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Dos horas sin actividad, Brunéi deja de serlo cada viernes | Día 3

Los viernes de Brunéi son días extraños, especialmente si eres turista. El país se detiene entre las 12.00 y las 14.00 h para la gran oración, y esa pausa lo convierte en un lugar aún más desierto de lo habitual. Hacemos el check out al mediodía y, a la espera de nuestro vuelo vespertino, aprovechamos esas horas de vacío para pasear una ciudad en silencio. Encontramos un templo taoísta abierto, un oasis de color que nos sirve de entretenimiento fotográfico mientras el resto del país está rezando.

La vida de Brunéi en viernes se reactiva a las 14.00 h

Después nos acercamos al Big Wall de Brunéi y a las cuatro casitas de colores pastel de la calle Jalan Roberts, que parecen sacadas de un decorado. Cuando acaba la oración, a las 14.00 h, la vida vuelve a las calles. Esto es Brunéi y los tumultos no existen, pero sí vemos a grupos de hombres saliendo de la mezquita y acercándose a la entrada de los centros comerciales. Después de nuestras tres visitas turísticas este es nuestro siguiente punto en la ruta.

Es el mismo centro comercial en el que ayer practicábamos uno de nuestros deportes preferidos de viaje: visitar los supermercados autóctonos. Como casi todo está cerrado, preferimos no complicarnos y comemos en el food court del centro comercial. No nos atrevemos con el ampuyan, uno de los principales platos locales, que nos genera más dudas que curiosidad, y vamos a lo seguro. Pedimos el plato de fish and chips con menos amor de la historia y tres dumplings rellenos de carne.

Cuando México y Brunéi comparten muchas cosas

Como ya ha pasado en los dos días anteriores, y como también nos ha pasado en Malasia, aquí todo es fútbol inglés. Es el único que retransmiten por la televisión, y muchísima gente lleva camisetas de clubes de la Premier League, especialmente del Liverpool. Ayer, eso sí, nos encontramos con un hombre cincuentón y robusto con una camiseta de México, al que saludamos en castellano creyéndolo compatriota. Pero no, era bruneano.

De hecho, en el mercado también encontramos un puestito de tacos montado por un reconocido chef local. El crossover menos esperado: México y Brunéi resulta que son países hermanados por el fútbol y la comida. Mientras seguimos contando camisetas del Liverpool, un aguacero nos obliga a retrasar la vuelta al hotel. Matamos el tiempo comprando souvenirs tan horteras como entrañables en el mismo centro comercial.

Recogemos nuestras cosas en el hotel y aprovechamos el transfer gratuito al aeropuerto. El camino hacia la terminal nos deja estampas de una ciudad monumental y vacía, con avenidas gigantescas sin tráfico y edificios gubernamentales que parecen sobredimensionados para un país tan pequeño, y para el uso que se les da. Nos vuelven las vibras de Naipyidó, y también un poco de Astaná.

Rumbo a Kuching con Royal Brunei

El aeropuerto de Brunéi es diminuto pero cuidado. La puerta de embarque parece el ala oeste del palacio del sultán, al que nunca llegamos a entrar porque solo puede contemplarse desde una reja. Al salir, nos vuelven a estampar el sello en el pasaporte, como recordatorio de aquel mítico bus que nos trajo desde Kota Kinabalu. Con este, ya sumamos cuatro sellos de Brunéi en nuestro pasaporte, tras la maratón del bus mítico.

El vuelo con Royal Brunei es una sorpresa grata. Despegamos antes de tiempo, los sobrecargos sonríen con la amabilidad habitual de los bruneanos, el catálogo de películas es enorme, el mapa interactivo es impecable y hasta nos sirven una cena ligera en un trayecto de apenas una hora. Aterrizamos en Kuching, de vuelta en el Borneo malasio, y la humedad nos da la bienvenida. Esta vez toca consentirnos. Vamos a pasar tres noches en el Sheraton.

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