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Hogares itinerantes: de Varanasi a Calcuta | Día 31

Los trenes se han convertido en algo así como nuestro hogar principal aquí en la India. En ellos hemos pasado gran parte del viaje, para viajar, y a uno de ellos —eterno, cansadísimo— hemos vuelto hoy, para viajar de Varanasi a Calcuta. Seguimos moviéndonos hacia al este, alejándonos cada vez más de eso que hasta hace un mes conocíamos como casa. Despojados por decisión propia de una casa estructural, nos toca llamarle casa a los lugares donde pasamos las noches. Y sobre todo a la carretera, y a las vías. En este trayecto hacia el este del país la India se vuelve más verde, los paisajes que vemos por la ventana de nuestro compartimento son más selváticos, con palmeras, con lagunas. Mucho más bonitos. De tanto en tanto aparece un alto en el camino, cuatro casas que forman una barriada de la ciudad que se viene a continuación. La nota dominante sigue siendo la misma: pobreza y miseria.

Despedida de Varanasi

En nuestro tren de Varanasi a Calcuta vivimos una especie de oasis. Viajamos al lado de dos amigos veinteañeros que vienen desde Delhi, en una odisea de un día entero. Llevan iPhones, se preparan sus comidas y hablan un inglés muy decente. Nuestra odisea es menor, desde Varanasi son solo doce horas. Que han acabado siendo catorce. A mitad de trayecto se han animado a hablarnos, a preguntarnos de dónde éramos. “Nosotros somos de Calcuta, sí”, responden a nuestra pregunta. “¿Cuántos días vais a estar?”, se interesan. Les explicamos que tres, y que luego iremos hacia el norte. Luego nos han ofrecido chocolate. Hemos tenido un final de viaje afortunado en lo que a los compañeros de viaje se refiere.

La cosa, sin embargo, empezaba regular. Varanasi se despedía de nosotros con un diluvio pasajero, que nos ha acompañado la primera parte del trayecto. El tren se ha hecho el remolón y, pese a llegar a tiempo a Varanasi, ha acabado saliendo con dos horas de demora con respecto al horario previsto de partida. Un madrugón —nos hemos despertado a las 04.00 h— de lo más inútil. En cualquier caso, hemos hecho nuestras literas, nos hemos vuelto a encomendar al Dios hinduista de los viajeros para que no hubiera bichos en el vagón —nos ha escuchado— y nos hemos dormido.

Llegada a una Calcuta inesperadamente sofisticada

Hasta que a las 08.00 h, una hora después de haber partido el tren de Varanasi a Calcuta, tres hombres han decidido que harían de una de nuestras literas su asiento. Les ha dado igual que estuviéramos dormidos. Un par de chasquidos con la lengua han servido para indicar que no éramos indios y que no estábamos acostumbrados, ni estábamos dispuestos, a compartir con más gente una litera de sesenta centímetros que nos había costado casi 20 €.

Deben haberse sentido violentados, porque la mujer que estaba delante nuestro le ha indicado a su marido que se moviera, y este, a su vez, ha echado a los otros dos a otro compartimento. Pero el mal ya estaba hecho, volverse a dormir ha sido un imposible. Y solo quedaban por delante diez larguísimas horas en las que hemos trabajado un poco, hemos perdido el tiempo un mucho y nos hemos alimentado a base de patatas y Pepsi.

La llegada a Calcuta entrada muy la tarde, ya oscuro, nos ha pillado a contrapié; esperábamos ratas, basura, bullicio, caos. Y sí, nos hemos encontrado caos y bullicio, pero también una ciudad con una personalidad curiosa, luminosa, con un aire sofisticado. Será que nos hemos sabido alojar en la parte bien de la ciudad y mañana, a la luz del día, Calcuta se revelará como pensábamos.

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