Sarajevo ha quedado atrás y a nuestra anfitriona, de la que no sabemos su nombre, le hemos prometido que volveremos. ¿Por qué no? Sarajevo es una ciudad para repetir. Hoy hemos llegado a nuestro último destino en Bosnia (en Herzegovina, de hecho), donde pasaremos la última noche en el país: Mostar. Y veníamos preavisados por nuestra anfitriona de la capital: «En Mostar vais a pasar mucha calor, pero es muy bonita». Todo lo que iba delante del ‘pero’ en esa frase ha pesado mucho más que lo de después.
Hacía tiempo que el calor no protagonizaba tanto el devenir de nuestros días viajeros. ¿Desde Vietnam, quizás? En lo que llevamos de este viaje, las temperaturas han sido agradables. Nunca han superado los treinta grados durante el día y muchas noches la manga corta parecía insuficiente. Así lo sentimos en Plitvice y también en Sarajevo.
Pero la capital de Bosnia y Herzegovina, que solo dista en 150 kilómetros de Mostar, se ubica en una región climática muy distinta. Ya nos lo explicó Leila, la guía con la que conocimos el centro de Sarajevo: «La vegetación entre las regiones de Bosnia y de Herzegovina es muy diferente, y también lo es el clima».
El trayecto entre Sarajevo y Mostar
El trayecto entre las dos ciudades más importantes del país —que no las más pobladas, porque Bania Luka, en el norte, tiene más población que Mostar— es una continuación de lo que ya vivimos al llegar a Sarajevo. La salida de la capital se hace a través de una muy buena autopista de apenas veinte minutos, que luego se transforma en una carretera secundaria en la que es difícil superar los setenta kilómetro por hora. Por eso, 150 kilómetros se convierten en dos horas y media de viaje. El primer tramo de la carretera recorre un hermoso valle del macizo del Prenj, donde nace el río Neretva.
Antes, a mitad de camino, dejamos atrás la ciudad de Konjic con su famoso puente y el búnker de Tito. Lo uno lo vemos de lejos, casi de pasada, y lo otro lo dejamos para nuestra próxima visita a Bosnia y Herzegovina. Siempre hay que dejarse algún pendiente. Desde ahí la carretera fluye a la par que el río, que unos kilómetros más adelante forma el enorme lago Jablanica, que luce fenomenal entre pequeños pueblos y montañas. La vegetación tupida de Bosnia va dejando paso a un paisaje más rocoso conforme nos acercamos a Herzegovina. El río Neretva nos haría compañía hasta el final. De hecho, es el río culpable de la existencia del puente de Mostar, la foto más icónica de los Balcanes.
Los dos estadios de fútbol de Mostar, donde jugó Modric
Hemos aprovechado que de entrada a la ciudad estaba el estadio del Velez Mostar, el equipo de fútbol con más mística del país, y nos hemos hecho las fotos de rigor para la colección de estadios del mundo. También nos hemos desviado para ver el campo del Zrinjski, el otro equipo de la ciudad, donde Modric jugó cedido una temporada en los inicios de su carrera.
Definitivamente, Modric ha progresado. El estadio de Zrinjski es el patio del colegio de los Maristes de Badalona comparado con el Santiago Bernabéu. Tras la dosis diaria de futbolitis, hemos llegado al hotel Verso demasiado pronto como para subir a dejar nuestras maletas a la habitación. Del problema hemos hecho una virtud. Hemos aparcado el coche y hemos salido a ver el centro.
El calor insoportable y las masas de turistas
Han sido diez minutos de caminata eterna, en la que hemos empezado a chorrear sudor por todos los poros de nuestros cuerpos. Las calles estaban atestadas de turistas sofocados, abanicándose, maldiciendo su espíritu viajero. Ante la marabunta de gente y el calor agobiante, hemos decidido aparcar la visita para más tarde —o mejor, para mañana por la mañana, muy pronto, cuando todavía todos duerman— y nos hemos sentado en un restaurante a la entrada del centro histórico a refrescarnos con un cerveza (sí, los dos hemos tomado cerveza: ¡tenían sin gluten!) y para comer algo. Parece que estamos en plena ola de calor balcánica, pues la previsión es que las temperaturas máximas bajen entre seis y siete grados para la semana que viene.
Así que ante los elementos hemos decidido no luchar y nos lo hemos tomado con calma: comida, cerveza y descanso en el hotel cuando ya hemos podido entrar a la habitación. Ya por la noche, cuando el sol ha dejado de calentar, hemos salido a pasear un poco, a comer algo y a observar pasajeramente lo que mañana queremos tratar de disfrutar sin aglomeraciones ni calor a las 06.00 h de la mañana. Se aceptan apuestas. ¿Seremos capaces de despertarnos a esa hora?