El horario del desayuno ha condicionado que no amanezcamos por segundo día consecutivo a las 05.00 h de la mañana. Hoy no podíamos madrugar, volver al hotel a desayunar y volver a la ciudad a seguir turisteando. Estamos a media hora en bus del centro y una vez saliéramos era para no volver hasta la noche. El reto para hoy estaba claro: Dubrovnik exprés, conocer la ciudad durante un día.
Por eso, a las 07.25 h estábamos metiendo prisa ya a los trabajadores del hotel Vimbula para que nos sirvieran el desayuno —que empezaba a las 07.30h, pero nosotros habíamos entendido las 07.00 h— para poder cargarnos de cafeína y queso, indispensables para afrontar lo que se presumía, y efectivamente ha sido, un día muy largo.
Un free walking tour para empezar nuestro reconocimiento de Dubrovnik exprés
Como ya hiciéramos en Sarajevo hace unos días, nos hemos dejado guiar por un experto en la ciudad para entenderla mejor. Después de un par de fotos y paseos, a las 10.00 h Marko ha empezado su tour guiado para una veintena larga de turistas —muchos de ellos españoles— que prefieren dar propina a pagar. Esto de los tours gratuitos es una oportunidad para nosotros, los que viajamos, que agradecemos con dinero la dedicación del guía en función de su acierto y, al mismo tiempo, nos ahorramos los abusivos precios de los tours «profesionales».
Pero son una oportunidad sobre todo para los guías, que convierten un trabajo esporádico en un fantástico sueldo diario. Hoy Marko hacía tres tours. Haciendo números rápidos y aproximados, hemos calculado que ha facturado unos 400 € por repetir explicaciones y acompañar a un puñado de turistas interesados en profundizar superficialmente en la historia de la ciudad; es decir, poco exigentes. ¿Cómo lo declarará? En cualquier caso, es de justicia decir que el chaval era bueno. Tenía un inglés impecable, conocimientos evidentes, un discurso fluido y bien estructurado y una notable capacidad comunicativa.
Dubrovnik más allá de lo que se ve
El tour nos ha ayudado a comprender Dubrovnik más allá de su belleza evidente. Hemos conocido que fue bizantina y luego veneciana, para más tarde convertirse, en el siglo XIV, en un estado soberano. Marko la ha definido con un acertado paralelismo: «Era la Suiza de nuestro tiempo». ¿En qué sentido? En que supo mantenerse neutral en las muchas batallas que se libraban a su alrededor. Dubrovnik fue una región de progreso y cultura, en la que nacieron científicos y literatos notables, donde la paz era la norma pero se construía desde la defensa. Por eso, los ragusanos —Ragusa es el otro nombre con que se conoce a la ciudad— edificaron una enorme muralla doble alrededor de toda la ciudad que todavía hoy en día se conserva.
En nuestro tour por Dubrovnik exprés hemos conocido que la ciudad fue napoleónica y austrohúngara, pero apenas hubo conflicto en ello. Mucho más tarde fue yugoslava, ya en el siglo XX. Y cuando el país se desmembró, pasó a formar parte de Croacia, país que le debe el idioma croata y ahora, muchos millones de kunas de los muchos turistas que la visitan cada día.
Por su carácter pacífico, y para suerte de los que la visitamos, los edificios históricos de la ciudad permanecen prácticamente intactos y solo parcialmente reconstruidos por el deterioro de los años. Eso es lo que hace tan especial a Dubrovnik. Eso, y su fantástico estado de conservación. Marko nos ha contado que el presupuesto que tiene la ciudad para mantenerse tan impecable es enorme. Es la pescadilla que se muerde la cola: se invierte en conservar la ciudad así y el turista sigue viniendo, lo que reporta grandes beneficios.
