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La isla de los dioses | Día 3

Los tópicos son salvoconductos a la obviedad, remedios contra la originalidad, simplificaciones de la realidad. Por eso, vaya por delante la disculpa. Pero después de pasar el día recorriendo Bali de punta a punta, hemos entendido el porqué del eslogan con el que se vende al mundo: la isla de los dioses. En realidad, los porqués. Si los dioses (hinduistas) hubieran escogido un lugar en el que vivir y descansar, en el que cultivar y esparcir su credo, ese sería Bali.

Partiendo desde Kuta, el epicentro del cerveceo y el surf, el gueto australiano en la isla, hemos pasado ochos horas largas buscando algunos de los lugares que le ponen magia a Bali. Son tantos, y están tan esparcidos, que hay que dividir las visitas por fases y zonas. Por suerte no tenemos prisa y nos vamos a tomar Bali con calma, turisteándola pero también relajándonos —y consintiéndonos— un poco. Pero eso ya llegará, hoy era día para ver, admirar y capturar recuerdos.

Keda, nuestro conductor para conocer Bali

Para poder visitar la isla de los dioses, ayer contábamos que es necesario buscar el modo de transporte en el que hacerlo. Descartada la opción de la moto, escogimos la del conductor. Más cara, sí, pero también más fiable. Buscando contactos y referencias, dimos con un tipo que organiza visitas guiadas en español. Nos pedía casi 50 € por contratar un conductor que nos tenía que llevar a tres lugares del norte de la isla, y que además haría de perfecto guía en español. Nos debió intuir pobres por Facebook, porque también nos ofreció la alternativa low cost: Keda.

Evidentemente, nos quedamos con Keda. “Habla un poco de español, si se le pregunta sabe contestar”, nos decía ayer el jefazo, que debe hacerse de oro con los honeymooners que llegan de España. Los servicios de Keda nos han costado 15 € menos y su español era mejor que el que vendía el jefe. “Buenos días”, nos ha saludado esta mañana, cuando ha venido a recogernos al hostal. “No pasará de ahí y de gracias”, hemos pensado. Pero qué va.

Keda debe tener veintitantos, casi treinta. Es bajito y sonriente. “Hace dos años que estudio español, perdonadme si no entiendo”, se disculpaba antes de tener por qué disculparse. Al contrario, ha sido un cicerone de diez. Nos ha dado algunos datos —básicos, suficientes para su español de principiante—y ha respondido con apaño a nuestras pocas dudas. Además, nos ha dado libertad para visitar los lugares tanto como quisiéramos y se ha ofrecido a hacernos fotos. Ha sido un poco raro tener que depender de alguien para que nos moviera, pero valoraremos compartir con Keda futuros traslados por la isla.

Los arrozales de Jatiluwih

Una de las imágenes más recurrentes de Bali son sus arrozales. Keda nos contaba que aquí se cultivan tres tipos de arroz: blanco, rojo y negro. Después de casi dos horas de trayecto para recorrer unos cuarenta kilómetros, hemos llegado a Jatiluwih. La imagen verdísima, con los tallos larguísimos de la planta del arroz, con los senderos entre campos invitando a pasearlos, ha sido una introducción inmejorable a los encantos de Bali. Para entrar hay que pagar, como en todas las atracciones turísticas de la isla, por muy naturales que sean. Pero todas las entradas valen cada centavo de rupia indonesia. De Jatiluwih nos ha enfadado el no podernos quedar más tiempo para recorrer las rutas más largas y buscarle mejores ángulos.

Después hemos ido al templo de Ulan Danu. Indonesia es un país mayoritariamente musulmán. De hecho, es el país del mundo con más musulmanes, unos 220 millones. Sin embargo, Bali es el contrapunto a la norma: es ampliamente hinduista. “Los musulmanes no me caen muy bien, son un poco fanáticos”, nos confesaba Keda, que es hinduista. Llevaba una ofrenda en el coche, como las muchísimas que se ven por toda la isla, que renueva cada día. Ulan Danu es uno de los principales templos de Bali, pero solo funciona como tal para celebraciones especiales. El resto del tiempo es un refugio para turistas ávidos de la foto perfecta para Instagram.

Si Jatiluwih había sido hermoso, el templo ha resultado un poco decepcionante. Demasiados turistas alrededor como para apreciar su belleza. No es tan grande como uno lo imagina, y la imagen decepciona. Encima, en el mismo complejo hay montado una especie de parque infantil, con estatuas de Bob Esponja, que te señalan la salida. Todo un poco ridículo. El lugar es bonito en su conjunto, pero poco disfrutable. Es el problema de las expectativas: cuando las tienes, te decepcionas, cuando no las tienes, te sorprendes. Y eso nos iba a pasar en nuestra última visita del día.

La cascada Nung Nung, última visita del día

Conducir por Bali es una temeridad relativa. Las carreteras de la isla de los dioses están bastante bien asfaltadas, incluso las más remotas y menos transitadas. Por el contrario, son muy estrechas, zigzaguean constantemente, suben y bajan. Hay que estar tocando el claxon cada poco para avisar que vas a entrar a una curva a ciegas. Por eso recorrer veinte kilómetros es una odisea que lleva muchos minutos. En la penúltima de las odiseas del día hemos llegado a Nung Nung, una catarata hermosísima que se sale un poco de la ruta trillada por los turistas. Quizás por eso nos ha gustado tanto, porque la hemos disfrutado rodeados de una docena de personas.

La catarata, bautizada con un nombre tan balinés, se esconde muy abajo. Después de llegar al lugar hay que bajar veinte minutos de escalones desiguales que te dejan las piernas temblando. El esfuerzo para subir luego será mayor, pero habrá valido la pena. Nung Nung salta casi treinta metros desde lo alto de una colina escarpada y, como si fuera un grifo que está averiado, dispara el agua hacia abajo en chorros desiguales. El acuatizaje es violentísimo: el agua choca contra el lago y rebota. Se forma una neblina de agua que salta hacia todos lados. Nung Nung ha sido el punto y final de la visita. Keda nos ha trasladado hasta nuestro nuevo alojamiento, el Nengah House, en Ubud, la ciudad balinesa preferida por los viajeros con buen gusto. Hemos salido corriendo a comer y hemos dado con los mejores ñoquis que hemos probado nunca en el Warung Citta Ovest Pizza & Pasta. Como diría el tópico: un broche de oro perfecto al primer día visitando la isla de los dioses.

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