El recorrido de ayer se quedó con un pendiente que ha pasado a ser la primera de las paradas de la ruta de hoy. En el segundo y último día completo en Astaná, después del prescriptivo desayuno que ha servido también de comida, Cultura Nómada ha hecho honor a su nombre y a su apellido visitando el Museo Nacional de Kazajistán. En esta ciudad planificada, el edificio que acoge el museo, como no puede ser de otra manera, es una enorme construcción, de mármol blanco y vidrio azul. Está formado por siete bloques y contiene en su interior hasta once salas.
El museo es un revoltijo de cientos de cosas, la mayoría de ellas ciertamente interesantes. Pese a que reina a ratos el desconcierto y uno no acaba de entender la estructura de las exposiciones ni por qué están ordenadas de manera tan aleatoria, la verdad es que está lleno de piezas únicas, tanto de arte como arqueológicas, y describe de una manera muy divulgativa —aunque con un tufo a propaganda indisimulado— la historia del país, especialmente la más reciente.
El museo aplica un sesgo habitual cuando Kazajistán habla de ella misma: fijarse sobre todo en lo más reciente, en los años que van desde 1991, cuando se logró la independencia. Astaná sería más tarde la ciudad planificada para convertirse en capital del país.
Nursultán, hilo conductor del Museo Nacional
Además, el museo resulta a ratos un panegírico de mil colores, con grandes fuegos de artificio, de la figura de Nursultán Nazarbayev, que más que una persona pareciera un semidiós, un escogido, un enviado del cielo. El culto al líder no es algo que sea exclusivo de Kazajistán, es una práctica habitual a lo largo de la historia, especialmente en países con gobiernos tirando a poco democráticos.
Pero el museo da a entender muy bien cómo los designios del país, y su desarrollo, han ido ligados al empuje y el espíritu innovador de su ya expresidente. En cualquier caso, es bastante gracioso ver sus fotografías practicando deporte, plantando árboles y planeando proyectos arquitectónicos, como si en él se centralizara todo lo que Kazajistán es y todo lo que Kazajistán debe hacer.
Un museo en el que cabe todo
En dos horas largas, uno puede apreciar el crecimiento de la actual capital, una ciudad planificada para ser lo que hoy es. Y también la historia de los pueblos túrquicos en general y de Kazajistán en concreto. Se pueden ver piezas que datan de hace miles de años, instrumentos que definen las prácticas culturales del país, vestidos típicos, representaciones de yurtas, trozos de piedra rescatados de ruinas antiguas, los esqueletos de algunos dinosaurios que habitaron la región.
Y para acabar de adobar este mejunje aparentemente indigerible, que milagrosamente no se hace bola, en la parte alta del museo, ya en la tercera planta, hay una sala dedicada al arte kazajo. Hay una treintena larga de cuadros de pintores locales, que representan la mayoría escenas de la cotidianidad pasada y presente del país. En un adyacente a esa sala hay una muestra de esculturas y piezas inclasificables, pero muy sugestivas.
La parte antigua de Astaná
La entrada cuesta el equivalente a unos 3,50 €, una auténtica bicoca, y durante todo el recorrido por las distintas salas solo me ha parecido cruzarme con otro turista occidental. Con las muchas lecciones que imparte el museo más o menos aprendidas, es momento de seguir explorando Astaná, la ciudad planificada por el expresidente Nazarbayev.
Cerca tomo un bus para llegar a la parte antigua de la ciudad. La parada está techada y acristalada, para todos esos meses en los que el frío aprieta. La cara B de Astaná es bastante desalentadora, no tiene nada que ver con la loca ostentación de la parte nueva. Aquí, donde Astaná había sido Akmola, los edificios son grises y conservan las estructuras soviéticas. Después de caminar un rato por esta parte de la ciudad, busco el sendero que me lleve hasta el río, que separa Astaná en dos mitades completamente opuestas.
Los Beatles, presentes en esta ciudad planificada
Antes de cruzar me encuentro con una escultura de homenaje a los Beatles en el paseo Arbat, la zona más animada de la parte vieja, un reguero de puestitos de comida y recuerdos tradicionales que parece que no abrirá hasta la tarde. A esta hora del mediodía el sol pega fuerte porque no hay nubes que lo tapen.
Para pasar del pasado al futuro aquí no hace falta un DeLorean como el de Regreso al futuro, simplemente hay que cruzar alguno de los puentes que unen las dos mitades de la ciudad. En este extremo el puente que hay que cruzar se llama Atyrau y es una chulada. Tiene forma de pez —comentan— y juega gracias a su peculiar armazón con las luces y las sombras, resultando muy fotogénico.
