Es sábado y hoy sería el día marcado para no madrugar, para tomarse la mañana con calma. Para desayunar sin prisas, leer en lugar de contestar correos, limpiar un poco la casa e ilusionarse un rato planeando el despegue de Cultura Nómada con nuestros futuros contenidos virales. Pero la vida nos sonríe todavía más, y en lugar de despertar en Barcelona lo hacemos en Corfú, con el plan más extremo de nuestra ruta familiar por la isla: una excursión en barco de medio día hasta las islas de Paxos y Antipaxos.
Rumbo al sur de Corfú: el inicio de la travesía hacia Paxos
Estos dos islotes, Paxos y Antipaxos, mucho más pequeños que Corfú, se sitúan a unos quince kilómetros del extremo más meridional de la isla, y son de visita casi obligatoria para todos los viajeros que alarguen su estancia en Corfú más de dos días. Hemos contratado un barco semiprivado para hacer una rápida incursión en las dos. La excursión empieza a las 09.00 h, pero hay que estar media hora antes en el puerto de Lefkimmi, desde donde zarpamos, que se ubica a más de una hora de distancia de nuestra villa en el centro de Corfú.
De camino nos sorprende un perezoso amanecer. Transitamos la parte este de la isla, bordeando la costa por una carretera mucho más cómoda que las de la parte del norte y el centro. Llegamos al puerto de Lefkimmi en hora y los tripulantes de nuestra aventura en Corfú, que han cumplido perfectamente con el madrugón previsto, necesitan un café. Encontramos una cafetería de especialidad que desentona con el carácter transitorio del puerto. Nos atiende un griego que ha vivido en el Poblesec de Barcelona, y componemos una sinfonía políglota: entre nosotros hablamos en español, con él mezclamos el inglés y el castellano mientras se dirige a su compañero en griego.
Compartimos navegación con una familia hebrea, con varias parejas (alemanes, franceses, rusos), con tres colegas búlgaros y con un capitán y tres tripulantes que amenizan y guían nuestra jornada. La que parece la jefa de todos, una sesentona con pinta de camorrista corfiota, apenas si se dirige a nosotros. El patrón es un griego muy resuelto y chistoso, y también hay dos ayudantes más, un griego lleno de amabilidad y talante desconcertado y una griega más joven dedicada pero con maneras torpes. Todos muy amables aunque estemos al borde de lo peor.
A punto de quedarnos varados en Paxos
Después de un poco menos de una hora de travesía, llegamos al extremo norte de Paxos a la primera parada, el municipio de Lakkas. Desembarcamos con veinte minutos para pasear sus cuatro calles hechas con brochazos de impecable maestría, y nos da tiempo a comer —los que pueden ingerir gluten— unas pastas con un nuevo café. Volvemos al barco y ahí es donde se masca la tragedia: el barco no arranca. Nuestros guías hacen de tripas corazón para mostrarse amables sabiendo que el papelón puede ser de época. Corren de aquí para allá haciéndose los mecánicos mientras nos van dando largas.
Aseguran que la cosa estará arreglada pronto, en unos quince minutos que se convierten en treinta y luego en una hora. Estamos convencidos de que la excursión ha llegado a su fin cuando apenas ha empezado, pero el capitán y su tripulación no desisten. Llega un mecánico de la isla con unas pinzas y un par de adolescentes con aura de aprendices en el engaño al turista. Entre todos consiguen revivir a la nave después de habernos repartido unos zumos y unos cafés. Volvemos al mar. La excursión se ha demorado pero la habilidad de la compañía para contentarnos es de nota: en lugar de continuar con la ruta prevista van a añadirle a la excursión una parada extra.
De las cuevas azules de Paxos a la playa de Antipaxos
Satisfechos con la resolución, salimos a cubierta para disfrutar mucho más en directo de las Blue Caves de Paxos. Estamos navegando hacia el sur por la costa oeste, abrupta y llena de acantilados y magníficas cuevas marinas. Entramos a varias de ellas y nos maravillamos de su profundidad y del azul aturquesado del agua. Paxos tiene apenas 10 kilómetros de largo y unos 3 de ancho, y es hogar de unas 2.500 personas. Cuenta la mitología que Poseidón cortó con su tridente la punta sur de Corfú para crear Paxos y que se convirtiera en el refugio al que acudiera con su amada Anfitrite. Firmamos refugiarnos para siempre en Paxos como hiciera Poseidón.
