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Introducción exprés de Singapur | Día 2

El alojamiento que hará las veces de casa en Singapur durante casi una semana no podría ser más conveniente: un Ibis absolutamente céntrico, a tiro de un par de paradas de metro —o de un ratito de paseo en las horas menos calurosas— de casi todo. Es aquí donde nos recoge a mí y a los otros cuarenta con los que viajo Chong, un representante de la universidad que acoge nuestra visita, la SMU, y una guía profesional, Michelle, que se convierte en la persona más cualificada para una introducción exprés de Singapur, de las vicisitudes y curiosidades del país. Partimos a las 9.00 h del hotel camino de Little India, donde los olores y las caras rememoran ese mes y medio tan divertido, y también tan sufrido, que pasamos en el norte de la India en 2019.

La lluvia monzónica en Singapur

Pasamos luego por Kampong Glam, el barrio musulmán del país, de mayoría malaya, donde está la mezquita Sultan. Chong ya nos había advertido al principio del tour que el mes de junio es uno de los más lluviosos. Y efectivamente, la lluvia aparece de repente de la nada y empieza a rociar con empeño durante media hora. Es una lluvia de esas monzónicas que sabes que arrecia para desaparecer en breve. Hace un calor horrible y el agua de la lluvia le disimula a la camiseta el sudor.

El cielo empieza a clarear y nos da tregua para poder disfrutar de un paseo en barco desde Clarke Quay por el río Singapur, escenario perfecto para dimensionar la magnitud del crecimiento también hacia arriba de esta ciudad-estado. Los rascacielos del distrito financiero singapurense se amontonan a un lado del río, emulando casi el skyline de Shanghái, y del otro lado se sitúan algunos de los elementos recurrente de la postal típica del país: el hotel Marina Bay Sands, el Singapore Flyer y el Flower Dome.

Primera incursión en los hawker centre

El paseo en barco es una turistada sin parangón perfectamente medida, la típica que detestas disfrutar porque, claro, tú no eres un simple turista. Pasamos por la Haji Lane y la antigua estación de policía, dos de los enclaves del país más instagrameados e instagrameables, con sus murales y tiendecitas uno y sus ventanas multicolor el otro. Así nos los vende Michelle en esta introducción exprés de Singapur, que reconoce que “lo instagrameable es siempre lo más demandado” por sus guiados, junto con las recomendaciones para comer.

Y en esas estamos porque son las 12.00 h y es hora del almuerzo en Lau Pa Sat, un hawker centre en un edificio de estilo victoriano perfecto para empezar a habituarse a la cultura de la comida callejera de Singapur. Los hawker centre (en plural, porque hay centenares) son patios de comida en los que se encadenan puestecitos con todo el repertorio de gastronomías asiáticas, especialmente de las comunidades locales mayoritarias: la china, la india y la malaya. Los hawker centre son una constante en la vida local. “Nos sale más barato comer aquí que cocinar”, asegura Michelle.

Hacemos lo que nos dicen nuestros dos cicerones: compartir dos o tres platos. Unas tapas al estilo singapurense: el clásico chicken fried rice (arroz con pollo), unos noodles, unas verduritas y un plato de cerdo bien grasiento que casi podría competirle en sabor a los torreznos castellanos. Para beber Chong nos trae sugar cane, una especie de té helado que está muy bueno y amenaza con convertirse en la adicción a repetir durante toda la semana. El pollo está muy rico, el cerdo también y solo los noodles no resultan del todo satisfactorios.

Introducción exprés al Singapur de los singapurenses

Comemos hasta saciarnos por cuatro o cinco euros (unos siete dólares singapurenses) y Michelle empieza a contarnos algunas de las cosas que hacen de Singapur un país de lo menos convencional. Antes de llegar hemos pasado por una de las partes del circuito urbano del gran premio de Fórmula 1 que acoge la ciudad cada año. La guía recoge el tema para contarnos por qué en Singapur no hay tráfico: porque los coches son muy caros (no menos de 60.000 € el utilitario más convencional), porque quien quiera tenerlo debe pagar una licencia que tiene un precio fluctuante y puede llegar a costar 100.000 $ (unos 70.000 €) y porque el gobierno ha establecido una especie de cupo para el parque automovilístico del país.

