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Pushkar, la meca de los hippies de bazar chino | Día 7

Madrugón mediante, nos hemos plantado a las 06.30 h de la mañana en una pseudoestación de autobuses de Jaipur para tomar un bus camino de Pushkar, paraíso de los hippies. Adiós a Jaipur, la ciudad rosa, a la capital de Rajastán, a los fuertes, los monumentos y los tuk tuks. Hola a la ciudad en la que se congregan todos los aspirantes a hippies del mundo, fumetas de condición diversa, sesentones europeos que han hecho de este pueblito su lugar en el mundo, curiosos, perdidos, mochileros y, entre todos, algunos indios. Porque Pushkar tiene sentido en la medida en que hay turistas. De no haberlos, el pueblo sería otro: tendría otra configuración, la gente dedicaría su tiempo a ganarse la vida de otra manera y el hindi sería el único idioma que se escucharía en las calles.

Un trayecto tranquilo, y eso es mucho decir

El bus matutino ha sido mejor de lo esperado. Su aspecto roñoso y ajado hacía temer lo peor. Pero más allá de las bacheadas carreteras indias, el trayecto ha sido plácido. Hasta el punto de que lo hemos dormido entero, las tres horas. Los autobuses de la India, algunos de ellos, están diseñados para viajes entre largos y muy largos; por eso, en lugar de asientos tienen cubículos para poder dormir. Los hay también híbridos, que a los cubículos suman algunos asientos. Como era el caso del que hemos tomado. Nuestros lugares eran cómodos y amplios.

Eso sí, la sensación de claustrofobia, debido a la estrechez de las ventanas, era considerable. En el trayecto nos acompañaban, en su mayoría, mochileros. Muchos de ellos cumplían con el cliché de Pushkar, aspirantes a hippies indudables. También había algún indio que hacía solo parte del trayecto y una mujer hindú mayor con mirada penetrante y los ojos muy hundidos, con un vestido amarillo de estampado chillón, que parecía que estuviera a punto de maldecirte.

Llegada al hostal de Pushkar

Evitadas las maldiciones a fuerza de mirar al suelo, hemos llegado a Pushkar antes de las 11.00 h y hemos comprobado que quizás los hostales son la alternativa a considerar. El alojamiento es de largo el más barato (hemos pagado menos de 3 € por noche cada uno), y de largo el más pulcro y cuidado. Aunque el descuido, como en todos los hostales, se acrecienta a medida que pasa el día. La única —otra— pega es que hay que dormir con doce personas más en el dormitorio. Pero todo bien, la buena onda fluye.

Hemos dejado las mochilas, hemos comprobado que las camas son medio cómodas y las sábanas están limpias y nos hemos sentado un rato en el patio. Muy abrigados, porque en Pushkar corre un aire traicionero que te llena el cuerpo de una arena fina sumamente incómoda. Y uno de los aspirantes a hippie ha sacado su guitarra y se ha puesto a tocar temazos de rock clásico. No le vamos a negar a Pushkar que nos ha recibido con buena vibra.

La vida en el lago de Pushkar

En cualquier caso, Pushkar tiene poco interés turístico, y quizás por eso se han asentado los hippies. La vida se arremolina alrededor de un lago que parece un estanque. Y ahora es cuando la mujer nos maldice por decir esto, porque el susodicho lago, al parecer, es sagrado para los hindúes, que llegan aquí desde todo el país para bañarse en él. De esta espiritualidad, y de la ingenuidad de los turistas, se aprovechan todo tipo de predicadores a los que es mejor evitar, que venden motos y cuentan cuentos.

A más de uno, se comenta, han engañado para que siga la tradición de comprar unas rosas que se deben tirar al lago —como muestra de respeto— y acabar donando a la fuerza varios cientos de rupias, o incluso de euros, a los que se hacen pasar por guías espirituales. El timo está a la orden del día, igual que los aspirantes a hippies de los que uno no sabe qué pensar. Se creen más indios que los indios, compiten por tener las rastas más largas y se creen unos campeones comiendo cualquier cosa en cualquier puesto callejero. Suerte para ellos y para sus estómagos.

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