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Navegando en la Bahía de Halong | Día 5

La Bahía de Halong (Halong Bay en inglés) es una enorme miscelánea de islotes rocosos, todos distintos, con sus tamaños y alturas, con sus fotogénicas hechuras moldeadas por el tiempo y el mar. Es complicado sacarle una fotografía que le haga justicia. En directo es infinitamente más espectacular. Pese a todo, lo hemos intentado. Las imágenes que mostraba la cámara no conseguían asemejarse demasiado a lo que veíamos. La culpa es de los fotógrafos —nosotros— y nunca de ese fantástico enclave. Servirán, en cualquier caso, para descodificar las imágenes archivadas en la memoria.

Pese a todo, pese a lo bonito del lugar, pese a lo especial de la visita, pese a lo increíble del entorno, quizás no hemos conseguido disfrutar Halong Bay tanto como merece. Las opciones son todas demasiado turísticas, demasiado pautadas. No hay margen para la sorpresa o la improvisación. Y ese no es nuestro viaje. Lo preferimos maniobrable y con atajos, con desvíos, con cambios, con frenazos, con retrocesos. La excursión a la Bahía de Halong que contratamos —impecable cumpliendo lo que prometía— era una carretera sin curvas. En cualquier caso, en estos lugares es complicado desmarcarse de la excursión típica.

Nuestro recorrido por la Bahía de Halong

El esfuerzo de los chicos de la empresa ha sido encomiable, eso sí. La chica que ayer nos recibió y nos explicó el tour era una profesional perfecta: se sabía el discurso al dedillo. Además, respondía a las preguntas —que son las preguntas de siempre— con seguridad. No había margen para la duda con ella, la excursión iba a salir bien. Nuestro guía de hoy era Quoc, un chaval hablador y enérgico, de cara redonda y con un ligero problema para pronunciar algunas letras en su fantástico inglés. Nos juntaba para hacer la explicación general y luego, mientras simplemente navegábamos, se acercaba a charlar con los distintos grupos.

Éramos dieciséis en el barco. En un barco de dos plantas. La de abajo, con seis mesas enormes, era el comedor y la sala de reuniones. Detrás había un par de baños y la cocina. Arriba, en cubierta, una quincena de hamacas para que nos estiráramos a observar la sucesión de islas. Hemos atravesado primero la bahía de Lan Ha, la hermanita menos famosa de Halong. “Aquí hay gente que vive en el mar. Casi seis mil personas, de hecho”, nos ha contado Quoc. “Sin embargo, en Halong no vive nadie porque es territorio protegido por la UNESCO”, ha puntualizado.

Una de esas aldeas flotantes la visitaríamos luego por la tarde. Las casas sobre el mar se sitúan siempre entre islotes, nunca a mar abierto. “Para evitar la marea”, contaba nuestro guía. Las aldeas tienen todo lo que uno pueda necesitar: agua, electricidad, comida, karaokes y televisión por satélite para ver el fútbol. “Solo hay dos cosas que faltan: escuelas y hospitales”, explicaba Quoc. Quién necesita ir al cole si puede ver el clásico por televisión, pensamos irónicamente.

Las aldeas flotantes de la bahía

En estas aldeas flotantes viven de lo que pescan, que luego venden. Quoc nos ha llevado a la casa del jefe de la aldea. “Aquí el que manda es el que tiene el pez más grande”, explica. Nuestro guía nos tenía intrigados. Ha empezado a levantar los trozos de madera que sirven de suelo y nos ha enseñado al mero más grande de la zona. “Pesa 150 kilos”, nos contaba mientras todos saltábamos del susto. Era un mero gigante. Cada año hay unos pesadores que pasan por todas las casas flotantes para comprobar quién es ese año el jefe. “Si el mero muere, el honor pasa al que tiene el segundo mero más grande”, cuenta.

La visita a la aldea flotante ha sido nuestra última parada de la excursión por la Bahía de Halong. Antes, por la mañana, hemos navegado tres horas. Ha sido una especie de introducción al territorio. Luego hemos comido —mucho y muy bien—. Era entonces el momento de bajar al mar para ver más de cerca esas rocas escarpadas enormes. Le hemos dado la vuelta a varias de ellas en kayak, cruzándolas por debajo, pasando a centímetros de ellas, comprobando de cerca lo particular de sus formas. Lo del kayak se nos ha dado regular. No conseguíamos simultanear esfuerzos. El uno paleaba muy rápido y la otra demasiado superficialmente. Así, avanzábamos muy lentos y muy torcidos. “¿Todo bien?”, nos ha preguntado Quoc, ante nuestra evidente falta de destreza. “Sí, sí, claro”, hemos mentido.

Pese a nuestra torpeza a bordo del kayak hemos conseguido avanzar, siempre a cola del grupo, y divertirnos bastante. Ya de vuelta en el barco hemos seguido navegando Halong Bay, hemos tenido tiempo de darnos un baño en medio del Mar de la China, y hemos llegado al pueblo de pescadores. El tiempo nos ha acompañado a medias, y eso ha ayudado a hacer del tour una buena experiencia. Ha llovido un poco, pero solo lo suficiente para mantener el cielo nublado y evitarnos calor de más. Puede que Halong Bay se vea distinto desde alguno de esos cruceros espectaculares que nos hemos cruzado en el camino. Pero a falta de dinero, y de margen para hacerlo por libre totalmente, nos quedamos con nuestra experiencia low cost por la bahía de Halong.

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