El motivo por el que habíamos llegado hasta el lago Inle, caminata de dos días mediante, era hacer un recorrido en barca por el lago Inle. Y hasta hoy, tres días después de la llegada, lo cierto es que el lago apenas lo habíamos visto. Lo atravesamos de punta a punta, desde abajo hasta arriba, el primer día, cuando acabamos el trekking y nos acercaron a nuestro hotel, el Spring Lodge Inle.
Pero ese día no cuenta: estábamos muertos del paseo y solo podíamos centrarnos en llegar al hotel para ducharnos y dormir. Desde entonces habíamos visto el canal que conecta el lago con Nyaung Shwe, la población principal de la zona. Y si acaso ayer, muy de lejos, el famosísimo Inle servía de telón de fondo de nuestra curiosa cata de vinos birmanos.
Hoy, porque ya no habrá más mañana en Inle, porque muy pronto por la mañana nos marcharemos hacia nuestra última parada en Myanmar, nos hemos visto obligados a hacer lo que veníamos a hacer en Inle. Que es lo que hacemos todos los que venimos a Inle: visitar y recorrer en barca el lago Inle, y también sus alrededores. Para eso hemos salido del hotel moderadamente pronto pero no demasiado.
Buscando al barquero para nuestro paseo en barca por el lago Inle
Queríamos empezar el paseo a mediodía, a esos de las 12.00 h, para tener cierto margen hasta la hora del atardecer. Y lo hemos hecho perfecto aunque el sol, que hoy sí pegaba con fuerza, ha resultado un poco molesto a ratos. El paseo en barca por el lago Inle es fácil de organizar con alguna de las agencias que hay en el pueblo, o incluso a través del hotel. Pero lo más recomendable es salir a la calle y testear el ambiente de los barqueros.
En la zona del embarcadero se arremolinan los empresarios del lago. Tienen unos taburetes de los que se levantan apurados cuando ven a un extranjero acercarse. No hay que ser muy obvio, ni mostrarse desesperado. De lo contrario, sabrán aprovecharse bien. Hemos dado un par de capotazos a dos de los ofertantes y nos hemos dejado seducir por la labia de impoluta negociadora de una birmana de cincuenta, menudita, con vestido rosa y sombrero típico. La cifra son 20.000 kyats (unos 12 €) por una jornada entera en barco escogiendo dónde y en qué momentos ir.
La cifra es regateable, pero en cualquier caso justa. Por eso la hemos aceptado a la primera. Además, nos ha incluido en el precio la visita a un pueblo al que se llega por una de las ramificaciones más largas del lago. Indein, que es como se llama el pueblo, es famoso por sus cientos de pequeñas pagodas, y ha sido uno de los sitios más interesantes del recorrido.
La experiencia de recorrer Inle en barca
El bote se maneja a motor. Tiene forma de vaina alargada, anchita del medio y estrecha de los extremos. En ese medio ancho se colocan hasta cinco sillas, que son el máximo de pasajeros que pueden llegar a ocupar el barco. A ellos se suma el barquero, que se sitúa en el extremo que va el motor, manejando y dirigiendo.
Si se consigue juntar un grupo de cinco el paseo resulta muy económico. En cualquier caso, pese a ser solo dos, lo que hemos pagado nos ha parecido justo por todo lo que hemos hecho y visto. Ante tantísima oferta y tan poca demanda —debe ser la época, pero casi no encontramos turistas en lo que llevamos de Myanmar— hubiéramos podido sacar la excursión por menos. Pero la negociadora birmana, tan convincente, tan decidida, tan espabilada, ha sabido vendernos rápido su precio estándar.
Para protegerse del sol o del agua que salpica, siempre te ofrecen un paraguas, que hemos tenido que utilizar solo al final, ya de vuelta, porque hemos acelerado y las prisas amenazaban con dejarnos empapados. Las sillas, de madera, están cubiertas con un cojín que amortigua y acomoda las posaderas. La velocidad es siempre moderada, pero suficiente para despeinarte y dejarte mal en todas las fotos. La experiencia es divertidísima y súper interesante, tremendamente disfrutable.
