Cultura Nómada vuelve a la carretera porque se ha cansado de ser sedentaria. Bueno, precisemos: vuelve a la carretera porque en sus respectivos trabajos sedentarios les han dado vacaciones para que se vuelvan a creer nómadas. Barajando destinos, y sobre todo posibilidades presupuestarias, este verano ha tocado hacerle kilómetros al coche. Porque por muy cara que esté la gasolina, más caros están los vuelos. El horizonte primero que divisamos es el queso parmesano.
En esas andamos, pues. En cruzar países, acumular experiencias viajeras y desempolvar nuestro desusado diario de ruta. El destino final —los destinos— vendrá precedido de dos días de escala en uno de nuestros países preferidos para practicar el arte que mejor se nos da: comer. Y puestos a escoger primera parada, hemos decidido pasar la primera noche —y la primera cena— al calor de los recuerdos. El primer día lo dormimos en Parma, en el centro del país, en la región de la Emilia Romagna, que ya conocimos hace cuatro años en nuestro viaje por Italia y Eslovenia. ¿Qué nos gustó de Parma? El queso parmesano. Bueno, y el prosciutto. No es que la ciudad sea fea, pero si lo fuera también la habríamos escogido como primera escala.
Los catalanes plantamos pinos allá donde vamos
Ese era nuestro horizonte cuando salíamos de Badalona a las 09.00 h de la mañana, mucho más tarde de lo que habíamos previsto. Pronto pasamos del catalán como lengua materna de las carreteras al francés. Con el cambio de idioma llegó también el cambio de límite de velocidad —130 sin lluvia, 110 con lluvia— y la necesidad de una primera parada para repostar la vejiga. Ahí nos damos cuenta de que unos pocos catalanes tienen —¿tenemos?— espíritu colonizador. Entre las muchas voces francesas se escucha una catalana:
—Eh, espereu-me fora, crec vaig a plantar un pi! [Traducción simultánea: ¡Eh, esperadme fuera, creo que voy a plantar un pino!].
Un amigo se lo decía a sus otros amigos, que lo animaban a dejar su impronta, y los desechos de su desayuno, en esa estación de servicio camino de Montpellier:
—És clar que sí, planta un bon pi. [Claro que sí, planta un buen pino].
Conduciendo por la Costa Azul
Antes de Montpellier pasamos Perpiñán, Narbona y Béziers. Después dejamos atrás Nimes, Aix en Provence y Marsella. Hasta ahí la autopista es una anodina sucesión de kilómetros. Para adobarlos un poco y darles emoción, el cielo se puso a jarrear con ganas. Solo a lo lejos las nubes parecían darse una tregua. Era a la altura de Saint-Tropez, donde comienza la Costa Azul. Los ricos parece que pueden comprar hasta el buen tiempo. Ese pedazo de cielo limpio de nubes era un oasis, un entreacto de la tormenta incesante, que siguió ya casi sin parar hasta que llegamos a nuestro destino quinientos kilómetros y varias horas después.
Con la llegada de la Costa Azul la autopista se vuelve más divertida, pero también algo más peligrosa, y las vistas son mucho más sugestivas. La carretera, de dos carriles, es una sucesión de túneles y puentes imposibles. La lluvia no para y la diversión hay que saberla medir. El precio de la gasolina es el mismo en Francia que en España, y el mismo que sería luego en Italia. En eso parece que hemos sabido igualarnos a nuestros vecinos del norte. A ver si pronto nos igualamos también en los sueldos que paguen esa gasolina. Dejamos atrás Niza y Cannes, también Mónaco, y volvemos a ver que la carretera es políglota: ahora nos habla en italiano.
El queso parmesano de la Salumeria Garibaldi
El cambio en la lengua y el formato de las señales es la única prueba de que hemos cambiado de país. La carretera es la misma y el paisaje es igual de imponente. La lluvia nos acompañó hasta Génova, donde entroncamos con la autopista que se dirige a Milán. Ese tramo, mucho más cómodo de conducir, mucho más feo de transitar, comenzó a dejar atrás las nubes. Llegamos a Parma después de pasar Alessandria y Plasencia, a las 19.30 h, justo media hora antes de que cerrase la Salumeria Garibaldi, el motivo último de nuestra presencia en Parma, una tienda que vende en embutidos, quesos y vinos de la región que también tiene un par de mesitas para que degustes sus especialidades. Pero el dependiente nos cercenó las expectativas:
—Estamos a punto de cerrar, chicos, las degustaciones solo las hacemos al mediodía.
Para mitigar la decepción y autojustificar nuestra decisión de hacer parada en Parma, compramos un pedazo de queso parmesano de sesenta meses, el segundo más caro. Callejeamos un poco, constatamos que es posible que estemos en la ciudad más tranquila y menos ruidosa del país y acabamos en el Ristorante Atmosfera Parma, que le da por fusionar dos de las gastronomías más ricas que uno puede imaginar, la parmesana y la griega. Pedimos queso parmesano, una tabla de embutidos de la región y un tzatziki con pan de pita. Acabamos rápido porque el cansancio acecha y llegamos a nuestro hotel Conte Verde en medio de la nada, en la Italia vaciada, que por menos de 50 € la noche nos sirve de perfecto hogar para una noche.