El quinto día de ruta era el escogido para volver a cambiar de país, el tercero y último del viaje, aunque a los otros dos, tanto a Croacia como a Italia, volveremos más adelante. La parte central de nuestra ruta nómada verano 2022 la protagoniza Bosnia y Herzegovina. Desde el Parque de Plitvice hay una frontera muy cercana para cruzar a Bosnia, a la que se llega en menos de media hora. Allí se encuentra el avión abandonado de Zeljava. Como el día venía cargado de kilómetros y de visitas, hemos decidido no remolonear en exceso y hemos abandonado la Guest House Ljubica a las 08.00 h.
Solo nos faltaba la gasolina del café para arrancar. Así que nos hemos dedicado a buscar una cafetería en los alrededores del parque —sin éxito— y hemos acabado siendo invitados a un café en el desayuno buffet de uno de los hoteles más exclusivos de la zona. Los croatas se nos siguen demostrando genuinamente amables.
Un café invitado, reseña positiva merecida
El caso es que el dueño del hotel nos ha visto entrar perdidos a la zona del buffet y tras pedirle un café, convencidos nosotros que tenían servicio de restauración-cafetería, nos ha dicho que nos sirviéramos uno de la máquina sin problema. Cuando nos lo hemos acabado, hemos hecho el ademán de pedirle la cuenta.
—No, claro que no, invita la casa.
Le hemos dado las gracias y le hemos pagado con una merecida buena reseña en google, que seguro lo agradece más que los 3 € que nos hubiera cobrado por los cafés. En cualquier caso, el gesto ha sido auténtico y la reseña, por tanto, justicia en forma de karma. Eso sí, de haberlo sabido quizás nos hacemos unas tostadas y nos cortamos un poco de queso.
Antes de salir de Croacia, el avión abandonado de Zeljava
Después del café hemos tomado dirección Bosnia y Herzegovina para desviarnos unos pocos kilómetros antes en el típico tipo de sitio que nos encanta visitar: un aeródromo inutilizado en el que, un poco antes, hay un avión grafiteado y mutilado. Es el clásico logro de Instagram, que convierte lugares insospechados y abandonados en las atracciones más padres y molonas.
Hemos tenido la fortuna de tener el avión abandonado de Zeljava y todo el aródromo para nosotros solos un buen rato, lo que nos ha permitido jugar a hacernos los intrépidos y los creativos. Los intrépidos porque uno de los dos ha acabado en lo alto del avión. Sobre la creatividad, podéis juzgar vosotros mismos en nuestra última publicación de Instagram.
Llega compañía al avión abandonado de Zeljava
Al rato ha llegado una familia eslovena, una pareja de croatas con un dron y un ejército de motoristas de esos que habrían soñado con protagonizar Sons of Anarchy. No hemos alargado más la creatividad ni el arrojo y hemos ido al aeródromo cercano de Zeljava, también abandonado, que completa el planazo alternativo. Hemos entrado en un hangar semiderruido y hemos puesto a prueba el reprís del motor del coche acelerando con todo en una pista de aterrizaje a la que le empieza a brotar hierba.
La diversión debía llegar a su fin por el bien de nuestra ruta, que finalmente se ha visto modificada por culpa del avión abandonado de Zeljava. Pero qué más da: ciudades bosnias hay muchas, aeródromos abandonados croatas solo uno. El cruce de frontera entre Croacia y Bosnia y Herzegovina se prometía algo más complejo. Salíamos del espacio de la Unión Europea y Bosnia, por mucho país vecino que sea de nuestra quebradiza unión de países, se rige por unas normas distintas.
La entrada a Bosnia y Herzegovina por tierra
Hemos completado la salida de Croacia sin problemas y convencidos de que la caseta bosnia se encontraba algo más adelante, hemos acelerado con decisión. Craso error de observación, como nos ha hecho notar un aduanero bosnio que ha salido corriendo de su puesto de control fronterizo, que estaba justo a continuación del de su compañero croata.
—¡¿Es que no has visto que tienes que parar aquí?! Estás en una frontera, vigila lo que haces.
Después de la congoja del momento, finalmente el hombre ha sido diligente y amable, nos ha sellado a los dos nuestros pasaportes y nos ha deseado un buen viaje. Al final esto de las aduanas es una lotería en la que el funcionario de turno decide tu suerte.
La entrada en Bosnia y Herzegovina nos ha llenado del subidón que siempre sentimos en nuestras primeras veces viajeras. Hemos empezado a observarlo todo, a tratar de compararlo con lo conocido y a sorprendernos con lo desconocido —o lo simplemente curioso—.
Así, en las primeras horas en el país nos ha llamado la atención la enorme cantidad de gasolineras que hay en cada pueblo, la convivencia tan evidente y natural entre lo islámico y lo cristiano, el estilo desarreglado-casi-hortera del bosnio y la bosnia medios. También hemos podido demostrarnos que las primeras impresiones no son siempre las buenas, y que el orden de los factores, en los viajes, puede resultar en una alteración del producto.
Visita exprés a la ciudad de Jajce
La segunda parada del día, y última antes de llegar a Sarajevo, donde estaremos tres noches, era la ciudad de Jajce. Hemos llegado a la hora de comer y no hemos encontrado ningún restaurante de esos que te entran por los ojos. Por eso, hemos acabado comiéndonos una hamburguesa balcánica (pljeskavica) con patatas y una ensalada shopska, que uno de los dos idolatra desde que la conociera en Bulgaria —y ahora idolatramos los dos—. Jajce no parecía lo que esperábamos: no nos aceptaban la tarjeta para pagar, no encontrábamos nada bonito en ello, la comida había sido mediocre.
Pero todo ha cambiado cuando le hemos dado una oportunidad a un puente lleno de flores. Al final del puente, hemos visto el porqué de Jajce como ciudad que debíamos visitar: una enorme cascada rompía en el río debajo de nosotros. Desde ese sitio el encuadre era inmejorable, con una fortaleza en lo alto de la montaña y un conjunto de casas típicas a su alrededor. Al final, Jajce nos ha gustado. Y eso que, por obra y desgracia de nuestro navegador, la hemos dejado atrás rodeando todos los suburbios. Pero eso ha hecho aún más estimulante la visita: hemos visto lo idílico y el reverso de la Jajce de verdad, la simplemente local.
Por delante hemos tenido dos horas largas todavía de trayecto hasta Sarajevo, por carreteras montañosas muy bonitas pero poco agradecidas de conducir. Solo muy al final, ya llegando a la capital, un tramo de autopista nos ha dado una tregua antes de cruzar Sarajevo y adivinar que la ciudad nos va a encantar cuando la visitemos los dos próximos días. Desde el hotel Le Petit Prince, las mezquitas llaman al rezo a los fieles y a nosotros se nos pone la piel de gallina al escucharlo.