Estambul se ha convertido en punto de tránsito casi obligado para ir a cualquier sitio que quede encima, debajo o a la derecha de Turquía. Por ejemplo, Almaty, el destino más insospechado. Con todo el tema ruso y el cierre de su espacio aéreo a todas las aerolíneas occidentales, y del cierre del espacio aéreo de todos los países occidentales a las aerolíneas rusas, Turquía ha decidido llevarse bien con todos y con ninguno para opositar al monopolio de los viajes a Asia cercana, mediana y lejana. Hacer escala en Estambul –ya sea en el lado europeo, en el Ataturk, si se viaja con Turskish Airlines; o en el lado asiático, en el Sabiha Gokcen, si los ahorros solo dan para Pegasus— es poco menos que innegociable para ir en dirección oriente.
En esas está Cultura Nómada. Bueno, una de sus mitades esta vez, porque la otra se ha quedado en casa acompañando el viaje como creadora de contenido por imperativo de su trabajo, dejando un vacío en el asiento de al lado que tratamos de llenar a base de videollamadas. Cuando Cultura Nómada nos dé de comer y de beber y de viajar, entonces Cultura Nómada no dependerá de terceros y vacacionará siempre en pack de dos, como casi siempre acostumbra.
Ojalá algún día. En cualquier caso, a lo que íbamos. Para el nuevo viaje que nos ocupa Estambul ha sido el paso previo a llegar al destino. Y como el presupuesto aprieta —pero por suerte solo aprieta y no ahoga— nos toca escoger Pegasus, que casi siempre tiene las tarifas más competitivas de todas las aerolíneas para viajar a Asia Central, a Medio Oriente y a la propia Turquía.
Padecimientos aéreos
Como siempre también, y por ahí igual se explica lo de la competitividad de sus tarifas, Pegasus además tiene los vuelos más sufridos e incómodos de medio rango, esos que van de tres a cinco horas. Sus Airbus A320 haciendo un Barcelona-Estambul y sobre todo un Estambul-Almaty son como si un Nissan Micra se pusiera a competir en Silverstone o en Spa. Pues sí, claro, con suerte van a llegar a la meta, pero lo hacen con las rodillas de los pasajeros —especialmente las de los altos, ejem— listas para su jubilación viajera.
De hecho, en el segundo de los vuelos, dos filas adelante, una de las compañeras de padecimiento se pasa el vuelo dejándonos a todo el pasaje boquiabiertos con sus contorsiones imposibles, subiendo las piernas donde debería estar la cabeza, moviendo los pies como lo haría Nadia Comaneci si se hubiese dedicado a la natación sincronizada.
Sin compañero de fila, una pequeña tregua
En ese segundo vuelo, por fortuna, el asiento del medio de la fila de tres queda libre y la mujer de la ventana, kazaja seguro, decide dejar su bolso con la cara del grito de Klimt a modo de mensaje del universo del sufrimiento que uno iba a padecer.
Después de dormitar a duras penas algunos minutos sueltos de las cinco horas de viaje, en las que Pegasus no te regala ni un vaso de agua, el aplauso más tremendo irrumpe cuando el avión se desliza por fin por la pista del aeropuerto de llegada. Es curiosa esta tradición de aplaudir con fervor el aterrizaje, como reconocimiento involuntario de que se ha vivido un rato en el filo, como agradecimiento a ese piloto al que hemos confiado nuestro destino, tanto viajero como vital.
Llegada a Kazajistán con el amanecer del destino más insospechado
Son las seis de la mañana y amanece espectacular desde el aeropuerto de Almaty, el sol se deja ver por detrás de las montañas que rodean a la ciudad, la cordillera Tien Shan, el único accidente geográfico del país de las estepas, de Kazajistán. Si uno busca un mapa físico del país verá que la planicie más absoluta cruza de punta a punta todo el territorio de Kazajistán, la novena nación con más extensión del planeta y la más grande sin salida al mar. Ese amanecer es sin duda un nuevo mensaje del universo: el sufrimiento de vuestras piernas merece una buena recompensa.
La maleta llega bien, el control de llegada se solventa con un nuevo sello inédito en el pasaporte y es tan temprano que uno se toma con calma los trámites preliminares típicos del viajero moderno: cambiar unos pocos euros por tenges locales, conseguir internet para el teléfono y meterle cafeína al cuerpo. También quitarse de encima mil veces a una docena de taxistas muy insistentes que tratan de sacar buena tajada de la ignorancia del turista recién aterrizado.