Los problemas del turismo en Dubrovnik
Pero el discurso de Marko era ambivalente en lo que al turismo se refiere. En lo que a las bondades y maldades del turismo se refiere, para ser exactos. «Yo me dedico al turismo, y para mí es fantástico que Dubrovnik reciba tantos turistas», nos decía. Sin embargo, el gobierno ha tenido que marcar un tope: no más de tres cruceros al día. «Antes había cuatro o cinco cada día, y se formaban colas de casi diez minutos para entrar a la ciudad por la puerta de acceso de las murallas», nos ha explicado.
Los cruceristas brillaban por su ausencia hoy, por suerte, ya que al parecer los domingos se toman un descanso e invaden otros puertos. Pese a todo, la cantidad de turistas era (éramos) ingente. Por todos lados, de todos los colores y hablando todas las lenguas y acentos. Sí, muchísimos españoles. Pero también latinoamericanos. Le hemos adivinado el acento a chilenos, argentinos, colombianos y mexicanos, claro.
Un turismo insostenible para los locales
Por mucho que el turismo ayude a Marko y a tantos otros, él mismo ha querido hacernos notar su previsible reverso: «Aquí ya apenas viven locales. Lo que hacen es alquilar sus apartamentos a extranjeros, ganan mucho dinero con ello y se compran una casa a las afueras». Él, nos ha contado, es originario de la ciudad pero se marchó hace siete años. Y sus padres, que habían vivido toda la vida en la ciudad vieja, también se mudaron hace tres años. «Los locales acaban hartos de encontrar sus puertas meadas», reconocía.
¿Es sostenible este tipo de turismo? La repuesta no es tan sencilla, pero la reflexión, tanto de los que viajamos como de los que nos reciben, es necesaria. En cualquier caso, y conscientes de todo esto, hemos aparcado nuestras objeciones sobre la práctica de un turismo insuficientemente responsable y hemos seguido conociendo la ciudad.
Después del tour hemos tomado un bus hasta Lapad, a quince minutos del centro, donde se encuentra la principal playa de la ciudad. Ha sido como viajar miles de kilómetros hasta cualquier destino playero que uno pueda imaginar. Hemos comido marisco y pescado muy bueno en un sitio de nombre con reminiscencias patrias —El Pulpo— y con la barriga llena hemos vuelto al centro para continuar con nuestra exploración de la Dubrovnik histórica.
Dubrovnik exprés, ahora por nuestra cuenta y riesgo
Hemos visitado iglesias, una farmacia con setecientos años de historia regentada por los franciscanos, el imponente Palacio del Rector y finalmente la gran estrella de la ciudad: su muralla. Pese al precio abusivo, la visita es imprescindible. La muralla permite rodear la ciudad desde las alturas, divisarle todos sus rincones, fotografiar el infinito panorama de tejados rojos y amarillos, otear el Adriático, cotillear las rutinas locales y turistas.
Hemos pasado dos horas de puro placer viajero, maravillados por lo que veíamos y disfrutando por lo estimulante que resulta conocer lugares ajenos tan especiales. Han sido dos horas largas de caminata y de cientos de fotos y vídeos. Cuando el sol empezaba a caer para despedirse hasta nueva orden, hemos dejado atrás el centro histórico de Dubrovnik y la gama de turistas más compleja y heterogénea.
Dubrovnik, para todo tipo de viajeros y turistas
En esta ciudad es perfectamente posible cruzarse con gente en bañador y bikini, con turistas sudados ataviados de los mejores cachivaches fotográficos que llevan explorando todo el día, con familias que llevan mal lo de pasar tantas horas juntos, con grupos de amigos que pasan del helado al Aperol Spritz en cuestión de minutos y con parejas perfectamente mudadas para pasar una velada en cualquiera de los carísimos restaurantes de la ciudad.
Dubrovnik se debe visitar al menos una vez en la vida, aunque evitándola en temporada alta. Nos gustaría poderla disfrutar en algún momento menos concurrido. Que nuestra segunda vez no nos obligue de nuevo a ver Dubrovnik exprés. «En invierno puedes ir corriendo desnudo de una punta a otra de la ciudad y nadie te vería», nos decía Marko. Quizás volvamos en invierno, pero desde luego con ropa.