Nada nos tenía preparados para lo que nos esperaba esta noche, para cazar —sin buscarlo ni pretenderlo— una ristra de auroras boreales en el remoto pueblito de Kirkjubæjarklaustur. Muchas horas antes, el día había empezado en Skógafoss despertando frente a la cascada, con los últimos coletazos del viento que nos había hecho temer por la integridad de la van, y sobre todo por la nuestra propia. La noche ha sido una pesadilla que nos ha mantenido en vela sin saber qué hacer. Las ráfagas de viento han azotado nuestra casa rodante todos y cada uno de los minutos que queríamos destinar — a la postre sin éxito— a dormir. La naturaleza islandesa la estamos conociendo en su modo más hostil una noche, y en su forma más inaudita y bella la noche siguiente.
La mañana la hemos dedicado a salirnos del patrón turístico convencional, lo cual supone un logro del que nos sentimos orgullosos. Es prácticamente imposible desviarse del itinerario en forma circular que todos los que visitamos Islandia seguimos; ya sea de Reykjavik hacia arriba, los menos, o de Reykjavik hacia abajo, como estamos haciendo nosotros al son de la mayoría. El margen para la originalidad en el recorrido por la isla se reduce cuando descuentas los días destinados a la ruta, con prisas por llegar a todo lo que hay que ver. Esta forma de viajar tachando imprescindibles, en la que lo importante es coleccionar experiencias más que experimentarlas, es a veces difícil de esquivar, incluso cuando uno viaja con voluntad de ir más lento y atento.
La visita a la isla de Heimaey, en las Vestman
El caso es que hemos conseguido romperle la lógica a la ruta tradicional, tomando un ferry de poco más de media hora para llegar a Heimaey, la más grande, importante y la única habitada de las islas Vestmannaeyjar, las Vestman. Este archipiélago, con cerca de 5.000 habitantes y situado frente a la costa sur de Islandia, está formado por una quincena de islas volcánicas y varios islotes, famosos por su paisaje dramático, sus colonias de frailecillos y su intensa actividad geológica. De hecho, en 1973, una erupción inesperada del volcán Eldfell obligó a evacuar a toda la población. Y transformó el perfil de la isla para siempre.
Nuestra primera parada en la isla es precisamente Eldfell, desde donde la vista de la isla y los alrededores es magnífica. Es un trekking suave, asumible sobre todo para Marc y Diana, los más senderistas del grupo, mientras que los más urbanitas —Ángela y los dos nómadas habituales, Caro y Cris— nos damos la vuelta a mitad de camino para volver a las calles de Heimaey. Allí, ellas dos se quedan saltando en una enorme cama elástica de colorines que hay en medio del pueblo. Y él entabla un par de interacciones con los locales para conseguir la tarjeta SD que devuelva a la vida a nuestra cámara.
Las gentes de Heimaey son amables y agradables sin necesidad de mostrarse cálidos, porque ese adjetivo seguramente siquiera existe en islandés, porque no lo necesitan: el frío define y adjetiva su país, no necesita un antónimo. En todo caso, son eficaces y colaboradores, y tienen incluso aquí, en la isla remota, un inglés de academia. El grupo se vuelve a juntar en la cama elástica, donde un niño local nos rompe la diversión cuando se adueña de la atracción. Caminamos en dirección hacia el oeste de la isla. Primero pasamos por el estadio del ÍBV, el club de fútbol de la isla, que están remodelando mínimamente con vistas al debut liguero.
La búsqueda de los frailecillos islandeses
En el ÍBV entrenó el seleccionador milagro islandés, Heimir Hallgrímsson, que llevó a Islandia a los cuartos de la Euro de 2016 y a su primer Mundial. El exitoso técnico es el paradigma de la actitud islandesa, como cuenta Axel Torres en su El faro de Dalatangi. Seco, sencillo, ganador y buen conversador solo cuando agarra confianza, Hallgrímsson era el dentista de la isla, profesión que compaginó durante mucho tiempo con el fútbol. Desafortunadamente, no nos lo encontramos en nuestro paseo por el estadio minúsculo del ÍBV, uno de los más espectaculares del país con el mar, las montañas y los acantilados de fondo.
Un poco más allá tratamos de encontrar frailecillos, esos simpáticos pájaros de pico anaranjado que anidan en los acantilados islandeses cada verano. Esta es la época en la que empiezan a llegar a sus costas, pero no tenemos la suerte de ver ninguno. Volvemos a la zona del puerto con una compra de supermercado para almorzar. En poco más de una hora ya estamos de vuelta a la Ring Road, la carretera principal de Islandia. Quedan dos paradas más en el itinerario del día. La primera es Dyrholaey, donde el viento vuelve a azotar con fuerza. Dyrholaey es un montículo de origen volcánico desde el que las vistas son espectaculares. Se ven el océano, los acantilados y los arcos de roca que se adentran en el mar.
Las auroras boreales de Kirkjubæjarklaustur
Veinte minutos después está Reynisfjara, la playa de arena negra y formaciones rocosas talladas por el viento y el oleaje. Es famosa por sus columnas de basalto, sus imponentes acantilados y la fuerza bruta del Atlántico, que la azota sin tregua. Por eso se la conoce como la playa más peligrosa del mundo, otra de esas etiquetas tan bien apuntadas por los responsables de marketing. Aquí nos hacemos algunas tomas con el dron y recreamos fotos pretéritas del único de los cinco que repite viaje a Islandia, Marc.
Partimos hacia nuestro nuevo camping, que se confirma rápido el mejor de los tres que hemos conocido hasta el momento. Tiene baños más o menos aseados, duchas más o menos disfrutables, una cocina con mesas más o menos aprovechables y un entorno desde luego bonito. El cielo está claro, despejado, hace frío pero no viento. El radar de auroras boreales nos marca una alta probabilidad de que suceda lo que ya ninguno esperaba.
Pero sí, pese a estar al límite de la época de auroras boreales en Islandia, esta noche hemos tenido la fortuna de verlas en toda su intensidad, belleza e incomprensible magia en Kirkjubæjarklaustur, donde el cielo se ha tornado a ratos verde y ha comenzado a moverse con la lógica de las olas. La felicidad es plena. Las auroras boreales de Kirkjubæjarklaustur forman ya parte de nuestros momentos culminantes como viajeros. Y sí, Islandia deber ser el único país en el que es más sencillo ver auroras que pronunciar el pueblo en el que las ves.