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Viaje en El Chepe: el tren que cruza Sinaloa y Chihuahua

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El tren como medio regular de transporte para personas (prácticamente) no existe en México. El país está cruzado por vías, que solo ocupan y utilizan los mercancías. Desde la anodina ciudad de Los Mochis, en el estado de Sinaloa y cercana a la frontera con Sonora, parte el viaje de El Chepe, uno de los pocos trenes de pasajeros del país. El Chepe es la anomalía convertida en atracción turística. Empieza su travesía a las 06.00 h de la mañana puntual. Es noche oscura todavía y el horizonte solo se adivina. A esta hora tan temprana la versión regular del tren, la que se reivindica original, El Chepe Regional, comienza su viaje con el propósito primero del transporte: transportar. Personas, para el caso.

Mexicanos de vestir modesto, cara aindiada y acento nada chilango hacen cola en la billetería de la estación. Ahí, en la estación, solo se pueden adquirir los tickets más restrictivos, los de la clase económica. Solo dan acceso a un trayecto —sin paradas intermedias—, a un asiento y a los snacks que les ofrezca un carrito escaso que pasa cada tanto. El resto de mexicanos, que vienen quién sabe si de la otra punta del país, se enfundan en abrigos aparatosos, bufandas espesas y gorros de nieve. Ellos, que nunca se habían abrigado tanto, también van a tomar El Chepe Regional. Esos turistas no habían estado en Chihuahua, donde el frío sí existe, donde el invierno tiene temperaturas que le son propias.

Con los años, a los turistas se les incentiva —obliga— a tomar El Chepe Express, la versión de lujo del ferrocarril. Para poder disfrutar de la versión regional y económica del tren, hay que reservar antes un tramo de El Chepe Express, como explican en su web. Eso ha cambiado sustancialmente desde la pandemia, pues con anterioridad sí que era posible tomar sin restricciones El Chepe Regional. De hecho, lo que contamos en esta crónica se basa en nuestra experiencia en febrero de 2019 a bordo de la versión normal del tren. A fecha de agosto de 2024, que es cuando hemos actualizado y revisado el artículo, ese mismo viaje que nosotros hicimos no se puede realizar en las mismas condiciones. 

Los primeros pasos de El Chepe

Como las grandes catedrales, la construcción y puesta en marcha de El Chepe ocupó más de un siglo. El proyecto se inició en 1861 y justo cien años después, en 1961, se inauguró el Ferrocarril Chihuahua Pacífico, el nombre sin acrónimos de El Chepe. Sin embargo, no sería hasta el 19 de febrero de 1998 que el tren empezaría a funcionar de manera efectiva. Los mexicanos se enorgullecen de El Chepe, aseguran que es una especie de obra maestra férrea. Y en realidad lo es. Definir los trazos de las vías por la sierra Tarahumara, una intrincada cadena montañosa, es un auténtico hito.

A la media hora de dejar Los Mochis a la espalda, el sol despunta rayos tímidos de sol. El amanecer comienza a aparecer a la derecha de El Chepe. A la izquierda, una tenue neblina baja hasta las cosechas y las abraza. Las vistas son de momento insulsas. Los asientos son amplios, cómodos, invitan a un viaje largo de nueve horas. Sirven de perfecta cama para apuntalar el sueño del madrugón. La panorámica, de momento falta de interés, ayuda a que venza el sueño.

—A partir de las siete estará abierto el vagón restaurante. Les recomiendo aprovechar e ir a primera hora, antes de que lleguemos a El Fuerte.

Lo anuncia a viva voz uno de los operarios, ataviado de verde uniforme de pies a cabeza, con una pajarita negra sobre la camisa blanca y gorra a juego. En su vertiente de tren turístico, El Chepe alienta a servir solo de paréntesis entre las paradas del viaje; pero en la práctica, por su escasa frecuencia, las estaciones intermedias sirven casi de condimento del viaje.

La primera parada, El Fuerte

El Fuerte es la primera parada partiendo de Los Mochis, un pueblo mágico —denominación a la que aspiran todos los pueblos del país— desde el que se suben más pasajeros. La mitad son mexicanos como los que vienen de Los Mochis, de los que turistean, la otra mitad son gringos jubilados, de mofletes enrojecidos, que se montan al tren como si abordaran la aventura definitiva.

Conforme norteamos el paisaje se vuelve imponente. La vía se angosta. A la izquierda “pura piedra”, le dice un operario a la gringa que trata de distraer su cigarrillo en la ventana. Se vuelve y busca la otra parte del pasillo. Ahí, el tren juega a hacer funambulismos con el precipicio; más atrás, la panorámica es hermosa: una enorme presa que sirve de frontera natural entre estados, montes que se amoldan a la forma del cielo y vegetación amarronada y caduca. El cactus se adueña del paisaje. Su verde espinoso se mezcla con el resto de árboles y las hierbas descuidadas se enredan a las vías.

