Combatiendo el calor como podemos, siguiendo la estrategia de ayer, encarábamos hoy el último día en Yangón. De momento, al menos. Como ya pasara antes en Nepal y en Malasia, lo más probable es que empecemos y acabemos el país en el mismo lugar. Allí fue en sus capitales, en Katmandú y en Kuala Lumpur. Aquí, en Myanmar, la ciudad más importante no coincide con la capital. Para este día final en la antigua capital el plan era visitar los Budas de Yangón gigantes.
La condición capitalina se la quitaron a Yangón hace más de una década. Entonces, la junta militar decidió inventarse una ciudad que no existía. Naipyidó, la nueva capital, lo tiene todo para ser una gran ciudad: extensión, servicios, infraestructuras, hoteles. Solo le faltan personas. Porque en Myanmar la población es eminentemente rural y la que no lo es vive en su mayoría en Yangón, que tiene cerca de ocho millones de habitantes. Por eso sigue siendo el centro financiero y el lugar del país desde donde despegan, y donde aterrizan, la mayoría de vuelos internacionales.
La ruta de las pagodas y de la comida birmana
Como ya teníamos previsto, en Myanmar nos vamos a pasar el día visitando pagodas. Yangón está repleta de ellas. A cada cuatro pasos, en medio de todo, aparece una. Las hay incluso que ejercen de rotondas. La Sule Pagoda es una versión pequeñita de la Shwedagon Pagoda, tan dorada como ella. Está en el centro de una de las principales avenidas de la ciudad, justo en el centro, dirigiendo el tráfico hacia todos lados.
Las pagodas impresionan más desde lejos, cuando te das cuenta de lo armónicas que son en su construcción, de cómo transmiten una sensación evidente de paz. Cerquita de la Sule Pagoda está uno de los restaurantes más reputados de la ciudad, la Rangoon Tea House. Ahí hemos comido hoy y nos hemos introducido en la gastronomía birmana, que lo tiene complicado para igualar a la indonesia.
Hemos probado el mohinga, uno de los platos nacionales. Una especie de sopa de pescado que no estaba nada mal. Lo hemos bautizado como el pozole birmano. El restaurante era muy resultón en todo. Muy moderno, con la comida muy rica y con unos precios algo elevados para los estándares locales, pero totalmente aceptables para los bolsillos extranjeros. Eso sí, ayer nos tomamos mojitos por menos de 60 céntimos de euro y comimos platos que costaban un euro. Además, la cerveza de Myanmar es la más barata de todos los países que llevamos visitados. O sea que tendremos que contenernos en nuestras raciones de alcohol y de comida, por muy tentadores que sean los precios. O no.
Los dos Budas de Yangón imperdibles
Después de la comida tocaba la ración de turismo del día, que iba a protagonizar —por partida doble— Buda. Un poco alejados de donde nos hospedamos hay dos templos pegados que comparten curiosidad: las dos figuras de Buda que albergan. En uno, en el Chaukhtatgyi Buddha Temple, un Buda recostado de más de sesenta metros parece que pose para las fotografías, o que simplemente descanse de una vida tan ajetreada de rezos.
La escultura es tan impactante como poco cuidado el templo que la alberga. Por eso apenas acuden turistas. De la veintena de personas que había rodeando el templo, o rezando en él, éramos los únicos no birmanos. Justo delante, en el otro templo budista hay otra enorme figura de Buda, en el Maha Satkya Atulamanaung Ngarhtatgyi. Este Buda sí está sentado y rezando. Hoy, pues, ha tocado volver a sacar el longyi del que ya presumimos ayer. Y las sonrisas compasivas se han repetido, aunque por suerte a menor escala.