En bus desde el aeropuerto de Almaty hasta el centro
Los seguros 10 € que hubiese costado el trayecto en taxi del aeropuerto al centro de Almaty se convierten en un desplazamiento de treinta céntimos gracias al bus 92. Además de ahorrar, el trayecto es un primer acercamiento al país y a la ciudad. Sorprende el respeto a los mayores, a los que el resto de pasajeros ayudan a subirse y bajarse, y a los que ceden con naturalidad los asientos, tanto los que son preferentes como los que no.
También sorprende que se utilice el móvil para abonar el trayecto, y que ninguno decida hacerlo sin pagar por muy sencillo que en realidad sea. Y que los airpods estén en los oídos de todos los que tienen menos de cuarenta y que el iPhone sea aquí también el grillete favorito al que encadenarse, constatando que el fenómeno globalización puede también con Kazajistán pese a que se hable ruso —además de kazajo— y la influencia cultural del vecino del norte se respire en el ambiente.
Las primeras sensaciones de Almaty
Almaty es la antigua capital del país y para muchas cosas su ciudad más importante. La primera impresión —todavía por contrastar— es que es una ciudad agitada y de grandes avenidas, muy de coches y poco hecha para caminarla, bien conectada eso sí por sus muchos y eficientes medios de transporte público.
De primeras resulta gris porque el cielo ayuda a que así se sienta, poco lucida, sin grandes monumentos y con edificios de reminiscencias soviéticas de indudable encanto. El alojamiento escogido, el Grand Hotel Tien Shan, es también así. Parece que siga inalterado desde los tiempos de Stalin, a excepción de una televisión a la que todavía no han quitado el plástico.
Un país, muchas procedencias
La mezcla racial es seguramente lo que más llama la atención de primeras. La mayoría de los habitantes del país, sobre el 60 %, son de etnia kazaja y tienen rasgos orientales, similares a los de los mongoles o incluso los coreanos. Sobre el 20 % son de origen ruso y no lo pueden disimular, con sus facciones indudablemente eslavas, rubios y de ojos claros.
Durante los tiempos de la Unión Soviética eran más rusos que kazajos pero la tendencia se revirtió cuando el país se independizó a principios de los noventa. También hay otras minorías étnicas de uzbecos, tártaros, ucranianos e incluso alemanes, aunque en cantidad y porcentaje son muchos menos. Pese a que étnicamente el país es mayoritariamente kazajo, el idioma más utilizado y conocido por todos es el ruso. El kazajo es el idioma oficial de facto del país, eso sí, aunque el ruso también tiene el estatus de oficial. Todos los carteles y las señales son bilingües, pero si hay que escoger cómo dirigirse a alguien y no fallar, parece que el ruso es la elección más segura.
El kazajo y el ruso, los dos idiomas oficiales
Aunque los dos idiomas comparten el cirílico como alfabeto, en realidad pertenecen a familias distintas y por lo tanto no se parecen: el ruso es eslavo y el kazajo es túrquico, y por eso el turco, el azerí o el tártaro son parientes mucho más cercanos que el ruso. Resulta curioso también que el inglés no sea un idioma que puedan entender y hablar todavía muchos de los habitantes de Kazajistán.
En el aeropuerto son pocos los que lo hablan con fluidez e incluso la recepcionista del hotel, uno de los principales de la ciudad, es incapaz de entender según qué frases. La gran mayoría de los jóvenes parece que le entienden más o menos a uno cuando se dirige a ellos en inglés, pero no consiguen encontrar las palabras para contestar.
Preparando las excursiones por Almaty
La excepción a la regla es una chica jovencita, de poco más de veinte años, que se ha encargado de confirmar los detalles de una de las excursiones de los próximos días. Kazaja de nacionalidad y de etnia, era la envidia de todos los compañeros de la agencia Steppe Travel, la única que monta tours asequibles a los alrededores de Almaty. Todos sus compañeros la miraban con admiración por su fluidez expresándose en inglés.
Entender mínimamente el ruso y al menos saberlo leer, además de poder decir palabras y frases sueltas, definitivamente ayuda a no sentirse perdido en Kazajistán. El día ha servido para recorrer un poco la ciudad desplazándose por el subsuelo, en un metro fotogénicamente añejo pese a moderno, y ha acabado con la primera comida de mesa y mantel en muchas horas, en un restaurante ruso (Mar’ina Roscha) muy auténtico que parece ser de los más caros de la ciudad. Todo estaba muy bueno por 10 €, mucho para los estándares locales, fantásticamente asequible para los bolsillos barceloneses.