Hoy cambiamos de nuevo de país, el cuarto de nuestro viaje de verano de 2025. El cuarto y también el último. Después de haber empezado por Corea del Sur y haber seguido por Malasia intercalándolo con Brunéi, hoy hemos saltado a Singapur, al que volvemos un año después de que lo visitásemos (en realidad uno de los dos) en 2024 durante más de una semana. El vuelo, con Malaysia Airlines, partía de Kuching a las 10.00 h y eso suponía un madrugón extra.
De hecho, no hubiéramos necesitado madrugar tanto si no hubiera sido por la autoimposición que nos habíamos marcado de disfrutar al máximo del tercer y definitivo desayuno buffet en el Sheraton de Kuching. Según nuestros cálculos, para poder estar en el aeropuerto un par de horas antes del despegue necesitábamos salir del hotel sobre las 07.45 h. El ejercicio de retroplanning indicaba que, en tal caso, a las 07.15 h debíamos estar en la habitación duchándonos y cerrando maletas. Y si queríamos disfrutar del buffet como es debido, había que estar en el restaurante una hora antes, a las 06.15 h.
Con la puntualidad que solo un desayuno así merece, a las 06.15 h hemos bajado los dieciocho pisos que separan nuestra habitación del restaurante. Pero no contábamos con que habíamos entendido mal: la hora de inicio del desayuno era a las 06.30 h, y no las 06.00 h, con lo que hemos visto recortado nuestro placer gastronómico matutino en un cuarto de hora. Con más prisas de las debidas hemos hecho el recorrido habitual del buffet. Primero, la fruta; luego, los salados; y finalmente, el colofón: el kaya, el café y los dulces.
De Kuching a Singapur con escala en Kuala Lumpur
Como era de prever, no hemos sido tan hábiles solventando el cierre de maletas y la ducha. Y encima, el conductor del Grab ha tardado más de lo esperado en venir a recogernos. Así, hemos llegado al aeropuerto de Kuching a las 08.30 h, solo una hora y media antes del vuelo. En todo caso, y pese a la incertidumbre, no hemos tenido problema en gestionarlo todo en hora e incluso nos ha sobrado tiempo para perderlo en la sala de embarque, lo que se ha traducido en el penúltimo souvenir no necesario del viaje.
El vuelo de Kuching a Singapur, al que volvemos un año después, tenía una escala en Kuala Lumpur. En el primer vuelo nos han dado nasi lemak para desayunar, que el más glotón de los dos ha decidido no aceptar porque todavía se le salía la última tostada de kaya por la boca. El segundo vuelo, el de Kuala Lumpur a Singapur, también incluía unos cacahuetes, una galleta y un agua por pasajero. Y en Europa nos cobran por respirar y todavía se ríen de nosotros. Viajar a Asia, y por Asia, es un gustazo.
El aeropuerto de Changi en Singapur es uno de los más eficaces del mundo en cuanto a procesos migratorios se refiere. Si has rellenado correctamente la documentación previa requerida no te hace falta sello ni lidiar con un guardia. Simplemente sitúas el pasaporte en una máquina y los procesos biométricos, que reconocen tu expresión facial, hacen el resto: welcome to Singapur. Desde el aeropuerto hemos tomado un par de metros hasta la zona de Boat Quay, la más turística de la ciudad, donde tenemos nuestro alojamiento.
Adiós al buffet del Sheraton, hola al hostel de Singapur
El salto entre nuestros hospedajes de Kuching y Singapur ha sido notable. Hemos pasado del lujo moderado del Sheraton a un hostal atestado de gente en espacios reducidísimos. Esto es Singapur y los precios del alojamiento, y de casi todo, están por las nubes. Es el país menos amigable para presupuestos ajustados y mochileros de toda la región. Por eso solo vamos a pasar dos noches. Por eso, por los precios, y también porque esta visita a Singapur un año después es simplemente transitoria antes de retornarnos a casa.
Singapur es húmedo y caluroso invariablemente. El recepcionista del hostal, un singapurés que no se cansaba de hablar, nos ha contado que recuerda el único día, hace muchos años, en que se puso chaqueta para ir al colegio y no llegó sudando. Estaban a veinte grados. “Fue nuestra peor ola de frío”, ha bromeado. Conscientes de ello, ya hemos guardado a conciencia dos cambios por día en las maletas para estos dos días finales, en previsión de que el sudor nos obligue a modificar los outfits durante la jornada.
Lau Pa Sat y los Gardens by the Bay
Para este primer día en el país teníamos dos objetivos marcados en la ruta. Primero, hemos visitado Lau Pa Sat, el hawker centre más estiloso de Singapur, que un año después volvemos a pisar para volver a degustar sus mejores recetas callejeras y el sugar cane, el jugo de caña de azúcar, el mejor remedio contra el sofoco singapurés. Hemos pedido varios platos en el comedor central a la espera de comer el plato principal en la calle, en la Satay Street, que se cierra cada día al tráfico a partir de las 19.00 h y se llena de mesas y puestos de satay riquísimos.
Después de comer hemos ido en metro a Gardens by the Bay, unas de las grandes estampas del país, ese conjunto de árboles robóticos que definen a la perfección cómo se mimetizan en Singapur la tecnología de última generación con la naturaleza. Hemos visto el espectáculo de luces que hacen cada día, un show un poco viejuno y demodé, más propio de un musical de los setenta o los ochenta que de 2025.
Con una ligera decepción a cuestas, hemos caminado en dirección al hotel Marina Bay Sands, ese hotel impresionante de tres torres unido por una enorme plataforma superior en la que se ubica la infinity pool más legendaria. Hemos cruzado el hotel de camino al metro y nos hemos prometido que algún día, en un futuro ojalá no muy lejano, nuestro paso por el hotel no será tan fugaz y nos alojaremos en una de sus habitaciones. Sin embargo, hoy hemos vuelto a la realidad de nuestro hostal, donde hemos cerrado el día haciendo una hora de cola para tener turno en la ducha.