El bus que no puedo pagar
Hasta el hotel hay casi una hora a pie, así que decido que tomaré otro bus. Es la mejor manera de moverse por la ciudad barato (¿quién dijo gratis?) y rápido. No es que uno se esté colando, pero el caso es que hasta dos veces he intentado pagar y los conductores me han instado a hacer como los locales: pasar el código QR que hay en los cristales para que se te debite el trayecto.
Lo intento para tratar de entender el funcionamiento, pero no consigo encontrar ni la aplicación que se necesita ni la manera para establecer la conexión. Así que haciendo caso al conductor, simplemente paso, me siento y disfruto del paseo.
El encanto de lo dark
Eso sí, antes de tomar el bus paso por un par de edificios que quería ver. Primero el hotel Duman, con un aspecto muy dark, que al parecer fue uno de los primeros grandes rascacielos de la ciudad cuando esta empezaba su desarrollo. Al lado hay un parque de atracciones en el que destaca una gran noria. Debe ser uno de los lugares preferidos de los astaneses, porque está lleno de familias en pleno mediodía.
Esta parte de la ciudad planificada de Astaná tiene un magnetismo extraño, un deje de decadencia moderna, quizás por estar a medio camino entre la parte antigua de la ciudad y la parte más futurista. El remate del tomate está un par de calles más allá, donde se erige un gran ovni que acoge el circo de la ciudad. Es una nave extraterrestre perfectamente moldeada, como recién aterrizada en Kazajistán. La ciudad está llena de códigos ocultistas y simbología extravagante.
Bayterek, el corazón sobre lo que todo gira
La ratificación definitiva de esta impresión llega ya a la hora del atardecer, cuando me meto dentro de la torre Bayterek y subo hasta la parte alta, hasta donde se posa el huevo de oro, que en realidad es como el sol sobre el que gira la ciudad. La atracción parece que entusiasma a los kazajos, porque son varios cientos los que primero hacen cola para entrar, luego se pasean por la parte baja del monumento, después se fotografían en cada rincón de la esfera y por último hacen una nueva fila para poder posar su mano donde Nursultán Nazarbaev dejó su impronta.
Y es que en lo más alto de la torre, justo en el centro, está la huella dorada del expresidente. En un ejercicio extremo de borreguismo hago yo también la cola y me tomo la preceptiva foto con la mano del señor expresidente de Kazajistán. Más allá de la mano, subir hasta aquí vale mucho la pena. Las vistas son muy buenas, aunque las fotos salen simplemente regular porque el vidrio opacado lo refleja todo. Astaná no tiene desperdicio en cualquiera de las direcciones hacia las que uno mire.
Lo más flipante es comprobar que nada está hecho al azar, que esta ciudad planificada tiene todo milimétricamente pensado para que esté perfectamente alineado, como si el rito no pudiera completarse si la armonía constructiva no fuera total. En la misma línea horizontal, tanto hacia delante como hacia atrás de Bayterek, hay tres edificios más que se forman de manera perfectamente exacta: la pirámide del Palacio de la Paz y la Reconciliación, a continuación el Palacio Presidencial, después viene Bayterek y por último Khan Shatyr, la gran yurta.
Un ejercicio extremo de planificación urbana perfecta —o algo más—
Desde Bayterek la concordia constructiva es también absoluta hacia los otros dos lados, donde se ubican sendos edificios idénticos con forma de C. Detrás de uno de ellos, perfectamente alineado de frente, está la torre del Abu Dhabi Plaza, el edificio más alto del país. Sus más de trescientos metros de altura miran hacia Bayterek como si le estuviera rindiendo culto. Y es que Bayterek es el punto que centraliza la ciudad, fue el primer gran monumento moderno que se construyó, como si fuera el sol sobre el que después de han ido levantando todos los planetas. Si uno mira hacia el suelo desde las alturas aprecia cómo los jardines que rodean la torre están también diseñados con escuadra y cartabón, dibujando formas y figuras de lo más alegóricas.
El diseño de Astaná resulta todavía más sorprendente desde aquí arriba. La elección como capital de este lugar remoto en el centro del país, en medio de la estepa, desde luego no es casual. Astaná es un delirio que no tiene nada de caprichoso. Es una ciudad solo concebible en el imaginario de lo inverosímil, pero no desde el absurdo o la extravagancia. Y de primeras, con todos esos edificios desproporcionados, uno puede pensar que la ciudad es grotesca pese a sugestiva. Pero cuando uno se sube a Bayterek y se siente en el epicentro de todo empieza a iluminarse y a verlo más claro.
Puede que uno se haya sugestionado después de esta visita, pero acabo el día sintiendo que Astaná tiene un imán, como un hechizo, como que la recorren energías que uno no puede entender ni explicar. Antes de cerrar el capítulo de hoy disfruto de la postal de la ciudad iluminada y del breve espectáculo de luces y sonidos de la fuente situada enfrente de Bayterek.