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El tour al glaciar islandés | Día 6

Desde nuestro camping en Skaftafell tenemos quince minutos de coche hasta Troll Expeditions, la compañía con la que vamos a conquistar el hielo visitando el glaciar islandés de Vatnajökull, el más grande de Europa. Hay que equiparse de manera exagerada para la foto, y también por seguridad. Nos ponen unos arneses que descubriremos que no utilizaremos y nos dan unos crampones que nos servirán para caminar en el hielo. También nos ceden a cada uno un hacha y un casco verde bien chillón, con el logotipo de la compañía en la frente, una excelente estrategia de marketing: el nombre de la empresa va a salir en cientos de fotos de Instagram.

El inicio del paseo por el glaciar islandés

Eirin es nuestra guía, una irlandesa veinteañera risueña y un poco despistada, que nos lleva de aquí para allá con espíritu de servicio pero sin el carisma del guía que se ha llevado a la otra mitad de la expedición. Ellos —los otros— van a hacer solo el hike por el glaciar, en un tour que dura tres horas. Nosotros hemos escogido la versión premium, y cara, de la experiencia: el hike más la visita a una cueva de hielo. Nuestro tour es un poco más largo, dura cuatro horas.

La primera hora se pasa entre el desplazamiento desde el edificio de la compañía al glaciar, explicaciones sobre el funcionamiento de la excursión, algunas vaguedades sobre el lugar —que ya habíamos leído en la Wikipedia— y una larguísima caminata de más de media hora desde el punto en que nos deja el bus hasta la entrada del glaciar. La caminata y la vuelta al edificio también se repiten luego de vuelta, con lo que el tiempo efectivo de tour es de poco más de dos horas. Eirin nos cuenta cómo ponernos los crampones y nos invita a quitarnos algo de ropa si creemos que vamos a pasar calor. Es una ironía que el día más caluroso en Islandia vayamos a pasarlo en un glaciar.

El lugar es imponente, de un blanco que molesta a la vista, que solo puedes mirar con el filtro de las gafas de sol. Caminamos poco a poco intentando entender cómo hay que moverse con los crampones como añadido a nuestras botas. Paramos un rato para hacer algunas fotos en una zona en la que el glaciar islandés de Vatnajökull ofrece sus mejores vistas. Hay decenas de grupos moviéndose por el glaciar, arriba y abajo. Las otras empresas operan en otras partes del glaciar. Ascendemos y luego descendemos en dirección a la cueva de hielo. Somos doce en el grupo y efectivamente, sí, todos venimos de España.

Del glaciar al lago helado Jökursárlón

Eirin nos separa en dos grupos para entrar a ver la cueva de hielo. Pasamos primero nosotros cinco y nos decepcionamos un poco. La cueva tiene apenas quince metros de largo y sí, está helada, pero es difícil encontrarle la gracia. Eirin, con buena voluntad y su espíritu de servicio intacto, nos marca un buen punto para la foto, que nos toma con prisas. La foto es mediocre y el fondo no dice nada. El spot bueno es la salida de la cueva. Eirin nos apremia porque tiene que entrar la otra mitad del grupo, después de haber pasado solo cinco minutos dentro. Aprovechamos que nos quedamos solos fuera para volar clandestinamente el dron un par de minutos, un logro que apenas subsana la decepción generalizada que sentimos al final del tour.

Por suerte, Islandia no sabe de decepciones y siempre tiene un as en la manga para darle la vuelta a la situación. Después del glaciar islandés llega el lago helado de Jökursárlón, que aparece de repente en la carretera como una de las imágenes más impactantes de lo que llevamos de viaje. Jökursárlón es el lago glaciar más grande de Islandia, formado por el deshielo del glaciar Vatnajökull que hemos visitado hace un rato, y salpicado de icebergs que se desprenden de una de las lenguas del glaciar. El lugar tiene un encanto extraordinario y es hogar de decenas de focas que nadan y nos saludan desde esas aguas heladas.

La Diamond Beach y otra noche de auroras boreales

Justo al lado está Diamond Beach, la última parada del día. Esta playa es famosa por los bloques de hielo que arrastra el lago Jökulsárlón hasta el mar, y que el oleaje devuelve después a la arena negra, donde brillan como diamantes. En esta época del año hay menos hielo que de costumbre y el efecto diamante se difumina. En cualquier caso, es una doble parada que disfrutamos mucho, que compensa con creces la pequeña decepción del glaciar. Volvemos a la van, a la que ChatGPT nos ayuda a bautizar: Ragnivan. Había que ponerle nombre a este bicho que nos está sirviendo de dormitorio, vehículo, baño, comedor, cocina y sala de estar.

Hoy hacemos noche a las afueras de Vík, que significa bahía en islandés. Ahí hay un camping pequeño en el que dos catalanas trabajan en la recepción, y que tiene un café de lo más acogedor con riquísimos pasteles. Nos ha gustado tanto el lugar que una de las integrantes del grupo asegura que va a venir a vivir y a trabajar aquí una temporada. De momento, simplemente instalamos a Ragnivan cerca de la electricidad.

Estamos solos pero el camping se llena hasta los topes conforme pasan las horas, y ya de noche eso está atestado de campers y coches, de gente que hace cola para usar los baños y las duchas. Es noche de Champions y aquí el merengue del grupo verá cómo su equipo queda eliminado contra el Arsenal. Pero de nuevo, Islandia sabe cómo compensar las decepciones. Cuando abrimos la puerta de la van y miramos al cielo volvemos a encontrarnos con el espectáculo verde y morado de las auroras boreales islandesas. El día del glaciar islandés ha sido también el tercero durmiendo con auroras.

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