“Yo tuve un Honda Civic en el año 2000 que compré por más de 60.000 € de entonces, y tuve que venderlo al año depreciándose la mitad porque eran inasumibles los costes”, cuenta Michelle. La gasolina es cara (casi 2 euros el litro a día de hoy) y tener un parking, o aparcar en la ciudad, es un lujo. Tener coche solo es posible para los muy muy ricos. “Yo tengo carné de conducir pero no me planteo tener coche”, dice Chong. Explican que las diversas líneas de metro cubren con creces todos los puntos del país, y que tener un coche realmente es innecesario. El gobierno no quiere coches, o solamente los imprescindibles, y por eso pone tantos impedimentos. La introducción exprés de Singapur lo está siendo también sobre su realidad menos turística.

Lo bueno y lo no tan bueno de Singapur

“Mi hijo estuvo un tiempo en Nueva Zelanda y no sabía si quería volver: ahí tenía la libertad de conducir”, dice Michelle. Asegura que aquí, en Singapur, los jóvenes están malcriados y que salir del país y ver el mundo real les ayuda a valorar lo que tienen en casa. ¿O a darse cuenta de lo que adolecen, quizás? Singapur parece que vive diez años por delante de nosotros. El progreso de Singapur ha sido vertiginoso, ha pasado de ser un pueblo de pescadores a uno de los países más ricos del mundo en apenas un par de generaciones. “Los más mayores apenas pueden seguir el ritmo de los cambios, no entienden cómo Singapur puede ser tan distinto en tan poco tiempo”, nos cuenta la guía.

El país practica una política de corte autoritario que muchos se aventuran a equiparar con una dictadura. “No sabría decirte alguna zona en la que debáis tener cuidado: todos los sitios son seguros”, nos explica Michelle. Aquí todo el mundo parece que vive más o menos bien y con sus necesidades cubiertas, lo que repercute en una ausencia casi absoluta de la delincuencia y el crimen. Singapur todavía tiene pena capital para algunos crímenes y es célebre por la multitud de normas que pueden llevarte a una multa, a la deportación o a la cárcel: mascar chicle, traer cigarrillos del país de origen, comer en el transporte público o cruzar con el semáforo en rojo. Los guías insisten en que la autoridad policial es implacable y que mejor no tentemos a la suerte.

La convivencia pacífica de las diferentes comunidades

La última parada del tour es Chinatown, donde hay más hawker centres, cafeterías y decenas de tiendas de suvenires, además de templos y muchísima, y muy fotogénica, vida callejera. Los chinos y los indios de Singapur tienen poco que ver con los chinos que conocimos en China y con los indios que conocimos en la India. Es siempre injusto generalizar, pero lo cierto es que realmente son diferentes: menos intrusivos, más amables, menos curiosos. La guía nos explica que en las escuelas todas las comunidades se mezclan y crecen y se desarrollan juntas. El gobierno no quiere guetos, los quiere a todos singapurenses.

Es recurrente ver parejas mixtas y la convivencia entre malayos, indios, chinos y el resto de las comunidades es absolutamente pacífica. En la escuela el inglés es el idioma vehicular principal, y luego cada alumno estudia un segundo idioma en función de su origen. El gobierno ha normalizado la no segregación a través de la norma: en los edificios la proporción de inquilinos tiene que estar perfectamente equiparada con la proporción de comunidades representadas en el país. Incluso en Chinatown es sencillo encontrar restaurantes indios y vecinos malayos.

Chili crab para acabar el día

El tour acaba a primera hora de la tarde y nos devuelven al hotel con muchísima información que procesar sobre la realidad del país tras la introducción exprés de Singapur. Después de descansar un rato, es momento de salir a tomar un par de fotos cerca del hotel. Visito la biblioteca nacional para confirmar todo lo aprendido: pocos coches por la calle, convivencia pacificada y normalizada de todas las comunidades, población educada y nivel de vida medio-alto. También visito una especie de centro comercial solo de librerías, en el que pese a ser domingo me cruzo con muchos locales que trastean entre estanterías.

La cena sirve para tachar de la lista uno de los imprescindibles gastronómicos del país: el chili crab, el cangrejo con salsa picante. Está bueno sin presumir, pero todo sea por la experiencia de comerse un cangrejo traído de Sri Lanka en Singapur. Ah, porque eso es importante: en Singapur se importa todo, no tienen recursos naturales. Es la antítesis de lo que persigue por ejemplo Corea del Norte. Como nos explica al día siguiente un profesor: “Aquí importamos hasta personas”.

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