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Primeras impresiones de Delhi | Día 2

Después de decidir que la llegada a India merecía un largo descanso, el segundo día tenía que ser el de profundizar en las primeras impresiones pasajeras de Delhi del día anterior. Constatamos que España es el único país del mundo que sella sus sueños con persianas: en India la luz te despierta a las seis de la mañana. Por suerte —o quizás por desgracia— nos alojamos lejos del centro y el ruido matutino es escaso: el motor de algunas motos, el pitido constante de los tuk tuks y el rumor de muchos pájaros.

La campaña de higiene bajo mínimos ha comenzado. La ducha sale helada y hacemos movimientos imposibles para que el agua nos limpie casi sin tocarnos. Nos lavamos los dientes con agua de botella porque llegamos sobreadvertidos: no probar el agua del grifo. “En ningún lugar de la India”, ha insistido Abhi, el dueño del sitio donde nos quedamos, y nos explica que mejor llenar nuestras botellas en el dispensador de agua purificada. Eso hacemos.

Nuestro primer anfitrión, Abhi el vivo

Abhi es un treintañero muy resuelto y charlatán. Vivió un tiempo en Brasil y por eso mezcla su inglés apresurado con palabras de portuñol roto. “Hablo muy deprisa, disculpadme”, nos dice mientras se convierte en el mejor primer guía que un recién aterrizado en la India quisiera encontrar. Nos cuenta qué no debemos perdernos, cómo debemos movernos, qué hacer, no hacer y deshacer.

Y dónde comer, qué abre y qué cierra, cuánto cuestan las cosas, cómo interpretar el enorme mapa del metro, de qué manera comprar billetes de trenes y buses. Ya al final de su disertación intenta vendernos los tours que organiza hasta Agra y Rajastán. Todo con una sonrisa enorme y “sin compromiso”. A uno le sabe mal decirle que el colchón de nuestra cama tiene la consistencia de una tabla de planchar.

Entre el caos y la espiritualidad

Nuestro día en Delhi aúna dos antagonismos de la India: el caos y la espiritualidad. No sabemos cuál de las dos nos gusta más; ni cuál nos gusta menos. Por la mañana desayunamos lejos de Abhi —que cobra unos 5 € al cambio por un “desayuno continental”— en Paharganj, el barrio mochilero de la ciudad. Lo de mochilero no sabemos exactamente a qué se debe.

Es cierto que vimos un par de turistas, pero ninguna mochila y muy pocos hostales. Paharganj tiene un par de vacas aquí y allí y un espíritu muy indio: despreocupado, hortera y simpático. Tiene rollo, tiene onda, no se lo vamos a negar. Luego, después de pasar por la estación de tren para comprar un billete a nuestro próximo destino, llegamos a lo que no estábamos preparados: Old Delhi.

Old Delhi, la bienvenida más cruda a India

El Viejo Delhi es una maraña de incertezas. La principal, si se va a conseguir salir vivo. Nunca habíamos visto nada igual. Motos, personas, animales, coches, tuk tuks, comercios, cables enormes enrollados de diez en diez a la pared, más personas, muchos más tuk tuks, aceras ocupadas, calles atestadas. Ni un metro para caminar; donde no cabe un coche entran diez tuk tuks, quince motos y dos hileras de personas que contraponen direcciones. Y uno no tiene tiempo de dudar, porque se lo comen.

Hay que seguir caminando, paso firme, cruzar por donde los demás cruzan. O inventarse un cruce alternativo. No mirar atrás, sacar fotos sin enfocar, flipar a cada metro. Old Delhi es el espacio más superpoblado que hemos conocido. Superpoblado de gente, superpoblado de escenas, superpoblado de vida. Catarsis para los sentidos, agotamiento placentero. Pero ya: dame un respiro.

Más primeras impresiones de Delhi

También conocimos la Jama Masjid, una enorme mezquita en medio de Old Delhi, que congrega a muchos musulmanes y a más curiosos. Nos quieren hacer pagar trescientas rupias por entrar. Sabemos que no es así, que la tasa es solo para cámaras. Se nos cae la cara de ingenuos, y de guiris. Tomamos el metro para cambiar de religión: de islam a sijismo y tiro porque me toca. La religión, cualquier religión, está en todos sitios en Delhi.

A los sijs les confiarías la vida, pero de momento les confiamos los zapatos. Para visitar el Gurudwara Shri Bangla Sahib —el principal templo sij de Delhi— hay que ir descalzo, sin calcetines siquiera, y cubrirse la cabeza. El lugar de culto respira paz, una espiritualidad sentida y sincera, en la que el amor al prójimo —pero de verdad— está muy presente. El día demandaba de un colofón culinario apropiado, para acabar de completar las primeras impresiones de Delhi. Comemos-merendamos-cenamos cerca de Connaught Place, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, en un restaurante que se llama Hotel. Acostumbrarse a las lógicas indias no va a ser sencillo.

Un comentario

  1. Genial, es como que estoy viajando y conociendo otros lugares y culturas, gracias por conseguir con vuestras descripciones y vuestras palabras transportarme a esos rincones del mundo y sentir que estoy viajando con vosotros. Sois estupendos

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