O eso pensamos hasta que conocemos Antipaxos, que nos hace dudar sobre cuál es la ubicación exacta del paraíso en Grecia. ¿O será que está llena de paraísos? Antipaxos está tres kilómetros al sur de Paxos y tiene una superficie de 5 kilómetros cuadrados. Apenas vive gente en ella: según uno de los censos más recientes, 21 personas. No pisamos tierra, muy a nuestro pesar, sino que nuestra estancia en Antipaxos es marítima. Es lo que hacen la mayoría de estas excursiones de día desde Corfú, llevarte a una de las playas de Antipaxos y anclar el barco durante una horita para permitir que los turistas se bañen.
El almuerzo en el Taka Taka
En esta época del año el turismo es relativamente escaso en esta parte de Grecia, y apenas coincidimos con otros dos barcos en la playa de Vrika, una de las más famosas de Antipaxos. Solo dos de los siete nos animamos a probar el agua del Jónico, de un azul hermoso que luce espectacular a vista de nuestro dron. Nadamos un rato y al cabo de una hora nos apremian para salir del agua, porque ya es hora de almorzar. Para ello, dejamos Antipaxos y volvemos a Paxos, esta vez a la costa este, donde está Gaios, la ciudad principal de la isla.
Comemos un poquito de todo griego, el tapeo al que nos estamos malacostumbrando. La recomendación de nuestros guías se demuestra acertada aunque el nombre del restaurante, Taka Taka, nos transmitía cualquier cosa menos confianza. De vuelta al barco pedimos un fredo cappuccino, el fredo cappuccino con el que lleva soñando la recién cumpleañera desde que visitó Grecia en 2017. Pero sus sueños deben ser una distorsión, porque este fredo cappuccino, asegura, no se parece en nada a los que había probado hace ahora ocho años.
Blue Lagoon, la última parada de la travesía
La última parada de la travesía es la que no teníamos prevista originalmente, y que han añadido para compensar el desajuste y la avería de la mañana. Para llegar al Blue Lagoon, que se ubica en un punto cercano de la costa de la Grecia continental, tenemos que salir a mar abierto por primera vez y la travesía empieza a agitarse. En la parte de atrás de la embarcación la pareja de franceses acaba anegada y entre nosotros siete hay más de dos y de tres que se agarran a las paredes y empiezan a rezarle a la Virgen de Guadalupe y a la Virgen de Castro sus mejores plegarias.
Por fortuna es solo un susto y pronto llegamos al Blue Lagoon. “Es un milagro que estemos solos aquí, normalmente, en verano, hay más de mil personas nadando aquí”, nos asegura el capitán. El mar de este lado del Jónico es de un azul fluorescente que parece modificado adrede en una edición exagerada, y sobresaturada, de Photoshop. El paisaje es de ensueño, con un puñado de casas en los acantilados de enfrente en las que no nos importaría practicar el home exchange y dar a cambio nuestro piso de 50 metros de Badalona.
La perrita Rosalita y unos tragos de Don Julio 70
Nadie se atreve a bañarse porque el sol ya no está tan arriba y el calor, o más bien la ausencia de calor, no invitan a darse un nuevo remojón. Solo hay un valiente que se anima, y llega desde México, como no podía ser de otra manera. Nosotros le tomamos un par de planos con el dron. Volvemos al puerto de Lefkimmi, de nuevo en Corfú, habiendo pasado una magnífica jornada visitando las islas de Paxos y Antipaxos. En el puerto espera Rosalita, la perrita del capitán, que lo recibe con un bonito moño rosa en la cabeza.
Después de esta última escena llena de surrealismo y lirismo griego, iniciamos el camino de vuelta a la villa por la misma carretera que habíamos tomado por la mañana. Paramos en un supermercado y compramos por encima de nuestras posibilidades quesos, vinos, licores y quién sabe cuántas cosas más. Nos entra el fomo —ese miedo a perder algo— de que no volvamos nunca a Corfú y echemos en falta algunos de sus productos. Después de nuestra clásica visita al súper, paramos en la ciudad de Corfú para comprar pizzas (¡también sin gluten!) para cenar. Nos las llevamos a la villa para maridarlas con un Don Julio 70, que nos acompaña hasta las mil de la madrugada. Mañana no se madruga, nos lo podemos permitir.