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De Kota Kinabalu a Brunéi: el bus de los ochos sellos en el pasaporte | Día 1

Llegar hasta Brunéi, un país minúsculo de menos de medio millón de habitantes y seis veces más pequeño que Cataluña, no es sencillo. Es cierto que tiene un aeropuerto internacional, pero apenas opera una decena de vuelos diarios, la mayoría gestionados por la aerolínea nacional, Royal Brunei. Desde Kota Kinabalu hay un par de alternativas al avión. Una combina dos ferrys y un bus. Y la otra, tres veces a la semana, es un bus directo que no podría serlo menos. Su duración es incierta y se le conoce como el bus que obliga a acumular ocho sellos en el pasaporte. Un viaje épico que no teníamos previsto.

Una odisea: cómo llegar a Brunéi desde Kota Kinabalu

Brunéi está encajado entre Sabah y Sarawak, las dos regiones malasias de la isla de Borneo, y sin embargo mantiene un cierto aislamiento de país ermitaño, pese a los muchos lazos culturales, históricos y sociales que lo unen con Malasia. Tomamos el bus a Brunéi temprano, a las 07.30 h, desde KK Sentral, la estación de autobuses de Kota Kinabalu. No somos los únicos valientes. Además de un puñado de locales, que se irán bajando en las paradas intermedias de las ciudades malasias, viajan también una pareja de turistas alemanes y varios mochileros en solitario: un chino, una japonesa, una italiana, una catalana y otra viajera china. Esto lo iremos descubriendo sobre la marcha.

El bus es relativamente cómodo para un desplazamiento urbano y aceptable para un trayecto de un par de horas, pero poco adecuado para pasar doce horas sentado. La compañía, Sipitang Express, dispone dos conductores que se turnan al volante. El primer tramo es de unas dos horas, y recorre lo que resta de la región de Sabah. Donde termina Sabah y empieza Sarawak hay un puesto fronterizo, pues esta región tiene algunos privilegios administrativos dentro de Malasia, entre ellos el control migratorio. Allí sellamos nuestra salida de Sabah y, justo al lado, la entrada a Sarawak. Son dos sellos distintos, ambos de Malasia, que autorizan una estancia de hasta noventa días en cada región.

Los primeros sellos en el pasaporte, en Sabah y Sarawak

Tras este primer cruce fronterizo, el bus de los ocho sellos en el pasaporte —que de momento suma dos— atraviesa un paisaje de palmeras y pequeños pueblos. A mediodía, cuando ya llevamos unas cinco horas de trayecto, paramos en Lawas. Nos dan una hora para almorzar y estirar las piernas, una eternidad sabiendo todo lo que queda por delante. La chica que se sienta a nuestro lado, a la que intuíamos española, se dirige a nosotros para confirmar que hemos entendido lo mismo: que la parada es de una hora. Es de Barcelona y se llama Paula, y su plan es todavía más descabellado. Planea pasar esta tarde en Brunéi y volver mañana a Kota Kinabalu, en este mismo bus de regreso.

De vuelta al bus, en media hora llegamos por fin a Brunéi —por primera vez—. Salimos de Sarawak y entramos en nuestro nuevo destino, con los consiguientes dos nuevos sellos, que suman cuatro en total. El paso por este primer tramo del sultanato es mucho más breve de lo que imaginábamos. El mapa muestra que Brunéi está dividido por dos partes no integradas, separadas por territorio de Malasia. Pero recientemente, un puente modernísimo facilitó la conexión entre los dos fragmentos de Brunéi sin necesidad de pasar por Malasia. Adivina adivinanza, ¿quién no tiene permitido cruzarlo? Efectivamente, nuestro bus.

Así nos lo confirma uno de los conductores cuando nos ve trasteando el mapa y advirtiendo que seguimos la carretera que nos devuelve a Malasia, y no la del puente que en media hora nos tendría en Bandar Seri Begawan, la capital bruneana. La ruta larga, la que nos disponemos a afrontar, añade tres horas más al viaje. Aquí es donde el bus de los cuatro sellos en el pasaporte pasa a tener ocho. Una hora más tarde nos hacen descender de nuevo del bus que nos lleva de Kota Kinabalu a Brunéi. Volvemos a Malasia y tenemos que sellar nuestro paso —fugaz— por Brunéi y nuestra entrada, de nuevo, a la región de Sarawak. Ya son seis sellos.

Tras el paso fugaz por Brunéi, de vuelta a Malasia

Aquí todo empieza a parecer una broma, y contrastamos impresiones e incredulidad con Paula y también con Eli, una veneciana que también mochilea sola. La dos están viajando largo, llevan desde principios de año por la región, y rellenar el pasaporte de sellos estaba previsto de antemano para todos estos meses. Pero no de esta manera. El trayecto hasta la ciudad de Limbang se hace eterno. Llegamos a las 16.17 h después de nueve horas de viaje y aquí se bajan algunos malayos. Una hora más tarde llegamos a la última frontera. Salimos de nuevo de Sarawak y entramos de manera definitiva a Brunéi.

Con estos dos últimos sellos completamos la colección de ocho de todo el trayecto de bus. Hemos sumado uno de Sabah, cuatro de Sarawak y tres de Brunéi en un solo día. Este 13 de agosto de 2025 no tendrá comparación en nuestros pasaportes viajeros. Llegamos a Bandar Seri Begawan tras doce horas de bus. El optimista billete de bus entre Kota Kinabalu y Brunéi indicaba que íbamos a llegar a las 09.40 h de la mañana, y son más de las 18.00 h.

Estamos en la zona de Gadong, uno de los centros neurálgicos de Brunéi, y ya está en marcha el mercado nocturno de comida, una de las experiencias que teníamos apuntadas para el viaje. Aprovechamos la coyuntura, y que el conductor de Dart —el equivalente a Grab en el país— no ha querido llevarnos a nuestro hotel junto a la pareja alemana, por exceso de equipaje, y nos quedamos a cenar.

Primera toma de contacto con Brunéi

La escena es un circo. Dos turistas perdidos con dos maletas y tres mochilas dando vueltas por el mercado. Los locales se nos quedan mirando con curiosidad. Y nos empiezan a mostrar que son un pueblo amable, risueño, tranquilo y acogedor. Un señor que está comprando en un puestito nos pregunta de dónde somos y nos recomienda qué comer. Le hacemos caso y nos instalamos en una mesita en una de las esquinas del mercado.

El lugar no es en absoluto bullicioso, como sucede en cualquier mercado de comida callejera en el resto de países de la región. Es limpio y tranquilo, nada ruidoso, sosegado. Pedimos nasi katok, uno de los platos nacionales. También un par de brochetas de satay y un batido de sandía. Todo está muy rico y nos sale por menos de seis euros al cambio. En Brunéi no hay impuestos y los precios, pese a tratarse de un país rico, son muy razonables.

Pedimos un nuevo Dart para que nos acerque al hotel, retirado a unos diez minutos en coche, en la zona del waterfront. Este sí nos acepta el trayecto pese al equipaje y durante el recorrido se muestra acogedor, compartiendo recomendaciones sobre qué ver y cuándo hacerlo. Nos advierte de que pasado mañana es viernes, día festivo, y todo estará cerrado. Con lo que tendríamos que visitar las mezquitas mañana. Así lo haremos. Le damos las gracias y, ya en el hotel, nos reciben con otra sonrisa y la misma amabilidad. La primera impresión de Brunéi es excelente. Es la contraprestación que necesitábamos después del bus de los ocho sellos en el pasaporte.

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