellos. Y además, todo nos queda a diez minutos caminando; con lo que hemos seguido desestimando cortésmente todos las invitaciones de conductores de tuk tuks. Mañana, después del espectáculo de folclore de Rajastán de esta noche, para ir hasta la estación de buses nos tocará lidiar con ellos otra vez.

En bote hasta la isla de Jagmandir

Hoy teníamos que volver al Palacio de la Ciudad por imperativo logístico. Desde dentro de sus instalaciones salen los únicos botes que te pasean por el Lago Pichola, el que delimita todo el centro de la ciudad a su alrededor, y te llevan hasta una de las islas que acoge: Jagmandir. El paseo ha sido de lo más guiri, que no por ello aburrido.

La isla también está hecha para el uso y disfrute de los turistas: tiene un spa, un restaurante de lujo, dos barecitos en los que el agua te sale más cara que en las Ramblas de Barcelona y unas suites en las que alojarse debe costar el sueldo medio de tres españoles. Así que nos ha tocado mirar con envidia al grupo de turistas chinas que han celebrado la vida con una Mahou —la clásica, la misma que les encanta a los madrileños—. Debe ser la primera vez que sentimos envidia de alguien que se está tomando una Mahou.

La Lonely Planet como motivo de orgullo

Antes habíamos visto una especie de celebración en honor a no sabíamos qué. Un grupo de chicos jóvenes tocaban tambores mientras las chicas bailaban animadas. Podría haber sido una boda, pero no se veían novios. Esta es la gracia de Udaipur, lo rápido que pasas de lo turístico a lo local, y lo bien que conjuga lo uno con lo otro. Luego, a la hora de comer, hemos ido a un restaurante recomendado por la Lonely Planet. Es gracioso cómo los indios saben que para los turistas la guía entre las guías de viajes es una especie de biblia a la que religiosamente seguimos y adoramos.

Por eso, salir recomendados en ella es un honor para el establecimiento, pero sobre todo la mejor campaña de marketing. Si sales en la Lonely tienes que alardear de ello. Y eso hacen: en los enormes carteles, además de explicarte lo que ofrecen, te cuentan que tienen “el sello de calidad” de la guía. El sitio servía un poco de todo, pero hoy no. “No tenemos fast food”, nos advertía la dueña, animándonos a volver a la senda de la comida india. Por fast food quería decir comida no autóctona. Al vernos cómo nos hemos mirado ha ido a la cocina a asegurarse. “Bueno, tenemos sándwiches y hamburguesas”, ha rectificado. “Pues serán dos hamburguesas de pollo y dos refrescos, por favor”.

El espectáculo de folclore de Rajastán

Ya por la tarde hemos ido a ver un show que cada día organizan en uno de los museos de la ciudad, el Bagore Ki Haveli, en el que en una hora se muestra la tradición artística y el folclore de Rajastán a través de varias danzas. Nos habían explicado que la función se pone siempre hasta los topes y era conveniente ir con tiempo para asegurarse entrada y un buen sitio. Pese a llegar una hora antes, se nos han colado quince personas —por torpeza propia— y hemos escogido los peores sitios. Pero aparte de eso, el show ha sido genial. Es una especie de recorrido por el folclore de Rajastán en varios actos.

En cada uno de ellos las bailarinas, los actores o los animadores interpretan algún baile o alguna tradición concreta. Al ritmo de la música de dos intérpretes, las bailarinas, algunas más diestras que otras en el arte de moverse, llenaban de ritmo el escenario. Lo hacían con el exotismo de sus movimientos, pero también con el color de sus vestidos, que movían espasmódicamente dando vueltas.

Un marionetista les cogía el testigo para interpretar el número más simpático. Su habilidad a la hora de mover los dedos para hacer girar a la marioneta a su antojo era de admirar. El golpe final ha sido el solo de una mujer de 72 años que se movía como una de 20, con el notable inconveniente de llevar hasta once jarrones en la cabeza, a los que tenía que acomodar en cada movimiento para que no se cayeran. La mujer se agachaba, se levantaba y giraba. Al final, después de un gran aplauso, la gente corría a hacerse fotos con ella. Cada noche, pese a sus sudores, debe sentirse la mujer más feliz de Udaipur.

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