Los nepalíes son gente de bien, acostumbrados al turista y respetuosos con él. Lejos quedan los molestos vendedores, conductores y timadores de la India. Su entrenada perseverancia en tratar de convencerte de que compres algo es desesperante. El trato a los turistas en Nepal es diferente, o eso sientes hasta que visitas las plazas de Katmandú. Muy de vez en cuando un taxista se acerca a ti para preguntarte si necesitas que te desplace a algún sitio —por un precio desorbitado—, algún vendedor —de lo que sea— busca tu atención a lo lejos sin querer resultar molesto y jovencitos opositores a pandilleros te cuentan en voz baja que tienen marihuana —“de buena calidad”, aseguran para casi convencerte—.
Por lo demás, los nepalíes apenas importunan al viajero: le dan su espacio, le acompañan en su estancia. El chico que vivía en Dubái y venía con nosotros en el bus desde la frontera lo explicaba: “Somos gente alegre, que cuidamos mucho cómo tratamos a los turistas en Nepal. Así, cuando vuelvas a casa y hables del país, contarás que la gente te sonreía y era buena contigo. Seguro que a quien se lo cuentes querrá venir a Nepal algún día”. Su lógica es aplastante. Los mejores prescriptores del turismo en Nepal son los turistas que ya han estado en Nepal.
Precios alternativos para los extranjeros
Dicho esto, desde que estamos aquí hemos percibido una discriminación excesiva hacia el turista por parte del gobierno, en lo que a entradas y precios se refiere. Ayer, por ejemplo, entrar en la estupa Swayambhunath nos costó doscientas rupias (menos de 2 €) a cada uno. Este precio de la entrada solo aplica a los extranjeros. Los locales podían entrar gratis. El precio no es excesivo y por lo tanto se asume, pensando en ayudar a conservar esos espacios.
Por la tarde tratamos de pasar por la Durbar Square, la más importante de las plazas de Katmandú. Al tratar de entrar nos paró un policía y nos señaló un cartel que había al lado: entrada 1.000 rupias. “¿Me estás vacilando?”, le preguntamos indignados a la autoridad. “No, lo siento, son las normas”, nos contestó casi excusándose. Esas 1.000 rupias (algo menos de 10 €) solo las pagan los turistas.
Si el turista proviene de uno de los países que conforman la SAARC, el tratado de libre comercio de la región, el coste se reduce un poco: 250 rupias. El caso es que los originarios de Afganistán, Bangladesh, Bután, India, Pakistán, las Maldivas o Sri Lanka tienen rasgos parecidos a los de Nepal. Nosotros no pasamos tan desapercibidos. Y no tanto por los rasgos, porque parece que una pudiera pasar por nepalí, sino por nuestras evidentes pintas de turistas.
La entrada a las plazas de Katmandú, de pago
Lo peor de todo es que no hay unas taquillas al uso. Hay una caseta en la que calienta el asiento un policía esperanzado de que los turistas sean obedientes. Normalmente a su lado hay otro policía —como el que se nos acercó ayer— que persigue a los que tratan de colarse. Pero a poco que haya mucha gente —occidental— entrando a la vez no va a dar abasto.
Lo indignante del asunto es que los casi 10 € que demandan es para pasear por una plaza, un espacio público por el que los nepalíes caminan, salen y entran, las veces del día que quieren. Ayer nos negamos a hacerlo. Se escudan diciendo que lo que reciben sirve para reconstruir la zona, que quedó devastada después de un grave terremoto que removió el país en 2015. Pero, por lo que hemos sabido, esa entrada ya se cobraba antes. Y, según se comenta, el dinero recogido ha dado fruto invisible: las tareas de rehabilitación avanzan muy lento.
Buscando una entrada alternativa a la Durbar Square de Patan
Aprendimos la lección de ayer y hoy hemos jugado a buscar vericuetos legales. Los casos de la estupa y las plazas principales de Katmandú no son anécdota, sino la norma. Hoy hemos visitado Patan, la tercera ciudad más poblada del país, aunque en realidad parece una barriada de la propia Katmandú. Se encuentra a menos de veinte minutos en bus y es famosa por su patrimonio cultural. Es especialmente bonita su plaza principal, que se llama de hecho como la de Katmandú: Durbar Square. Y que, como ella, también impone un prohibitivo fee de entrada a los turistas: 1.000 rupias.
Por suerte, no hemos sido los únicos indignados por estos precios y muchos turistas ya han encontrado antes la manera de entrar a la plaza de manera libre: por los callejones de los alrededores. Al tratarse de una plaza céntrica, hay muchas calles que dan a ella. En sus dos entradas principales, en los dos extremos, es donde se colocan los guardias. Hemos rodeado la plaza y… ¡Bingo! Hemos encontrado un pasillo libre por el que entrar en la plaza.
El sinsentido del cobro por cruzar una plaza
Las entradas que se expiden en Patan son azules y tienen que colgarse del cuello. A los cinco minutos de estar paseando por la plaza se nos ha acercado un guardia y nos ha preguntado por nuestro ticket. “¿Qué ticket?”, nos hemos hecho los locos. Nos ha contado lo que ya sabíamos: que para estar ahí dentro teníamos que pagar 1.000 rupias, pero que si estábamos fuera no pasaba nada. Nos hemos disculpado y nos hemos alejado un poco.
El guardia, que se moría del apuro cuando nos ha tenido que echar amistosamente, ha visto que nos demorábamos un poco haciendo alguna fotografía final de la plaza. Sabedores de que estábamos jugando a ser tahúres, viviendo al límite de lo legal, no hemos remoloneado en exceso. Hemos sentido, eso sí, un cierto sentido de justicia. Al modo de Robin Hood.
La insubordinación no nos gusta, pero lo de Nepal con los turistas roza en ocasiones el exceso lucrativo. No nos imaginamos que se le cobre a cualquiera que quiera sentarse en la calle a observar la Sagrada Familia o el Zócalo, y del mismo modo no entendemos que los turistas tengamos que pagar por cruzar una plaza pública. Sobre todo, y habiéndonos informado, porque ese dinero simplemente alimenta ciertas prácticas corruptas.