Hora del desayuno en El Chepe

La velocidad del tren es moderada, como tratando de no descarrilar, dando azotes a ratos. Los operarios van y vienen, enuncian las siguientes atracciones del trayecto, revisan billetes, solucionan imprevistos y venden llaveros e imanes. Entre coche y coche tratamos de apostarnos en las ventanas para disfrutar un poco de la vista y hacer un mucho el periodista de viajes. Los gringos jubilados también quieren sacar fotos y le suponen a uno políglota entre risas:

—Otro turno, que pase el siguiente.

Hacemos como que nos reímos y les cedemos la ventana —un rato—. Se cansan rápido de las vistas, por suerte, y se dirigen al vagón restaurante. Se sirven desayunos muy mexicanos: copiosos, pesados, llenos de sabores, de cuchillo, tenedor y cuchara. Los frijoles con huevos revueltos y alguna suerte de guiso —que más de uno solo se imaginaría engullendo después de tres días de intenso ayuno— son el pan con mantequilla y los cereales mexicanos de cada mañana. Muchos de los gringos de mofletes colorados se atreven con la orden mexicana. Los menos osados se conforman con un café —aguado, de casi 2 €— y una concha, la pieza estrella de la bollería cotidiana.

Témoris, segunda parada de El Chepe

El precio de la comida en el vagón restaurante de El Chepe está al alcance de los turistas que pagan El Chepe. El tren es un lujo que se permite una vez en su vida la clase estable mexicana y una aventura, por los precios, muy poco mochilero-friendly. El Chepe Regional, en el que estamos, es la versión sin florituras y tiene dos clases: la económica, para la que los billetes solo se pueden adquirir el mismo día en taquilla, y la turista, que se puede reservar vía internet. Mientras la una está destinada a realizar trayectos únicos, la otra sí permite ir saltando de estación en estación y hacer noche en ellas.

En Témoris, la segunda parada del recorrido, la vía se duplica. Aparcado al otro lado está El Chepe Express esperando a que pasemos. Nos mira por encima del hombro. Los pasajeros se acercan a las ventanas y saludan el folclore de El Chepe Original, el añejo, desde sus sillones de diseño y sus vagones con múltiples ambientes. El Express no hace el camino completo hasta Chihuahua, solo llega hasta Creel. Sin embargo, el precio del billete fácilmente se triplica en función de la estación de destino. En sus dos versiones, el tren solo sale tres días a la semana hacia cada dirección. Por eso, hay que venir a hacer el viaje en El Chepe teniendo bien planificado el recorrido. Otra opción es no hacerlo de ida y vuelta, solo en una dirección, y después buscar dos vuelos desde los extremos: desde Chihuahua y desde Los Mochis.

Las tarahumaras y sus artesanías

Un poco más adelante, en San Rafael, el tren se detiene dos veces. Al otro lado de la ventana hay una gran explanada, tierra mezclada con vías nunca usadas. Por la ventana asoman de repente intermitentes cabezas de mujeres, que suben y bajan, que se cubren la coronilla con pañuelos coloridos. Efectismos de marketing para darle fuerza a su relato. Portan cestos de todos los tamaños. Se pelean sin pelearse para ganar el mejor lugar y, de puntillas, les muestran a los pasajeros sus artesanías.

Son tarahumaras, la comunidad indígena mayoritaria del estado de Chihuahua. Ya se saben los horarios de viaje de El Chepe y de la generosidad de los gringos de mofletes colorados, que no van a escatimar en pesitos. El tren avisa a bocinazos y avanza sin mirar atrás. Las mujeres, entonces, se suben un poco la falda y empiezan a correr. Una de ellas calza zapatillas deportivas y pronto se pone en cabeza del grupo. Los tarahumaras son famosos por su capacidad atlética. El tren vuelve a detenerse a los dos minutos, y las vendedoras de cestitos ya están ahí: saltan de nuevo, tratan de convencer a los indecisos. Los convencen.

Divisadero y Creel, las bases para explorar las Barrancas del Cobre

—Próxima estación Divisadero. Estaremos quince minutos detenidos.

Uno de los trabajadores avisa de la llegada a la principal parada del viaje. En Divisadero se encuentran las Barrancas del Cobre, el gran reclamo turístico de esta parte del país. Los gringos despiertan y empiezan a recoger su equipaje. Todos se bajan aquí, vienen juntos. Nosotros seguimos hasta Creel, la siguiente estación una hora más adelante, que sirve de mejor base para explorar la zona.

En esta entrada te explicamos qué puedes visitar si te embarcas en el viaje en tren en El Chepe.

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