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El Sheraton de Kuching, centro de operaciones para visitar la ciudad | Día 8

Hoy hemos acertado a madrugar un poco más que ayer, aunque la cama de nuestra habitación en el Sheraton de Kuching no nos lo haya puesto sencillo. A las ocho ya estábamos en la calle, aprovechando la brisa diurna antes de que el calor comenzase a apretar. Es domingo y la ciudad despierta diferente. Algunas de las calles más céntricas están cortadas al tráfico y los locales se adueñan de ellas para hacer ejercicio. Corren; o hacen que corren. Una hora después los vemos desayunando en grupo en los restaurantes, pidiendo arroz y fideos.

Kuching es callejera y fotogénica, y por eso queríamos pasearla sin el calor del mediodía. Todo es una invitación a disparar fotos: sus carteles en varios idiomas, sus callejones angostos, el frente marítimo. Además, los alrededores de Kuching ofrecen un buen puñado de reclamos turísticos que nosotros decidimos aparcar para una próxima visita. Como Semenggoh, un centro de orangutanes en semilibertad; el parque de Bako, donde la selva y los manglares se mezclan con playas salvajes; o las longhouses, casas comunales de los pueblos indígenas donde todavía se conserva la vida comunitaria tradicional, con decenas de familias compartiendo techo y costumbres.

El buffet inolvidable del Sheraton de Kuching

Regresamos al Sheraton a las 9.30 h, justo a tiempo para dedicarle una hora al que se ha convertido en el ritual más esperado de nuestra estancia en Kuching: el buffet. Es un desayuno que pide calma, tiempos y sobremesa. Empezamos por la fruta —papaya, piña, melón, sandía, pitaya—, seguimos con yogures y zumos naturales. Después pasamos al salado, al shakshuka, los huevos al gusto, noodles, platos calientes, queso, embutidos y salmón ahumado. Comemos doble ración de salado y aún nos dejamos un hueco para el dulce, para los muffins (¡los hay sin gluten!), el café y, por supuesto, el kaya extraordinario.

El jefe de sala de Sheraton de Kuching es un británico del Newcastle al que nos vemos en la obligación de preguntar por la marca de ese kaya. Muy amable, nos pide dos minutos para confirmarlo con el chef. Una vez conseguida la valiosa información vamos directos al Everrise, el supermercado principal de la ciudad. Allí nos hacemos con el kaya de marras, de la marca Yeo’s, y con algún otro souvenir gastronómico. Y también con una bolsa de la compra que sumamos a la colección que iniciamos con la bolsa del supermercado Bonus, que conseguimos en Islandia. Son los recuerdos más coherentes con nuestro apasionado hábito de recorrer supermercados en cada viaje.

De la librería más insospechada a la piscina

Antes de volver al hotel, entramos en la librería-cafetería Jing Si Books & Café, sin tener muy claro en qué universos nos estamos adentrando. Pronto nos damos cuenta de que no se trata de una librería al uso, sino de un espacio afiliado a la fundación Tzu Chi, creado por la monja budista taiwanesa Master Cheng Yen, conocida también como Jing Si. La librería está llena de obras sobre budismo, aforismos de sabiduría y mensajes espirituales y ecológicos. Los tres voluntarios que gestionan el local nos reciben con una mezcla de curiosidad e incredulidad, pensando que somos seguidores de Jing Si.

Su intento por captarnos para la causa no prospera, y decidimos dedicar el resto de la mañana al placer de la contemplación y la lectura en la piscina del hotel. Mientras uno se bebe una sidra y termina Ballena, el libro de Cheon Myeon-Kwan que le ha acompañado todo lo que va de viaje, la otra se toma una birra y aprovecha que el sol ha calentado un poco el agua para meterse en la piscina e inmortalizar esa magnífica vista de la ciudad de Kuching.

El Festival de comida de Kuching, nuestra despedida de la ciudad

Como hiciéramos ayer, hoy también hemos seguido la recomendación de Mirza, el Guest Relations Manager del hotel. Es el último día del Festival de comida de Kuching, que siempre se celebra entre finales de julio y mediados de agosto. El ambiente es extraordinario, lo opuesto a lo que nos encontramos en Brunéi. Esto sí es Sudeste Asiático en su máxima expresión: muchísima gente, decenas de puestos, aromas que llegan de todos lados. Nos decidimos por nuestros básicos de siempre, unas long long fries, patatas fritas realmente largas, y un arroz con huevo riquísimo. Y de postre, un helado de coco servido dentro de un coco con virutas de coco. Triple de coco siempre, por favor.

Desde el festival contemplamos un atardecer espectacular antes de volver al hotel para visitar por última vez la piscina. Intentamos ver el espectáculo de luces de Kuching desde arriba, pero descubrimos que solo se aprecia bien a pie de río. Ya solo nos queda hacer la maleta. Mañana partimos hacia la última parada de nuestra ruta de verano 2025 antes de volver a casa.

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