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De Delhi a Jaipur en tren | Día 4

De momento y por ahora, Nueva Delhi ya no da más de sí para nosotros. ¿Nos ha gustado? Nos ha introducido a la fuerza en la India, en toda su crudeza, sin florituras. Y se le agradece que nos haya sido franca. Empezamos a entender por qué engancha este país por mucho que no debiera enganchar. Abandonamos nuestra casa en Delhi sin ninguna pena. Abhi es espabilado y sabe que le hemos calado, que sabemos que es un vendemotos; y él sabe que nosotros somos más de ir a pie. Somos, sin embargo, tan políticamente correctos como falsos: le damos las gracias por todo y nos despedimos con los mejores deseos. La próxima parada es Jaipur, doscientos kilómetros al oeste de la capital, en el estado de Rajastán, donde el país guarda sus esencias más auténticas. Es momento de la primera experiencia en tren en el país, para ir de Delhi a Jaipur.

El medio de transporte oficial de India

El tren es el medio de transporte estrella del país. Los hay para todos los destinos desde todas las procedencias. Y el mismo tren tiene clases para todos. En la segunda clase, los asientos no se reservan y se llenan hasta las topes por orden de llegada. En la clase ‘Sleeper’ no hay aire acondicionado, pero sí literas: hasta ocho por compartimento. Después están las tres clases con aire acondicionado: AC1, AC2 y AC3. En orden decreciente de comodidad. Para nuestro viaje en tren de Delhi a Jaipur, nuestro primer viaje en tren en la India, hemos escogido el estándar aceptable para el viajero primerizo: la clase AC3. Moderadamente económica y aceptablemente civilizada.

El trayecto de tren de Delhi a Jaipur es aproximadamente placentero (no como este en China, por ejemplo). Nos sentamos en el mismo compartimento que una madre impertinente y su hija veinteañera, que va camino de ser una fotocopia de su madre, y con una mujer de mediana edad que viste un conjunto blanco impoluto a juego con su cabello canoso. A la salida de Delhi se encadenan los slums, los barrios miseria llenos de chabolas, llenos de basura, llenos de antenas de televisión para ver el cable, llenos de personas sosteniendo un teléfono móvil. Pronto se pasan las cinco horas, sin sobresaltos, sin que nadie acabe de percatarse de nuestra presencia.

Segundo destino del país, llegamos a Jaipur

La llegada a Jaipur nos obliga a ser bordes. Los conductores de tuk tuk legítimamente tratan de ganarse el jornal… pero son muy pesados. Uno nos ve a lo lejos, se acerca con una sonrisa y nos da la bienvenida a Jaipur: “¿Te gusta India?”. Jugamos al poli bueno y poli malo. Uno le contesta que sí, ingenuo, y la otra le ignora, consciente de lo que se viene. “Os llevo a donde queráis por muy poco”.

No nos hace falta transporte, porque el hotel —“hotel”— está a solo cinco minutos caminando. Nuestros “no, gracias” no sirven. Pese a que parece que lo ha entendido, al minuto vuelve a aparecer al lado nuestro: “Señor, señor, yo les llevo”. Y ya no nos queda otra que ser impertinentes: “Que no, de verdad” (léase con tono contundente).

Clases de geografía en el hotel más kitsch de Jaipur

El hotel Vaishanavi tiene pinta de ser hortera desde la fachada. Por fuera es un edificio de cuatro plantas lleno de colores y luces. Todo muy kitsch, de un barroquismo innecesario y cantón. Una señal de alerta. En la recepción hay una chica cantando que nos dice que esperemos un poco, que ahora llega el jefe. Y al minuto llegan cuatro: el jefe, el subjefe, el jefecillo y un niño que hace de botones en sus ratos libres. Insiste en cogernos las mochilas y se lo concedemos.

Nos pregunta de dónde somos y no acaba de situar España: “¿Está cerca de Inglaterra?”. Le damos veinte rupias de agradecimiento y nos suelta que prefiere alguna moneda de España, aunque no sabe qué moneda hay en España. “¿Euros? ¿Tienes algún euro?”. Lo cierto es que no, que no llevamos ningún céntimo. Entonces nos pide algo más sencillo, que le enseñemos fotos de España. Abrimos Google en el móvil, tecleamos España y le enseñamos lo que nos enseña el buscador: la Sagrada Familia, la Alhambra, la Gran Vía de Madrid. Todo le merece un sobresalto de admiración. “Gracias, adiós”, nos dice. Y se va, feliz de haber descubierto un nuevo país del mundo que está más o menos cerca de Inglaterra.

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