La vida en el lago
El recorrido es personalizable, pero vale la pena dejarse guiar si uno no tiene muy claro lo que hay que ver. De punta a punta del lago, de norte a sur, hay casi una hora y media. El lago Inle es el segundo más grande de Myanmar, y seguramente el más movido y ajetreado del mundo. A todas horas tiene barcos moviendo pasajeros de un lado a otro. Pasajeros de todo tipo: turistas pero también locales.
Nuestra primera parada han sido los jardines flotantes, camino del extremo sur. Las gentes de Inle se las han ingeniado para sacarle partido al lago incluso para cultivar en él. Más abajo, hemos pasado por los pueblos flotantes. Las casas están construidas encima del agua y se aguantan con madera. La gente salía y entraba de las casas con la mayor naturalidad. Era un pueblo con todas las de la ley: con restaurantes, con tiendas, con mercado, con oficina de correos.
En el recorrido turístico es inevitable que acabes en algún lugar demasiado turístico. Nuestro barquero nos ha llevado a una de las casas flotantes donde trabajan tejiendo todo tipo de telas: algodón, loto, seda. Una chica nos ha hecho un breve tour y al final nos ha acompañado —perseguido, de hecho, porque no había opción de librarse de ella— hasta la tienda, donde venden lo que allí mismo producen. Nos hemos sentido obligados a comprar algo para agradecer la visita, y hemos comprado un refresco. Le hemos hecho un par de amagos a la chica, preguntando por el precio de dos prendas, pero la hemos dejado con las ganas de comisión porque no estábamos en disposición de comprar ropa a 20 €.
El pueblo de Indein
Desde ahí hemos ido a Indein, en uno de los brazos del lago. El camino de agua se estrecha y la cercanía con la acción es mayor. Los niños se tiran al agua, los mayores llegan hasta el lago para la ducha diaria. Al fondo de ese brazo está Indein y sus cientos de pagodas estilizadísimas. En la parte de abajo están medio deshechas. Son de color rojizo y recuerdan a Bagan.
Por un enorme pasillo, en el que a los lados se colocan vendedores de souvenirs que parecen esperar a que llegue por fin su agosto, se accede a la pagoda principal. Que no es una pagoda, sino una enorme colección de ellas. El lugar es inigualablemente fotogénico. Hemos vuelto camino abajo para encontrarnos con nuestro barquero. “¿Volvemos? Y de camino, veremos el atardecer”, nos ha dicho. Y eso hemos hecho. Estábamos en un extremo del lago y la luz del sol empezaba a ofrecer sus mejores tonos. Antes de que bajara del todo, y ya llegando de vuelta al pueblo, nos hemos parado en medio del lago.
El atardecer en medio del lago Inle
Han aparecido tres o cuatro barquitos rápidamente. Es la hora de las propinas, cuando todas los barcas de los turistas aparcamos para ver el atardecer. Esas tres o cuatro barcas estaban navegadas por chicos muy jóvenes vestidos para la ocasión. Llevan todo el folclore dentro. Además del vestido, traen la herramienta añeja de pesca y se esfuerzan para controlar el remo con los pies. Los pescadores del lago Inle son legendarios por su capacidad equilibrista, por sus maniobras imposibles. Se suben a uno de los extremos y manejan el remo con una de las piernas. Mientras, con los brazos lanzan la red al lago y tratan de pescar. La usanza antigua está en desuso y ya no se llevan esos trajes ni esas redes circulares.
Pese a todo, tres o cuatro aparecen siempre al alba, dispuestos a hacer las delicias de la cámara. A cambio de una propina se hacen los ajetreados pescando y se inventan posturas de lo más inverosímiles. A nosotros nos han calado rápido: no íbamos a hacerle foto, y por tanto no iban a conseguir propina. Se han ido al barco de al lado, donde un grupo de turistas han empezado a inmortalizarlos. El sol bajaba pero una nube —siempre hay alguna nube— nos ha estropeado el final del atardecer. En cualquier caso, el paseo en barca por el lago Inle ha sido un cierre fantástico a nuestra larguísima estancia en este inolvidable destino.