Conscientes de que nuestro esmerado itinerario iba a quedar en papel mojado en el último día de ruta por Corfú, anoche gestionamos con éxito poder dejar la casa al mediodía. A priori habíamos planeado algunas visitas en el Old Town de Corfú, dejar un rato libre de compras y acabar el viaje conociendo el monasterio de Vlacherna y una de las atracciones turísticas modernas de la ciudad: el mirador del aeropuerto de Corfú ubicado justo al lado del monasterio. A la postre, aunque con algunos contratiempos, hemos conseguido cumplir con el plan previsto.
La desvelada de anoche no fue antológica, pero sí considerable, con lo que el despertar ha sido pausado. Desayunamos en la villa mirando a la piscina, lamentando de nuevo que el calor no se hiciera sentir un poco más para hacernos unos largos mientras le damos tragos a un mojito. Hacemos las maletas y nos encontramos con sobras de todo tipo: cervezas, papel de baño, las pizzas que no nos comimos ayer. El error de cálculo ha sido el de los días de viaje, no el de la cantidad de comida abastecida en el supermercado.
Último paseo por el Old Town de Corfú
Después de dejar la villa nos desplazamos diez minutos hasta las puertas de la ciudad vieja de Corfú. En el mar varios cruceros enormes rompen la armonía del paisaje. En la ciudad, cientos de cruceristas ataviados con gorras y gafas de sol, yanquis sin duda, se pasean de aquí para allá haciendo suyas las calles antes de abandonarlas para siempre en un par de horas. Van tachando estaciones en su travesía por el Mediterráneo. En las paredes leemos varias pintadas con consignas como ‘Tourists go home’ (turistas, volved a casa).
Las angostas callejuelas de la parte más céntrica de la capital de la isla son un museo que los lugareños están al borde de abandonar, como ya han hecho en tantos otros sitios sus antaño vecinos: en Dubrovnik, en las ciudades italianas, en nuestra Barcelona. ¿Cómo contribuir a hacer un turismo menos invasivo y más responsable, más respetuoso con los destinos? La discusión da para tesis doctorales, y no la vamos a resolver ahora. Pero cada vez lo pensamos más. A nosotros ya solo nos quedan unas horas para volver a casa, corfiotas, aguanten.
Adiós a la deliciosa comida de Corfú
Es hora de almorzar y nos parece que tenemos el listón demasiado alto de todo lo que hemos comido estos cuatro días. Es nuestra última comida en Grecia hasta nueva orden, y eso es una lástima, con lo que nos obligamos a acertar en la elección de restaurante. En el primero que intentamos fallamos, pues se niegan a juntarnos dos mesas para siete. Es domingo y Corfú parece española, con sus comercios de cada día cerrados y su vida aletargada a la espera de que empiece una nueva semana.
A dos calles nos decidimos por almorzar en Fishalida, donde el mesero nos atiende con una desgana involuntaria y una atención dispersa. Las formas griegas son casi siempre imprevisibles; nunca desagradables, a veces de una amabilidad inigualable, pero otras de una apatía que no molesta, con la que uno incluso simpatiza. Pedimos pescado, mariscos y nuestra ración diaria de ensalada griega con queso feta. Se nos hace un mundo pensar en un futuro sin queso feta a diario.
Llevando el shopping a nueva dimensión y el helado de Papagiorgis
Después del almuerzo ya tenemos la energía suficiente para encarar la más esperada de las actividades de parte de la expedición: las compras, el shopping, el ejercicio llevado al extremo de la búsqueda del souvenir. Mientras la mayoría decide comparárselo todo ante la imposibilidad de escoger, nosotros dos pasamos de puntillas por los souvenires y vamos directos al helado de Papagiorgis, la heladería más famosa de Corfú. Decidimos compartir y erramos. La una siempre prefiere los sorbetes de frutas y el otro solo tiene ojos para las alternativas más dulces. Él, que si le preguntas prefiere mil veces el salado, cuando le das dulce dáselo de verdad.
El helado es un pequeño fracaso porque la elección de lo sabores no es la mejor, aunque están objetivamente ricos y bien hechos. Sin embargo, la compra de souvenires es un éxito sin precedentes: las bolsas superan la capacidad de agarre y sujeción que cualquiera con dos manos podría soportar, pero no la de un grupo de mexicanos expertos en la caza del souvenir. El problema se viene ahora, pues las maletas estaban ya al límite y tocará reacomodar para que Ryanair no eche para atrás nuestros excesos.
Para ello, acertamos en desplazarnos al último punto que teníamos apuntado visitar en el viaje: el mirador del aeropuerto de Corfú, el Corfu Airport Planespotting Spot. El mirador del aeropuerto de Corfú está situado en el sur de la ciudad, al lado del monasterio de Vlacherna. A la entrada hay un enorme descampado en el que aparcan los coches. Ahí dejamos a los que necesitan abrir maletas e inventarse huecos que no existen mientras nosotros nos dedicamos a abrir la aplicación de Flightradar para esperar los vuelos que llegan a la isla.
Capturando aviones en el mirador del aeropuerto de Corfú
El mirador del aeropuerto de Corfú es un gran botellódromo, al que parece que vienen muchos grupos de amigos a pasar la tarde y familias enteras a enseñar a los niños el milagro de la aviación. Hay una gran pasarela desde la zona del parking que va hacia otra zona de la ciudad, que pasa por encima del mar, donde se sitúan varias decenas de curiosos y muchos fotógrafos con fenomenales teleobjetivos. Nosotros tratamos de documentar el aterrizaje de un primer vuelo que llega de Budapest. El paso del avión por encima de nuestras cabezas, apenas a unos cien metros, es imponente.
Vemos partir varios vuelos y en el tiempo en el que esperamos a que las maletas estén en orden aterrizan tres o cuatro aviones más, que la cámara del móvil ni nuestro objetivo captan con la suficiente justicia. Paseamos desde el mirador del aeropuerto de Corfú hasta el monasterio de Vlacherna, de una sobriedad que sobrecoge, hogar de muchos patos. Nuestro vuelo a Barcelona sale a las 21.00 h y cuando son las 18.30 h, después de vivir el aterrizaje del vuelo de Ryanair que llega de Milán, decidimos dar por concluida la experiencia de avistar desde cerquísima la llegada de aviones a Corfú.
Adiós al Corfú iluminado en la noche
Devolvemos el coche sin mayores contratiempos. Al contrario, les regalamos varios cientos de kilómetros de gasolina y un puñado de cervezas a la compañía de alquiler. No controlamos bien la gasolina que le ponemos al coche ni la que creemos que vamos a necesitar nosotros en el cuerpo. Ryanair nos penaliza el exceso de equipaje de la maleta facturada con 13 euros por kilo, un total de casi 70 €. Pero qué más da, ¿cuándo vamos a volver a Corfú?
En el aeropuerto no podemos evitar seguir comprando productos corfiotas. La llamada de embarque resuena como un himno de redención para nuestras tarjetas, que ya piden auxilio. Partimos de Corfú siendo noche cerrada y quién sabe si todavía hay alguien en el mirador observándonos. Los cazadores cazados. La isla, iluminada y hermosa desde lo alto, se despide de nosotros y le agradecemos lo mucho que nos ha hecho disfrutar en familia en estos cuatro días de aventura. ¡Hasta siempre, Corfú!